La ola 'subprime' no llega al alquiler
Dos semanas antes de las Navidades estuve buscando piso. La renovación del alquiler en el que vivía desde que llegué a la ciudad se había puesto muy cuesta arriba, me llegaron a pedir el alquiler del año por adelantado. A la vista de que aquello no tenía solución, una vez superé el disgusto, me lancé a buscar una nueva casa.
Es un trabajo duro por dos motivos. El primero es ¿cómo no?, el precio. El aún elevado precio de la vivienda en Nueva York y el estado del mercado del crédito son tan disuasorios que los alquileres se han disparado. En las zonas que se están poniendo de moda, como el Lower East Side, los caseros ofrecen dinero a sus inquilinos para que se vayan y así poder subir las rentas tras hacer pequeñas mejoras.
Por curiosidad y por hacerme una idea del mercado en general vi apartamentos que estaban muy por encima y por debajo de mi presupuesto. En la mayoría de los casos están muy lejos de valer lo que sus dueños dicen que cuestan.
En el barrio de Chelsea (Manhattan), muy cerca del legendario Chelsea Hotel, estuve en un piso de una habitación (aproximadamente 60 metros) con una cocina metida en un pequeño hueco del salón. No había ni un armario. Las ventanas no cerraban bien. Pese a lo viejo, destartalado y desatendido el dueño pedía 3.450 dólares al mes. Por 1.500 dólares menos y cercano a la Universidad de Nueva York (NYU), visité un piso de semejantes medidas listo para alquilar que no tenía puertas en ninguno de los dos armarios y el suelo se hundía por el centro (entre otros detalles grotescos).
El segundo motivo por el que buscar piso es difícil es que tanto inmobiliarias como muchos dueños privados son muy severos y lo habitual es que al inquilino se le exija unos determinados ingresos con los que pueda hacer frente a la renta (en la mayoría de las que vi se exigía cobrar unas 40 o 45 veces la renta mensual), una carta de la empresa para la que se trabaja, comprobar ese dato con la declaración de hacienda del último año, las nóminas de los últimos meses, y un cheque de unos 30 a 100 dólares con el que pagar a una agencia de crédito para conocer la “historia crediticia” del futuro inquilino, es decir, cómo paga. (Este informe suele costar unos 15 dólares). En el caso del piso de Chelsea, el dueño se reservaba, además, la posibilidad de entrevistar a las mascotas, si las hubiera, para comprobar que se portaban adecuadamente.
Si no se cumplen todos esos requisitos o no se tiene historia crediticia, por ejemplo por que uno sea un recién llegado en el país, las inmobiliarias y algunos particulares suelen pedir un avalista que debe tener ingresos de 80 o más veces la renta mensual y tiene que residir o estar registrado en EE UU. A veces se piden dos avalistas incluso si se cumplen los requisitos.
Para enfrentarse a la misión de búsqueda una de las opciones es contratar a un broker que primero enseña pisos de acuerdo a un presupuesto, necesidades (y gusto si eso puede ser una variable dadas las dos primeras), y después ayuda a negociar con el dueño y en su caso, hacer la vista gorda a algunos requisitos. El precio del servicio de broker en Manhattan es de alrededor del 17% de la renta anual y en Brooklyn del 15%. La segunda opción (por la que me incliné) era la negociación directa con el dueño y la búsqueda personal. Varias websites ayudan (por un muy módico precio, no más de 300 dólares) ofreciendo datos de pisos en alquiler y los requisitos que cada casero exige.
En estos días en los que todo está contaminado por las hipotecas subprime buscar un piso para alquilar es especialmente frustrante. Hasta hace solo dos años tener pulso parece haber sido el requisito principal requerido por bancos y brokers a la hora de aprobar hipotecas a quienes lo pidieran. Así, antes de que esta crisis explotara era más fácil comprar el techo que le cobijara a uno que alquilarlo. Ahora las dos cosas son difíciles. Por mucho que buena parte de la oferta pueda calificarse como tal, el alquiler subprime no ha existido ni existe. En este terreno el sector inmobiliario no da puntada sin hilo.
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