Rumbo de colisión
Asisto con estupor a la forma en la que la industria editorial se precipita, con paso firme, hacia el suicidio. Pese a sus miles de millones de facturación y miles de trabajadores imagino que altamente cualificados -al menos, lo están los que conozco-, todas las decisiones adoptadas para adaptarse al advenimiento del libro electrónico son irreales y prepotentes, no sólo ineficaces para detener la posible expansión de las copias privadas en este campo, sino incluso invitaciones a realizarlas.
En el caso del libro electrónico, las grandes cadenas de distribución están hablando de quedarse un 30% del pvp a cambio del lujoso derecho de ponerlo a la venta en sus páginas web. Es decir, tres euros por ejemplar vendido por ofrecer un servicio con un coste y un riesgo de... ¿cero?
A su vez, las editoriales planean quedarse con otro 30 o 40% a cambio de editar el libro y ponerlo en circulación. Un trabajo que, por ejemplo, a mí -que tengo unos conocimientos rudimentarios de maquetación, pero no soy un profesional- podría llevarme, tal vez, cuatro o cinco horas de labor. Es decir, más porcentaje que el autor por un trabajo que cuesta una fracción infinitesimal de la labor del escritor. Recordemos que generar el fichero en algún formato de esos presuntamente "imposibles de copiar" (paréntesis para la carcajada) puede suponer unos 10 minutos más.
Considerando que la compra de los e-books tal y como se nos propone supone que el 70-80% de nuestro pago recaiga en empresas que no aportan nada a la cadena de valor del producto, encuentro bastante fácil que se encuentren argumentos para no considerar esas copias como amorales. O, al menos, tan dudosas como pretender cobrar a cambio de nada. Por añadidura, la compra en estas condiciones va a obligar al consumidor a, por ejemplo, facilitar su tarjeta de crédito y rellenar una serie de formularios; en cambio, la descarga de textos directamente en páginas no convencionales puede llevar apenas segundos, sin riesgo de ningún tipo.
Al convertir en ficheros de texto informáticos todas sus novedades o una porción significativa, lo único que van a hacer las editoriales es poner a disposición de los usuarios la posibilidad de compartir los textos. Cosa que hasta ahora era relativamente limitada, puesto que el trabajo de escanear no se había extendido: sólo se encontraban en la red clásicos muy clásicos libres de derechos, éxitos obvios y curiosidades descatalogadas.
Supongo que la reacción a corto plazo de los escritores será la que ya vimos en la música: mesada de cabellos, tremendismo etcétera. A medio, seguramente se darán cuenta de que los intermediarios, en este caso, no les aportan nada. Conseguirán más ingresos poniendo a la venta en sus propias webs los textos a cambio de micropagos, 2 euros por ejemplo, o bien llegando a acuerdo con intermediarios de otro perfil, que sólo se queden un euro más.
Los editores, que en el modelo del papel son inversores que realizan un gasto -todo el proceso de impresión- y llevan a cabo unas gestiones valiosas -promoción, presión sobre los puntos de venta...-, no tienen función alguna cuando el autor puede terminar el texto, convertirlo a algún formato legible en un rato -o pagar 100 euros a alguien para que lo haga-, y recibir todos los beneficios.
Ojo: no digo, como de costumbre, que este modelo sea el ideal. Es el que se dibuja que va a ser, pero podemos enumerar un montón de complicaciones. Por ejemplo, obliga una vez más al lector a realizar un esfuerzo adicional para encontrar y descubrir los libros que puedan ser de su gusto, sin un equivalente claro al satisfactorio pasear por una librería, leer las contraportadas y ojear el contenido. Por otra parte, tampoco tengo del todo claro que los consumidores opten por pagar 3 euros a los autores, para compensar su trabajo y actuar de "micromecenas", cuando exista la posibilidad de tener los textos gratis y punto. Conseguirlo sería un interesante objetivo de concienciación por parte del gremio de escritores, antes que salvar un modelo claramente anacrónico. Porque, desde luego, lo que no va a hacer casi nadie es pagar 10 euros con el modelo propuesto.
Por otra parte, tampoco considero que el libro de papel se dirija hacia un Waterloo inmediato. Somos todavía muchas las personas que amamos el objeto libro y que preferiremos, a un precio razonable y cuando se nos ofrezca un producto de calidad, adquirir un volumen antes que un fichero informático. Aunque eso dependerá, naturalmente, de cómo sea la reacción de la industria. Si lo que se hace para mantener los márgenes de beneficio actuales -algo imposible- es elevar precios y abaratar costes -ofreciendo textos sin corregir o peores calidades de papel-, las ventas caerán en picado: ante un objeto sin valor, el lector acabará por elegir el texto desnudo en su e-book.
En cambio, las editoriales que ofrezcan valores añadidos en sus productos posiblemente sobrevivirán, al menos en tanto los actuales compradores sigamos vivos. Seguramente tendrán que conformarse con cifras más modestas, pero suficientes para que la industria continúe. Esperemos, eso sí, que la falta de beneficios no lleve a inyecciones en forma de subvenciones con los que mantener negocios errados y obsoletos.
A todos nos toca reconvertirnos. Que nos lo digan a los periodistas...
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