Honorato y el Hijoputa
Acercámonos ayer a un lugar recóndito y perdido de la serranía murciana, donde los habitantes se pierden y las tierras no acaban, donde la soledad acecha en la amplitud de las tierras que nos rodean. Fuimos a comer al restaurante regentado por Honorato, ilustre del lugar, que nos acoge año tras año en su honroso mesón.
Nos dice Honorato que ya no queda Hijoputa, el licor de orujo que ofrece todos los años al acabarse el género de toda suerte de carnes típicas del lugar. Nos dice Honorato que la crisis acabó con el Hijoputa, cuya empresa tuvo que cerrar por falta de demanda. Le digo a Honorato que la crisis también se llevó a los Hijosputa que arramplaron y arrasaron con su modus operandi cortoplacista y miope que nos condujo a la ralentización económica y la recesión permanente. Los Hijosputa fueron vendedores de crédito al otro lado del charco y especuladores inmobiliarios a este lado del Atlántico.
Pese a todo Honorato mantiene su mesón repleto de paseantes para la envidia de hosteleros del gremio y el gozo del comensal que por su mesón osa pasar. Es Honorato un excelente anfitrión experto del buen comer y de las maneras rurales que a un urbanita de barrio le llaman la atención. Mantiene Honorato una amplitud y altitud de miras al reconocer, aunque nos pese, que la crisis acabó con el Hijoputa.
Nos quedamos sin Hijoputa mas degustamos los placeres escasos del buen comer en plena crisis y de la compañía de un afable Honorato que hizo las delicias de nuestros paladares ansiosos por devorar para saciar un hambre pasajera que viene y va, de quita y pon.
Aléjense los Hijosputa que aceleraron una crisis caprichosa de la que muchos quieren salir ipso facto sin reformar. La reforma es necesaria si deseamos evitar una avalancha de Hijosputa que con su modus operandi se sigan aprovechando de un statu quo que penaliza al vulnerable en el Norte y en el Sur.
Se acabó el Hijoputa, nos comunicó Honorato con ojos fúnebres y aspecto desapacible. Ojalá la crisis acabe de una vez por todas con los Hijosputa que abundaron, se fueron y quizás, mas sólo quizás, no volverán a las andadas de un mundo a la deriva en peligro de extinción.
Desde el Mediterráneo, Jaime
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