Sobre el autor

Si los mercados funcionasen como se suponen que funcionan, muchos nos tendríamos que dedicar a otra cosa. Desde 1998, una sucesión de burbujas, crisis, burbujas y crisis ha alimentado mi escepticismo natural. Lealtad, 1 es mi visión, personal y muchas veces equivocada, de la actualidad de los mercados y la economía.

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13 junio, 2018 | 13:30

El euro debería, al menos, parecer irreversible

El nuevo Gobierno italiano ha venido a recordar a la eurozona que está lejos de poder sentirse segura. No se trata solo de que la prima de riesgo italiana haya alcanzado los 300 puntos básicos o de que contagie ligeramente a la española.

Es preocupante que la banca española esté, o haya estado, tan pendiente de la situación en Italia pese a no tener negocio en el país. Que el Banco Sabadell suba y baje como en una montaña rusa pendiente de las declaraciones de los excéntricos ministros italianos prueba de que ni el círculo vicioso entre deuda y Estados no se ha cerrado, y que la eurozona es débil. El mercado suele ser listo, a su exagerada y bipolar manera: España no está a un paso de salir del euro, pero la eurozona sigue siendo frágil porque los riesgos siguen estando confinados en cada país.

Periodistas y expertos aludimos con reiteración a Mario Draghi como la persona que salvó el euro, sin explicar del todo bien qué ha hecho y qué no ha hecho. Draghi ha activado un programa de compra de bonos con dinero del BCE (SÍ), ha prometido que hará “lo que haga falta” para defender la moneda única (SÍ) y dispone de un programa de compras de deuda masivas para ello (SÍ). Pero Mario Draghi NO ha activado este programa de compras masivas, y las compras ya realizadas NO suponen compartir los riesgos; de hecho solo el 20% del riesgo lo asume el BCE.

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Estos riesgos se quedan en los bancos centrales nacionales; si se diera el caso de la ruptura del euro, no cruzarían la frontera; si antes de intervenir el BCE los bonos del Tesoro se concentraban en los bancos privados, hoy están en los bancos centrales: 370.000 millones en el Banco de Italia, por ejemplo. El programa de compras del BCE (de todo tipo de bonos y de todos los países de la eurozona) ha rebajado los tipos de interés, pero el efecto sobre la prima de riesgo y el sistema bancario se minimiza en condiciones de estrés. No, no hay un escudo protector para Italia; todos los mecanismos ideados en estos años (una sopa de letras que incluye el OMT, el LTRO, y su sucesor el TLTRO, el SMP, el APP, el CBPP y el CSPP) son condicionales y limitados. El BCE tiene armas para contener una eventual sangría, y podría inventarse nuevas siglas. Pero son parches; la eurozona sigue siendo muy vulnerable.

Es vulnerable porque, mientras el dinero no conoce fronteras y sus movimientos no están sujetos al riesgo divisa, los problemas sí están segmentados. Los de Italia son de Italia: si el mercado pone el foco por su disfuncional Gobierno o por sus cuentas públicas, el capital saldrá de Italia. Las personas y las empresas sacarán sus depósitos de los bancos, los inversores venderán bonos y al sector financiero se le cerrará el grifo del crédito. Como si el banco cae, quien responde por los depósitos es el Estado de origen, sobre el uno castigan al otro.

Que la banca española se haya contagiado muestra que la vulnerabilidad no es de Italia, sino de una unión monetaria que no se considera irreversible. Nada en la vida lo es, ya lo sabemos, pero conviene que lo parezca. Especialmente en el mundo financiero, donde las únicas profecías que valen son las autocumplidas.

Más allá de lo que haga el BCE mañana, o de cómo acaba este culebrón italiano, el euro no tiene aún los mimbres de una unión monetaria duradera. Es imperativa la reforma del euro, que debería pasar por una unión bancaria y por algún tipo de mutualización de riesgos, como explica aquí gente más lista que yo. De lo contrario, el mecanismo actual de que cada palo aguante su vela es una invitación al desastre.  

05 junio, 2018 | 13:30

Quizá España sea un país moderno, y no lo sabemos

Uno no se hace mayor de un día para otro, por más que la percepción de este suceso sea momentánea. Qué mayor estoy, nos decimos un día, no tanto como consecuencia de una reflexión interna sino más bien de nuestra propia observación desde fuera. En España, donde la tradición del pragmatismo tiene raíces frágiles, está muy arraigada la costumbre periodística de mirar qué dicen de nosotros por allá.

Sustituir el recorrido de portadas foráneas por la percepción del mercado tiene la ventaja de que no es lo mismo opinar sobre un tema que jugarte el dinero, aunque no sea el tuyo sino el de tus clientes. En contrapartida, tiene la desventaja de que los argumentos son tan volátiles como los propios mercados: no es rara la ocasión en la que expertos atribuyen al mismo motivo comportamientos opuestos de los precios de determinado activo.

Pero hay datos tozudos: el pasado jueves la prima de riesgo estaba en 92 puntos, y para cuando Sánchez recibe a Poroshenko en calidad de presidente del Gobierno, en 94. El Ibex estaba en 10.000 9.500 puntos y está en 9.800. No caben tampoco argumentos tipo “estaba descontado”, porque ni el mismo Sánchez sabía por aquel entonces que iba a presentar una moción.  La prima de riesgo italiana, entre el 15 de mayo y el 4 de junio, ha saltado de 129 a 215 puntos, con un pico de más de 300. 

Explican los expertos varios motivos para esta tranquilidad: Pedro Sánchez pretende asumir los presupuestos de Rajoy (lo que a priori evita desviaciones del déficit), hará elecciones como muy tarde en dos años (posiblemente antes) y no prevé dar ministerios a los partidos que le han aupado. El mercado tiende a ser razonable, bajo determinadas circunstancias, y vota con los pies: o se va de España o se queda. Y un mero cambio de Gobierno, por muy sorpresivo y rápido que haya sido, no lo ha movilizado. Eso es noticia: castigarán a España por lo que haga su Gobierno, no por el mero cambio de nombres.

Quizá la modernidad sea algo tan anodino como eso: que se pueda vivir una semana política que deja boquiabiertos a los guionistas televisivos sin asustar a los inversores. Sin que afecte a cosas anodinas y aburridas, como una estabilidad financiera que no tiene por qué ser objetivo principal de ningún Gobierno pero que, en ausencia, puede complicar mucho las cosas. No me parece mala noticia, en un país muy dado a expresiones apocalípticas y portadas lisérgicas.

Aburrido y anodino yo también, siempre he pensado que este país está más avanzado que sus elites, y que la calidad democrática se gana paso a paso. También, todo hay que decirlo, pienso que hay mucho margen de mejora en esta calidad democrática, y me preocupan las pulsiones autoritarias y excluyentes de los últimos meses. Ahora bien, los inversores pudieron convivir varios meses sin gobierno, han convivido con un parlamento fragmentado y, ahora, con una semana en la que, a raíz de una sentencia judicial, el poder legislativo expulsa al ejecutivo. Quizá nos sobren jornadas históricas y amenazas existenciales y nos falte algo tan normal como hablar, negociar y ceder. Quizá acabemos siendo los últimos en enterarnos de que vivimos en un país casi normal.

 

Postdata para el lector del futuro: Sí, soy consciente de que esta entrada envejecerá mal. No sé si dentro de una semana, un mes o seis. No creo que eso reste importancia al hecho de cómo nos han visto los inversores esta semana.

Postdata para el lector del presente: Sí, soy consciente de que hay muchas verdades más allá de mi punto de vista. Más que dar lecciones, quiero destacar el constraste abismal entre la percepción del inversor y la del tertuliano de turno. 

20 febrero, 2018 | 15:24

Guindos y la economía del trueque

Entiendo que en ciertos ámbitos el más que previsible nombramiento de Luis de Guindos como futuro vicepresidente del BCE sea una excelente noticia. La Unión Europea, queramos o no, sigue siendo un mercadillo de intercambio de poder, puestos, influencia, contactos y dinero. Gobiernos, políticos y corporaciones quieren acceso a un puesto en este mercadillo. Y el que ha conseguido Guindos no es un puesto cualquiera.

Para el común de los mortales, más que el pasaporte del vicepresidente del BCE importa lo que haga o deje de hacer el BCE con Guindos. El “peso” de España en la UE es un abstracto. Las medidas que toma el BCE y su efecto sobre la economía son, por el contrario, asuntos muy concretos.

En 2011 España tenía un puesto en el comité ejecutivo del BCE, el de José Manuel González-Páramo, bajo el mandato de Jean-Claude Trichet. El papel del BCE y de Trichet, una persona sensata pero no sé si maniatado o acobardado por la influencia alemana, no fue el mejor en esas primeras etapas de la eurocrisis. Subió tipos en 2008 y su inoperancia incentivó la sangría en los países del Sur, que puso en riesgo la propia existencia del euro. Antes de eso, había mantenido unos tipos excesivamente bajos para España, pero apropiados para Alemania. No fue culpa de González Páramo (de hecho ha abogado públicamente por la mutualización de partes de las deudas), pero su pasaporte en poco nos ayudó.

Más allá de los Pirineos, el nombramiento de Guindos se ha interpretado de forma unánime como un triunfo de Alemania que coloca a un hombre “del Sur” como paso previo para que Jens Weidmann sea el próximo presidente del BCE. Weidmann es otro hombre de perfil político (no tanto), para quien el desplome de la periferia no era un problema, sino un incentivo para tomar las medidas adecuadas. Lo que explica su oposición a combatir la fuga de capitales, la subida de los tipos o la fragmentación del euro. La prensa que preguntaba a Mario Draghi si no es demasiado trabajador para ser italiano, o la que cuando el euro estaba a punto de romperse alertaba sobre la hiperinflación, está hoy de enhorabuena.

Del propio proceso de nombramiento es mejor ni hablar. Ni los parlamentarios europeos ni el BCE tienen nada que decir, limitada la meritocracia a un canje de cromos entre los gobernantes, que o bien pueden apoyar a Guindos por un pacto pasado o bien mostrarse reticentes para ceder en negociaciones futuras. Curioso, para tratarse de un banco central con la independencia blindada.

Más allá de que la sensibilidad de Guindos hacia la situación económica de España sea mayor que la de un letón (como era la de Páramo), la nacionalidad no debería haber sido su principal activo. Al igual que la principal característica de Mario Draghi no es ser italiano, sino su solvencia a la hora de manejar situaciones complicadas y comprender los mercados. Estados Unidos (antes de Trump) escogió a dos académicos para manejar la Fed: Bernanke (experto en la Gran Depresión) y Janet Yellen (experta en empleo), ambos exitosos pioneros en tomar medidas excepcionales. Al igual que Kuroda, en Japón.

La capacidad de pilotar los mercados financieros es un talento tan complejo como escaso; no se encuentra fácilmente.  No resulta extraño que Reino Unido fichase a un extranjero, Mark Carney, antes gobernador del Banco Central de Canadá, por su solvencia técnica. Israel también fichó, en su caso a Stanley Fischer.

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16 enero, 2018 | 12:15

Capital creciente, trabajo menguante

La racanería con la que la recuperación de las cifras económicas llega a los hogares es la historia económica de la postcrisis, y sus implicaciones políticas y sociales seguirán dominando el mapa durante unos años, sospecho. Las grandes cifras económicas marchan a buen ritmo, pero la marea no sube igual para todos.  

Con datos del INE, el 40% de los españoles que menos ganan cobran menos que en 2012, año en que la crisis tocó fondo, y solo el 30% con más ingresos los mejora de forma significativa. El 10% más acomodado mejora su salario un 6% en cuatro años, hasta los 4.784 euros de media. El 10% más pobre no llega a los 500 euros.

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España es un caso particular, con una burbuja y su consiguiente crisis ambas de proporciones bíblicas. Pero el empobrecimiento de las clases medias y bajas y la carencia de expectativas de la clase media es un fenómeno global, caldo de cultivo de movimientos reaccionarios como el Brexit o el trumpismo. La caída de la participación del empleo en el PIB y el relativo estancamiento de los salarios respecto a la productividad son dos reflejos de esta situación: el trabajador clásico se siente prescindible y menos importante porque cada vez es menos importante y prescindible, en términos estrictamente económicos. Y de la mano de estos fenómenos está, obviamente, el alza de la desigualdad.

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28 diciembre, 2017 | 09:19

No, el bitcoin no está caro

El bitcoin rozó 20.000 dólares la semana pasada. En verano estaba a 3.000, algo que muchos observadores consideraban aberrante (por lo caro), pues había subido un 200% en pocos meses. Hoy los 3.000 dólares no parecen tanto, porque lo vemos desde la perspectiva de los 20.000. Pero, si a este ritmo, en junio de 2018 el bitcoin vale 50.000 o 100.000 dólares, los 20.000 parecerían más razonables. Todo es cuestión de perspectiva.

No creo que el bitcoin esté caro, porque no puede estarlo caro. Más allá de su nombre, planteamiento de partida u origen, hoy por hoy el bitcoin es un activo financiero. Algo que la gente compra no para usarlo sino para esperar que se revalorice. Ahora, la mayor parte de los activos financieros están respaldados por algo más o menos concreto que permite valorar su precio relativo, aunque sea en teoría. Las acciones son trocitos de empresa, una apuesta por un valor o un flujo de dinero futuro. Los bonos son compromisos de cobro. Los futuros petróleo están respaldados por barriles, las inversores inmobiliarias por suelo. Incluso los metales preciosos sirven para algo (aunque sea decorar personas).

No es el caso del bitcoin. No hay nada detrás; un bitcoin representa un bitcoin. Su precio elevado depende de su escasez y de la avidez de los inversores. Su valoración se asemeja, en caso de parecerse a algo, a la de una startup: el inversor compra una idea. Pero en este caso la idea no tiene un objetivo finito o concreto (salir a Bolsa, montar una empresa, venderla a un inversor…). El bitcoin no. Es, en cierto sentido, autorreferente: atrae dinero, y el dinero que atrae hace que la idea sea más cara, lo que a su vez convence a más gente de que se trata de una inversión tan rentable como de algo muy gordo.

La idea detrás de todo es, ya sabemos, la tecnología blockchain. No hay, no obstante, ninguna garantía de que en caso de que esta tecnología se generalice, el bitcoin vaya a valer más. Se podría usar masivamente el blockchain en las finanzas, o en la energía, sin que el precio del bitcoin tuviera por qué subir ni un euro.

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La típica subida del 4.000 a 20.000 en dos meses, un modesto 400%

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02 noviembre, 2017 | 13:09

Deliveroo, ¿un remake de Telepizza?

Como uno de natural es escéptico y tirando a refunfuñón, tiendo a pensar qué aportan a la economía, a la sociedad o al confort del consumidor las empresas de nuevo cuño que revolucionan lo que sea. El Uber de los tomates, el AirBnB del bricolaje o el Amazon de las bicicletas. Siempre hay una comparativa a mano de la que tirar y todos estos negocios, sin excepción, revolucionan “algo”.

A veces pido comida a domicilio, algo que antes jamás hacía. Cosas de la paternidad. Casi siempre al mismo sitio, desde hace unos años. Cogía el teléfono la misma persona (con la que acabé congeniando dado que el sistema informático estaba roto de forma sistemática) y venía el mismo motorista, con quien a su vez congenié por una alucinante escena vecinal que tampoco viene al caso. Desde hace un par de meses ya no viene, y quien contesta al teléfono en el restaurante me remite a Deliveroo. La comida me cuesta 2,5 euros más que antes, que ingresa Deliveroo.

Algo aporta este cambio desde el punto de vista del cliente (el mío, mejor dicho). Se hace el pedido desde el teléfono, no hay que esperar a que abra el restaurante ni a que respondan al teléfono. Sí, se ahorra bastante tiempo. No sale más barato. Y, desconociendo el tipo de relación laboral que tenía el antiguo motorista con el restaurante, sí parece que Deliveroo no ha sido precisamente ejemplar en el trato a los ‘riders’ (llamarles empleados es poco 'cool' y, además, son autónomos).

Gracias al conflicto laboral antes citado (y aparentemente resuelto) sé que cada rider cobra unos cuatro euros por pedido, cuando a mí me cobran 2,5. Lo que nos lleva a mirar las cuentas. La empresa , británica, publicó resultados el 20 de septiembre.

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Registró pérdidas de 129 millones de libras. Los ingresos brutos fueron de 128 millones, y los costes de estas ventas, 127 millones (explicado abajo, incluye las promociones). Un año antes, ventas de 18 y coste de las ventas de 19. De ahí hay que restar 142 millones de gastos administrativos.Cuanto más ingresa, más pierde. El flujo de caja neto de sus actividades operativas fue de -111 millones (cubierto por 200 millones obtenidos mediante emisión de acciones).

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Cuando yo empezaba en la prensa económica, Telepizza cotizaba a ratios estratosféricos (PER de 100 veces, seguro que he contado esto ya). El motivo era que las motocicletas y los repartidores eran un valioso activo en aquello de la economía digital y el comercio electrónico, que ya hace 20 años servía para vender, valga la redundancia, cualquier moto posible. Hasta firmó un acuerdo con Terra y, para que no faltase nadie, se apuntaron al proyecto Credit Suisse y Andersen Consulting.  Toda una época resumida en una nota de prensa.

Con Deliveroo sucede algo parecido. El negocio es la agregación: obtener una posición de dominio que convierta a Deliveroo en la opción “por defecto” para pedir comida a domicilio. “El Google de esto“ o “el Amazon de esto otro”. No parece casual que Uber haya empapelado las marquesinas de autobús (ironías del destino) madrileñas con su servicio Uber Eats. Varias empresas están, literalmente, peleando por que el cliente les deje subvencionar un servicio no completamente necesario y basado en la precariedad laboral. ¿Para qué? Porque el producto, como sabiamente dicen en Silicon Valley, no es el servicio, ni el software, ni la economía de escala. El producto son las acciones.

 

Y es cierto. El subidón bursátil que se pegó Telepizza sí fue un buen negocio. Hoy, casi 20 años después, ni comercio electrónico ni acuerdo con Terra ni entrega de CDs en 24 horas ni nada; Telepizza sigue repartiendo pizzas. Es menos sexy que hablar de disrupción, pero las cuentas, más o menos, salen. Los ingredientes son baratos, las pizzas no lo son tanto, y el coste de la logística (motos y motoristas) se cubre fácilmente por el margen propio del restaurante. No sé qué pasará con Deliveroo. Quizá sí haya negocio, por más que hoy las cuentas estén muy ajustadas, los ingresos solo crecen a golpe de promoción y yo no veo posibles muchas economías de escala más allá de sumar a la red más restaurantes (sin que ello suponga más margen en cada uno ni más eficiencia en las entregas). En fin, ya les he avisado que soy escéptico y refunfuñón.


Un último apunte. Si insisto en la precariedad laboral por un motivo bastante sencillo; si un modelo de negocio no funciona pagando salarios con los que no puede vivir una familia, no es un modelo de negocio, es dumping. Se vista como se vista. Si a Uber no le salen las cuentas sometiéndose a la normativa vigente en detalles como reportar cuando un conductor abusa sexualmente de un cliente, quizá no merezca la pena que opere. Digo yo.

26 octubre, 2017 | 12:40

Entender el Procés desde la teoría de juegos

No aspiramos aquí a hacer que el lector entienda el Procés, ni quién lleva la razón o la culpa. Sí, por el contrario, a que el lector entienda los razonamientos que nos han llevado donde estamos. Quizá no sea que todo el mundo se ha vuelto loco de repente, sino que determinados contextos llevan a decisiones que acaban siendo malas para todo el mundo, sin que haya forma aparente de remediarlo. Aunque sí de estudiarlo, algo de lo que se han encargado numerosos economistas en el último medio siglo.

  • Juego del gallina (o estrategia del perro loco). Dos coches van por una carretera (de un carril) uno en dirección a otro. El que se aparte, pierde, y el que se queda, gana. Los dos mueren si nadie se aparta. Para ganar en este juego es conveniente la estategia del perro loco o, dicho de forma más común “que estoy mu loco, tío”. La estrategia dominante es, precisamente, hacer creer al contrincante que eres irracional y que harás cualquier cosa, por estúpida que sea, para ganar. Este planteamiento es origen de un sinfín de catástrofes, como la Guerra de Vietnam. En un caso extremo, la estrategia dominante final es arrancar el volante, de forma que el contrincante sepa que no vas a desviarte. Los siguientes puntos, el dilema del prisionero y la disuasión nuclear son vertientes de este mismo dilema.

  • Dilema del prisionero. Quizá la figura más conocida dentro de la teoría de juegos. La policía captura a dos sospechosos de un delito. Si ninguno de los dos confiesa, salen libres. Si uno confiesa y el otro no, sale libre el primero y el segundo es condenado. Si confiesan los dos, ambos son condenados, pero a una pena inferior. Es decir, si cooperan, se salvan los dos, pero si desconfían el uno del otro, salen los dos perdiendo. El punto de equilibrio en este juego depende de la información que tengan o de si existe mediación: si los dos prisioneros están encerrados de forma aislada, ambos maximizan sus beneficios delatando al otro, luego acabarán los dos en la cárcel.

  • Sunken cost. Dícese cuando una persona o institución ha invertido tanto en un proyecto fallido que no quiere echarse atrás y prefiere seguir invirtiendo pese a las escasas probabilidades de éxito. Hay mil ejemplos en la vida diaria, como ir al gimnasio sin necesidad solo porque lo hemos pagado, comprar algo en Ikea solo porque nos hemos desplazado hasta allí o negarse a preguntar cuando nos hemos perdido solo por el tiempo que hemos dedicado a pelearnos con el mapa. En el caso del Procés, los esfuerzos invertidos en éste, tanto por los líderes como por las personas movilizadas a título particular, suponen un obstáculo a la hora de tomar la decisión de echarse atrás.

  • Disuasión nuclear. La posibilidad de una confrontación nuclear cambió muchas cosas, empezando por el mero concepto de existencia (o no) de la Humanidad. En el lado práctico, modificó totalmente la doctrina militar. La destrucción mutua asegurada implica que tanto el primero en disparar como el contrincante serán completamente devastados en caso de confrontación. Esta doctrina llevó a situaciones absurdas como la de acumular armas nucleares (que baratas no son) suficientes para destruir varias veces el planeta (bajo la lógica de tener una oferta capaz de sobrevivir un ataque preventivo) o paradojas, como el hecho de que la construcción de refugios nucleares se consideraba una estrategia ofensiva (prepararse para atacar) y la acumulación de misiles, defensiva (por la destrucción mutua asegurada). Los corolarios más tenebrosos de estas teorías (si uno invierte en la disuasión nuclear, hay que estar dispuesto a usarla) están muy bien relatados en “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú”, donde el Doctor Strangelove está inspirado en Hermann Kahn, teórico de las confrontaciones termonucleares. En este aspecto, asumiendo que tanto el 155 como la DUI son las “armas nucleares” de los contendientes, hay una leve ventaja para el Gobierno central, que es la capacidad de graduar los efectos de su bomba. El Govern, por el contrario, solo puede apretar el botón o no.

  • Juego finito versus juego infinito. Andreu Mas-Collell, reputado economista y ex miembro del Govern, aludía en su última entrevista en Rac1 (en catalán) las relevantes diferencias cuando se aborda un juego. “Ahora estamos en un conflicto duradero, pero dento de un incidente agudo". En Teoría de Juegos son muy distintos aquellos que tienen un final definido de aquellos que no, porque si no hay final  definido existen repercusiones sobre el futuro. Las matemáticas dicen, exlica Mas Collell, que el hecho de pensar que habrá una semana que viene, y una semana después, y un mes después, influye mucho en las decisiones, porque lo que hagamos ahora influirá en las decisiones futuras y en el resultado final. No parece casual que en la misma entrevista Mas Collell asegurase que “ni la Generalitat ni el pueblo están en condiciones de hacer viable la independencia”.

  • Corner solutions o líneas rojas. En política la expresión corner solutions es equivalente a las manidas “líneas rojas” o “tolerancia cero”. La necesidad de controlar las fronteras, la sobreprotección a los niños de modo que no corran absolutamente ningún riesgo son ejemplos de planteamientos que rechazan los términos medios o los beneficios o costes paralelos. En consecuencia, no conducen soluciones  óptimas. Igualmente, el compromiso es más sencillo cuando hay varios planos de negociación (financiación, amnistía, reforma constitucional) que solamente uno.

28 septiembre, 2017 | 12:58

La desigualdad... en Tinder

¿Eres un chico al que devuelven un like por cada 10 likes que haces en Tinder? Si la respuesta es correcta, enhorabuena. Eres casta. Elite extractiva. Clase alta. Como lo quieras llamar. En todo caso, estás extremadamente cerca de la cúspide en la pirámide de este apareamiento aséptico, ultrarrápido y geolocalizado que podemos disfrutar en 2017.

El mundo no es justo, en casi ninguna de sus variantes. El nivel de vida y la educación de nuestros padres es el mejor predictor de nuestro futuro nivel de vida y educación. Los que tienen más dinero suelen ganar aún más dinero con el tiempo y, de paso, contratar abogados para pagar menos impuestos. La desigualdad es uno de los asuntos clave en la profesión económica de este arranque de siglo. Si no el principal. 

Hoy hablamos de otra desigualdad. Tinder. Más grave que la desigualdad de rentas; de hecho, según el autor del estudio del que partimos, Tinder es más desigual que el 95% de los países del mundo, solo superada por algunos paraísos de la igualdad de oportunidades como Sudáfrica, Namibia, Angola, Guinea Ecuatorial o Haiti.

 

El experimento parte de una idea simple: analizar el mundo de Tinder como si fuera una economía y los likes, dinero. Quien tiene más likes, tiene más dinero… Creo que se entiende, pero, como Tinder no da datos al respecto, el experimento se ha practicado mediante consulta a una muestra de 27 mujeres. El resultado es que los hombres reciben un like un 12% de las ocasiones. Un estudio anterior, realizado en colaboración con Tinder, cifra esta tasa de respuesta en el 14%.

 

Ahora, no todo el mundo recibe los mismos likes: en el caso de los chicos el 20% de ellos recibe un 80% de los likes. En el de las chicas, aunque la probabilidad de recibir un like es más alta, la distribución es también desigual: el 22% de ellas recibe el 78% de los likes. A partir de estas cifras se calcula la distribución de la “renta” (los likes) y el índice de Gini, la medida más usada en economía para medir la distribución de la renta. Un índice 0 sería igualdad perfecta y 1, desigualdad perfecta (una persona tiene el 100% de la renta). El índice Gini de Tinder queda en un 0,51; España tiene 0,35; EE UU, 0,41, más que ningún Estado de la UE. Partiendo, también de esta distribución se puede inferir la posición de cada uno en el mundo Tinder.

 

La ventaja de ellas es clara; en un cruce aleatorio es 6,2 veces más probable que él pinche en like a que lo haga ella. Este gráfico representa la ventaja relativa de cada sexo: en los ejes está la posición relativa de cada individuo en el ranking de atractivo, y la línea representa dónde se estima que está equilibrada la probabilidad de recibir un like.

 

Tinder

 

 

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14 septiembre, 2017 | 10:11

Riesgo, largo plazo y supervivencia

¿Cruzarías caminando un río que, de media, mide metro y medio de profundidad? La pregunta la plantea aquí Nassim Taleb al hilo de las rentabilidades medias que se suelen tomar como base para recomendar invertir en Bolsa. Tomando un plazo de más de 10 años y eligiendo con cierta cautela el punto inicial y el punto final la renta variable puede dar buenas rentabilidades... O no. Considerar que cualquier persona con un horizonte de inversión largo tiene que lanzarse a la Bolsa es más un argumento comercial que otra cosa.

No hay que irse muy lejos. Este es el gráfico del Ibex 35 con un plazo de 20 años.

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El Ibex ha sido especialmente castigado por algunas de las crisis de estas dos décadas. La del euro, la de 1998. Pero las rachas malas, más o menos violentas, suceden. No son fatalidades o excepciones; lo anormal es que no lleguen. Así que, en la piel de paciente y disciplinado inversor puede que nos encontremos que el mercado está en un punto bajo. O que antes del momento previsto para vender, necesitemos dinero (algo que es bastante más probable que suceda en momentos de crisis y precios de derribo). Puede que (algo aún más probable) patinemos comprando acciones en el peor momento esto es, cuando la euforia campa a sus anchas. Puede que, simplemente, no tengamos estómago para poder aguantar una pérdida  de patrimonio del 50% y seguir confiando en el largo plazo como si nada...

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06 septiembre, 2017 | 13:25

La demencial burbuja de las criptodivisas

Aquí los compañeros de Retina han hecho un listado de las criptodivisas o proyectos de criptodivisa más bizarros y, ocasionalmente, contrarios al sentido común que han podido encontrar. No duden de que las habrá aún más surrealistas. Una apadrinada por Paris Hilton u otra lanzada por la industria del cannabis y que ha servido para financiar un viaje a Pyongyang de Dennis Rodman suponen un listón alto. Hay otra llamada “fuck”, y otras se autodenominan inútiles. Que no falte el humor.

Por precisar, hablamos de ‘tokens’. Un token es una especie de moneda virtual mediante la que un proyecto de empresa se financia. Se parece al crowdfunding en que el inversor no paga por una participación de una empresa operativa, sino más bien invierte en una idea. Es como una Bolsa, porque los tokens se pueden comprar o vender en plataformas específicas. Y tiene mucho que ver con el bitcoin, porque la mayor parte de los proyectos tienen que ver con la tecnología blockchain y porque los tokens solo se pueden comprar con otras criptodivisas. Mayoritariamente bitcoins, que es lo más parecido al dinero en este universo.  O Ethers.

Los tokens se venden en operaciones llamadas ICOs, o Initial Coin Offerings, similares a salidas a Bolsa pero sin acciones, ni empresa ni dinero de verdad.  A mí me parece raro. Algo así como usar los cupones del Dia para adquirir armas en el World of Warcraft. O al revés, no sé muy bien. Será una sobredosis de años o una sobredosis de burbujas.

En Techcrunch han encontrado ya algún unicornio (empresa valorada en más de 1.000 millones de dólares) dentro de este curioso mundo. Es Omise, que colocó tokens por 25 millones antes de las vacaciones dentro de su proyecto para desarrollar un sistema de transferencias descentralizado basado en la tecnología blockchain. A la vuelta de las vacaciones su valor se ha multiplicado por 40 (3.900% en menos de dos meses ) sin que tenga aún ningún producto en el mercado.  Fuck subió un 370% en 24 horas.

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A la revalorización de los tokens se suma la revalorización de la criptodivisa en la que estén denominados; si el bitcoin sube un 100% y los tokens otro 300%, el rendimiento total es del 700%. Aquí es donde gente con más matemáticas que yo puede aportar una definición más precisa que la mía: una burbuja dentro de otra. Por si fuera poco, los tokens ni siquiera suponen transmitir participación de la empresa. La de Paris Hilton, por ejemplo, ofrece a cambio los servicios de inteligencia artificial y marketing que presuntamente ofrecerá la empresa cuando sea una empresa. 

La SEC ya advirtió de los riesgos de que las ICOs sean simplemente fórmulas para sacar dinero a los más incautos. Pero ya conocemos un poco al ser humano; el dinero fácil provoca más entusiasmo que suspicacias. Quien se forró comprando tres pisos sobre plano y vendiendo a los seis meses, lo más probable es que use el dinero para repetir la operación. En China, más directos que en EE UU, han prohibido las ICOs de un día para otro, forzando la devolución del dinero captado.

Como todas las burbujas, tiene, o tuvo en su día, un sentido. Ethereum, la segunda criptomoneda después de Bitcoin, nació mediante una ICO, y hoy tiene una valoración de 28.000 millones. A muchos inversores les ha convencido la idea de los "smart contracts", es decir, condiciones a las cuales está sometida la transferencia del dinero de una cuenta a otra. Hay otras más dudosas, como la ya citada de Paris Hilton, el criptowhopper (los cupones de descuento de Burger King en Rusia son, al parecer, una criptodivisa) o Kik, que en un acrobático giro planea emitir tokens DESPUÉS (disculpen las mayúsculas) de haber pasado por varias rondas de financiación, tras haber sido fundada en 2010.

 

 

 

¿Quién compra? Hay fondos especializados en este mercado, a quienes seguramente no les falten clientes. Lógicamente, hay personas que ven en la CNBC o leen en su portal financiero de referencia que el bitcoin sube como la espuma y que la tecnología blockchain cambiará el mundo, y quieren participar de todo eso, sea lo que sea. Estas personas pueden adquirir directamente criptodivisas o pueden operar vía fondos. El fondo, a su vez, puede presumir ante sus clientes de estar metido al 110% en la revolución del bitcoin, así como de los astronómicos rendimientos obtenidos (aunque no realizados). Y el cliente tiene una carta ganadora en las barbacoas del domingo con la familia política.

Así, amigos, funciona el mundo.  Silicon Valley, la serie, se quedó bastante corta para este año. En Bank of America cuentan que las burbujas actuales están haciendo que las burbujas clásicas, como la japonesa, la inmobiliaria o la puntocom, parezcan aburridas. Para Robert Shiller, premio Nobel e icono de esta humilde columna, bitcoin es "el mejor ejemplo posible de burbuja". Los tipos cero y las compras de deuda han mitigado la crisis por inundación, un sistema más o menos eficaz y mejor que alternativas de austeridad inspiradas en la medicina medieval, pero que tiene efectos secundarios. De eso, y de la otra burbuja citada por Bank of America (la volatilidad inversa, ahí es nada) ya hablaremos otro día. Feliz vuelta al cole. Y vean Silicon Valley.

25 noviembre, 2016 | 12:53

Salario mínimo, paro y pobreza

¿Genera paro el salario mínimo (o su subida)? Si nos vamos a los extremos, un mínimo elevado desincentivará la contratación, y uno muy bajo no servirá para mucho (porque será inferior a los salarios que ya se pagan). Una simplificación útil para una tertulia de barra de bar, pero que queda lejos de un análisis serio.Comparar el mercado laboral (y su formación de precios) con cualquier otro mercado de productos es una premisa falsa. Y no (o no solo) por motivos de moralidad o justicia social, sino  porque funciona distinto: el trabajador, sencillamente, necesita trabajar.

Si un empresario está dispuesto a pagar un salario A por realizar un trabajo y el trabajador necesita el empleo, estará dispuesto trabajar por mucho menos (pongamos un salario B). Un salario mínimo resultará inútil si está por debajo de B y hará perder un puesto de trabajo si es superior a A. Pero en esa zona media el salario mínimo sí puede elevar ingresos del trabajador a costa no de su contratación sino del margen del empresario.

Es difícil saber qué efecto predomina, e imposible extrapolar. Aunque alguna pista hay. En la ciudad de Frasier y el grunge, Seattle, se elevó de 9,5 a 11 dólares la hora, un 15%. Este estudio concluyó que los trabajadores con salarios más bajos vieron aumentado su sueldo de forma significativa y en mayor proporción que en otras áreas cercanas. Es decir, el efecto deseado, si bien el estudio detectó algunos efectos secundarios (menos claros) en forma de horas trabajadas. Este otro artículo resume los estudios al respecto: un 10% de salario mínimo adicional reduce el empleo en un 2% para los sectores afectados, según la media de los estudios.

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14 noviembre, 2016 | 10:06

Die Welle

Algunas cosas de Donald Trump me horrorizan. Con otras solamente estoy en desacuerdo aunque, en general, su triunfo es una pésima noticia. Hay gobernantes malos, buenos o peores, políticas más o menos eficaces, y mensajes con distinto calado. En el caso de Trump, el personaje es un chiste, el mensaje peligroso y de las políticas aún no sabemos nada, pero no son precisamente tranquilizadoras. Por muy malo que parezca, descalificar alegremente a sus votantes, a todo un país, a las encuestas o al rival no ayuda a entender cómo demonios ha sucedido lo que ha sucedido. Quien ha votado a Trump tendrá sus propias razones, que tocará respetar. Salvo, ya saben, en ese pequeño detalle de la supremacía de la raza blanca.

Diewelle1.- No ha ganado Trump; más bien ha perdido Clinton. Y por poco. Y las encuestas tampoco se equivocaron tanto. Han sido unos centenares de miles de votos en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania lo que ha separado a Clinton de la Casa Blanca. Si hubiese ganado en este último Estado y en uno de los otros dos, sería la primera presidenta. Clinton ha conseguido ganar con cierto margen en voto popular. La diferencia entre el resultado y las encuestas no ha sido tanta; como explica Nate Silver se han equivocado menos que en 2012. Han fallado, sí, las encuestas a nivel estatal, que preveían victorias más cómodas en estas áreas clave del Rust Belt, zonas industriales venidas a menos. Además, dada su composición demográfica, se han movido en paralelo (y por márgenes similares) , provocando un seísmo  no anticipado. En todo caso, Donald Trump ha sacado algún voto más que Romney en 2012, pero Hillary se ha desplomado.

2.- ¿Es tan distinto EE UU? Si estas decenas de miles de votantes demócratas hubiesen dado la presidencia a Clinton, ¿sería EE UU un faro para el mundo, una democracia plenamente funcional y el mejor ejemplo posible de sociedad abierta? Hace ocho años, en el punto álgido de la peor crisis en décadas, dio un mandato indiscutible y masivo a un senador negro, con padre keniano e infancia en Indonesia, de madre antropóloga. Un marciano a ojos de la América más tradicional. Pero es la misma América que el martes apostó por Trump. Estados que han votado a Trump han legalizado el cannabis. Estados que han votado a Trump han elevado el salario mínimo. Florida, que votó a Trump, rechazó el impuesto al autoconsumo solar que había propuesto el oligopolio local. Estados Unidos no se ha vuelto un país de fundamentalistas de repente.  

3.- El trumpismo (no me resisto a usar este palabro) y el populismo de derechas no son una ideología reaccionaria de nuevo cuño. No son un movimiento conservador pero joven, que busca crear una nueva sociedad, como pudo serlo la revolución de Thatcher y Reagan, los libertarios o los neconservadores de George W. Bush. Trump (y Farage) solo ofrecen volver atrás, a un pasado idealizado. A sus votantes les gusta la inseguridad económica que conlleva ni la diversidad cultural ni, como explica bien este artículo, la supuesta superioridad de las ciudades u oficios que sí se han beneficiado de la globalización. Con cierta justicia, echan de menos los tiempos en los que cuando uno aprendía un oficio, su futuro dependía de si él trabaja bien y su empresa es competitiva.

Son poco tangibles, para un obrero industrial de Ohio, los beneficios de que tu trabajo dependa de cosas como si se abre tal fábrica en China, si un gestor de hedge funds ejecute unos avales o si un programador californiano encuentra la forma de destrozar cierto modelo de negocio. Clinton no ha tenido o no ha sabido vender la respuesta a estas inquietudes, y Trump se ha limitado a decir que todo volverá a ser como antes, porque la culpa al que habla, viste o tiene un color de piel diferente. Son postulados que tienen nula capacidad de ser aplicados y que las nuevas generaciones no compran. Quizá, ojalá, 2016 ha sido su mejor pero último momento de gloria. Sobre todo entre los blancos pobres, que han volcado la elección; no solo como consecuencia de un momento de rabia, sino como continuación de tendencias económicas y sociales que vienen de tiempo atrás. Pocket  Four decades of discontent Trumps a strong 2015 for US jobs and pay in the race to the White House

A mi, por cierto, no me gustan los gin tonics ni soy runner, me parece lamentable llamar a un sitio ‘gastrobar’, el concepto de barbero me parecía superado, me horroriza el fútbol moderno y aplicaría penas de prisión (por lo menos) a quien usa palabras como "disruptivo". Entre otras muchas cosas.

 

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03 noviembre, 2016 | 08:51

Una recuperación de marca blanca

Hagan una búsqueda en Google: “Sector falta de Gobierno”.  Encontrarán un panorama de lo más variopinto. Sector inmobiliario, empresas tecnológicas y de gran consumo, energéticas, sector aéreo, turismo y servicios financieros. Así, de un primer vistazo. Todo el mundo clamaba por la formación de un Ejecutivo. No obstante, en nueve meses con Gobierno en funciones y un aparente caos político que impedía a las cabezas pensantes ordenar las pequeñas decisiones de sus ignorantes súbditos, la economía ha ido como un tiro. Concretamente, creciendo un 3,2% en tasa anualizada, lo que tiene su mérito dado el contexto europeo, mucho más débil.

No sé, la verdad, si la economía va mejor con Gobierno o sin Gobierno, ni mucho menos en si la experiencia de estos nueve meses da la razón a unos u otros. Solo me llama la atención el contraste entre la economía institucional y la economía real. En un año hemos pasado de la necesidad de “mantener el pulso reformista” (eslógan de consumo interno previo a las elecciones) al “que la inestabilidad no amenace la recuperación” y, ahora, a una especie de “dejémoslo todo como está” trufado de algunas tímidas llamadas a eso que tanto gusta, los Pactos de Estado (así, en mayúsculas, que queda más solemne).

Estas imperiosas necesidades son comunes a todos los sectores, aparentemente. Recordemos a los señores de Telepizza afirmando que “notan” la falta de Gobierno, declaraciones que abren todo un campo de investigación económica. No se fíen ustedes de la EPA o del PIB, pongan el foco en las peticiones de extra de queso o surrealistas pizzas-volcán. Ironías aparte, son señales de que los señores con mano en las patronales y algunas grandes empresas ansían un interlocutor con acceso al BOE. No de que la economía necesite un Gobierno.

Pizzavocan

Aquí, un indicador económico de última generación. Aprende, Duflo!

En realidad, el buen comportamiento de la economía en estos nueve meses desmonta dos mitos por el precio de uno: ni la economía necesita de un Gobierno ni el señor Rajoy se debería atribuir en demasía la mejora económica. No es cuestión de quitar méritos a su gestión, pero tampoco de regalarle medallas. Ni las cifras macro ni la Bolsa ni la prima de riesgo han perdido el sueño en este periodo a causa de su futuro.

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24 octubre, 2016 | 12:04

Follow the money

Ni Donald Trump es tan rico como dice o aparenta ni su campaña ha manejado más dinero que la de Clinton. Pero sus principales financiadores son tan rompedores e inquietantes como el propio candidato. Todo empieza en 2010, con la sentencia Citizens United vs FEC, en la que el Supremo eliminó las limitaciones a las donaciones políticas privadas a grupos de acción política. Los críticos ya advirtieron en su día del riesgo de que las multinacionales capturasen el proceso político. No ha sucedido (o, al menos, no mucho más que antes), pero aquella sentencia tiene algo que ver con Trump.

Robert Mercer es un personaje un tanto particular. Es el consejero delegado (cargo compartido) de Renaissance Tech, que podríamos llamar una gestora “ultracuantitativa”; basa su estrategia en el análisis masivo de datos del mercado y la creación de algoritmos que permitan invertir en función de los patrones detectados; de sus 300 empleados, 90 son matemáticos o físicos. Para hacerse una idea de cómo trabaja  esta gente, para evitar que los sistemas de alta frecuencia detecten los flujos de órdenes de compra o venta y se anticipen a ellos, barajan construir un sistema de ejecución de órdenes basado en un reloj atómico (aquí está la patente).

 Renaissance es a los hedge funds cuantitativos lo que Warren Buffett a la inversión tradicional: un mito. Tiene unos activos bajo gestión de 37.000 millones de dólares, sus dos principales fondos llevan rentando más del 10% tres años seguidos, y los inversores inyectan hasta 7.000 millones al año en este producto. Mercer no fundó Renaissance; fue fichado por Jim Simmons (éste, destacado donante demócrata) en los años 90, debido a su trabajo en lingüística computacional, o cómo enseñar el lenguaje humano a un ordenador.  

Mercer, cuya colección de armas incluye originales del film Terminator, ha apoyado campañas según los estándares tradicionales de la derecha (a favor de la pena de muerte, contra el aborto...). Más heterodoxa, y contradictoria con la sofisticación de su fondo, es ss postura a favor del patrón oro y de acabar con la reserva fraccionaria de los bancos. Su apoyo en 2010 a un  pintoresco médico candidato al Congreso (Arthur Robinson) que almacena miles de muestras  de orina humana para prolongar la vida también distingue a Mercer del clásico preboste republicano.

Hasta 2012 los Mercer siguieron, según relata este artículo de FT, la política habitual en los donantes: poner dinero y esperar. La derrota de Romney (otro gestor de fondos, en este caso fiel representante del republicano clásico) provocó un cambio de táctica. Ya no se trataba de ganar influencia en el partido, sino de darle la vuelta por completo.

En 2014, según Bloomberg, Mercer forjó en una cena en Palm Beach su ofensiva para controlar el partido, aunque falló en el candidato: pactó una  fuerte contribución a la campaña de Ted Cruz (congresista que parecía dispuesto a que EE UU entrase en suspensión de pagos para evitar la extensión del seguro médico Obamacare), bajo la premisa de que Estados Unidos necesitaba como presidente un “Mr Smith”, un vecino cualquiera alejado de las elites que hablase el lenguaje de la calle.

Cruz recibió más de 10 millones de los Mercer.  Perdió, pero el plan siguió su curso. Los Mercer se convirtieron en primeros donantes de Trump, con unos 20 millones. Este verano el candidato contrató como jefes de campaña a la responsable del Super PAC mediante el que los Mercer apoyaban a Cruz y al presidente de Breitbart.com, una web conservadora que ataca con la misma saña a los demócratas y al establishment republicano y generosamente financiada por Mercer .

La combinación de milmillonarios y (poco) disimulada xenofobia funcionó muy bien en el Reino Unido, pero Trump parece con pocas opciones de ganar. El trumpismo, con todo, sigue ahí. Ha demolido no pocos cimientos en el partido republicano y ha convertido al Tea Party en una pandilla de aficionados moderados. No es muy aventurado pensar que esta combinación tiene algo que ver con la crisis y la postcrisis pero, en fin, eso lo dejamos para otro día.

17 octubre, 2016 | 11:38

Bola extra de dividendos

¿Entenderían ustedes a un compañero de trabajo que pide un adelanto de nómina porque no le llega para pagar el alquiler de una casa con piscina? Yo no, lo que no significa que no exista gente así. Y me cuesta entender a las empresas cotizadas que se empeñan en mantener contra viento y marea un dividendo excesivo que parece más pensado para comprar tiempo que otra cosa.

[Nunca me han gustado las comparaciones entre la economía familiar y la macroeconomía, aportan más confusión que claridad; si creen que no encaja siéntanse libres de zurrarme en los comentarios]

El Banco Popular cerró este verano una ampliación de capital por 2.000 millones de acciones, casi tantas como tenía hasta entonces. No sin problemas; lo hizo en la segunda ronda, en la que el inversor acude a la operación al precio de suscripción determinado (1,25 euros) sin tener que poseer o pagar por el derecho de dicha suscripción. Tres meses después, y sin que las dudas sobre la banca se hayan despejado (más bien al contrario), el banco anuncia que regresa al dividendo en efectivo.

La situación empresarial de Telefónica no es comparable, ni de lejos, pero sí lo es el empeño en mantener contra viento y marea una determinada retribución al accionista. Actualmente es una de las mayores del mercado, en torno al 8%. Pero, en paralelo a esta generosidad, la firma ha intentado vender dos veces Telxius y otra O2, con el objetivo de mantener cuidadas las finanzas y estable el rating.

¿Se pagan demasiados dividendos en España? Es posible. Bloomberg da un dato de payout (porcentaje de beneficio dedicado a dividendos) agregado para el índice (64%) inferior al del Euro Stoxx 600 (71%), pero omite numerosas empresas. En conjunto, la rentabilidad del índice es superior a la media europea. Lo que no tiene nada de malo; al contrario, es positivo.  Lo malo es cuando un dividendo no es sostenible. O, mejor dicho, cuando el mercado cree que no es sostenible, ya saben que la realidad aquí es un tanto relativa.

Suena raro que una empresa, como el Popular, pida dinero a unos inversores y poco después tire de la recién engrosada chequera para retribuir a estos (y otros) inversores. Entiendo que en el entorno de tipos cero y bajo crecimiento una seducir al inversor al inversor es una tarea difícil, así que supongo que será eso. Pero me suena raro porque, si el fondo del negocio no cambia, se gana poco más que tiempo. Y suena raro de verdad, también, en estos años en los que tanto hemos escuchado las virtudes de la austeridad y no gastar de más.

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