El principio del fin de la extrema polarización
El año electoral acaba de empezar. Quizá es aún es muy pronto para sacar demasiadas conclusiones sobre esta campaña de primarias y la presidencial que vendrá a continuación, pero de momento está ocurriendo algo muy positivo. La extrema polarización que ha protagonizado la mayoría de las elecciones de esta década (2002,2004 y 2006) no ha hecho aún su aparición. Un alivio porque esa amarga forma de hacer campaña rebajó mucho el nivel del debate politico y ha aportado muy pocas soluciones a los problemas reales de los estadounidenses.
Que esta extrema polarización no esté presente (y conviene cruzar los dedos una vez dicho esto) no significa que los candidatos no se ataquen entre ellos. Lo hacen y a veces, como ha ocurrido con los demócratas tras New Hampshire, con argumentos absurdos como el de quien es menos racista si Barack Obama o Hillary Clinton. Con todo, no estamos ante la dialéctica extrema del estar “conmigo o contra mi” que tan presente ha estado en las últimas elecciones y que se ha revelado, como era previsible, en poco constructiva.
El principal motivo es que quienes hicieron de esta division un activo, George Bush y, sobre todo, el arquitecto de sus campañas, Karl Rove, están fuera de la batalla. Fue Rove, experto en computar datos electorales, quien se dio cuenta que había mucha más fuerza política en el extremo conservadurismo que en el más volatil centro. Con ese principio básico alimentó el discurso de George Bush con promesas que sedujeron y motivaron al ala más conservador de la sociedad americana y empujaron a muchos a esa esquina. Sus posiciones hacían que cualquiera que disintiera estuviera no solo en el otro extremo sino también en la trinchera. Es algo que también se vio hasta hace poco en política exterior.
Una prueba de lo polarizado que estaba EE UU fue que cuando John Kerry perdió las elecciones contra George Bush en 2004 consiguió ser el segundo candidato que más votos ha tenido en la historia del país. Mientras, el centro y los llamados independientes parecían desaparecidos. Había mucha desmotivación.
Uno se ata muy corto cuando usa una vehemencia extrema para defender sus posiciones, el resultado es que se deja poco márgen para negociar o conciliar, algo que no es aconsejable para ningún gestor, y menos el de un país entero.
Bush no puede volver a presentarse. Rove está fuera de juego y los votantes republicanos no han visto claros los beneficios de esta polarización y, de hecho, están defraudados tal y como muestran las encuestas. Como resultado, el partido está dividido y la prueba es que no hay líderes claros.
La estrategia del divide, separa y vencerás ahora parece menos atractiva.
Así ha surgido el terreno fertil para el mensaje de cambio y esperanza que todos los candidatos están poniendo sobre la mesa emulando al primero que lo hizo, Barack Obama. Con poco pasado a sus espaldas (algo que en este caso es un activo) una edad que supone un cambio generacional en la política (no es un baby boomer) y una necesidad política de hacerse con nuevos votos, los de los independientes, Obama se está labrando fama de conciliador. Y este es un factor más importante en este momento que un programa politico muy similar al de sus oponentes en las primarias. Su objetivo es convertir a los estados rojos (republicanos) y azules (democratas), como él dice, en púrpura. Y parece que ese objetivo está, de momento, imprimiendo carácter a la campaña.
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