Sobre el autor

Ana B. Nieto es corresponsal de ‘Cinco Días’ en EE UU. Madrileña y licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado antes para distintas publicaciones en Valencia, Madrid, y durante un año en el sur de Asia (Indonesia y Tailandia). Aficionada a los viajes y a lectura, especialmente de libros de historia, su asignatura pendiente es aprender árabe.

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    10 septiembre , 2010 | 05 : 35

    15 minutos de fama demasiado largos

    “En el futuro, todo el mundo será famoso durante 15 minutos”. El autor de esta frase, Andy Warhol, convirtió cotidianos iconos de EE UU en obras de arte. Su lata de sopa Campbell’s o las botellas de Coca Cola sobre inmensos lienzos dejan testimonio de todo ello. Son objetos que podían ser reconocibles aunque no famosos, pero al pasar por sus manos, Warhol les dio mucho más que ese cuarto de hora.

     

    Warhol no sólo tuvo ojo artístico para interpretar, presentar y dar una pátina de brillo a lo cotidiano sino también para ver al público con una perspectiva muy amplia. El tiempo le ha dado la razón y cuarenta y pocos años después de aquella frase, es casi un profeta. Cada vez más personas tratan de alcanzar esos 15 minutos de fama incluso cuando para ello tengan que sonrojar a sus semejantes. Ahora sería fascinante poder profundizar con él si verdaderamente es necesario o deseable que todo el mundo sea famoso aunque sea un cuarto de hora.  


    Probablemente el artista pop americano fue muy generoso y pensó que todo el mundo tenía un cierto talento lo que ha de llevar aparejado un reconocimiento por parte de la sociedad. Pero también cabe la posibilidad de que simplemente fuera un hombre curtido en el sarcasmo. Lo que es más seguro, puesto que ya no podemos preguntar a Warhol, es que muchos de los que aspiran a esos minutos de reconocimiento, fama o lo que sea si son muy generosos consigo mismos porque muchos de ellos consiguen arañar la gloria simplemente porque hoy existen los medios para que puedan llegar al pedestal y no siempre porque sus méritos les avalen.

     

    Pongan el caso de Terry Jones. Un oscuro pastor evangélico de Florida con una congregación de apenas 50 fieles en su mejor domingo. En un país tan religioso como EE UU, tener tan escaso número de seguidores para un sermón difícilmente se puede considerar un asunto meritorio. No obstante, Jones, un antiguo manager de hotel, ha saltado a la fama en todo el mundo porque hace semanas decidió conmemorar el 11S quemando todas las copias que pudiera del Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Se trata de un libro sobre el que, según una entrevista en The New York Times, no tiene mucho conocimiento puesto que él solo está versado en la Biblia.

     

    En esa entrevista, en la que el periodista hizo notar que el pastor estaba armado (tiene licencia) explicaba que nada en particular le había llevado a tomar la decisión de hacer la fogata. Y es posible que así sea esto le viene de lejos ya que el año pasado puso carteles en su Iglesia denunciando al Islam como obra del diablo. Entonces nadie le hizo gran caso. Pero en un ambiente muy caldeado por la oposición a la construcción del centro cultural islámico en los alrededores de la Zona Cero, unido a una imposible televisión por cable, en la que cada vez se ocupan más las 24 horas de información con pseudo noticias extravagantes, vacuas y fácilmente manipulables, y coronado con la emergencia de espontáneos  “amigos” y “seguidores” en Facebook, Twitter u otros medios en Internet, Jones encontró su pedestal. Desde allí defendió su derecho a la libertad de expresión a la vez que enterró su presunto sentido de la responsabilidad y del respeto. Es una provocación que le ha valido la condena desde casi todos los rincones del planeta.

     

    Ayer, después de que el general David Petraus, el presidente de EE UU, multitud de grupos religiosos de todas las confesiones, cristianos evangélicos y judíos incluidos, la propia Sarah Palin y el secretario de Estado de Defensa (quien habló expresamente con él por teléfono) le pidieran que desistiera de tan innecesaria como fundamentalista acción, Jones dijo que suspendía la quema del Corán. El jueves por la noche encontró su causa, es decir, se subió al carro que primero pasaba, y dijo que se iba a reunir con el imán que quiere poner en marcha el centro cultural de Manhattan, Feisal Abdul Rauf. Es más, dijo que tiene un pacto con él para que construya su centro en otro lugar y por ello pospone su iniciativa. El Imán neoyorquino, por su parte, ha declarado no tener ni idea de qué está hablando Jones.

     

    En realidad todo esto debe servir, entre otras cosas, para abrir un debate serio, como rápidamente ha hecho The New York Times y en cierta medida la CNN, sobre qué es información, cuál es la responsabilidad de los informadores y hasta donde se pueden ir repartiendo pedestales en esta nueva era del “infoteinment” (la mezcla de información y entretenimiento). El problema es que cuesta más hacer un buen programa de noticias y reportajes que poner un micrófono delante de un individuo y polemizar durante días sobre lo que haya dicho. Y parece que hay audiencia para lo último como muestran los ratings.

     

    En el debate abierto por el Times, el historiador Richard Perlstein dice que los medios de élite han “abandonado su mandato moral de estigmatizar el discurso no civil. En vez de ello se premia. De hecho”, continua, “es irónico que en la confusión ideológica de nuestros tiempos lo hagan por lo que entienden que es la espina dorsal de la civilización: la idea de que cada asunto público debe ser enmarcado en dos posiciones iguales y opuestas, la progresista y la conservadora, cada una de ellas con derecho a igual dignidad y respeto además de espacio [en los medios]”. Para Perlstein esto ha convertido a los medios más importantes en el espacio para los que están trabajando activamente en trasladar el debate público hacia los extremos.

    Más aún. El problema es que pese a todo la información que se maneja, hay mucha desinformación. Según hizo público recientemente el Pew Research, no solo un gran número de americanos cree que Barack Obama no es cristiano sino que además solo un tercio de ellos sabe por ejemplo que las ayudas del Gobierno a la banca se pusieron en marcha en la época de Bush y no bajo el mandato de Obama. Solo el 28% sabe quien es una de las personas más influyentes del país, John Roberts, el presidente del Tribunal Supremo, y apenas el 19% sabe que un tal David Cameron es el actual primer ministro del Reino Unido.

    No quisiera alargarme más por no usar más de 15 minutos de su tiempo, estimado lector. Pero insisto, ¿era Warhol un artista visionario o un genio del sarcasmo que empezó a reirse en los sesenta?

    Comentarios

    Josean_21

    Desde luego que los medios o los informadores no deberían dar cancha a este tipo de personajes. Esa es la mayor responsabilidad que bajo mi opinión tienen, discernir lo realmente sustancial de las cosas simplemente no relevantes. Porque estoy seguro que ideas descabelladas o que pueden ofender a la otra mitad de la humanidad se le ocurren a mucha gente y por eso no son noticias.
    La otra vertiente consiste en el interés que se esconde detrás de este tipo de polémicas. Quiás solo quieran alimentar el negocio o el odio. Salu2.

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