La realidad deformada
En un momento dado, salió el tema de los cambios que necesitarán los locales de hostelería para la prohibición total de fumar en su interior. Que llegan pocos años después de las reformas hechas en los locales para acotar zonas de fumadores, con el desembolso que supusieron.
Ni mi peluquero ni yo somos fumadores, pero tampoco especialmente militantes. El aprovechó para contar la historia de cómo convirtió su local en libre de humo casi sin querer.
-Yo no le decía nada a nadie de que no fumara, pero me fui dando cuenta de que la gente salía del local porque ya se había habituado a actuar así en otros sitios. Así que un buen día retiré todos los ceniceros... y nadie volvió a fumar. Y es que la gente, en su mayoría, es más razonable y respetuosa de lo que pensamos. (Por mucho que les moleste tener que abstenerse de no fumar, añado yo, cosa que hasta cierto punto entiendo).
El ciudadano medio convive con normalidad y pasa de puntillas sobre la mayor parte de los temas que ocupan a los medios y a nuestros políticos y llenan espacio y tiempo en nuestros medios de comunicación.
Es preocupante que internet, que sería un magnífico altavoz para las inquietudes ciudadanas, se haya convertido en cambio en el paraíso de los tronados y los extremistas. Leer los comentarios en distintos rincones los últimos días sobre el tema de la lamentable agresión a Hermann Tertsch, por ejemplo, resulta un auténtico descenso a las cavernas del horror: guerracivilismo, fascismo nada encubierto, amenazas anónimas por doquier... Una selección de lo peor de la España cainita, viva en el siglo XXI, y alimentada periódicamente por declaraciones políticas aún más fuera de tono.
Tras el caso Tertsch, llegará después otra historia similar, porque la cuestión no es puntual, sino que se trata de la plasmación del clima entre un grupo de población creciente, que gracias a internet prácticamente sólo se comunica con sus similares, agravando así su cerrazón y su sensación de que no es necesario el diálogo con "los otros", puesto que todo el mundo está de acuerdo conmigo -al menos, todo el mundo con el que me hablo-.
Me preocupa que esa otra mayoría de personas apacibles que forman el conjunto de la población, y que salen a fumar de los locales sin que nadie se lo pida sin liar pelotera alguna, se vaya contagiando progresivamente de ese clima. En lugar de reservar fuerzas para luchar por el derecho a la vivienda, al trabajo, a una educación digna, a la sanidad...
Aunque, como razona un amigo conspiranoico, a lo mejor son precisamente los distintos poderes quienes alimentan los radicalismos y la conversión de problemas de tercera fila en cuestiones fundamentales, con el fin de mantener distraída la atención en tanto se desmantela el estado de bienestar. Yo no soy especialmente partidario de estas teorías, pero convendría trabajar para evitar que sean los energúmenos quienes marquen la agenda.
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