Arroz con bogavante
Pisó a fondo el acelerador cuando empezó a rondarle la idea de que no llegaría a tiempo. La reunión era a las once y aunque había salido temprano estaba seguro de que se iba a retrasar. A los representantes de la multinacional estadounidense no les haría mucha gracia esperar a un tipo gris como él que, además, pretendía colocarles un producto que los chinos fabricaban a mayor escala y a un precio más competitivo.
Pero Eduardo era un superviviente con cierta habilidad para los negocios. Su mayor don era el de la palabra. En su primera visita a la multinacional había hecho lo suficiente para llamar la atención del delegado de aquella empresa en España. Aunque después tuvo que lidiar con su socio, había calculado que un descuento del 10% en el precio acabaría de convencer a aquel 'yanki' de planta impresionante y gafas a la última. Ahora sólo faltaba firmar el contrato.
Era un tipo instintivo y se dejaba guiar por las primeras impresiones. Y la que le causó aquella visita había sido magnífica. Por eso merecía la pena dejar por un día el apartamento de Denia que había alquilado para la primera quincena de septiembre. Si todo salía bien, uno de aquellos adosados que se estaban construyendo a la entrada del pueblo sería para él, para Lucía y para los ya no tan pequeños Rodrigo y Cristina. Lo mismo se animaba y les daba un hermano. Habría que trabajar bastante, pero el dinero estaba garantizado.
El motor de su coche iba apurado. Apenas daba más de sí. Pero Eduardo hacía caso omiso al cuentakilómetros. El Golf estaba bien, y tiraba de lo lindo, pero hoy no era suficiente. Si finalmente llegaba a tiempo y el estirado Spencer tragaba, lo castigaría sustituyéndolo por el flamante Audi de 210 caballos de aquel concesionario en cuyo escaparate había apoyado tantas veces su nariz.
En cinco minutos llegaría al parque empresarial situado a las afueras de Madrid. Por suerte no tendría que entrar en la ciudad. Sólo le faltaba meterse en un embotellamientos o pararse en treinta semáforos adornados con sus respectivos 'limpias' y sus malabaristas que lo único que conseguían era demorar la salida cuando el semáforo se ponía en verde.
Respiró hondo cuando llegó a aquel edificio de oficinas. No le pareció demasiado descortés el retraso de cinco minutos que había acumulado. La 'carrerita' había merecido la pena. La secretaria le ofreció un café, pero prefirió un poco de agua porque ya tenía los biorritmos bastante activos. Estaba solo en la sala de espera y decidió pasar del vaso para beber directamente de la botella. En menos de cinco minutos estaría en el despacho de Spencer y todo habría terminado. Entonces, cogería el camino de vuelta y llevaría a Lucía y los niños a tomarse un arroz con bogavante para celebrarlo.
Pasaban quince minutos desde su llegada y empezaba a estar impaciente. Aunque la portada del 'Muy' parecía realmente interesante, decidió que ya leería la revista en su próxima visita al dentista. Pero diez minutos después ya había empezado el artículo principal, sobre la sonda que los americanos habían mandado a Marte. Eran tipos listos, sobre todo los que hacían negocios con él, pensó mientras no podía resistir una sonrisa presuntuosa. Listos, pero un poco impresentables. Algún día le recordaría a Spencer que hizo esperar a su mejor proveedor más de una hora. Pero claro, aún faltaba tiempo para eso.
La puerta de la sala de espera se abrió por fin y la seudo-modelo que ejercía como secretaria le comunicó que la reunión quedaba cancelada. No se lo podía creer. No se había pasado toda la mañana en el coche para eso. Empezó a cabrearse y aunque sabía que iba a poner en riesgo el trato, exigió una explicación. La mujer se la dio. Spencer había tenido un accidente de tráfico de camino a la oficina. Se había salido en una curva y estaba muy grave. Si lograba salir de esta, volvería a nacer.
Eduardo maldijo su suerte. Cogió su maletín y se fue casi sin despedirse. Tampoco tenía que quedar bien con aquella niña mona que le había jodido la mañana. Se subió al Golf, pisó a fondo el acelerador y empezó el camino de vuelta maldiciendo a los estúpidos que sólo por tener mucho dinero se creen capaces de conducir un coche de 200 caballos. Lo que más le enfadaba es que dentro de tres horas, cuando llegara de nuevo a Denia, tendía que olvidarse del puto arroz con bogavante.
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