Hablemos de Dick
Hay muchos autores de ciencia ficción que escribían literatura de calidad. Sin embargo, sólo uno de ellos está consiguiendo calar simultáneamente entre el lector culto medio, la elite literaria -véase la reciente El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán- y la crítica académica. Por buenas razones, aunque algo complejas de explicar. Se trata de Philip K. Dick.
Todos los artistas sin éxito sueñan con ser en realidad
genios incomprendidos. Es el mito de Van Gogh: morir en el anonimato para ser
reconocido póstumamente. No son tantos los creadores que reciben ese crédito
póstumo. Philip K. Dick murió tres meses antes de que la película basada en una de
sus novelas llegara a las pantallas para cambiar la estética del final del
siglo XX, hace 25 años.
Blade Runner fue
sólo la primera de las incontables obras de Dick que luego han pasado al
celuloide. Minority Report, Desafío total
o
La razón de su tardío reconocimiento está, básicamente, en
el desprestigio que sufre el género de ciencia ficción, al que él –de forma no
del todo intencionada- consagró su vida. Tras un periodo de estudios marcado
por sus desórdenes psíquicos –motivados, en parte, por el fallecimiento de su
hermana gemela a las cinco semanas de vida, que terminó por convertirse en una
obsesión para él-, comenzó a escribir relatos de ciencia ficción como un complemento
a sus ingresos como dependiente en una tienda de discos. En el periodo entre
1952 y 1955 escribió casi cincuenta historias, algunas de ellas consideradas
como obras maestras. En algunas de ellas ya están los elementos reconocidos hoy
como “dickianos”: fundamentalmente, las dudas de los personajes sobre la
realidad que les rodea, bien inducidas por el consumo de drogas o por la
presencia de seres artificiales que simulan ser humanos..
En 1955 apareció su primera novela, Lotería solar, que le permitió dedicarse definitivamente de forma
exclusiva a
El fracaso de estas obras adelantadas a su tiempo produjo
una gran amargura en el autor, que se sumó a ciertos problemas personales. Su
primera mujer era simpatizante del Partido Socialista, por lo que ambos fueron
investigados por el FBI, creando en la delicada psique del escritor una
paranoia que le acompañaría el resto de su vida. Ese matrimonio fracasó, como
lo subsiguientes, enredando a Dick en una trama de obligaciones económicas que
condicionaría su obra en los años posteriores. Si en los primeros sesenta había
escrito obras tan impresionantes como El
hombre en el castillo (Minotauro), poco a poco la necesidad de aumentar sus
ingresos le obligaría a escribir a toda velocidad novelillas desquiciadas, en
las que sólo ocasionalmente brilla su talento, con tal de pagar las pensiones a
sus ex mujeres (que llegaron a ser cinco).
Para incentivar su creatividad, se
introdujo en el consumo de drogas, en particular LSD y anfetaminas. Según otro
autor de ciencia ficción de la época, John Brunner, “literalmente se tomaba las
pastillas a puñados”. En ese periodo se alternan trabajos sin valor con obras
maestras indiscutibles, como Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldritch o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?,
su obra más conocida por haber sido adaptada al cine como Blade Runner, aunque no la mejor desde un punto de vista literario.
Por cierto que sobre el cambio de título existe una curiosa anécdota. Cuando se
le preguntó al respecto, poco antes de su muerte, afirmó: “Si supiera dar
buenos títulos, me habría dedicado a
Gracias a obras como esas, poco a poco, la ciencia ficción
de Dick alcanzó un modesto reconocimiento. Los jóvenes autores de los sesenta,
una generación revolucionaria dentro de la ciencia ficción, le fueron
reconociendo como un precursor por sus temas originales. Y dos de los otros
grandes escritores de la historia del género se declararían incondicionales
admiradores suyos.
Sin embargo, lo que cambió la vida de Dick fue su inmersión
en el misticismo.
Es difícil estimar la relación causa-efecto entre las drogas
y sus numerosas visiones religiosas, pero de hecho Dick abandonó las primeras
para abrazar las segundas. Dios se le reveló primero a través de los pendientes
en forma de pez de una repartidora a domicilio, y le habló más tarde a través
de un rayo de luz rosa, que entre otras cosas, Dick aseguró que le había
informado del exacto alcance de la enfermedad de uno de sus hijos. El escritor afirmó
que vivía simultáneamente su vida y la de un cristiano del siglo I. De hecho,
Dick sostenía que el Imperio Romano no había tenido fin, y que seguía
controlando el mundo; el emperador en esa época era, según él, Richard Nixon.
De
manera muy característica, Dick mantuvo ante sus experiencias un comportamiento
racional y las analizó para dar forma a su pensamiento religioso –ligado, sobre
todo, al movimiento gnóstico - en una obra monumental, de 8.000 páginas,
conocida como la Exégesis, de la que
sólo se ha publicado en inglés una selección.
No abandonó, entretanto, la ciencia ficción, si bien sus
últimos trabajos difícilmente pueden encuadrarse en lo que una visión externa
considera como las temáticas de ese género.
En 1982, la vida parecía sonreír modestamente a Dick. Se
había habituado –tal vez por primera vez desde la adolescencia- a la soltería,
y compartía muchas horas con una parroquia de jóvenes escritores de ciencia
ficción en la que ejercía su magisterio, conocida después como “El grupo de
California”, entre los que destacaba Tim Powers. Estaba ilusionado con la
escritura de una nueva obra de ciencia ficción mística, The Owl in the Daylight. El prestigio de su obra crecía
continuamente en Francia, donde se hablaba incluso de publicar sus novelas
realistas. Y le gustaba lo que sabía de
Las razones por las que la obra de Dick posee una creciente
influencia se perciben de inmediato al disfrutar de algunos de sus mejores trabajos,
como los ya citados. Cuando Dick presenta una de sus frecuentes situaciones en
las que el lector no sabe qué es real en el contexto de la novela, si lo que
cree uno u otro de sus personajes, o lo que él mismo puede percibir por su
cuenta, la voz del autor tiene una increíble capacidad para mantenerse al
margen, sin ofrecer pistas.
Dick cambia una y otra vez el foco de su mirada
entre los diferentes personajes, sin comprometerse jamás con el punto de vista
de ninguno, y generando empatía hacia las posiciones más extremas e incluso
indignas. Todos ellos, además, son gente corriente, lejos de los héroes
característicos de la ciencia ficción; sometidos a un universo y una sociedad
hostiles, pero ante los cuales mantienen una la resistencia silenciosa y
constante. Una y otra vez sus narraciones sorprenden las expectativas del
lector, conduciendo el relato por senderos improbables, apelando unas veces a
un retorcido sentido del humor, otras a una capacidad brillante para crear
pesadillas verosímiles.
Lejos de mermar su influencia, su radical giro hacia el
misticismo en 1974 sumó misterio a su figura. Además, Dick fue capaz de ligar
sus temáticas tradicionales con ese nuevo enfoque: en Valis llega a afirmar que “en ocasiones, la locura es la única
respuesta posible a la realidad”. Hoy, su legado sirve para entender fenómenos
como el desarrollo de la robótica y la realidad virtual, y para anticipar la
alienación del individuo ante una sociedad cada vez más deshumanizada y difícil
de entender.
Bibliografía
recomendada de Philip K. Dick
Cuentos Completos. Ed. Minotauro (cinco volúmenes. En ellos, por error, no se ha publicado uno de sus cuentos más notables, "Podemos recordarlo todo para usted").
Tiempo desarticulado (1958). Edhasa.
El hombre en el castillo (1961). Ed. Minotauro.
Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1964). Ed. Minotauro.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1966). Edhasa.
Ubik (1966). Ed. La Factoría de Ideas.
Valis (1978). Ed. Minotauro.
Biografías en
castellano
Emmanuel Carrere, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Ed. Minotauro.
Pablo Capanna, Idios Kosmos. Ed. AJEC.
Filmografía
Blade
Runner (Ridley Scott, 1982).
Desafío total (Paul Verhoeven, 1990).
Confessions
d’un barjo (Jerome Boivin, 1992).
Asesinos cibernéticos (Christian Duguay, 1996).
Minority
Report (Steven Spielberg, 2002).
Infiltrado
(Gary Fleder, 2002).
Paycheck
(John Woo, 2003).
A Scanner
Darkly (Richard Linklater, 2006).
Next (Lee Tamahori, 2007).
Radio Libre Albemuth (John Alan Simon, 2010).
The Adjustment Bureau (George Nolfi, 2010).
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