¿Dónde contar la historia
del chico del Maestrazgo?
Hace un par de años fui a hacer un reportaje sobre la ruta de un autobús escolar en el Maestrazgo, que va
por lugares bastante recónditos. La última parada es casi
de vuelta al pueblo de partida. En la carretera principal de la comarca, había una marquesina
semiabandonada, y allí un par de chavales: un chico de doce años, con gafitas y
pinta de empolloncillo, y una niña de seis, su hermana. Su aspecto es algo
desamparado, vienen caminando desde su masía, que se ve a unos
Los demás chavales les saludan con suavidad. Le pido al chico que se siente
conmigo y me cuente un poco su historia.
-Tienes pinta de que se te da bien estudiar, ¿eh?
-Sí, me gusta. Sobre todo las ciencias.
-¿Quieres luego hacer una carrera?
-Sí, quisiera hacer algo relacionado con los animales, por ayudar en casa. -De
los 15 que han subido al autobús, es el segundo que piensa en la universidad
para cuando termine
-Ya.
-Sí, tenemos animales.
-¿Tus padres nacieron en esa masía?
-No, la compraron. Mi padre es de Tal , y mi madre de Cual. -Dos
pueblos cercanos.
Charlamos un par de minutos más, él me responde con claridad y un cierto pudor.
Le agradezco que me atienda. Vuelve a su posición.
Cuando llegamos al colegio, tengo que verificar que contamos con permisos
firmados de los padres para sacar las fotos, imprescindibles en caso de
menores. Había hecho llegar a la jefa de estudios previamente un formulario, y
están casi todos firmados. Le digo que estoy especialmente interesado en los de
los dos chicos que quieren estudiar en la universidad.
-Sí, estoy seguro de que los dos los tienes. Están firmados por las madres...
La de ella está separada. Y el chico que me dices tiene una historia muy dura.
Su padre murió hace dos años. No sabemos cómo los mantiene su madre, cómo saca
adelante una casa enorme y los animales con tanto trabajo. El sigue estudiando
bien, pero hace unas semanas estuvimos en una excursión en la que nos
quedamos a pasar la noche, y no dejó dormir a nadie. Tenía alucinaciones,
hablaba con su padre.
Y entonces, até cabos súbitamente. Descompuse los detalles de su aspecto que me
habían hecho pensar en desamparo, y que apenas había advertido de manera
consciente: las gafas demasiado pequeñas para su rostro crecido, seguramente necesitadas de un cambio hace muchos meses; el chándal de mercadillo ya demasiado
raído, el aire protector sobre su hermana, silenciosa y huidiza. El respeto de
los demás chavales al subir. El aire cansado, fruto tal vez de haberse
levantado temprano para ayudar a su madre en las tareas de la casa. El deseo de
estudiar algo relacionado con la ganadería, para sacar adelante su hogar.
La dignidad para eludir referirse a su desgracia, la mención a su padre, la búsqueda de aprobación en
su tono de voz prudente.
El resplandor de fortaleza que había hecho que me acercara a hablar con él
mientras no lo había hecho con algunos de los otros.
Saldrá adelante, no me cabe duda. Pero cuánto me gustaría saber cómo se puede
ayudar a valientes como él. Y cuánto me gustaría saber dónde podría comprar
para mí un poco de su coraje.
También me gustaría saber cómo contar historias como esta en el mundo informativo de hoy. Las que no tienen cabida en los periódicos, porque son pequeñas. Las que no aparecen en programas de televisión viajeros, porque no son truculentas sino sólo un poco tristes. Las que no pueden conseguir los medios de internet porque suponen viajes de periodistas a ver las cosas in situ, que el actual modelo empresarial no permite pagar. Las que no se encuentran documentándose en Google.
Internet no ha conseguido que se puedan conocer las historias de toda la gente que es como el chico del Maestrazgo -trabajadora, esforzada, ejemplar- y de la que nada sabemos, porque representa valores anticuados y poco interesantes. Además, hay tanto ruido. Tantas petardadas que comentar en Facebook, tantos vídeos de gatitos, tantos textos explicando lo malos que son los mismos de siempre para repetir hasta la saciedad.
Al menos, aquí está su historia.
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