El genio que estaba de broma
Entre las incontables anécdotas que jalonan la carrera del físico Richard Feynman, hay una que podría servir como un rápido ejemplo para comprender su peculiar carácter, su insaciable curiosidad y su cualidad de pionero de un tipo de personalidad renacentista y multifacética que hoy nos hace bastante falta. Cuando era estudiante de postgrado en Cornell, el decano anunció en una cena comunal que unos días después pasaría por allí un hipnotizador y se necesitaban voluntarios. Según cuenta el propio Feynman, “había allí cientos de tíos y seguro que todo el mundo iba a querer probar aquello (...). Cuando pidió voluntarios, alcé la mano y salté de mi asiento, gritando con todas mis fuerzas para asegurarme de que me oyera: YOOOOOOO. Desde luego que me oyó, y perfectamente, porque no hubo ni un alma más que se ofreciera. Fue muy embarazoso. La reacción del decano fue: «Pues claro, señor Feynman, ya contaba con que usted se presentaría; pero me estaba preguntando si además de usted, habría alguien más»”.
Richard
Feynman intentó probarlo todo. Sus libros biográficos ¿Está usted de broma,
señor Feynman? y ¿Qué importa lo que piensen los demás?, compendios de anécdotas
recogidas por Ralph Leighton (traducidos por Alianza), ofrecen un sorprendente
retrato del científico más heterodoxo tal vez de todos los tiempos. Un hombre
legendario, fallecido en 1988 a causa de un cáncer, y que recibió en 1965 el
premio Nobel de física por sus investigaciones sobre la reformulación de la
teoría cuántica para calcular las interacciones entre la radiación
electromagnética y las partículas elemantales (nada menos).
De
todas formas, no hay que dejarse impresionar por el enunciado anterior: Feynman
se convirtió en una leyenda por su personalidad. Entre las otras actividades a
las que consagró su vida fuera de la física, pueden citarse los tambores (llegó
a componer un ballet que interpretó con su grupo de percusión, The Three
Quarks), el desvalijamiento de cajas fuertes (abrió todas las relacionadas con
el Proyecto Manhattan mientras trabajó en él, incluyendo aquellas en las que se
guardaban las fórmulas para la construcción de la bomba atómica), el estudio de
los olores corporales (él mismo describe como “he marchado a gatas por la
alfombra, olisqueando, para ver si podìa notar alguna diferencia entre los
sitios donde he pisado y donde no, y me resulta imposible. Mi perro está mejor
dotado que yo”), la pintura (expuso de forma profesional con el seudónimo de
Ofey; una de sus pinturas más conocidas se titula “Madame Curie observando las
radiaciones del radio” y muestra a la célebre francopolaca desnuda de cintura
hacia arriba), la samba (tocó la frigideira en la escuela de samba Farçantes do
Copacabana en un carnaval de Río), la matemática maya o los tanques de aislamiento sensorial.
Lo más
curioso de Feynman es, sobre todo, la forma en que era capaz de conciliar la
capacidad para la investigación más avanzada y para vivir una vida intensa.
Casado dos veces, nunca negó su afición por las mujeres, que cultivó en una
progresiva victoria sobre la timidez. Frecuentaba clubes de top less para tomar
en ellos Seven Up, “escribir fórmulas en los manteles de papel y dibujar al
natural a las chicas”. Cuando su club favorito fue cerrado, fue el único
cliente que accedió a declarar en favor del local. Tras su reapertura, le
permitieron decorarlo con sus dibujos y tuvo siempre gratis sus refrescos. En otra ocasión, mantuvo una pelea en el
retrete de un bar de copas: cuando le preguntaban en la Universidad por la
razón de su ojo morado y él respondía la verdad, nadie le creía.
Feynman
colaboró en la creación de la bomba atómica, algo de lo que después se
avergonzó. Poco después de acabar su colaboración con el proyecto Manhattan,
fue llamado a filas, y se libró del ejército por deficiente mental. Respondió a
todas las preguntas de un equipo de psiquiatras con absoluta sinceridad: cuando
le preguntaron si creía que alguien les observaba, respondió que sí refiriéndose
a los otros reclutas que esperaban tras él; cuando le pidieron saber qué valor
daba a la vida, respondió “Sesenta y cuatro”. “¿Por qué ha dicho usted sesenta
y cuatro?”. “¿En cuanto se supone que se debe medir el valor de la vida?”. “¡Lo
que quiero saber es por qué sesenta y cuatro, y no sesenta y tres!”. “Pero si
yo le hubiese dicho sesenta y tres, usted me hubiera preguntado por qué”...
Tras un diálogo en este tono, el informe final rezaba: “Cree que la gente habla
de él. Cree que la gente le mira. Alucinaciones auditivas hipnagógicas. Habla
solo. Habla con esposa fallecida. Tía materna en institución mental. Mirada muy
peculiar”.
Su
rechazo a las convenciones se vio fuertemente puesto a prueba cuando recibió el
Nobel. Le llamaron a las cuatro de la mañana: cuando supo la noticia, se volvió
a dormir. Su esposa, Gweneth, le preguntó por la razón de la llamada. “Me han
dado el Nobel”. “Bah, nunca puedes hablar en serio”. Tuvo que descolgar el
teléfono para poder dormir y lo primero que hizo al día siguiente fue
informarse de si había algún medio para rechazar el premio. A partir de
entonces, dio sus conferencias con seudónimo, para evitar las acumulaciones de
gente. Aunque, eso sí, se compró con el importe del premio una casita en la
playa.
El
conocimiento fue siempre el principal objetivo de Feynman. Como aseguró al
recibir el Nobel, ese era su mayor premio. Ante el dinero, en cambio, siempre
tuvo una actitud indiferente. Cuando le ofrecieron un puesto en una Universidad
rival por un sueldo cuatro veces superior al que percibía en Cal Tech, Feynman
envío una carta con el texto siguiente: “He llegado a la conclusión de que
tengo la obligación de rehusar. Un salario semejante me permitiría hacer lo que
siempre he querido hacer: buscarme una querida maravillosa, ponerle un piso,
comprarle cosas bonitas... Empezaría a preocuparme por lo que ella hiciera;
tendría discusiones al volver a casa, etc. Todo estos disgustos me harían
sentir realmente incómodo y desdichado. Y no podría entonces hacer un buen
trabajo en física, y todo sería un gran follón. Lo que siempre he querido hacer
sería malo para mí”.
Entre
sus innumerables logros científicos, se cuenta el haber capitaneado al equipo
que estudió las causas del accidente del Challenger o el haber tenido como oyentes
en su primer seminario a Wolfgang Pauli y Albert Einstein. Una de sus obras de
divulgación científica es, curiosamente, el libromás vendido de la historia a
través de internet.
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