Mamarrachez contra espantajería
El otro día pasé cuatro horas en las urgencias de un
hospital de la seguridad social –verídico-, y me dio tiempo a pensar en muchas
cosas, además de la evidente del penoso estado de nuestra sanidad. Me acordé,
por ejemplo, de que mi hija este año no tiene clases de gimnasia o
psicomotricidad, porque les han recortado el presupuesto y sólo hay una
profesora para 16 aulas; sin embargo, se mantiene la de religión, que en su
clase dan cinco alumnos –el resto, en pecado mortal, ya saben-. También me
vinieron a la cabeza los datos publicados entonces sobre la Ley de Economía
Sostenible, algunos protegiendo a los constructores; el recorte a la inversión
estatal en investigación en tiempos en que sería tan necesaria; el triste
panorama de la alternativa que supone la oposición, empeñada en sus cosas de la
derecha, como que los catalanes y el resto nos odiemos cada día un poco más, o
montar manifas con los curas, o votar una cosa en Estrasburgo y otra en Madrid
si es para llevar la contraria al Gobierno.
Con todo, pensaba cuando ya sólo me quedaban dos horas de
espera, todo esto tiene un pase… mientras no me toquen el interné, por
supuesto.
Pero, como ya sabrán, sólo horas después de que se
anunciara un nuevo incremento del paro –no sé por qué cito esta coincidencia,
la verdad-, mis peores pesadillas se cumplieron: el Gobierno está dispuesto a
cerrar webs con enlaces de descargas. Y todo lo demás –una educación degradada,
una sanidad desbordada, cuatro millones de personas en el paro, ninguna
expectativa de futuro- puedo tolerarlo. Pero si me cierran seriesyonquis.com y
tengo que buscar los enlaces en emule por mí mismo, entonces, como una porción
destacada de mis conciudadanos, me doy cuenta de que van a por mí, y la monto.
El tema entró ayer en una nueva dinámica con una reunión
importante. Para detener la posibilidad de que un grupo de individuos
arbitrariamente designados por la administración pueda cerrar páginas web, un
grupo de internautas arbitrariamente designados por la administración se reunió con
las autoridades para darles la visión de millones de usuarios, de los
que aceptaron la representación, sobre el tema.
Entre los convocados, en su práctica totalidad residentes en
Madrid –y, por tanto, como digo, representativos de la sensibilidad de los 40
millones de habitantes de la nación-, se contaban no sólo los responsables de destacados
blogs, sino también de numerosos fracasos empresariales de la red anunciados en
su momento como revolucionarios, cosa que por supuesto no ha mancillado su fama
de gurús. Dado, además, que estos mismos son los habituales ponentes en cualquier
mesa redonda o congreso sobre la red, está claro que se llevan fenomenal entre
ellos y podrían, desde su experiencia compartida, oponerse a las medidas de
Aunque en la reunión en sí no se avanzó mucho, porque hablando
en serio, a estas alturas sabemos de sobra que la ministra no es más
que la mandada de un lobby de pelmazos –un tiempo ministra, pero miembro del gremio de
creadores de películas de la guerra civil para siempre-, al menos los presentes
pudieron mandar extensas reflexiones de hasta 150 caracteres vía Twitter,
servicio de una empresa super partidaria de la libertad en la red y que justo
acaba de comenzar a cotizar en Bolsa. Auque igual esta es la razón por la que la ministra se fue tan pronto: al fin y al cabo, ya les habrá pasado a ustedes alguna vez, no es nada agradable estar hablando con alguien y que el tipo esté mientras escribiendo todo el rato en el móvil.
El escándalo público que las medidas anunciadas ha levantado tuvo como consecuencia la ya tradicional y entrañable confusión entre ministros, para culminar en
En fin. Triste retrato, el de esta semana, de una ciudadanía
–o, al menos, de la parte activa y joven de la ciudadanía- que es capaz de
movilizarse ante la lejanísima posibilidad de que el Gobierno rastree qué páginas web
porno visita, y no frente a la degradación de los servicios públicos, el
mercado laboral o la vida social. A partir de ahí, se confirma que tenemos los
políticos que en consecuencia nos merecemos: unos individuos capaces de tener ocurrencias tan peregrinas como esta ley, entre otras muchas.
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