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Si los mercados funcionasen como se suponen que funcionan, muchos nos tendríamos que dedicar a otra cosa. Desde 1998, una sucesión de burbujas, crisis, burbujas y crisis ha alimentado mi escepticismo natural. Lealtad, 1 es mi visión, personal y muchas veces equivocada, de la actualidad de los mercados y la economía.

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25 noviembre, 2016 | 12:53

Salario mínimo, paro y pobreza

¿Genera paro el salario mínimo (o su subida)? Si nos vamos a los extremos, un mínimo elevado desincentivará la contratación, y uno muy bajo no servirá para mucho (porque será inferior a los salarios que ya se pagan). Una simplificación útil para una tertulia de barra de bar, pero que queda lejos de un análisis serio.Comparar el mercado laboral (y su formación de precios) con cualquier otro mercado de productos es una premisa falsa. Y no (o no solo) por motivos de moralidad o justicia social, sino  porque funciona distinto: el trabajador, sencillamente, necesita trabajar.

Si un empresario está dispuesto a pagar un salario A por realizar un trabajo y el trabajador necesita el empleo, estará dispuesto trabajar por mucho menos (pongamos un salario B). Un salario mínimo resultará inútil si está por debajo de B y hará perder un puesto de trabajo si es superior a A. Pero en esa zona media el salario mínimo sí puede elevar ingresos del trabajador a costa no de su contratación sino del margen del empresario.

Es difícil saber qué efecto predomina, e imposible extrapolar. Aunque alguna pista hay. En la ciudad de Frasier y el grunge, Seattle, se elevó de 9,5 a 11 dólares la hora, un 15%. Este estudio concluyó que los trabajadores con salarios más bajos vieron aumentado su sueldo de forma significativa y en mayor proporción que en otras áreas cercanas. Es decir, el efecto deseado, si bien el estudio detectó algunos efectos secundarios (menos claros) en forma de horas trabajadas. Este otro artículo resume los estudios al respecto: un 10% de salario mínimo adicional reduce el empleo en un 2% para los sectores afectados, según la media de los estudios.

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14 noviembre, 2016 | 10:06

Die Welle

Algunas cosas de Donald Trump me horrorizan. Con otras solamente estoy en desacuerdo aunque, en general, su triunfo es una pésima noticia. Hay gobernantes malos, buenos o peores, políticas más o menos eficaces, y mensajes con distinto calado. En el caso de Trump, el personaje es un chiste, el mensaje peligroso y de las políticas aún no sabemos nada, pero no son precisamente tranquilizadoras. Por muy malo que parezca, descalificar alegremente a sus votantes, a todo un país, a las encuestas o al rival no ayuda a entender cómo demonios ha sucedido lo que ha sucedido. Quien ha votado a Trump tendrá sus propias razones, que tocará respetar. Salvo, ya saben, en ese pequeño detalle de la supremacía de la raza blanca.

Diewelle1.- No ha ganado Trump; más bien ha perdido Clinton. Y por poco. Y las encuestas tampoco se equivocaron tanto. Han sido unos centenares de miles de votos en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania lo que ha separado a Clinton de la Casa Blanca. Si hubiese ganado en este último Estado y en uno de los otros dos, sería la primera presidenta. Clinton ha conseguido ganar con cierto margen en voto popular. La diferencia entre el resultado y las encuestas no ha sido tanta; como explica Nate Silver se han equivocado menos que en 2012. Han fallado, sí, las encuestas a nivel estatal, que preveían victorias más cómodas en estas áreas clave del Rust Belt, zonas industriales venidas a menos. Además, dada su composición demográfica, se han movido en paralelo (y por márgenes similares) , provocando un seísmo  no anticipado. En todo caso, Donald Trump ha sacado algún voto más que Romney en 2012, pero Hillary se ha desplomado.

2.- ¿Es tan distinto EE UU? Si estas decenas de miles de votantes demócratas hubiesen dado la presidencia a Clinton, ¿sería EE UU un faro para el mundo, una democracia plenamente funcional y el mejor ejemplo posible de sociedad abierta? Hace ocho años, en el punto álgido de la peor crisis en décadas, dio un mandato indiscutible y masivo a un senador negro, con padre keniano e infancia en Indonesia, de madre antropóloga. Un marciano a ojos de la América más tradicional. Pero es la misma América que el martes apostó por Trump. Estados que han votado a Trump han legalizado el cannabis. Estados que han votado a Trump han elevado el salario mínimo. Florida, que votó a Trump, rechazó el impuesto al autoconsumo solar que había propuesto el oligopolio local. Estados Unidos no se ha vuelto un país de fundamentalistas de repente.  

3.- El trumpismo (no me resisto a usar este palabro) y el populismo de derechas no son una ideología reaccionaria de nuevo cuño. No son un movimiento conservador pero joven, que busca crear una nueva sociedad, como pudo serlo la revolución de Thatcher y Reagan, los libertarios o los neconservadores de George W. Bush. Trump (y Farage) solo ofrecen volver atrás, a un pasado idealizado. A sus votantes les gusta la inseguridad económica que conlleva ni la diversidad cultural ni, como explica bien este artículo, la supuesta superioridad de las ciudades u oficios que sí se han beneficiado de la globalización. Con cierta justicia, echan de menos los tiempos en los que cuando uno aprendía un oficio, su futuro dependía de si él trabaja bien y su empresa es competitiva.

Son poco tangibles, para un obrero industrial de Ohio, los beneficios de que tu trabajo dependa de cosas como si se abre tal fábrica en China, si un gestor de hedge funds ejecute unos avales o si un programador californiano encuentra la forma de destrozar cierto modelo de negocio. Clinton no ha tenido o no ha sabido vender la respuesta a estas inquietudes, y Trump se ha limitado a decir que todo volverá a ser como antes, porque la culpa al que habla, viste o tiene un color de piel diferente. Son postulados que tienen nula capacidad de ser aplicados y que las nuevas generaciones no compran. Quizá, ojalá, 2016 ha sido su mejor pero último momento de gloria. Sobre todo entre los blancos pobres, que han volcado la elección; no solo como consecuencia de un momento de rabia, sino como continuación de tendencias económicas y sociales que vienen de tiempo atrás. Pocket  Four decades of discontent Trumps a strong 2015 for US jobs and pay in the race to the White House

A mi, por cierto, no me gustan los gin tonics ni soy runner, me parece lamentable llamar a un sitio ‘gastrobar’, el concepto de barbero me parecía superado, me horroriza el fútbol moderno y aplicaría penas de prisión (por lo menos) a quien usa palabras como "disruptivo". Entre otras muchas cosas.

 

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03 noviembre, 2016 | 08:51

Una recuperación de marca blanca

Hagan una búsqueda en Google: “Sector falta de Gobierno”.  Encontrarán un panorama de lo más variopinto. Sector inmobiliario, empresas tecnológicas y de gran consumo, energéticas, sector aéreo, turismo y servicios financieros. Así, de un primer vistazo. Todo el mundo clamaba por la formación de un Ejecutivo. No obstante, en nueve meses con Gobierno en funciones y un aparente caos político que impedía a las cabezas pensantes ordenar las pequeñas decisiones de sus ignorantes súbditos, la economía ha ido como un tiro. Concretamente, creciendo un 3,2% en tasa anualizada, lo que tiene su mérito dado el contexto europeo, mucho más débil.

No sé, la verdad, si la economía va mejor con Gobierno o sin Gobierno, ni mucho menos en si la experiencia de estos nueve meses da la razón a unos u otros. Solo me llama la atención el contraste entre la economía institucional y la economía real. En un año hemos pasado de la necesidad de “mantener el pulso reformista” (eslógan de consumo interno previo a las elecciones) al “que la inestabilidad no amenace la recuperación” y, ahora, a una especie de “dejémoslo todo como está” trufado de algunas tímidas llamadas a eso que tanto gusta, los Pactos de Estado (así, en mayúsculas, que queda más solemne).

Estas imperiosas necesidades son comunes a todos los sectores, aparentemente. Recordemos a los señores de Telepizza afirmando que “notan” la falta de Gobierno, declaraciones que abren todo un campo de investigación económica. No se fíen ustedes de la EPA o del PIB, pongan el foco en las peticiones de extra de queso o surrealistas pizzas-volcán. Ironías aparte, son señales de que los señores con mano en las patronales y algunas grandes empresas ansían un interlocutor con acceso al BOE. No de que la economía necesite un Gobierno.

Pizzavocan

Aquí, un indicador económico de última generación. Aprende, Duflo!

En realidad, el buen comportamiento de la economía en estos nueve meses desmonta dos mitos por el precio de uno: ni la economía necesita de un Gobierno ni el señor Rajoy se debería atribuir en demasía la mejora económica. No es cuestión de quitar méritos a su gestión, pero tampoco de regalarle medallas. Ni las cifras macro ni la Bolsa ni la prima de riesgo han perdido el sueño en este periodo a causa de su futuro.

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