Una mirada curiosa y divertida a la economía, política y sociedad del gigante estadounidense. Una narración del día a día de un país que nunca descansa y que no deja de pasar desapercibido para nadie.
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Una encuesta rápida
de la CNN concluyó que Barack Obama había ganado el debate del viernes. La CBS
obtuvo similar resultado entre votantes que se calificaban como indecisos
aunque la mayoría de los expertos políticos dijeron que aquello quedó en empate.
Si en una encuesta alguien hubiera preguntado algo así como “¿le ha quedado
clara la diferencia entre los dos candidatos?”, probablemente la respuesta
habría sido mayoritariamente que si porque hubo sustancia. Si en esa misma
encuesta se preguntara ¿le ha aburrido el debate?, creo que sería previsible
que la respuesta también habría sido abrumadoramente positiva.
El debate ayudó a
clarificar que Obama no quiere subir los impuestos a los americanos y que el
programa de salud de McCain es tan radical como que abre el camino para que se
acabe el seguro médico proporcionado por las empresas. También se supo quien
abogaba por más regulación y por menos y en qué consistía “sentarse a hablar
sin precondiciones” con un líder de un país como Irán, Cuba o Venezuela, o que
McCain ha estado en el remoto Waziristan.
Pero ninguno de
los dos dejó una frase para recordar. Ninguno se metió en el territorio del
otro hasta ponerlo entre la espada y la pared, es decir, ninguno remató la
faena.
Después de haber
sido “acusado” por McCain de ser el candidato más de izquierdas del Senado,
Obama quiso dar la impresión de ser capaz de cruzar las fronteras políticas que
le separan de su oponente. Así, admitió en muchas ocasiones que McCain estaba
en lo cierto sobre tal o cual cuestión, y no le dijo nunca con demasiada
contundencia que también estaba equivocado en otras. Dio una ejemplar muestra
de su buen juicio y su determinación pero también de lo que la imprescindible
columnista de The New York Times, Gail Collins, ha descrito como una calma que
no se sabe si es el “producto de su inteligente serenidad o su metabolismo bajo
(lentitud a la hora de procesar)”. McCain estuvo mucho tiempo a la defensiva,
sobre todo al principio, cuando el debate giró en torno a la economía, y a
decir de los fact checkers, utilizó los datos un poco a su antojo durante toda
la sesión.
Uno de los
momentos en los que hubo un rifirrafe fue cuando quisieron entrar al detalle de
un comentario de Henry Kissinger que cada uno pensaba que le favorecía. ¡Qué
más da! Kissinger ha estado equivocado tantas veces y está en un universo tan
distinto al que vive Obama que parecía un poco extraño que quisiera anotarse un
punto por ese lado.
En cualquier caso
el debate fue formativo pero le faltó gancho mediático y fue fácilmente olvidable. Que el resultado de ese mano
a mano fuera tan poco claro en momentos tan oscuros es una señal de que ambos
deben sacar más de si mismos para convencer y seducir a los votantes. El
viernes les dieron razones para ir a votar pero en los próximos debates deben
darles razones para que quieran ir a hacerlo con ilusión pase lo que pase.
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