Lo más cotizado de la farmacia
¿Cuáles son los productos de belleza y salud que más se roban y luego se revenden? No es que se me haya ocurrido la pregunta al vuelo. Es que tengo la respuesta porque la Asociación Nacional de Comerciantes al por menor (NRF) los enumeró, para mi sorpresa, en una nota informativa sobre las perspectivas ante las fiestas que vienen. Entre otras cosas, la lista incluye maquinillas de afeitar, cabezales de cepillos de dientes, blanqueador de dientes, pero también, analgésicos sin receta, Zantac (para las úlceras), Prilosec (para el ardor de estómago) y tests para la diabetes. Esto último me dejó muy perpeleja.
Hace poco estuve en Houston (Texas) y en el aseo del aeropuerto encontré unos recipientes especiales para deshacerse de las jeringas con las que los diabéticos se inyectan la insulina.
¿Por qué tanto interés por los tests en el mercado de la reventa ilegal y tanta infraestructura en lugares públicos?
Porque la diabetes afecta a 24 de los 308 millones de habitantes de EE UU, según los datos que manejan las farmecéuticas y según la ADA, la Asociación Americana de la Diabetes, 57 millones tienen alto riesgo de caer en la Tipo 2. Esta es, de lejos, la más frecuente y se suele manifestar en personas que tienen cierta predisposición y además no vigilan su dieta o hábitos de ejercicio. No son datos quizá muy sorprenentes en un país en el que se habla de la obesidad como si fuera una epidemia pero si muy preocupantes.
La ADA afirma que uno de cada 440 niños y adolescente tiene esta enfermedad y que si se sigue la actual tendencia uno de cada tres de los nacidos hoy la desarrollarán. Pero además, The New York Times afirmaba en un reciente artículo que a un tercio de las personas que padecen esta enfermedad, la quinta causa de muerte en el país por delante del SIDA y el cáncer de mama juntos, no se le ha sido diagnosticado.
La diabetes supone unos gastos directos e indirectos en EE UU de unos 174.000 millones de dólares anualmente.
La ADA acaba de lanzar una campaña
de sensibilización a la población y no solo para conseguir fondos con los que investigar sino para que
los ciudadanos seamos más conscientes de esta enfermedad y de las necesidades de nuestros semejantes que la sufren.
A eso ayudaría bastante, la verdad, que
la mayoría de los restaurantes de Nueva York, por ejemplo, renunciasen a
aderezar la mayor parte de las comidas con azúcar, algo que es mucho más
frecuente de lo que nadie puede imaginar. No he hecho un muestreo científico
pero muchos restaurantes se quedan con pocos o ningún plato que ofrecer en el
menú cuando se les advierte que uno de los comensales no puede tocar el azúcar.
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