En la barra del bar-restaurante mexicano
Pacífico, en Brooklyn, hay una televisión que siempre está muda. El miércoles por
la noche, estaba sintonizada la Fox y como siempre que está sin sonido se
habían activado los subtítulos con la trascripción de lo que narraban sus
locutores. A la hora de las noticias, se apagaron las conversaciones y todos los que allí estábamos giramos la cabeza para ver
mejor. Entonces conocimos a Ashley Alexandra Dupré, la protagonista del
informativo. Aquella chica, hasta entonces desconocida, de 22 años resultó ser
Kristen, la prostituta del Emperor’s Club VIP que a mediados de febrero tuvo un
encuentro con el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer. Inevitablemente, el
increíble caso de Spitzer ocupó la charla de sobremesa en el Pacífico.
El asunto de Spitzer es lo que aquí se llama
el talk of the town. Contiene todos los elementos que convierten a una historia
en el perfecto drama y siendo así, no es más que obvio que esté en boca de todo
el mundo. En las conversaciones sale más de una vez la palabra “increíble”. Y
lo es. A mucha gente, y me incluyo, aún nos cuesta conectar la imagen
de la persona con la historia de prostitución que ahora protagoniza.
“Spitzer involucrado en una trama de
prostitución”, decía el titular de The New York Times que destapó la noticia. Cierto
es que al leerlo muchos pensamos que tenía un papel más activo dentro de esa
trama que la de ser un cliente de un burdel de lujo, que es lo que era, como luego
se detalló pormenorizadamente.
Eliot Spitzer ha sido un abrasivo, agresivo,
audaz e infatigable fiscal general de Nueva York, el papel por el que es más
reconocido. Su estilo, su agilidad verbal y su aplomo a la hora de perseguir a
aquellos que estaban en las más altas oficinas de la banca de inversión, los
seguros o los mercados, le valió el sobrenombre de “el sheriff de Wall Street”.
Con el código penal en la mano se convirtió en el vigilante de la ética en la
vida pública y con una oratoria digna de quien se ha visto ante jueces, jurados
y público siempre ha sabido trazar convincentemente la línea entre el bien y el
mal en cualquier asunto financiero, social o político. En el mundo financiero
había poco amor para Spitzer pero en la calle había mucho y cuando decidió
presentarse como candidato a gobernador del estado ganó las elecciones con el
67% de los votos.
Ahora se sabe que Spitzer ha protagonizado más
papeles que el de fiscal y gobernador y ha llevado una vida privada distinta de
la que proyectaba con su hacer público. Siendo fiscal persiguió a las tramas de
prostitución con dinamismo. Dijo que le causaba repulsa el comercio del sexo y
una de las cosas que hizo cuando llegó al puesto de gobernador fue incrementar
las multas a los clientes de las prostitutas porque tenía la convicción de que
para acabar con este mercado antes había que acabar con la clientela. Todo esto
es materia de análisis médico.
El análisis político ya lo han hecho los
ciudadanos y la mayoría está de acuerdo en que Spitzer tenía que irse. El
profesor de derecho de la Universidad de Harvard, Alan Dershowitz, aseguraba
en un programa de televisión estos días que él defendería a Spitzer y que no
estaba de acuerdo con el hecho de que la vida privada sea relevante para la política.
“Esto es algo que solo pasa en América, si ocurriera en Europa ni llegaría a
los periódicos”. Así tendría que ser. Los problemas de su matrimonio deberían haber sido un asunto privado.
Pero no lo
son. Últimamente los periódicos se han ocupado mucho de la vida privada de un
presidente francés, cosa que antes no había ocurrido. En cualquier caso, la
situación de Spitzer presenta más ironías de las que son necesarias para un político
que ha cimentado su carrera en el cumplimiento estricto de la ley. La aplicó en
otros. Es cierto que los otros han causado un perjuicio a la sociedad y él no.
Pero Spitzer no solo puede ser perseguido por la justicia que el personificó, el problema es que ha caído en la contradicción y se ha desautorizado como lo
hicieron muy recientemente el reverendo Ted Haggard, que
criticaba la homosexualidad pero se involucró con un chico de alterne, o el senador Larry Craig, también
un republicano poco amigo de dar derechos a los gays pero que fue detenido por
la policía por presuntas conductas homosexuales en un aeropuerto.
Los periódicos se han agotado en los puestos y
en el metro la gente se empapa de los gratuitos y los que lleva bajo el brazo. Pese
a toda la literatura que se está haciendo con este caso, yo sigo lamentando que
Goethe no esté ya para dramatizar esta fábula como solo él lo podía haber
hecho.
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