Sobre el autor

Ana B. Nieto es corresponsal de ‘Cinco Días’ en EE UU. Madrileña y licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado antes para distintas publicaciones en Valencia, Madrid, y durante un año en el sur de Asia (Indonesia y Tailandia). Aficionada a los viajes y a lectura, especialmente de libros de historia, su asignatura pendiente es aprender árabe.

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    29 agosto , 2009 | 17 : 24

    Kennedy

    Hace unos años, el día en el que se recordaba la muerte de Martin Luther King, oí por primera vez en un reportaje de radio la intervención que Robert Kennedy, hizo en Indianapolis durante su campaña a la presidencia. Bobby acababa de ser informado de que el líder negro había sido asesinado y en vez de cancelar el acto, como le pidieron por motivos de seguridad, improvisó uno de esos discursos que ennoblecen la política. “En este día difícil, en estos momentos complicados para los EE UU, es quizá momento de reflexionar qué nación somos y en qué dirección queremos ir”.

    En Indianapolis no hubo disturbios tras la muerte del reverendo King.


    Las vidas de los Kennedy han estado marcadas por el drama y el servicio público, una vocación que, déjenme que les diga a título personal, admiro ya sea en médicos, en policías, en bomberos, en periodistas, en funcionarios o en políticos. Tenían sus fisuras y sus debilidades, muchas de ellas bien conocidas, y tomaron decisiones discutidas pero el clan político ha sabido inspirar al EE UU como pocos lo han hecho.

     

    Al asumir la presidencia en 1961 John F. Kennedy dijo que recogía la antorcha que se pasaba a “una nueva generación de americanos”. Su hermano Robert quiso recogerla tras su muerte pero él mismo fue asesinado.

     

    Edward Kennedy no era, a priori, el hombre para tomar el relevo. Fue expulsado de Harvard, tuvo un accidente poco aclarado en el que murió una mujer, no sobresalió como sus hermanos mayores y su único intento por lograr la presidencia no fue muy lejos por faltas propias ya que no supo explicar convincentemente por qué quería ser presidente.

     

    Llegó al Senado porque era un Kennedy pero mantuvo el escaño porque contra todo pronóstico y tras unos primeros baches se fue convirtiendo en uno de sus miembros con más convicciones, más empaque político y  más dedicación.

     

    Han sido 47 años en una Cámara desde la que han salido un millar de iniciativas legislativas, que siguiendo la tradición de nombrarlas por los legisladores que las plantean, llevan su nombre. Varios cientos de ellas fueron impulsadas personalmente por él y han dejado una profunda huella en el país. Kennedy fue un infatigable defensor de los derechos civiles y las políticas sociales, como lo fue su hermano Bobby. En los últimos años fue el impulsor de la abortada ley de reforma de la inmigración y la creación de un seguro público para niños con escasos recursos debe su existencia al senador Kennedy. Si los soldados que fueron en Irak consiguieron tener transportes blindados fue por él.

     

    El más joven de los Kennedy fue, sin duda y consistentemente, uno de los miembros más progresistas de la cámara, según recordaba emocionado el viernes en el funeral el senador republicano por Utah, Orrin Hatch, al tomar la palabra. Para Hatch, Kennedy era un compañero, un adversario y un gran amigo.


    Ya enfermo, ha sido él quien ha dado un fuerte apoyo a la iniciativa de reforma de la sanidad que ahora consume el debate político y tiene el potencial de cambiar un problema fundamental del país. “La atención médica es un derecho fundamental para todos, no un privilegio caro para pocos”, clamaba repetidamente quien fue conocido como “el león del Senado”. Estos días se han desempolvado  muchas cintas antiguas. Mal sonido y mala calidad de imagen para momentos históricos y para ver a un joven Kennedy que en 1978 daba golpes en el estrado tras demandar de forma apasionada un sistema sanitario que no solo los ricos como él pudieran permitirse.

     

    A la vista de su vida, su legado legislativo y su dedicación, es evidente que Edward Kennedy escuchó atentamente a su hermano mayor cuando en 1961 tomó posesión de la presidencia. “No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros sino lo que vosotros podéis hacer por vuestro país”.

     

    Como dijo el senador demócrata Bill Delahunt, cuando se reúna con sus hermanos va a poder decirles “he llevado la antorcha, la he llevado a lo largo de todo el camino”. Kennedy apoyó decisivamente durante la campaña a Barack Obama, le pasó el testigo y repitió aquello de que “los sueños nunca moriran”, la frase que le define.


    Ni los sueños, ni la vocación por el servicio público, esa antorcha tiene que seguir pasando de mano en mano.

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