Kennedy
Hace unos años, el día en el que se recordaba la muerte de Martin Luther
King, oí por primera vez en un reportaje de radio la intervención que Robert
Kennedy, hizo en Indianapolis durante su campaña a la presidencia. Bobby
acababa de ser informado de que el líder negro había sido asesinado y en vez de
cancelar el acto, como le pidieron por motivos de seguridad, improvisó uno de
esos discursos que ennoblecen la política. “En este día difícil, en estos
momentos complicados para los EE UU, es quizá momento de reflexionar qué nación
somos y en qué dirección queremos ir”.
En Indianapolis no hubo disturbios tras la muerte del reverendo King.
Las vidas de los Kennedy han estado marcadas por el drama y el servicio
público, una vocación que, déjenme que les diga a título personal, admiro ya
sea en médicos, en policías, en bomberos, en periodistas, en funcionarios o en
políticos. Tenían sus fisuras y sus debilidades, muchas de ellas bien
conocidas, y tomaron decisiones discutidas pero el clan político ha sabido
inspirar al EE UU como pocos lo han hecho.
Al asumir la presidencia en 1961 John F. Kennedy dijo que recogía la
antorcha que se pasaba a “una nueva generación de americanos”. Su hermano
Robert quiso recogerla tras su muerte pero él mismo fue asesinado.
Edward Kennedy no era, a priori, el hombre para tomar el relevo. Fue
expulsado de Harvard, tuvo un accidente poco aclarado en el que murió una
mujer, no sobresalió como sus hermanos mayores y su único intento por lograr la
presidencia no fue muy lejos por faltas propias ya que no supo explicar
convincentemente por qué quería ser presidente.
Llegó al Senado porque era un Kennedy pero mantuvo el escaño porque contra
todo pronóstico y tras unos primeros baches se fue convirtiendo en uno de sus
miembros con más convicciones, más empaque político y más dedicación.
Han sido 47 años en una Cámara desde la que han salido un millar de iniciativas
legislativas, que siguiendo la tradición de nombrarlas por los legisladores que
las plantean, llevan su nombre. Varios cientos de ellas fueron impulsadas personalmente por él y han dejado una profunda huella en el país. Kennedy fue un infatigable defensor
de los derechos civiles y las políticas sociales, como lo fue su hermano Bobby.
En los últimos años fue el impulsor de la abortada ley de reforma de la
inmigración y la creación de un seguro público para niños con escasos
recursos debe su existencia al senador Kennedy. Si los soldados que fueron en
Irak consiguieron tener transportes blindados fue por él.
El más joven de los Kennedy fue, sin duda y consistentemente, uno de los miembros más progresistas de la cámara, según recordaba emocionado el viernes en el funeral el senador republicano por Utah, Orrin Hatch, al tomar la palabra. Para Hatch, Kennedy era un compañero, un adversario y un gran amigo.
Ya enfermo, ha sido él quien ha dado un fuerte apoyo a la iniciativa de reforma
de la sanidad que ahora consume el debate político y tiene el potencial de
cambiar un problema fundamental del país. “La atención médica es un derecho
fundamental para todos, no un privilegio caro para pocos”, clamaba
repetidamente quien fue conocido como “el león del Senado”. Estos días se han desempolvado
muchas cintas antiguas. Mal sonido y mala calidad de imagen para
momentos históricos y para ver a un joven Kennedy que en 1978 daba golpes en el estrado tras
demandar de forma apasionada un sistema sanitario que no solo los ricos como él
pudieran permitirse.
A la vista de su vida, su legado legislativo y su dedicación, es evidente que Edward Kennedy
escuchó atentamente a su hermano mayor cuando en 1961 tomó posesión de la
presidencia. “No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros sino
lo que vosotros podéis hacer por vuestro país”.
Como dijo el senador demócrata Bill Delahunt, cuando se reúna con sus
hermanos va a poder decirles “he llevado la antorcha, la he llevado a lo largo
de todo el camino”. Kennedy apoyó decisivamente durante la campaña a Barack Obama, le pasó el
testigo y repitió aquello de que “los sueños nunca moriran”, la frase que le
define.
Ni los sueños, ni la vocación por el servicio público, esa antorcha tiene que seguir pasando de mano en mano.
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