Sobre el autor

Alfredo García (Madrid, 1972) es licenciado en Periodismo. Actualmente trabaja en Cadenaser.com. Desde 1991 ha desarrollado su carrera profesional en distintos diarios, revistas, portales de Internet y emisoras de radio. También ha editado varios libros.

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10 septiembre , 2009 | 01 : 03

El tirano perfecto

El sobre que le había llegado de forma anónima al pequeño despacho desde el que dirigía su estudio de diseño dejó perpleja a Penélope. Sólo había pasado un día desde el entierro de su padre y todavía no se había recuperado de la triste sensación que experimentó al comprobar la soledad con la que Alejandro Noriega se había marchado de este mundo.

Por supuesto que era consciente de que el gran empresario de la publicidad no podía presumir de haber hecho amigos en sus más de treinta años al frente de la agencia Tristán, pero jamás se podía haber imaginado que su despedida iba a congregar únicamente a una decena de personas entre las que no se podía contar a una sola de su empresa o su profesión.

Ella mejor que nadie sabía que Noriega era un hombre difícil. A pesar de estar destinada a sucederle al frente de la agencia, al poco tiempo de empezar a trabajar con él se dio cuenta de que el futuro profesional de ambos debía transcurrir por caminos diferentes. En su idea de alejarse de Tristán y crear Caesar, su propio estudio, no había pesado tanto su rechazo al despotismo con el que él dirigía la empresa y trataba a los demás como el odio que había conseguido engendrar su padre en quienes trabajaban para él.

Jamás se había arrepentido de su decisión. Se veía incapaz de, llegado el momento, exorcizar el estilo de gestión tiránico de la compañía. Después de estar tres décadas bajo el yugo de Noriega, el cambio podría suponer para la organización un trauma mayor que la propia tiranía en la que se había convertido. Fue un acto cobarde, pero ella siempre había sido consciente de sus limitaciones. No en vano, su padre se había encargado de recordárselas muchas veces a lo largo de su vida.

Después de haber leído todos los documentos, Penélope supo que había vivido equivocada. Porque en toda una noche de estudio del contenido del sobre descubrió detalles como el reiterado rechazo de su padre a las recomendaciones de sus asesores para que se deshiciera de gran parte de sus trabajadores, donaciones a centros de investigación y cartas de empleados que agradecían a Noriega que les hubiera dado en secreto un dinero extra que les había ayudado a dar a sus hijos una buena formación.

Pero su padre tenía como costumbre no dejarla del todo satisfecha con sus actos. Lo había hecho en vida y parecía que el destino quería que lo hiciera después de su muerte. Porque entre los documentos también figuraban las cartas en las que proveedores de Tristán que ella desconocía aceptaban la petición de Noriega para que contrataran los servicios de Caesar.

Aunque como digna hija de su padre era algo arrogante, esa información no hirió su orgullo, sino que terminó de arrojarla a un profundo arrepentimiento. Su padre había tenido que irse y alguien había tenido que mandar aquel sobre para que ella, por fin, se diera cuenta de cómo era: el gran Alejandro Noriega no necesitaba de la aprobación de los demás para hacer aquello que, acertada o equivocadamente, creía que era lo correcto.

Eso fue lo que le hizo meter todos los documentos, uno por uno, en el triturador de papel de su despacho. La máquina que muchas veces destruía su esfuerzo en esta ocasión le sirvió a Penélope para hacer jirones el sentimiento de culpa que le invadió en el momento en que descubrió que nunca se había esforzado para comprender a su padre.

Alfredo García

Comentarios

Hi Alfredo, No te enfades conmigo, peeeeero no sabía que tienes blog. ¡Me alegra! Lo acabo de descubrir por el Twitter de Cinco Días. :) Besos.

Me he emocionado y todo.

Me ha encantado...simplemente genial

Real, real. Pero, quén es Lucía?

Ups. Era Penélope. Gracias, Óscar

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