15 minutos de fama demasiado largos
“En el futuro, todo el mundo será famoso durante 15 minutos”. El autor de
esta frase, Andy Warhol, convirtió cotidianos iconos de EE UU en obras de arte.
Su lata de sopa Campbell’s o las botellas de Coca Cola sobre inmensos lienzos dejan
testimonio de todo ello. Son objetos que podían ser reconocibles aunque no famosos,
pero al pasar por sus manos, Warhol les dio mucho más que ese cuarto de hora.
Warhol no sólo tuvo ojo artístico para interpretar, presentar y dar una
pátina de brillo a lo cotidiano sino también para ver al público con una
perspectiva muy amplia. El tiempo le ha dado la razón y cuarenta y pocos años después
de aquella frase, es casi un profeta. Cada vez más personas tratan de alcanzar
esos 15 minutos de fama incluso cuando para ello tengan que sonrojar a sus
semejantes. Ahora sería fascinante poder profundizar con él si verdaderamente es
necesario o deseable que todo el mundo sea famoso aunque sea un cuarto de hora.
Pongan el caso de Terry Jones. Un oscuro pastor evangélico de Florida con
una congregación de apenas 50 fieles en su mejor domingo. En un país tan religioso como EE UU,
tener tan escaso número de seguidores para un sermón difícilmente se puede
considerar un asunto meritorio. No obstante, Jones, un antiguo manager de
hotel, ha saltado a la fama en todo el mundo porque hace semanas decidió conmemorar
el 11S quemando todas las copias que pudiera del Corán, el libro sagrado de los
musulmanes. Se trata de un libro sobre el que, según una entrevista en The New
York Times, no tiene mucho conocimiento puesto que él solo está versado en la
Biblia.
En esa entrevista, en la que el periodista hizo notar que el pastor estaba
armado (tiene licencia) explicaba que nada en particular le había llevado a
tomar la decisión de hacer la fogata. Y es posible que así sea esto le viene de lejos ya que el año
pasado puso carteles en su Iglesia denunciando al Islam como obra del diablo. Entonces nadie le hizo gran caso. Pero en un ambiente muy caldeado por la oposición a la
construcción del centro cultural islámico en los alrededores de la Zona Cero,
unido a una imposible televisión por cable, en la que cada vez se ocupan más
las 24 horas de información con pseudo noticias extravagantes, vacuas y
fácilmente manipulables, y coronado con la emergencia de espontáneos “amigos” y “seguidores” en Facebook, Twitter
u otros medios en Internet, Jones encontró su pedestal. Desde allí defendió su
derecho a la libertad de expresión a la vez que enterró su presunto sentido de
la responsabilidad y del respeto. Es una provocación que le ha valido la condena desde casi
todos los rincones del planeta.
Ayer, después de que el general David Petraus, el presidente de EE UU,
multitud de grupos religiosos de todas las confesiones, cristianos evangélicos
y judíos incluidos, la propia Sarah Palin y el secretario de Estado de Defensa
(quien habló expresamente con él por teléfono) le pidieran que desistiera de
tan innecesaria como fundamentalista acción, Jones dijo que suspendía la quema
del Corán. El jueves por la noche encontró su causa, es decir, se subió al
carro que primero pasaba, y dijo que se iba a reunir con el imán que quiere
poner en marcha el centro cultural de Manhattan, Feisal Abdul Rauf. Es más, dijo
que tiene un pacto con él para que construya su centro en otro lugar y por ello pospone su iniciativa. El Imán
neoyorquino, por su parte, ha declarado no tener ni idea de qué está hablando Jones.
En realidad todo esto debe servir, entre otras cosas, para abrir un debate
serio, como rápidamente ha hecho The New York Times y en cierta
medida la CNN, sobre qué es información, cuál es la responsabilidad de los
informadores y hasta donde se pueden ir repartiendo pedestales en esta nueva
era del “infoteinment” (la mezcla de información y entretenimiento). El problema es que cuesta más hacer un buen programa de noticias y reportajes
que poner un micrófono delante de un individuo y polemizar durante días sobre
lo que haya dicho. Y parece que hay audiencia para lo último como muestran los
ratings.
En el debate abierto por el Times, el historiador Richard Perlstein dice
que los medios de élite han “abandonado su mandato moral de estigmatizar el
discurso no civil. En vez de ello se premia. De hecho”, continua, “es irónico que
en la confusión ideológica de nuestros tiempos lo hagan por lo que entienden
que es la espina dorsal de la civilización: la idea de que cada asunto público
debe ser enmarcado en dos posiciones iguales y opuestas, la progresista y la
conservadora, cada una de ellas con derecho a igual dignidad y respeto además
de espacio [en los medios]”. Para Perlstein esto ha convertido a los medios más
importantes en el espacio para los que están trabajando activamente en trasladar el debate público hacia los extremos.
Más aún. El
problema es que pese a todo la información que se maneja, hay mucha
desinformación. Según hizo público recientemente el Pew Research, no solo un gran número de
americanos cree que Barack Obama no es cristiano sino que además solo un tercio
de ellos sabe por ejemplo que las ayudas del Gobierno a la banca se pusieron en
marcha en la época de Bush y no bajo el mandato de Obama. Solo el 28% sabe
quien es una de las personas más influyentes del país, John Roberts, el
presidente del Tribunal Supremo, y apenas el 19% sabe que un tal David Cameron
es el actual primer ministro del Reino Unido.
No quisiera
alargarme más por no usar más de 15 minutos de su tiempo, estimado lector. Pero
insisto, ¿era Warhol un artista visionario o un genio
del sarcasmo que empezó a reirse en los sesenta?
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