Cambiar de vida
Después de estar meses dando vueltas a su situación, Connor sabía que había llegado el momento de emprender una vida nueva. Hacía mucho tiempo que era consciente de que debía encontrar una manera de mantener a salvo su secreto, pero sólo la muerte de su hija Rachel le había convencido de que tenía que pasar a la acción cuanto antes.
El problema es que no tenía un plan. Y no se podía decir que no hubiera tenido tiempo para pergeñarlo. Ahora, Connor se veía en la tesitura de acabar con todo: renunciar a sus viñedos en el Valle de Napa, prescindir de sus proveedores, despedir a sus empleados, cerrar la bodega y poner tierra de por medio con unos clientes cuya fidelidad sólo había podido lograr con el paso de años de total entrega. ¿Cómo podría lograrlo?
Era evidente que no podía hacerlo todo a la vez. Tenía que encontrar la manera de conservar su secreto sin poner en peligro su supervivencia. Acompañado de una copa de su mejor vino reflexionó sobre la primera medida que había de tomar y no tardó en darse cuenta de que lo más urgente era preparar la trama financiera que le permitiera seguir viviendo con la comodidad de la que había disfrutado en las últimas décadas.
Había que encontrar rápidamente a alguien que comprara las tierras y la bodega, porque sus fondos actuales apenas daban para indemnizar a la mitad de sus 600 empleados. Afortunadamente, el factor humano de los despidos no le quitaban el sueño. Hacía años que había aprendido a no preocuparse por sus trabajadores y a no hacer amigos.
Connor les pagaba bien, pero no mantenía ninguna relación con ellos. El contacto directo era algo que no se podía permitir. Con nadie, y menos con los más veteranos. Por eso renovaba a un tercio de la plantilla cada tres años. Por eso no tenía secretaria. Y por eso trabajaba siempre solo en su despacho de Los Ángeles. Esas precauciones le habían permitido blindarse de las relaciones humanas, algo que necesitaba especialmente ahora que no podía condicionar la venta de la empresa al mantenimiento de los puestos de trabajo.
Lo único que le importaba era el dinero que necesitaba para sobrevivir, para comprar una nueva identidad, un rostro diferente y unos viñedos en España. En ese país empezaría otra vida en la que tenía que seguir al pie de la letra las reglas que se impuso cuando, treinta años atrás, perdió a Heather, su primera mujer: no estrechar lazos, no hacer amigos, no enamorarse...
Eran unas pautas que no tenían que seguir personas como Rachel. Connor se había enterado de su marcha cuando le llegó a su correo electrónico una de esas alertas que había configurado en Google para recibir noticias sobre ella y su familia. El hecho de ser una de las más célebres escritoras de Escocia le aseguraba, aún de tarde en tarde, seguir su vida desde la lejanía.
Y Connor se alegró de que aquella vida fuera larga y exitosa, porque en 95 años su hija había escrito los mejores bestsellers de su país y creado una gran familia. Él, sin embargo, había perdido la suya dos veces. Primero, cuando se tuvo que marchar de Escocia a Estados Unidos después de que Rachel cumpliera los 18 años y fuera demasiado mayor para darse cuenta de todo. Y ahora, cuando se enteró de su muerte. Ya no le quedaba nada más. Sólo la necesidad de sobrevivir. Ése era el precio de la inmortalidad.
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