Sobre el autor

Julián Díez lleva veinte años compaginando su labor como periodista con trabajos relacionados con sus aficiones, como la literatura y el cine de género, los videojuegos o la música. Además de en ‘Cinco Días’, escribe regularmente en ‘El País’ y ‘XLSemanal’

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16 noviembre , 2009 | 06 : 30

El genio que estaba de broma

Entre las incontables anécdotas que jalonan la carrera del físico Richard Feynman, hay una que podría servir como un rápido ejemplo para comprender su peculiar carácter, su insaciable curiosidad y su cualidad de pionero de un tipo de personalidad renacentista y multifacética que hoy nos hace bastante falta. Cuando era estudiante de postgrado en Cornell, el decano anunció en una cena comunal que unos días después pasaría por allí un hipnotizador y se necesitaban voluntarios. Según cuenta el propio Feynman, “había allí cientos de tíos y seguro que todo el mundo iba a querer probar aquello (...). Cuando pidió voluntarios, alcé la mano y salté de mi asiento, gritando con todas mis fuerzas para asegurarme de que me oyera: YOOOOOOO. Desde luego que me oyó, y perfectamente, porque no hubo ni un alma más que se ofreciera. Fue muy embarazoso. La reacción del decano fue: «Pues claro, señor Feynman, ya contaba con que usted se presentaría; pero me estaba preguntando si además de usted, habría alguien más»”.


Richard Feynman intentó probarlo todo. Sus libros biográficos ¿Está usted de broma, señor Feynman? y ¿Qué importa lo que piensen los demás?, compendios de anécdotas recogidas por Ralph Leighton (traducidos por Alianza), ofrecen un sorprendente retrato del científico más heterodoxo tal vez de todos los tiempos. Un hombre legendario, fallecido en 1988 a causa de un cáncer, y que recibió en 1965 el premio Nobel de física por sus investigaciones sobre la reformulación de la teoría cuántica para calcular las interacciones entre la radiación electromagnética y las partículas elemantales (nada menos).

 

De todas formas, no hay que dejarse impresionar por el enunciado anterior: Feynman se convirtió en una leyenda por su personalidad. Entre las otras actividades a las que consagró su vida fuera de la física, pueden citarse los tambores (llegó a componer un ballet que interpretó con su grupo de percusión, The Three Quarks), el desvalijamiento de cajas fuertes (abrió todas las relacionadas con el Proyecto Manhattan mientras trabajó en él, incluyendo aquellas en las que se guardaban las fórmulas para la construcción de la bomba atómica), el estudio de los olores corporales (él mismo describe como “he marchado a gatas por la alfombra, olisqueando, para ver si podìa notar alguna diferencia entre los sitios donde he pisado y donde no, y me resulta imposible. Mi perro está mejor dotado que yo”), la pintura (expuso de forma profesional con el seudónimo de Ofey; una de sus pinturas más conocidas se titula “Madame Curie observando las radiaciones del radio” y muestra a la célebre francopolaca desnuda de cintura hacia arriba), la samba (tocó la frigideira en la escuela de samba Farçantes do Copacabana en un carnaval de Río), la matemática maya  o los tanques de aislamiento sensorial.

 

Lo más curioso de Feynman es, sobre todo, la forma en que era capaz de conciliar la capacidad para la investigación más avanzada y para vivir una vida intensa. Casado dos veces, nunca negó su afición por las mujeres, que cultivó en una progresiva victoria sobre la timidez. Frecuentaba clubes de top less para tomar en ellos Seven Up, “escribir fórmulas en los manteles de papel y dibujar al natural a las chicas”. Cuando su club favorito fue cerrado, fue el único cliente que accedió a declarar en favor del local. Tras su reapertura, le permitieron decorarlo con sus dibujos y tuvo siempre gratis sus refrescos.  En otra ocasión, mantuvo una pelea en el retrete de un bar de copas: cuando le preguntaban en la Universidad por la razón de su ojo morado y él respondía la verdad, nadie le creía.

 

Feynman colaboró en la creación de la bomba atómica, algo de lo que después se avergonzó. Poco después de acabar su colaboración con el proyecto Manhattan, fue llamado a filas, y se libró del ejército por deficiente mental. Respondió a todas las preguntas de un equipo de psiquiatras con absoluta sinceridad: cuando le preguntaron si creía que alguien les observaba, respondió que sí refiriéndose a los otros reclutas que esperaban tras él; cuando le pidieron saber qué valor daba a la vida, respondió “Sesenta y cuatro”. “¿Por qué ha dicho usted sesenta y cuatro?”. “¿En cuanto se supone que se debe medir el valor de la vida?”. “¡Lo que quiero saber es por qué sesenta y cuatro, y no sesenta y tres!”. “Pero si yo le hubiese dicho sesenta y tres, usted me hubiera preguntado por qué”... Tras un diálogo en este tono, el informe final rezaba: “Cree que la gente habla de él. Cree que la gente le mira. Alucinaciones auditivas hipnagógicas. Habla solo. Habla con esposa fallecida. Tía materna en institución mental. Mirada muy peculiar”.

 

Su rechazo a las convenciones se vio fuertemente puesto a prueba cuando recibió el Nobel. Le llamaron a las cuatro de la mañana: cuando supo la noticia, se volvió a dormir. Su esposa, Gweneth, le preguntó por la razón de la llamada. “Me han dado el Nobel”. “Bah, nunca puedes hablar en serio”. Tuvo que descolgar el teléfono para poder dormir y lo primero que hizo al día siguiente fue informarse de si había algún medio para rechazar el premio. A partir de entonces, dio sus conferencias con seudónimo, para evitar las acumulaciones de gente. Aunque, eso sí, se compró con el importe del premio una casita en la playa.

 

El conocimiento fue siempre el principal objetivo de Feynman. Como aseguró al recibir el Nobel, ese era su mayor premio. Ante el dinero, en cambio, siempre tuvo una actitud indiferente. Cuando le ofrecieron un puesto en una Universidad rival por un sueldo cuatro veces superior al que percibía en Cal Tech, Feynman envío una carta con el texto siguiente: “He llegado a la conclusión de que tengo la obligación de rehusar. Un salario semejante me permitiría hacer lo que siempre he querido hacer: buscarme una querida maravillosa, ponerle un piso, comprarle cosas bonitas... Empezaría a preocuparme por lo que ella hiciera; tendría discusiones al volver a casa, etc. Todo estos disgustos me harían sentir realmente incómodo y desdichado. Y no podría entonces hacer un buen trabajo en física, y todo sería un gran follón. Lo que siempre he querido hacer sería malo para mí”.

 

Entre sus innumerables logros científicos, se cuenta el haber capitaneado al equipo que estudió las causas del accidente del Challenger o el haber tenido como oyentes en su primer seminario a Wolfgang Pauli y Albert Einstein. Una de sus obras de divulgación científica es, curiosamente, el libromás vendido de la historia a través de internet.

Comentarios

Me gustó mucho la entrada y, por supuesto, ya me he comprado "¿Está usted de broma, Mr. Feynman?" Por cierto, el formato es casi igual al de la mítica colección Alianza Tres.

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