The Debate
Puede que sea el último. En estas primarias, Hillary Clinton y Barack Obama se han medido en debates 20 veces, contando con el que el martes por la noche mantuvieron en Cleveland (Ohio), aunque solo en los tres últimos lo han hecho con un mano a mano. Sin mas papel que el que utilizaron para hacer rápidos apuntes y sin intervenciones preparadas, ambos contendientes hicieron lo que en otras ocasiones: se atacaron con dureza pero elegancia, expusieron sus programas, denunciaron las tegiversaciones que mutuamente se han hecho, dijeron por qué el de cada uno era mejor y contestaron a preguntas, a veces afiladas, del siempre documentado Tim Russert.
El debate fue ágil, duro pero civilizado. No hubo momento para la relajación y los noventa minutos se hicieron amenos.
La duda sobre el tono del mismo venía marcada por la imposibilidad de saber qué Clinton iba a prevalecer en la mesa. La diplomática que cerró el anterior debate diciendo lo honrada que estaba de disputar esta carrera con Obama. La que al día siguiente montó en cólera por la publicidad de su oponente y le reclamó más vergüenza y menos tácticas de Karl Rove (el arquitecto de la campaña de George Bush). O la que el domingo en un discurso le ridiculizó con un sarcasmo que es imposible de reproducir en estas líneas de forma breve y fidedigna.
Al final hubo un poco de todo en un debate en el que cada candidato atacó al contrario por tergiversar su mensaje. “Debemos tener un buen debate que use información contrastada, no falsa, engañosa o desacreditada, especialmente en algo tan importante como si podremos alcanzar una sanidad buena y al alcance de todos los bolsillos”, decía Clinton. Obama respondía con el mismo tono: “La senadora Clinton, durante su campaña, ha estado atacándonos con e mails, robo-calls (llamadas pregrabadas), panfletos y anuncios y no hemos lloriqueado porque entendemos que esta es la naturaleza de la campaña”. A partir de estas frases de introducción, cada candidato atacó pero esta vez, esgrimiendo y detallando hasta el mínimo detalle su programa y futura política.
Hubo puños pero no desdén y no miradas de sarcástica incredulidad. Clinton, cuya situación actual en estas primarias la colocan en estas lides a la defensiva, se mantuvo en este papel, algo más crispada, y a diferencia de otras ocasiones no se le escapó ni media sonrisa a su oponente. Más bien, agitaba la cabeza cuando no le convencía lo que Obama respondía y trataba de poner puntos sobre las “ies” cuando los periodistas, Russert y Brian Williams, se lo permitían. Lo hicieron en más de una ocasión.
Obama sonrió más de una vez. Cuando tuvo oportunidad, dijo estar de acuerdo con Clinton en esto o aquello para deshacer su complicidad una vez que entraba en los matices. Para recibir los ataques adoptó una postura que recordaba a un estudiante defendiendo una tesis doctoral. Mano en la barbilla y mirada atenta a Clinton cuando esta criticaba su inexperiencia en política exterior (y de hecho volvía a compararle con George Bush en este sentido). Hay que decir que Clinton se lo dejó fácil… fue ella la que se alineó con Bush cuando se fraguó la guerra contra Irak mientras que Obama, que en ese momento postulándose para el Senado, criticaba esta acción tan desacreditada de costa a costa en EE UU a estas alturas.
El debate acabó de forma menos contenciosa de lo que había empezado. En parte porque los periodistas buscaron la confrontación al principio y aunque eso sentó parte de la conversación no la secuestró. Al final, Obama reprodujo la despedida con la que Clinton había cerrado el mano a mano anterior, diciendo lo honrado que estaba de competir con ella.
Por su puesto, ambos militan en el mismo partido y las diferencias de sus programas no son abismales pero a diferencia de lo que se puede ver en algunos discursos, el debate fue constructivo y quienes quisieron enterarse de, por ejemplo, qué puede pasar con la sanidad si uno de los dos es elegido, tuvo oportunidad de hacerlo
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