Sobre el autor

Sébastien (@sebchartier) Emprendedor y experto en corporate finance. Ha trabajado en varias Start-Ups, firmas de capital riesgo y consultoras (IPEN, BusinessAngels.com, Campbell Lutyens, Minerva Capital…). En los últimos 10 años, ha fundado media-docena de compañías, entre ellas CreaCapital, Capital & Corporate, Creaventure, y lanzado varios eventos como CapCorp o Salón MiEmpresa (www.salonmiempresa.com)

Sobre el autor

Candice (@candicelaporte) Especialista en comunicación, marketing & eventos. Ha desarrollado su trayectoria profesional en compañías como EuroRSCG y Publicis y su faceta de emprendedora en firmas como Capital & Corporate y Creaventure. Ha participado en el lanzamiento de numerosos eventos y conferencias en los últimos años (CapCorp, Salón Miempresa, FortyUnder40, Venta Privada sector Lujo…).

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« octubre 2012 | Inicio | diciembre 2012 »

No sé cuándo fue la primera vez que escuche el termino emprendedor, pero sí recuerdo cuando llegó a mis oídos la palabra empresario, venía de la boca de mi padre y debía de estar aún en mi añorada y tierna infancia. Después, muchos años después, empecé a oír el término emprendedor, un concepto muy “in” para la época en la que vivimos y que parece querer desbancar con fuerza, al honorable trabajo de ser empresario.

No debemos dejarnos engañar por las modas, ni todos somos emprendedores ni todos somos empresarios, somos aquello que nos incita cada día a levantarnos y en ese valor es donde se esconde nuestra respuesta.

Según la Real Academia Española, el emprendedor -ra, es aquel que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas, mientras que el empresario –a, es la persona que por concesión o por contrata ejecuta una obra o explota un servicio público, que abre al público y explota un espectáculo o diversión, o que simplemente es propietario o directivo de una industria, negocio o empresa.

Parece que la Real Academia Española lo tiene más claro que muchos de nosotros, el emprendedor tiene por delante acciones complicadas que resolver y el empresario, ha de tener un perfil de gestión a largo plazo.

Cada uno de nosotros tiene que ver de qué madera está fabricado, si el talento corre por sus venas para lanzar constantemente nuevas ideas y gestionar a equipos, para que luego un gerente le lleve el día a día, o bien, la incertidumbre de los primeros momentos nos puede, y necesitamos la seguridad de un proyecto estable y probado,  que nos permita alcanzar todos los meses nuestro nivel de confort económico.

En ambos casos, cada uno debemos de ver cómo nos sentimos, entender las dificultades que conlleva cada decisión y fijarnos una meta. El éxito en todos los aspectos, no es más que una cadena de errores superada, donde en un proyecto incipiente puede provocar un cambio de inercia, y en una empresa, en la medida de su magnitud, puede ser asumido, pero en ambos casos, de estos errores se debe aprender y mejorar personal y profesionalmente para seguir avanzando.

A lo largo de mi experiencia personal y profesional, he conocido a infinidad de personas que no sabían muy bien si eran emprendedores o empresarios, y que realmente tampoco se habían detenido a pensar en una posible diferencia al margen de las modas, y tras un rato de meditación, la mayoría de ellos reconocían que había un nexo de unión, que un empresario no debe dejar de ser emprendedor y un emprendedor debe pensar en convertirse en empresario.

En el mundo aeronáutico este problema siempre se ha resuelto fácilmente, los pilotos de avión nunca montan en helicópteros y los pilotos de helicópteros siempre piensan que los aviones tienen tendencia a caer al suelo con una rapidez imprevisible. Es por eso que siempre he creído que un verdadero emprendedor nunca llegará a ser un empresario, y un empresario huira como de la peste de un fanático emprendedor.

Cada uno debemos de pensar donde creemos que debemos de estar, aunque nos equivoquemos, pero esa decisión la debemos de tomar nosotros. Yo por mi parte, sigo volando en avión y dejo los helicópteros para otros.

19 noviembre, 2012 | 11:09

Llegado a un cierto tamaño, una empresa tiene varias opciones para mantener su crecimiento: desarrollarse internacionalmente mediante la apertura de nuevos mercados, diversificar con nuevos productos, comprar competidores para ganar cuota de mercado, etc.

Siguiendo este razonamiento obvio, varias optan también para crear joint-venture con el fin de lanzar nuevos productos, creando nuevas sinergias de negocios, y desde hace unas décadas numerosas grandes compañías han desarrollado una actividad llamada CVC “Corporate Venture Capital” (ojo, es distinto del Corporate Venturing, que consiste en crear nuevos negocios dentro de una corporación establecida, en general que surgen de un departamento de I+D+i). El CVC se materializa generalmente lanzando un fondo (o destinando un % de sus beneficios anuales) que invertirá en start-ups externas a la matriz, que le puede ayudar a obtener nuevos ventajas competitivas. Existen muchas variantes en cuanto a la estrategia de inversión: algunos grupos lo hacen puramente con una estrategia financiera para rentabilizar al máximo sus excedentes de cash, otros por diversificación, para buscar sinergias obvias, para posicionarse en nuevos nichos de mercados, etc.

Los sectores más habituales donde han surgido la gran mayoría de los CVC son la salud y biotecnología (Air Liquide, Biogen Iden, GlaxoSmithKline, Roche, Siemens…), compañías de software e informática (Dell, Google, IBM, Microsoft…), telecomunicaciones (Deutsche Telekom, Korea Telecom, Orante, y más recientemente Telefónica), media (Bertelsmann, IDG, Naspers…), energía (General Electric, Saint Gobain, y en España Repsol por ejemplo), y algunos en el sector de transporte y logística, o en el mundo de la consultoría (Bain, Everis...). Dejo de lado el sector financiero, dado que la implicación de los bancos, aseguradoras, fondos de pensiones, etc. son la esencia misma de la creación del mundo de capital riesgo.

En los últimos meses, han aparecido algunas operaciones que pueden haber sorprendido al público general, pero que analizándolas tienen todo el sentido del mundo en cuanto a sinergias, como pueden ser la apuesta de Starbucks por el pago por móvil (inversión de $25M en la plataforma Square, que permitirá, entre otras cosas, a la start-up que su sistema de pago sea utilizada en más de 7.000 establecimientos de la cadena en EE.UU.), o la entrada de Coca-Cola con unos $10M en Spotify (todos conocemos su vinculación al mundo de la música).

François Derbaix, emprendedor (Toprural, Rentalia) y conocido business angel, quien se encontró recientemente con algunas start-ups que por culpa de tener un socio industrial en su accionariado probablemente no consiguen financiación adicional, publicó un tweet que decía: “No dejes que una empresa de tu sector (o de un sector afín) invierta en tu start-up: estarás casado y hará de espanta-compradores”. Cierto es que los pocos caracteres de twitter no te permiten profundizar en el razonamiento, y empezamos a debatir entre nosotros sobre el tema. De allí surgió la idea de prolongar el debate con 2 posts para reflejar ambos puntos de  vistas, aquí tienes el suyo: ¿Por qué no dejar entrar un socio del sector en tu capital?

Si bien comparto y entiendo sus preocupaciones, que giran en torno a la independencia del emprendedor, a poder desarrollar tu propia estrategia, y sobre todo a la generación de valor desde un punto de vista financiero del proyecto (que en la mayoría de los casos se traduce por la venta de la compañía), creo que existen unos cuantos matices que hacen que la entrada a un socio industrial en muchos casos puede ser una de las mejores opciones para una start-up, y aquí expongo algunas:

-          Si estás buscando inversión, el sector de capital riesgo en España es algo escaso (suelo decir que sobran inversores y faltan buenos proyectos, pero en este caso vamos a imaginar que tu proyecto no encaja en sus estrategias de inversión por X razones), mientras que existen centenares de compañías industriales (posibles partners, clientes, proveedores…) que podrían estar interesadas.

-          El horizonte de inversión: si te casas con un fondo de capital riesgo, él querrá vender su participación en un plazo de 4-5 años, y dispone mediante el pacto de socios de condiciones (derecho de arrastre) para obligarte a ceder también tu participación… Hay muchos emprendedores que preferían seguir creciendo con su compañía, manteniendo su control, o simplemente porque su compañía necesita un plazo de madurez más largo para realmente alcanzar todo su potencial.

-          No todos los emprendedores somos “excelentes” en todos los campos o tenemos la madurez suficiente para hacer crecer de manera exponencial nuestra compañía, y lo más lógico en una start-up es que el equipo fundador tenga unas ciertas carencias (falta de experiencia previa en la internacionalización de un proyecto, no estar al día de las últimas tecnologías o potenciales competidores que se están cociendo en la otra punta del mundo, etc.). Gozar de la experiencia, del know-how y respaldo de un socio industrial nos puede ayudar a paliar muchas de estas deficiencias, y sentirnos apoyados realmente en nuestro viaje empresarial.

-          “El abre-puertas”: un business angel o fondo de capital riesgo, por muy “smart” que esté, nunca podrá ayudarte tanto como un socio industrial (pocos por ejemplo te podrán facilitar información de un mercado en la otra punta del mundo, no tienen redes de proveedores/clientes que te puedan servir, les será más complicado conseguirte una reunión con tal director de una multinacional en el extranjero, etc.)

-          Las sinergias: el socio industrial puede estar interesado en tu tecnología, producto o servicio, y ser uno de los early-adopter, lo que te permitirá gozar de una buena referencia como cliente, y así ayudarte a conseguir otros. Tiene acuerdos comerciales, redes de distribución, condiciones negociadas con proveedores, y un largo etc. que te podrán ser muy útiles a la hora de lanzarte.

A nivel anecdótico, os contaré que cuando lanzamos nuestra compañía Creaventure hace algunos años, con el fin de montar el Salón MiEmpresa, decidimos hacer una pequeña ronda de financiación (muy modesta dado que el proyecto no necesitaba mucho cash, y más bien con el fin de sentirnos respaldados por profesionales del sector), y a la hora de optar a proponerlo a business angels “financieros” o a un perfil de inversor privado más ligado al de “socios industriales” (dado el tamaño, no tenía ningún sentido ir a un fondo de capital riesgo), optamos para ir a algunos dueños de compañías que conocíamos, que nos iban a aportar además de las pocas decenas de miles de euros que queríamos, lo que más nos faltaba (entradas en grandes cuentas -dando entrada por ejemplo al fundador de una de las grandes agencias de publicidad de este país-, know-how en logística, tecnología y montaje de grandes eventos -el dueño de una de las mayores empresas de material audiovisual y decorados de este país, que se convirtió como era lógico de esperar, en proveedor de muchos productos necesarios para el Salón, y además con condiciones de pago muy preferentes, cosa indispensable a la hora de lanzar un proyecto, y algunos otros socios estratégicos-).

En resumen, aunque si pueden existir inconvenientes a la hora de ceder un % de su start-up a un socio industrial (pérdida de “independencia”, dificultad para la salida… pero que como todo en la vida, se pueden solucionar negociando con el mayor rigor posible desde su entrada las reglas del juego), existen unas cuantas ventajas por lo que te puede aportar (conocimientos, negocio -comercialización, subcontratación, red de distribución-, infraestructuras, apoyo internacional…).

¿Y tú, qué opinas? ¿Te plantarías dar entrada a un socio industrial? ¿Lo ves como una alternativa positiva y distinta a las más clásicas (business angel, fondo) a la hora de levantar tu ronda de inversión?

 

imagen de Ana B. Nieto

Blog por Ana B. Nieto Licenciada en derecho por la UCM y periodista, vive y trabaja en Nueva York desde 2002. Antes de llegar a Cinco Días en Madrid trabajó en la edición valenciana de El País y durante varios meses en Indonesia y Tailandia. Además de Madrid ha vivido en casi todas las provincias andaluzas, Ecuador y Amsterdam donde completó estudios universitarios.

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