Una vida sin techo
Era sábado. En la parada del metro de la calle 14 un hombre negro, alto y muy delgado subió al casi vacío vagón y pidió, con mucha cortesía, ayuda. Es decir: dinero. “Soy un veterano, tengo 64 años, tuve un infarto y me he quedado sin trabajo ¿Me pueden dar algo de cambio?”.
Fui a buscar algo al bolsillo. Pero justo cuando llegaba a mi asiento me di cuenta que no llevaba dinero. Le pedí disculpas. El hombre miró mis guantes, baratos de lana y me dijo. “Bonitos”. Se los ofrecí. Era absurdo porque sus manos eran mucho mas grandes que las mías pero insistí. Tras aceptarlos se sentó a mi lado y empezó a hablar. Le escuché. Me enseñó una multa que un par de días antes le había puesto la policía por dormir en el metro. “Ha impedido la entrada al hall del metro” se leía en la descripción de la falta. Aquel hombre con zapatos rotos y guantes pequeños debía pagar 50 dólares por ello. Un par de paradas después de contármelo, salió del vagón.
Al bajar del metro me vino a la memoria un reciente artículo de The New York Times que informaba de que el departamento de Asuntos de Veteranos había detectado que 400 veteranos de las guerras de Irak y Afganistán son ya oficialmente homeless (sin techo). Los expertos creen que estos dos “frentes contra el terrorismo” van a generar un “tsunami de homeless”.
El diario señalaba como principales causas los alto índice de traumas generados por los conflictos, que mal tratados, son la causa de una elevada adicción a a las drogas, las largas duraciones y repeticiones de turnos en el frente (inusualmente altos) que complican la reintegración social y familiar y los altos costes de la vivienda. Los asistentes sociales están detectando que muchos jóvenes veteranos están en peligro de caer en la espiral del sin techo de la que es difícil salir.
A aquel hombre del metro le sugerí que pese a su problema de corazón podía encontrar algún trabajo puesto que muchas personas con esta dolencia siguen trabajando. Nada mas lejos de mi intención juzgarle. Yo no caminaba en sus viejos zapatos. En ese momento llegamos a la calle 42 y tras informarme que esa era su parada, salió del vagón.
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