A quienes visitan la ciudad las guías les recomiendan que acudan a una misa en Harlem. Los turistas van, sobre todo, por la música. Más interesante, sin embargo, es
oír a los pastores, ver cómo se dirigen con vibrante intensidad a su
congregación y cómo esta responde con la misma garra. Los pastores hablan,
cantan, exhortan, claman, se enfadan, compadecen, bailan, bromean y gritan
hasta que llevan al éxtasis a buena parte de la parroquia. Es una forma de
comunicación que se lleva más allá del púlpito donde las audiencias no son siempre tan receptivas ni al mensaje ni a la forma. El reverendo Jeremiah Wright,
el ahora controvertido expastor de Barack Obama, está mostrando estas maneras
en los últimos días en los que, para la desgracia del candidato, no abandona la
plaza pública.
El
reverendo dice que los medios de comunicación de EE UU han presentado
una visión distorsionada de él, como un antiamericano, y por extensión de la
iglesia afro americana por motivos políticos, algo que han aprovechado las campañas de John McCain y Hillary Clinton.
En estos últimos días, y dependiendo de qué intervención, los electores han
visto a distintos “Wrights” en sus pantallas. Unas veces podría haber sido fácil
que los estadounidenses estuvieran de acuerdo con él sobre esta visión distorsionada. Otras veces, quizá no
tanto.
El
viernes, en el programa de entrevistas de Bill Moyers en la televisión pública,
dio una imagen de intelectual a contracorriente muy convincente, nada agresiva.
En el discurso que el domingo dio ante la NAACP se presentó algo más acalorado
y más combativo. Uno de sus argumentos era que hay cosas en al vida “diferentes,
pero no por ello deficientes”, principio sobre el que montó la teoría de una
especificidad negra en EE UU que necesitaba de respuestas específicas. Una de
sus sugerencias es que la educación a los niños negros debía ser distinta de la
de los blancos. Una teoría que quizá no es lo que quisiera oír Obama, quien
tiene un mensaje de unidad y reconciliación para EE UU, de su ex pastor.
En el
Club Nacional de Prensa, el lunes, Wright sugirió cuestiones políticamente
incorrectas, más aún en campaña, como que los ataques del 11S fueron una
respuesta terrorista al terrorismo de EE UU en el extranjero (“no se puede
hacer terrorismo con otras gentes y pensar que nunca se va a volver contra uno”).
Wright volvió a insistir en la leyenda urbana de que fue EE UU quien inventó el
virus del sida y además, dijo que a Louis Farrakahn, el líder de Nation of
Islam, se le debía respecto porque cuando habla, “los americanos negros
escuchan, estén o no de acuerdo con él”. Farrakhan ha sido acusado de racismo,
homofobia y antisemitismo.
En los
servicios de Harlem he escuchado, a veces, sermones con claves similares y tonos
exaltados en las que se recuerda en tono reivindicativo la opresión negra en EE UU, el llamado pecado capital en la fundación del país, como hace Wright. Es algo que no llama tanto la atención a esa feligresía aunque puede sorprender al resto
de los americanos.
Wright dijo
que en el discurso sobre la raza que hizo Obama este se distanció de él porque
es un político “y los medios de comunicación están diciendo que soy
antiamericano”. Él quiso dejar claro que no hablaba por Obama pero para la
campaña de este, el momento elegido por Wright para saltar al ruedo público no podía ser peor ya
que tiene a la vuelta de la esquina las primarias en Indiana y Carolina del
Norte y a Hillary Clinton luchando por cada voto.
Obama está tratando de
distanciarse y mostrar que, como es obvio no tiene control, sobre el pastor que
le inició en el cristianismo, le casó y bautizó a sus hijas. Está por ver que
ese mensaje funcione ante los trabajadores blancos de bajos ingresos cuyo voto
necesita.
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