Demasiado rápido
En el barrio en el que vivo han acabado muchas viviendas en los últimos meses y he decidido echar un vistazo a algunas de ellas para ver cómo está el mercado ahora que se habla de una cierta recuperación en Nueva York. Es desolador. Se lo comenté a una amiga arquitecta. ¿Cómo es posible que en las casas nuevas no haya armonía en los diseños o incluso sentido común? En algunos apartamentos he visto como en la habitación principal no se pueden abrir los armarios si la cama no se pega a la pared incluso cuando hay metros cuadrados para resolver ese problema de distribución.
Mi amiga ha diseñado algunos edificios similares y me explicó que hay una frustración general en su profesión porque se ha trabajado contrarreloj en la mayoría de los proyectos. Y cuanto más se veía venir el fin de la burbuja, más rapidez se imprimía a los proyectos por parte de las inmobiliarias que las ponían en marcha. “Se han diseñado cientos de apartamentos en plazos absolutamente ridículos y sin tiempo para revisar o certificar que efectivamente las puertas se podían abrir”, me explicaba con decepción.
La prisa es enemiga de lo bueno y esta conversación no hace más que verificarlo. Pero en la vivienda ha habido muchas prisas en muchos aspectos y ahora que se sabe cómo han gestionado los embargos algunos bancos, el dicho se ratifica.
Les recuerdo la situación en las pocas palabras que pueda. Mientras veían crecer la burbuja, los bancos concedieron créditos a cualquiera que pudiera demostrar tener pulso estable. Se hicieron hipotecas convencionales y no convencionales a clientes con riesgo alto y bajo que luego se trocearon y titulizaron para ser vendidas a inversores de todo el mundo. La banca ganó mucho dinero que en buena medida se ha volatilizado porque lo que no se sostiene se termina cayendo y aquello era un castillo de naipes. La morosidad subprime empezó a hacer estragos, contaminar el sector de la vivienda y luego la economía.
La gestión del servicio de esas hipotecas tampoco ha sido diligente. De hecho, la gestión de pagos y renegociación se quedó como el negocio pobre en el que apenas se invirtió por parte de la banca. Renegociar una hipoteca, protestar un pago o una notificación ha sido y es, según me cuenta gente que lo ha hecho, un ejercicio que demanda una paciencia infinita sobre todo con la gran banca donde es bien complicado o imposible hablar con una persona frente a frente del caso concreto. Ahora que la morosidad y los riesgos han explotado, estos departamentos son los que se han encontrado con el trabajo postcrisis, incapaces en muchos casos de encontrar los documentos relativos a la propiedad de la vivienda o elaborando documentos acreditativos con la ayuda de los llamado robo signers, personas que han firmado declaraciones juradas de forma automática sin tiempo para verificar datos.
The Washington Post y The New York Times han explicado que en muchos casos se contrataba a gente que no había visto una hipoteca en su vida para gestionarlas y que lo que primaba en estos casos era imprimir prisa al proceso de embargo, algo que se compensaba con dinero. Mucha prisa en una cadena de trabajo que ha llegado a bufetes de abogados que han acelerado las gestiones de una forma incompatible con la eficacia y la buena labor. Las pérdidas de documentos originales han estado al orden del día.
Todas estas prisas unidas a la idea de que "todo vale" están abriendo otra brecha en el sistema financiero y en el mercado de la vivienda, una brecha que como la que se abrió en 2008 tiene toda la pinta de ser muy laboriosa de cerrar y que llevará mucho, mucho tiempo cauterizar por más que afectados, inversores, y votantes tengan prisa por salir del atolladero y demanden soluciones rápidas y casi mágicas. No las hay.
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