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14 marzo , 2008 | 05 : 00

Una historia para Goethe

En la barra del bar-restaurante mexicano Pacífico, en Brooklyn, hay una televisión que siempre está muda. El miércoles por la noche, estaba sintonizada la Fox y como siempre que está sin sonido se habían activado los subtítulos con la trascripción de lo que narraban sus locutores. A la hora de las noticias, se apagaron las conversaciones y todos los que allí estábamos giramos la cabeza para ver mejor. Entonces conocimos a Ashley Alexandra Dupré, la protagonista del informativo. Aquella chica, hasta entonces desconocida, de 22 años resultó ser Kristen, la prostituta del Emperor’s Club VIP que a mediados de febrero tuvo un encuentro con el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer. Inevitablemente, el increíble caso de Spitzer ocupó la charla de sobremesa en el Pacífico.

El asunto de Spitzer es lo que aquí se llama el talk of the town. Contiene todos los elementos que convierten a una historia en el perfecto drama y siendo así, no es más que obvio que esté en boca de todo el mundo. En las conversaciones sale más de una vez la palabra “increíble”. Y lo es. A mucha gente, y me incluyo, aún nos cuesta conectar la imagen de la persona con la historia de prostitución que ahora protagoniza.

 “Spitzer involucrado en una trama de prostitución”, decía el titular de The New York Times que destapó la noticia. Cierto es que al leerlo muchos pensamos que tenía un papel más activo dentro de esa trama que la de ser un cliente de un burdel de lujo, que es lo que era, como luego se detalló pormenorizadamente. 

 Eliot Spitzer ha sido un abrasivo, agresivo, audaz e infatigable fiscal general de Nueva York, el papel por el que es más reconocido. Su estilo, su agilidad verbal y su aplomo a la hora de perseguir a aquellos que estaban en las más altas oficinas de la banca de inversión, los seguros o los mercados, le valió el sobrenombre de “el sheriff de Wall Street”. Con el código penal en la mano se convirtió en el vigilante de la ética en la vida pública y con una oratoria digna de quien se ha visto ante jueces, jurados y público siempre ha sabido trazar convincentemente la línea entre el bien y el mal en cualquier asunto financiero, social o político. En el mundo financiero había poco amor para Spitzer pero en la calle había mucho y cuando decidió presentarse como candidato a gobernador del estado ganó las elecciones con el 67% de los votos.

 Ahora se sabe que Spitzer ha protagonizado más papeles que el de fiscal y gobernador y ha llevado una vida privada distinta de la que proyectaba con su hacer público. Siendo fiscal persiguió a las tramas de prostitución con dinamismo. Dijo que le causaba repulsa el comercio del sexo y una de las cosas que hizo cuando llegó al puesto de gobernador fue incrementar las multas a los clientes de las prostitutas porque tenía la convicción de que para acabar con este mercado antes había que acabar con la clientela. Todo esto es materia de análisis médico.

 El análisis político ya lo han hecho los ciudadanos y la mayoría está de acuerdo en que Spitzer tenía que irse. El profesor de derecho de la Universidad de Harvard, Alan Dershowitz, aseguraba en un programa de televisión estos días que él defendería a Spitzer y que no estaba de acuerdo con el hecho de que la vida privada sea relevante para la política. “Esto es algo que solo pasa en América, si ocurriera en Europa ni llegaría a los periódicos”. Así tendría que ser. Los problemas de su matrimonio deberían haber sido un asunto privado.

 Pero no lo son. Últimamente los periódicos se han ocupado mucho de la vida privada de un presidente francés, cosa que antes no había ocurrido. En cualquier caso, la situación de Spitzer presenta más ironías de las que son necesarias para un político que ha cimentado su carrera en el cumplimiento estricto de la ley. La aplicó en otros. Es cierto que los otros han causado un perjuicio a la sociedad y él no. Pero Spitzer no solo puede ser perseguido por la justicia que el personificó, el problema es que ha caído en la contradicción y se ha desautorizado como lo hicieron muy recientemente el reverendo Ted Haggard, que criticaba la homosexualidad pero se involucró con un chico de alterne, o el senador Larry Craig, también un republicano poco amigo de dar derechos a los gays pero que fue detenido por la policía por presuntas conductas homosexuales en un aeropuerto.

 Los periódicos se han agotado en los puestos y en el metro la gente se empapa de los gratuitos y los que lleva bajo el brazo. Pese a toda la literatura que se está haciendo con este caso, yo sigo lamentando que Goethe no esté ya para dramatizar esta fábula como solo él lo podía haber hecho.

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