Los mercados pueden ser irracionales durante más tiempo del que uno puede ser solvente.
Sobre el autor
Si los mercados funcionasen como se suponen que funcionan, muchos nos tendríamos que dedicar a otra cosa. Desde 1998, una sucesión de burbujas, crisis, burbujas y crisis ha alimentado mi escepticismo natural. Lealtad, 1 es mi visión, personal y muchas veces equivocada, de la actualidad de los mercados y la economía.
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Está bien que la CNMV investigue lo que sucedido en Bankia,
si es cierto unos cuantos inversores han hecho trampillas. Aunque tampoco hay
que llevarse a engaño. Puede quedar muy bien atacar al especulador, pero suya
no será la culpa de la caída en desgracia de Bankia y de las severas pérdidas
sufridas por los preferentistas.
Lo que sugieren algunos operadores (y tiene todo el sentido
del mundo) es que algunos grandes inversores que tienen preferentes han vendido
las acciones derivadas del canje antes de tenerlas, una operativa que no es
legal en España (sí en otros países) y que se llama venta en descubierto. Dan
hoy la orden de venta sabiendo que la operación no se registra hasta el martes
que viene, que es cuando reciben las acciones nuevas a cambio de las
preferentes. De este modo venden en una situación más favorable que el citado
día 28, cuando la avalancha de papel hará, presumiblemente, que sea complicado vender
títulos.
El propio éxito de Apple, tanto a la hora de hacer teléfonos y demás como de esquivar el pago de impuestos, ha derivado en una situación bien curiosa. La empresa está, literalmente, forrada, pero no quiere tocar el cofre del el dinero, porque está inmovilizado en las filiales. Y, si lo moviliza, tiene que pagar impuestos, cosa que no quiere.
Ahora, como Apple tiene unos 100.000 millones de dólares (76.000 millones de euros) en sus filiales extranjeras, y es ciertamente difícil gastar o invertir semejante cantidad, la empresa ha optado por el reparto de beneficio entre sus accionistas. Cosa lógica. En lugar de mediante el dividendo, lo hace mediante la recompra de acciones, una práctica muy habitual en Estados Unidos.
Cuando la elite política y económica toma decisiones no en
busca de la creación de riqueza en la sociedad sino en busca de extraer la
riqueza que pueda tener el resto de la sociedad, estamos ante una elite
extractiva. Es la tesis básica del popular libro “Por qué fracasan los países”
de Acemoglu y Robinson. Los autores sostienen que la capacidad de estas elites
para extraer rentas es un determinante clave de la falta de desarrollo, pues
desincentiva el esfuerzo y la creatividad a favor del arribismo y el chalaneo.
Sorprende que una tesis tan razonable como esta haya
resultado novedosa, aunque en cierto modo es un buen ejemplo de la torre de
marfil en la que vive gran parte de la academia económica. No es que yo esté de
acuerdo con todo lo que plantean Acemoglu y Robinson en el libro (sobre todo por
su insistencia en explicarlo todo a partir de sus tesis), pero es muy
recomendable. Sobre todo, porque se ajusta muy bien a la sociedad española,
como contó en su día César Molinas en este artículo.
Claro que también me pareció ver un pequeño agujero en el
artículo de Molinas (bueno, alguno más, pero no viene al caso). Y es que, por muy imperfectas, lamentables o mediocres
(allá cada cual con el adjetivo) que consideremos las estructuras de poder en
España, al otro lado de los Pirineos las cosas están bastante mejor, pero
distan de ser perfectas.Especialmente (aunque no solo) cuando hablamos de las
instituciones europeas, y cuando pensamos en cuáles han sido las prioridades a
la hora de abordar la eurocrisis.
Las políticas aplicadas desde 2010 han sido diseñadas y/o
decididas por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el
Eurogrupo/Ecofin. No es que yo crea en el sadismo del BCE, la Comisión Europea
o el Eurogrupo, y que los daños infringidos por estas políticas a las economías
del Sur de Europa hayan sido voluntarios. Pero tampoco creo que sean una
fatalidad. Simplemente, son el precio a pagar por una decisión política que siempre
ha priorizado otros aspectos.No es nada personal.
Estas queridas fechas en las que toca rendir con Hacienda son un buen momento para pensar a qué destinamos, y a qué no, nuestros impuestos. Según la doctrina de que no hay dinero, hemos visto cómo se han recortado, motosierra mediante, ayudas a personas dependientes, fondos para investigación, se ha amagado con cerrar urgencias sanitarias o se han subido todos los impuestos.
Quizá, más útil que entrar en discusiones circulares sobre si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, o sobre si una familia puede o no gastar más de lo que gana, pueda ser interesarse sobre qué se gasta dinero el Estado y en qué no.
No solo hablo del rescate a Bankia y otros bancos (o, mejor dicho, del rescate a sus acreedores), algo que mal que bien todo ciudadano sabe que paga con sus impuestos. Tampoco del inminente rescate de las autopistas, que supondrá enterrar varios miles de millones de dinero de nuestros impuestos para ingresar en empresas que llevaron a cabo proyectos tan absurdos como construir autopistas de pago al lado de autovías gratuitas.
Podemos tomarnos la molestia de leer el BOE (o, al menos leer al alguien que sí se lo lea) y ver para qué sí hay dinero. Aun con retraso de meses, la ley de presupuestos siempre nos da alguna sorpresa, que cuantitativamente no suele ser tan significativa como los lamentables "rescates" citados, pero sí indica bien el funcionamiento de este país. Y ya después hacemos la declaración.
Ejemplo: los eventos de interés especial. Son acontecimientos que, al obtener esta calificación del Ejecutivo, gozan de los máximos beneficios fiscales
previstos por la normativa. Particulares o empresas podrán deducirse del
35% al 40% de las donaciones realizadas a los consorcios que patrocinan estos
eventos. Además, se podrán deducir el 15% de los gastos
que, “en cumplimiento de los planes y programas de actividades establecidos por
el consorcio o por el órgano administrativo correspondiente, realicen en la
propaganda y publicidad de proyección plurianual que sirvan directamente para
la promoción del respectivo acontecimiento”, según la normativa.
Uno podría pensar que estos acontecimientos de especial interés
son eso, eventos excepcionales, que justifican el aporte de dinero público en
tiempos de escasez porque los beneficios comunes que traen lo justifican.
Actos de celebración del VIII Centenario de la Peregrinación
de San Francisco de Asís a Santiago de Compostela (1214-2014).
3.ª edición de la Barcelona World Race
Programa de preparación de los deportistas españoles de los
juegos de «Río de Janeiro 2016»
«V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa a celebrar en
Ávila en el año 2015»
«Año Junípero Serra 2013»
Evento de salida de la vuelta al mundo a vela «Alicante 2014»
[Este es mi favorito] Año Santo Jubilar Mariano 2013-2014 en la Real Ilustre y
Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Rosario, Nuestro Padre Jesús
de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena en la ciudad de
Sevilla.
1.- Nunca me ha gustado aplicar al tercer mundo los criterios de dignidad o bienestar que tenemos aquí, pues vivimos dos vidas totalmente opuestas. No me gusta pontificar sobre lo que es digno o deja de serlo para gente cuyas prioridades nunca voy a entender del todo. ni los turistas que tiran el dinero cuando viajan a África o el sudeste asiático porque lo que para ellos es una minucia, para los locales es un dinero.
2.- Relativizar las condiciones de vida no es un "todo vale". Si en un país del tercer mundo hay niños que trabajan o jóvenes prostituidas, nadie en su sano juicio puede argumentar que son opciones vitales válidas y quién somos nosotros para meternos en esos fregados.
3.- Dicho esto, ¿qué es la explotación? ¿Qué es abusivo? ¿Es abusivo que los trabajadores que tejen para Inditex o El Corte Inglés en Bangladesh cobren sueldos de miseria (30 euros al mes es el salario mínimo) o lo es que las condiciones en las que trabajan sean penosas? Es más, ¿son más miserables estas condiciones porque están relacionadas con una decisión de compra que tomamos todos los días los afortunados habitantes del primer mundo, porque es una miseria que nos toca de lejos?
4.- No me siento capacitado para defender mis argumentos con la vehemencia habitual en la blogosfera (de Twitter ni hablamos), pero sí creo que un salario que a nosotros nos parece miserable no es necesariamente explotación. Y creo, por otro lado, que las condiciones de seguridad, el empleo infantil, la jornada laboral abusiva o la represión de los movimientos sindicales sí es aprovechar la miseria de otros de forma ilegítima.
5.- Tengo mis dudas sobre hasta qué punto la industria textil en Bangladesh tiene, por decirlo en términos económicos, “externalidades positivas”. Es decir, si más allá del salario superior que cobran los empleados se generan habilidades que les hacen más productivos, si sus hijos tienen mejor acceso a la escuela o sobre si en estas industrias hay empleados locales de rango medio que pueden ayudar a crear tejido económico.
Por ejemplo, y hablando un poco a bulto, no creo que las grandes explotaciones de monocultivo en el Tercer Mundo, pese a que los trabajadores puedan estar dispuestos a cobrar algo más de salario, tengan grandes beneficios en el largo plazo debido a la ausencia de valor añadido y a la excesiva dependencia de un negocio de fuertes fluctuaciones en el precio (y por tanto en las decisiones empresariales).
6.- Como explica este artículo de El País, las condiciones laborales en la zona de talleres en la que se derrumbó el edificio son envidiadas por los trabajadores de otros talleres aún más miserables. No es que ello justifique que se siga trabajando en edificios ruinosos, pero sí que ayuda a poner las cosas en perspectiva.
7.- No comparto el planteamiento de Roger Senserrich de que hay un camino natural que llevará a Bangladesh a la prosperidad por la vía de los talleres textiles, por más que los indicadores de desarrollo del país mejoren paulatinamente. No entiendo que desligue la responsabilidad del Gobierno de la actuación de las empresas que allí operan. Pero a veces no hace falta compartir la opinión de un artículo para que merezca la pena leerlo. Ahora bien, si realmente compramos el argumento de Senserrich y lo llevamos al extremo, cuando más miserable sea el sueldo que se paga a un trabajador, más favor estamos haciendo a la lucha contra la pobreza, pues más miserables deberían ser las condiciones de vida de éste para aceptar un trabajo tan penoso…. No me convence mucho.
8.- La resignación me convence menos. En esta entrada, Íñigo explica las iniciativas de una ONG para mejorar las condiciones de seguridad de los trabajadores del sector en Bangladesh. Medidas que no supondrían mucho coste (25 centavos por prenda, según la ONG), dado el gran volumen de producción del sector.
9.- En este sentido, es aún más importante la transparencia
y trazabilidad. No solo para que el consumidor tenga la capacidad de saber qué
está comprando, sino para evitar silencios ominosos, como el de las españolas tras
la tragedia de Dacca. Angela Merkel ha dicho hoy que debería exigirse
certificados sobre el origen de los productos en este sector (como sucede con
las maderas tropicales). Pueden decir las compañías que no pueden controlar a
las subcontratas de sus subcontratas pero, en fin, hoy por hoy el incentivo a que
no se vulneren derechos básicos a lo largo de la cadena de producción en el
Tercer Mundo es cercano a cero. Ni siquiera se juegan un poco de su cuidada
imagen.
10.- ¿Suficiente? El caso de los talleres textiles es,
quizá, el que toca la fibra más sensible. Porque han muerto varios centenares
de personas confeccionando un un artículo de semi-lujo que está en nuestros
armarios. Podemos dejar de comprar en Inditex, sí. Ahora bien, por poner el
primer ejemplo que se me ocurre, hace dos años la policía de Kazajstán mató al
menos 10 trabajadores en huelga del sector petrolero. En Bangladesh se
desguazan petroleros a martillazos y en la playa. Eso, por no mencionar el
turismo sexual, la explotación de menores o las sangrientas guerras africanas
donde el botín se llama coltán, material usado para la fabricación de los
elegantes teléfonos móviles que gastamos. A veces las fuerzas del mercado llevan a
abusos, que no siempre pueden ser corregidos por las mismas fuerzas del mercado
por muy perfecto que éste sea. Y aquí no hay mano invisible que valga; si se incumplen
los derechos humanos, y no hablo de cobrar poco, la obligación moral del primer
mundo es velar por ello. O disimular un poco, y tener en cuenta estos aspectos
en los tratados de libre comercio. Y de verdad, no solo al día siguiente de la
tragedia.
Música contra la crisis. Obligado estoy a enlazar el Gangman Style feat. Pocoyo. Descomunal. Sí, lo he visto hoy.
Estamos en
el buen camino, y los frutos de la austeridad y las presuntas reformas darán
resultado en el futuro. Ese es, más o menos, el mensaje oficial, si es que lo
capto bien. Es decir, los 6,2 millones de parados pueden ser, bien un mal
necesario para salir de la crisis, bien una fatalidad (como la propia crisis).
Nunca son una consecuencia de las decisiones de política económica asumidas,
con mayor o menor entusiasmo, por los últimos dos gobiernos pero adoptadas en
latitudes más al Norte.
¿Cuándo empezó todo? ¿Cuándo empezó la glaciación de la
austeridad? Por una vez, tenemos una fecha. Mayo de 2010, aquel fin de semana en
el que Europa acordó crear un fondo de rescate para los países en crisis a
cambio de que todo el mundo equilibrase sus cuentas. En España, el mismo
Gobierno que había repartido 400 euros a cada español por el hecho de serlo o
había puesto en marcha el Plan E para parar la sangría del empleo, se
comprometía a dejar
el déficit en el 3% en 2013. El efecto sobre la economía fue rápido. La
demanda nacional había pasado de caer a ritmos cercanos al 10% a empezar a
repuntar. Pero a partir del tercer trimestre de ese 2010 la economía empezó a
caer, y a un ritmo acelerado.
¿Tiene la
austeridad la culpa de todo? No, como no la tenía Zapatero, ni la tiene Rajoy.
Tampoco el paro es culpa de la reforma laboral ni, antes de ésta, había parados
porque no se hacía una reforma laboral. Varitas mágicas no hay, pero lo mínimo que
se puede exigir a una política económica es que no empeore las cosas. Hoy, tres
años después, el único mensaje sigue siendo la promesa de un paraíso en otra
vida para el parado español.
En términos de empleo, tras el desastre de 2009, en el tercer
trimestre de 2010 apenas se destruía empleo (caía a un ritmo del 0,18%
trimestral). Hasta mediado 2011 el empleo no volvió a hundirse, pero a partir
del cuarto trimestre de 2001 marca caídas superiores al 1% trimestral. No solo
se destruyen 100.000 puestos de trabajo al mes, sino que hoy sigue siendo mucho
más probable que un trabajador pierda su empleo (le pasó al 7% de los ocupados en
el primer trimestre de este año) a que un parado encontrar trabajo (4,7%). Casi
el 10% de los parados llevan más de dos años sin cobrar una nómina, es decir,
están prácticamente excluidos del mercado laboral, lo que complica seriamente
su reincorporación.
En términos empresariales, más de lo mismo. La actividad comercial
lleva 33 trimestres a la baja, y el consumo minorista cae a ritmos del 10%. La
producción industrial, en torno al 7%. En ambos casos se trata de caídas
sostenidas, no puntuales.
Desde el
citado mayo de 2010, todas y cada una de las medidas adoptadas han ido
enfocadas o bien a ajustar déficit público o bien a estimular la oferta para
una eventual mejora de la competitividad. Nada más. Ni una sola decisión ha
intentado estimular la demanda, en un país donde el consumo supone la mayor parte
del PIB. El resultado ha sido la muerte lenta de la economía, con el sector
privado y el público recortando a la par y la sequía de crédito estrangulando a
las empresas, exportadoras o no, competitivas o no.
Esta
receta ha agudizado la destrucción de tejido económico en una espiral terrible: a más paro, menor consumo, y así sucesivamente, sin una sector público que pueda paliar (o al menos no agravar) la deriva depresiva. Un proceso que deja fuera del mercado esos parados de larga duración o esas empresas a
quienes la severidad de la crisis y el cierre del grifo del crédito les ha podido,
aunque fuesen competitivas. Hechos que no sientan las bases de la recuperación,
al contrario, las erosionan.
¿Tienen
que estar saneadas las cuentas públicas? Sí, nadie defiende déficits eternos y
creciente. Pero en economía no suele haber verdades absolutas (ni varitas mágicas, recordemos); todo tiene un precio, y
debería tener también una razón de ser. Coste y beneficio. El déficit es
problema cuando es tan alto que cierra el acceso a los mercados y/o cuando
supone una carga de deuda inasumible a largo plazo. Las medidas aplicadas en
España no han solucionado estos dos problemas: el acceso al mercado lo ha dado
el BCE, no los recortes, y la deuda española no habría sido menos sostenible a
largo plazo con un objetivo de déficit menos exigente, porque no hay en el
mundo nada menos solvente que una economía en depresión.
Ya sabemos
todos que la política económica viene dictada por el BCE, y que la principal
función de los recortes ha sido esa: conseguir que Fráncfort no cerrase el
grifo. Un planteamiento menos dogmático en Europa habría ahorrado varios
cientos de miles de puestos de trabajo en España. Pero eso no debería liberar de responsabilidad a
nuestros sucesivos gobernantes sobre otras cuestiones que podían estar en sus
manos.
¿Por qué un
país que tiene un tipo nominal del IRPF similar a Suecia, pero una recaudación
tributaria similar a Rumanía, no cambia su modelo fiscal? ¿Por qué el rescate bancario ha generado
más deuda de la que se ha recortado sumando todos los ajustes? Si el problema
del empleo es la precariedad, ¿por qué se han mantenido los contratos
temporales? ¿Es realmente necesario que el contribuyente rescate autopistas quebradas?
El estudio de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff sobre la
relación entre crecimiento y deuda no solo dio lugar a un libro superventas,
sino que sus tesis también alimentaron, y mucho, los argumentos a favor del control del
déficit y la deuda como prioridad en materia de política económica.
[Antes de nada, comentar que aunque soy economista tengo un
tanto olvidadas las lecciones de econometría, y que mi lectura de los informes
es por tanto superficial]
Por resumir un poco, los autores planteaban (entre otras cosas) que, cuando un
país supera un nivel de deuda pública del 90%, el crecimiento se ralentiza de
forma muy brusca. Tomando datos a partir de la Segunda Guerra Mundial, el
crecimiento medio pasa del 3% para los países con deuda entre el 60% y el 90% al general a un -0,1% si se toman los países cuya deuda pública
superaba el 90%.
Reinhart y Rogoff concluyeron que, posiblemente (y admiten que esta
cuestión necesita ser comprobada y que correlación no implica causalidad), a partir de este umbral entra en
juego la “intolerancia a la deuda”. Suben las primas de riesgo y los países, aunque
se comprometan a pagar su deuda a cualquier precio, están forzados a aplicar
ajustes fiscales “dramáticos”.
El problema es que el estudio no estaba bien hecho. En un
informe hecho por tres economistas de Massachussetts (Herndon, Ash y Pollin) que intentaban replicar
los datos del original, descubrieron que estaba mal hecho, y han publicado su propio contra-informe. Además, la ponderación
de los datos no era muy ortodoxa: como explica Mike Konczal, al hacerse la
media por países, tenía el mismo peso una serie de datos de 19 años del Reino
Unido (con deuda por encima del 90% y crecimiento medio del 2,4%) que un dato
aislado de Nueva Zelanda (recesión del 7,6%).
Según el segundo estudio, el informe de Reinhart y Rogoff sobreestimaba
el impacto sobre el crecimiento de los niveles de deuda por encima del 90%: en
vez de un -0,1% quedaba un 2,2%. Aun así, la correlación negativa entre deuda y
crecimiento sigue apareciendo. Pero con los nuevos datos la relación es lineal,
no se dispara a partir de umbral de deuda del 90%.
No se puede esperar mucho de un grupo de varias decenas de políticos y funcionarios que, pese a reunirse prácticamente cada 15 días, solo toman decisiones a altas horas de la madrugada, si el fin del mundo está cerca y pensando generalmente en las elecciones locales de alguna remota parte de su país.
Hasta hace tres o cuatro años, estos señores solían dedicarse a asuntos como intercambiar cuotas pesqueras por modificaciones en la normativa sobre fondos, o negociar ayudas al sector lechero y las normas de seguridad aérea en el mismo paquete.
Quizá, por tanto, el proceso de decisión de la UE no sea últimamente tan disfuncional como parece; las cosas se han hecho siempre así, de mala manera y donde debería haber criterios lógicos hay cambios de cromos según intereses nacionales. Pero no es lo mismo negociar las cuotas lecheras que rescates de países o normas bancarias.
Así, tras la penosa experiencia de Chipre, Europa ha salido con la idea de que si un banco quiebra, paguen los accionistas, acreedores y depositantes de ese banco, lo que ha provocado una pequeña tormenta políticofinanciera más, que de momento tiene efectos reales limitados.
Antes de mayo de 2010, pocos españoles sabían lo que era la prima de riesgo. Pero probablemente eran más de los que, hoy, no saben lo que es. Un compañero de la redacción, uruguayo, se confesaba alucinado de que se hablase de ese concepto, el riesgo país, que hasta entonces se asociaba a mercados emergentes, como su país de origen.
La prima de riesgo ha sido termómetro perfecto de la crisis del euro, pues ningún otro indicador ha reflejado mejor los movimientos del dinero: del Sur al Norte de la zona euro. Vender deuda española y comprar alemana. No tanto por una inminente ruptura del euro (aunque sí ha habido episodios en los que ha sido una posibilidad) sino por la convicción de que la fragmentación del mercado (ligada a dicho riesgo de ruptura) iría para largo. Y convenía más tener el dinero a buen recaudo que sufrir por la rentabilidad extra que daban España e Italia.
Esta máquina cuesta 29.000 dólares. Como un coche de gama media/alta (al menos para mis estándares).
No es un ordenador personal, aunque se parece. Su cometido es mucho más concreto: es un aparato de minería de bitcoins. Está programado para realizar complejas operaciones matemáticas planteadas por el sistema que, una vez solucionadas, crean bitcoins, la moneda virtual que tan de moda está las últimas semanas.
Bitcoin es, pues, una moneda virtual. No es la única. Hay cada vez más divisas virtuales, unas ligadas a videojuegos tipo World of Warcraft, otras a dinero real (Facebook credits). Lo que diferencia a Bitcoin del resto es que sus monedas ni tienen utilidad en algún mundo virtual ni tienen el soporte de dinero "de verdad" ni una liquidación central del balance de los usuarios. Además, Bitcoin nace con el propósito aparente de convertirse en una suerte de moneda de referencia en la Red.
¿Pagarán los inversores los platos rotos de la banca? Puede
ser. Desde que empezó el culebrón chipriota, los seguros de impago de la banca española
se han disparado alrededor del 30%, según cifras de la agencia Bloomberg. El
CDS del Banco Santander ha pasado de los 255 puntos a los 334 (evolución
similar ha registrado BBVA) y el del Popular, de 370 a más de 500 puntos. En
ambos casos, alzas del 30% en lo que el mercado exige por proteger estas
entidades de un impago.
Un impago que podría ser más verosímil después del rescate
de Chipre y de los comentarios de los funcionarios europeos, que aluden,
directamente, a que los acreedores de la banca (tenedores de bonos y
depositantes no asegurados) paguen parte de los rescates. Hasta ahora, el
contribuyente pagaba hasta el último euro de la deuda bancaria. Ahora, ya no.
Es más fácil poner una barrera que levantarla. Asumido el
acuerdo entre Bruselas (es decir, Berlín) y Nicosia para el mal llamado
rescate, con severas consecuencias para la isla, el día después es más que
complicado. Empezando por una decisión en apariencia sencilla: ¿tienen que
abrir los bancos?
Asumiendo que la parte de los depósitos sujeta a la quita (más
allá de 100.000 euros) queda retenida, persisten muchas dudas. La opción A es
abrir los bancos como si nada hubiera pasado. El riesgo, evidente, es que la
gente saque el dinero de sus cuentas. Por más que los 100.000 euros estén
asegurados por el Estado, puede que algún chipriota considere más conveniente
tener su dinero debajo del colchón o transferirlo (vía electrónica o vía
maleta) a una entidad financiera de otro país.
La opción B es mantener algún tipo de controles de capital,
limitando la disposición de efectivo, prohibiendo las transferencias o los
movimientos de capitales a otros países. Es la opción, al parecer, por la que
han optado las autoridades europeas y chipriotas temporalmente. Y parece
razonable, porque en un primer momento se evita la fuga de dinero.
En el mejor de los casos, si Nicosia consigue de algún modo recaudar 5.800 millones en pocas horas, la brutal torpeza del Eurogrupo el pasado viernes solo habrá dejado la huida de los depositantes en la isla, su final como paraíso fiscal / centro financiero / lavandería de dinero y una dosis no desdeñable de desconfianza en los ahorradores de otros países europeos, como España.
Eso, en el mejor de los casos. Y, en casi cualquier escenario, los depositantes chipriotas tendrán que pagar. Pero, ¿no es el pago de los depositantes lo que ha provocado la furia en Chipre y los nervios en el resto de Europa? El rescate chipriota, no hay que engañarse, era una patata caliente desde hacía tiempo y no tenía solución agradable. Ahora, el detonante del desastre ha sido penalizar los depósitos inferiores a los 100.000 euros. Por más que la garantía de los depósitos no sea europea sino nacional, y que no incluya posibles impuestos, que es lo que ha aplicado Chipre.
Como un bofetón. Hoy, 19 de marzo de 2013, es el día en el
que un ciudadano europeo no puede sacar su dinero del banco, aunque quiera, y
dando por supuesto que tiene algo. Atrás quedan las declaraciones de las cumbres o los análisis sobre cómo
la crisis del euro fuerza a Europa a ser más Europa.
La realidad es distinta, más prosaica, y tiene la forma de una cola de
personas esperando a sacar su dinero de un cajero. El grupo de países que
tiende a presumir de democracias modelo no ha sido capaz, siquiera, de hacer
cumplir sus propias directivas en algo tan básico como la protección de los
pequeños ahorradores.
No hay, probablemente, una decisión tan dañina para la
confianza como ésta: decirle a la gente que sus ahorros de toda la vida están
al albur de los cambios de cromos de un puñado de políticos y funcionarios reunidos
a horas intempestivas en una gris ciudad del Norte de Europa. Quizá esta semana
la gente no saque su dinero de los bancos y se lo lleve a una caja de
seguridad. Pero quizá, cuando venga el siguiente susto, lo empiecen a pensar. Y resulta atronadora la tranquilidad con la que los cronistas
escriben, escribimos, el papel de las elecciones alemanas en el rescate
chipriota. Como si fuese lo más normal del mundo. Mala suerte, señor chipriota, ha ahorrado usted por encima de sus posibilidades.
Ayer el Tesoro irlandés colocó deuda a largo plazo (10 años) por primera vez desde que pidió el rescate, allá por 2010. El resultado no podría haber sido mejor: vendió 5.000 millones (frente a los 3.000 que se barajaban inicialmente) y a tipos de interés en torono al 4,25%. Es decir, casi medio punto por debajo de España.
Lo curioso es que Irlanda, al contrario que España o Italia, sí es un país rescatado. O completamente rescatado, por ser más precisos. Aunque el éxito de la subasta es, quizá, el paso más importante para abandonar el paraguas del fondo de rescate. Ahora bien, la pregunta es, ¿por qué Irlanda, con una deuda superior a la española, vende su deuda más barata?
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