Sobre el autor

Julián Díez lleva veinte años compaginando su labor como periodista con trabajos relacionados con sus aficiones, como la literatura y el cine de género, los videojuegos o la música. Además de en ‘Cinco Días’, escribe regularmente en ‘El País’ y ‘XLSemanal’

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30 noviembre , 2009 | 00 : 30

Los lamentos de don Arturo

El nuevo libro recopilatorio de los articulitos que publica desde hace más de quince años Arturo Pérez Reverte en XLSemanal –Cuando éramos honrados mercenarios, Alfaguara- vuelve a ser una lectura apasionante. Repetitiva –tiene sus filias y fobias más que definidas-, pero totalmente absorbente. Y ejemplar de un tipo de texto que, desafortunadamente, escasea hoy en la prensa española.



No sé si es bueno o malo que haya tan pocos articulistas que empleen de manera tan contundente la reducida libertad existente en los medios para despacharse a gusto. En principio, parece empobrecedor; se ha convertido casi en una cosa de blogueros. Y quizá sea positivo, dado que a lo mejor no hay tantos en la profesión con las cualidades del cartagenero: claridad de ideas, visión del mundo fruto de una amplia experiencia, lenguaje de una riqueza que sólo puedo calificar como envidiable, una mala leche demoledora…

Admito que también a mí me resulta a veces un poco cansina la pose de Pérez Reverte. A la manera de esos personajes con los que tanto simpatiza, uno casi se le puede imaginar acodado en una barra, con un palillo en la boca y un solysombra en una mano, subiéndose el cinturón con la otra y comenzando cada discurso con la cantinela “voy a contarle a usté cuatro verdades. Cojones”.

Sin embargo, qué caray: la cosa es que en este país hay bastantes más de cuatro verdades, y más de cuatrocientas, que raramente se dicen; y el desafortunado ambiente social en que vivimos, que nos ha vuelto bien pasivos o bien cínicos, nos ha terminado por hacer confundir totalmente las llamadas a una necesaria regeneración social con la demagogia.

En resumen, aquella idea que en La Hora Chanante se resumía en un estribillo contundente pero simplón –“Hijo de puta / hay que decirlo más”- que a muchos nos viene de cuando en cuando a la cabeza, en manos de un prosista tan rico como Pérez Reverte se convierte en un prolongado lamento, en un dolor de España machadiano al pie de la calle de hoy. 

Cerré el volumen, como los precedentes, con la sensación de que Pérez Reverte es una suerte de amigo refunfuñón con el que tal vez nunca tomaré un café, pero que forma parte de mi paisaje personal. Ojalá se le hiciera más caso; ojalá algún día él pudiera llegar vivir en la España que sueña, y no en la que nos estamos construyendo con nuestras puñetas. Aunque no creo que mi simpatía fuera correspondida: seguro que la mitad de mis hábitos –los videojuegos, las series de televisión, algunas filias extranjeras- le harían menear la cabeza y decir el clásico “País…”.

Comentarios

A mi siempre me queda la sensación de que este señor, Pérez Reverte, está siempre de vuelta sin haber llegado. La verdad es que no es santo de mi devoción, me molesta la descalificación fácil y la arrogancia de quienes creen que podrían ser el delantero centro de su equipo de futbol 24 horas después del partido. Obviamente, no soy mayoría a la vista de lo que vende.

No puedo estar más de acuerdo con el articulista

Qúerido Julián: ¡qué buen crítico eres cuando alabas a autores consagrados y reconocidos desde hace décadas! Lástima que en otros casos...
Por cierto ¿Ahora vienen vacas gordas o vacas flacas? :-)))

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