Sobre el autor

Jaime Castelló es profesor del Departamento de Dirección de Marketing de ESADE Business School y Director Asociado del Executive MBA de ESADE en Madrid.

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28 junio, 2010 | 08:33

Escribir esta entrada es mi "big rock" de esta mañana... aparece así en mi lista de cosas a hacer para la semana, que es lo que organicé ayer antes de irme a la cama... ¿De qué estoy hablando? Pues de productividad y de organización, de la "tecnología" que tiene todo el potencial para hacernos todo lo buenos que podemos llegar a ser. Personalmente, llevo ya unos cuantos años practicando este tipo de "artes organizativos", y lo que motiva esta entrada fue la sesión con Berto Pena que montamos para los alumnos del EMBA de ESADE en Madrid. Berto es uno de los gurús de esto de la productividad personal, a este lado del atlántico, y tiene un excelente libro que os recomiendo a todos "Gestiona mejor tu vida: claves y hábitos para ser más productivo y eficaz". Lo que me sorprendió de la charla con los EMBAs fue la sorpresa con la que acogieron muchos de ellos las ideas de Berto... estamos hablando de la "crème de la crème" de los jóvenes directivos madrileños, y prácticamente ninguno estaba familiarizado con esta filosofía y estas herramientas. Y de ahí la motivación para escribir esta entrada.

¿Por qué es este tema algo tan importante? Pues porque es el primer paso hacia una nueva forma de trabajar. En los últimos veinte años, nuestro entorno de trabajo ha cambiado radicalmente, y nos enfrentamos a más información que nunca (e-mails, internet, teléfonos móviles, SMSs... ) y aun así nuestra manera de trabajar (y hablo de los "trabajadores del conocimiento", o de los que desempeñan labores de coordinación y de dirección de personas) sigue siendo la misma que la del oficinista de principios del siglo XX. Muchos nos sentamos a hacer lo primero que aparezca por nuestra mesa de despacho (en la forma de e-mail, colega o jefe con un "marrón", llamada telefónica...) y luego nos dejamos interrumpir por cualquier otro estímulo, en la forma de otro e-mail, llamada, etc... y todo ello sin incluir twitter, foursquare, facebook y la reciente "explosión" de las redes sociales. El resultado es que somos poco productivos, y esto nos lleva a largas horas de trabajo, agotadoras por tener que estar atendiendo a mil frentes abiertos a la vez, y que nos dejan agotados, deprimidos y desmotivados, lo que nos hace ser aún más improductivos... y profundiza el círculo vicioso.

El pensar en productividad personal, en organizarse y en establecer una metodología de trabajo, no es más que reclamar el control sobre la ola de información que amenaza con hundirnos cada día. El "multitasking" es un mito y parece demostrado que en lugar de hacernos más productivos, nos hace más estúpidos (aquí tenéis un link a un artículo que habla de ello en el Wall Street Journal... ya en año 2003). ¿Qué nos puede entonces ayudar a "surfear" esta ola? Parece ser que la respuesta está en el enfoque, en la planificación y en la programación del tiempo y de las tareas a lo largo del día y de la semana. Este es el enfoque de los grandes gurús de este tema, los norteamericanos David Allen (inventor del concepto "GTD" o Getting Things Done) y Stephen Covey (autor de los también famosos 7 hábitos para ser más efectivos) y que cada vez tiene más seguidores. Se puede optar por seguir alguno de estos métodos o por hacerse una combinación personal de los mismos. Hoy en día hay además herramientas de trabajo (para los "techies" en la sala) que te permiten organizarte mucho mejor, desde un gestor de tareas para tu ordenador que se conecta con tu teléfono móvil, hasta complejos programas de gestión de flujos de trabajo y de intercambio de información y de archivos.

Mi impresión además es que este es un problema generacional. Nosotros somos la primera generación a la que el alud de la información ha pillado en plena carrera profesional, sin tiempo para reaccionar. Yo escribí mi primer e-mail en un entorno profesional, y los jóvenes que vienen ahora ya lo han usado en la universidad, y es para ellos algo tan personal como natural. Y creo que nosotros somos la generación que, habiendo visto nacer el e-mail, lo verá morir. Es desde luego una herramienta muy rudimentaria y muy ineficiente para comunicarse, traslada el concepto del correo postal "físico" y tradicional a un entorno digital y virtual... es como si la televisión fuera solo teatro filmado. Mi apuesta es que en unos años el e-mail habrá desaparecido, y todos trabajaremos con herramientas de colaboración y de trabajo online (al estilo de los foros o de los entornos de trabajo colaborativos) que nos ayudarán a ser mucho más organizados, eficientes y productivos.

Mientras tanto, lo más difícil parece que es ponerse a ello, atreverse por fin un día a romper el círculo vicioso de la pérdida de tiempo, el agotamiento crónico y el no acabar nunca de hacer las cosas, y empezar a trabajar de otra manera. Si os interesa hacer este cambio, mi recomendación es que os busquéis un libro de uno de estos gurús (Berto Pena, David Allen o Stephen Covey) y que os encerréis un rato para leerlo esta semana (todos ellos se leen del tirón, en un par de horas, y "bloquear" estas horas será vuestro primer acto de organización) y que para la semana que viene, os fijéis una cosa que vayáis a cambiar, solo una, pero que la hagáis, sí o sí. Será vuestro primer paso hacia una vida, profesional y personal, más plena y más satisfactoria.

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21 junio, 2010 | 13:07

Hace seis meses y unos días que a los haitianos se les paró el reloj... definitivamente. Aquella catástrofe, sucedida el 12 de Enero pasado, pocos minutos antes de las cinco de la tarde (hora local) ocupó las portadas de los periódicos y otros medios durante muchos días, y luego, poco a poco, fue moviéndose hacia el interior de los diarios y hacia el final de los programas, hasta desaparecer finalmente de los medios... y de nuestras conciencias. Tengo que reconocer que yo también me había olvidado, hasta que escuché el genial podcast de "This American Life" titulado "Island Time", con tres estupendas historias sobre Haití, ahora, más de seis meses después del desastre. Las historias, como siempre en TAL son emotivas sin ser dramáticas y gratuitas, y siempre, siempre me hacen pensar. Y aquí están mis reflexiones:

- Un cálculo estremecedor... uno de los entrevistados en una de las historias, un oftalmólogo de Port-Au-Prince, un genio, según su amigo americano, que es quien cuenta la historia, hace el siguiente cálculo: Dios (esas son sus palabras) da 205 años a quien sea que la gobierne para hacer algo con Haiti, y cuando fracasa, se la quita y se la da a otros. Los españoles la tuvieron 205 años, luego los franceses, y luego los haitianos (1804 - 2009)... y se pregunta ¿quién viene ahora? Tal vez los americanos, tal vez las ONGs, que convertirían a la isla en su particular "campo de entrenamiento".

- La cultura de la ayuda. El reportaje más estremecedor de los tres, al menos para un economista, es el que intenta averiguar cómo, después de años y años de ayuda, con más de 10.000 ONGs en su territorio, Haití era, hasta el día del terremoto, uno de los países más pobre del mundo. Lo que se acaba sacando en claro de este reportaje es que estas ONGs, poniéndose por delante de los haitianos para solucionarles los aspectos más básicos de sus vidas, acabaron por instaurar una "cultura de la ayuda" que terminó de desmontar la poca vida económica que quedaba en la isla. Es angustioso escuchar a uno de los responsables de las ONGs decir que, como estuvieron años y luego meses, repartiendo agua y comida gratis, los agricultores perdieron el incentivo para plantar sus cosechas, y traerlas al mercado, y ellos entraron también en el ciclo de la ayuda. O como el 70% del reparto de agua en Port-Au-Prince lo hacía una pequeña flota de camiones cisterna, que operaban como pequeños negocios, recorriendo las calles vendiendo agua potable... y que ahora se han quedado sin tabajo, y sin sustento, con la llegada de las ONGs, que reparten el agua gratuitamente. Años y años de estas prácticas han dejado al país completamente dependiente, y ahora las ONGs no se pueden ir, sin que su marche provoque otra catástrofe, esta vez social y económica... o sin haber puesto solución a los problemas de la isla.

- ¿Qué solución tiene Haití? Es difícil decirlo, pero escuchando las historias atentamente, parece que hay dos áreas que podrían cambiar radicalmente el tenebroso futuro de Haití. La primera son infraestructuras. Uno de los reportajes cuenta la historia de una pequeña agricultora de las afueras de Port-Au-Prince para quien la diferencia entre la miseria (el S XVII, en el que ahora vive) y la subsistencia (pasar al S XX) reside en la construcción de un pequeño canal para regar sus árboles... algo imposible por la falta alguien que se ocupe de ello. Y no sólo me refiero a infraestructuras "físicas" (caminos, canales y puentes) si no también a estructuras económicas básicas, como canales de comercialización (mercados, mayoristas y minoristas). Haití vive en la edad media, y cada vez se va hundiendo más en ella, sin incentivo ninguno para salir adelante. Porque lo segundo sería esto, incentivos, ánimos para construirse su propio futuro. Uno de los entrevistados apunta que las ONGs se han comportado como los antiguos capataces de las plantaciones, dirigiendo y gobernando las vidas de los haitianos, sin preguntarles lo que les hacía falta, solo que con un cambio de intenciones... unos mandaban para lucrarse con el sufrimiento de los haitianos y los otros para ayudarles. El resultado, sin embargo, y siempre según el entrevistado, ha sido mantener a los haitianos en un estado pasivo, incapaces de pensar en lo que ellos podrían hacer para salir de donde están.

Después de escuchar el podcast, he acabado con la impresión de que Haití es un tremendo ejemplo de lo que hemos conseguido los países occidentales (o simplemente ricos) con la manera en el que hemos estado ayudando a los países del tercer mundo en los últimos 20 años. Casos, menos dramáticos que el de Haití, pero parecidos, se pueden encontrar en Africa, en Latinoamérica, e incluso dentro de nuestras barrios y pueblos más pobres (el a veces olvidado "cuarto mundo"). La pregunta entonces, y que tiene difícil respuesta es ¿Qué hacemos ahora? Una opción (la neoliberal a ultranza) sería irse y dejar que los haitianos se ocupen ellos solos de su isla, y que aprendan, de la manera más dura, a apañárselas solitos (el famoso "swim or sink") sin importar el coste en sufrimiento y en dolor que esto pueda ocasionar. Y la otra sería re-dirigir la ayuda humanitaria a las infraestructuras, a la promoción del "entrepreneurship" local, y en general a que los haitianos aprendan a pescar, más que regalarles los peces.

No nos olvidemos de Haití... y de lo que de verdad podemos hacer por ellos.

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