El calor no sabe de crisis
El West Village no estaba tan animado como de costumbre el jueves por la noche. Ni los bares ni los restaurantes estaban llenos como suelen estar a esas horas y en estos días. Los camareros y los dependientes andaban algo más desocupados que normalmente este fin de semana y no es el primero en el que esto pasa. La sensación de crisis, empieza a calar.
Ya no es tan difícil hacer reservas en los restaurantes de moda y en cualquier otro sitio tampoco hay que esperar mucho para conseguir mesa. Los carteles de las rebajas se multiplican en las tiendas para conseguir que la caja suene. Hay establecimientos como los que venden muebles en los que hay poco tráfico. En esos no entran los turistas europeos, que son los que dan vidilla a muchas de las tiendas que venden ropa o aparatos electrónicos
Hace unos días The New York Times publicaba un artículo sobre cómo la crisis había llegado hasta las clases más altas de la ciudad y cómo hasta los peluqueros notaban que sus clientas fijas ya no se repasan las mechas cada mes sino cada dos para ahorrarse los 400 dólares que como media cuesta una visita al salón de belleza. No sería de extrañar que la moda del cabello castaño desplazara a la de las mechas rubias. Sería una de las exigencias del guión que escribe esta crisis.
La crisis se ha dado de bruces con la brutal ola de calor que recorre la costa este. Con ella no ha podido. Con el cheque del estímulo fiscal de George Bush, con las últimas reservas de la tarjeta o como sea, este fin de semana y el lunes fue el día del aire acondicionado. Con 35ºC y casi un 60% de humedad en Nueva York, no podía ser de otra manera.
En tiendas como PC Richards, no había gente el lunes más que en el área de aires acondicionados. En los departamentos de televisiones, frigoríficos u ordenadores no había más que algún cliente pero en el de los aires acondicionados las cajas volaban. El lunes a las nueve de la noche el manager de la tienda insistía que se habían acabado los cientos de unidades disponibles para la venta y la clientela empezó a desfilar hacia la salida
Le pregunté a Palmer, uno de los empleados, si había vendido algo que no fuera un aparato de aire… Se rió. “Si, un frigorífico, el mercado está muy flojillo”, me explicó.
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