Con el bolsillo siempre abierto
El miércoles fui al cine. Cuando compré las entradas la taquillera me preguntó si quería donar un dólar para la lucha contra el cáncer. Así de genérico. No me habló de ningún centro de investigación que necesitara el dinero, ni de ninguna organización u hospital, simplemente de luchar contra el cáncer. Como vi que lo hacían todos los que estaban en la cola, me sumé. Los americanos son muy generosos a la hora de abrir el bolsillo para obras caritativas y ayudas de este tipo. El año pasado, pese a la crisis, donaron más de 300.000 millones de dólares, todo un récord.
A cambio del dólar para
luchar contra el cáncer me dieron un cupón para palomitas con mantequilla que
no canjee porque el colesterol también me preocupa. Una vez sentada, uno de los
anuncios previos a la película hablaba de una organización de cuidado de niños
y niñas al que no presté mucha atención. Cuando acabó, salió una de las
acomodadoras con una gran hucha y la pasó por la audiencia diciendo que, por
favor, colaboráramos con esa organización. La hucha se fue llenando.
Al día siguiente me
encontré en el correo electrónico con una petición de una ONG de Washington que
da comida a los más desfavorecidos y sin techo (de los que hay cientos en la capital). Dicen que el precio de los alimentos les
impide llegar donde llegaban antes y que necesitan más dinero para cubrir las
necesidades del mismo número de personas.
Incluso con estas
campañas agresivas de donaciones puede que este año las organizaciones de
caridad y fundaciones no vean tanto dinero como el año pasado cuando los
americanos dieron 306.390 millones de dólares, según Giving USA Foundation. La
cantidad es un récord y supone un 88% más que hace apenas una década, pero el nivel
de crecimiento con respecto al año anterior es de apenas un 1% (ajustado a la
inflación), lejos del 13% registrado en 2005
Este año va a ser muy
difícil superar la cifra de 2007, sobre todo porque fueron sobre todo los
particulares los que más contribuyeron (con un 75%) a ayudar a causas
religiosas, sociales, culturales y de solidaridad con los países en desarrollo
o azotados por una crisis natural. Y este año estos generosos americnos están
rodeados de incertidumbre ante esta crisis que no solo no ha tocado fondo sino
que además afecta al universo más cercano de cada uno: su casa, su
trabajo, su coche y sus fondos de pensiones.
En particular, el día del cine el Dow se acababa de desplomar a su nivel más bajo en dos años al caer un 2,1% y los augurios eran malos.
Con todo, la mayoría de abrió la cartera cuando
se lo pidieron antes de la película. Por cierto, dos palabras sobre ella. Confieso
que he visto Hancock, una película, protagonizada por Will Smith, sobre un
superhéroe descarriado. La cinta es puro entretenimiento, es decir nada del
otro mundo pero al menos no ofende y los protagonistas son guapos. Es decir, un
feel good movie, el perfecto antídoto para contrarrestar días de crisis.
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