Sobre el autor

Julián Díez lleva veinte años compaginando su labor como periodista con trabajos relacionados con sus aficiones, como la literatura y el cine de género, los videojuegos o la música. Además de en ‘Cinco Días’, escribe regularmente en ‘El País’ y ‘XLSemanal’

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09 noviembre , 2009 | 09 : 08

Automóviles en la ciencia ficción

Aquí va otro artículo que publiqué hace un par de años y no se encuentra disponible en la red. Cuando faltan no más de 30 meses para que tengamos coches verdaderamente futuristas a la venta en los concesionarios, vehículos eléctricos de consumo muy reducido, resulta curioso recordar todos los cacharros soñados por la ciencia ficción para poblar las carreteras.

La ciencia ficción nació a la vez que la industrialización y los avances científicos. Y el producto por antonomasia de la industria ha terminado por ser el vehículo individual, el coche. Así que era, de alguna forma, inevitable que el género del futuro terminara por imaginar vehículos cada vez más poderosos y aerodinámicos: fantasías de metal cromado, con perfiles vertiginosos, que difícilmente podrán llegar a las manos de los espectadores, pero que suponen hermosos sueños imposibles.

Con todo, el desarrollo del automóvil no fue imaginado por ningún escritor del siglo XIX, y narradores como Julio Verne y H.G. Wells centraron sus fantasías para las comunicaciones más rápidas en el mar (con ejemplos como el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino) o el aire (véase Dueño del mundo, también de Verne). Cuando los creadores de Metrópolis (1929) concibieron su ciudad del futuro, los únicos coches que imaginaron volaban entre los rascacielos.

Lo coches alcanzaron verdaderamente protagonismo en la imaginería de la ciencia ficción a partir de los años ochenta, gracias a varios vehículos míticos. Los primeros son los spinners, los coches voladores de Blade Runner. Esta película cuyo 25 aniversario se conmemora este año, marcó un decisivo cambio en la estética de todo el género, con sus homenajes al cine clásico. Esa línea fue resaltada por Syd Mead, un ex empleado de Ford que fue el responsable del diseño artístico de la película.

Debido a su formación, Mead hizo hincapié en la importancia de los vehículos. A la historia del cine han pasado los llamados spinners, los coches voladores de aspecto achaparrado y aerodinámico, con regusto tradicional pero innegablemente vanguardistas. “Nuestra idea era que pareciera siempre un coche, volando o por una calle. Nos parecía que esa imagen sobria aportaba más a lo que queríamos de la película que no un objeto en el que se desplegaran cohetes y chismes”, afirmó Mead. También aparecen en Blade Runner otros coches, entre ellos un Ford sedán que conduce el personaje de Harrison Ford.

Aunque no estrictamente futurista, tiene un rol inolvidable en su historia el De Lorean DMC-12 sobre el que se coloca la máquina del tiempo de la trilogía Regreso al futuro (1985-1990). La De Lorean fue una compañía con base en Irlanda del Norte, que sólo existió durante siete años (1975-1982), pero que tiene un hueco en la historia gracias a ese modelo deportivo.

El perfil agresivo, pese a que su carácter resultara extremadamente bonancible, era característico del Coche Fantástico de la serie televisiva homónima (1982-1986), conocido como KITT (siglas que corresponden a Knight Industries Two Thousand). En rigor, KITT era un Pontiac Trans Am –uno de los coches con más nutrida filmografía de la historia- retocado para darle un aspecto algo más futurista, con las famosas luces rojas oscilantes que hasta hoy siguen “tuneando” algunos vehículos. De hecho, a lo largo de los capítulos al lado del musculoso David Hasselhoff se fue descubriendo que KITT contaba con complementos como un gas narcótico para reducir a conductores indeseados, asientos eyectables o un sistema antichoque mediante rayos láser; algunos seguidores de la serie llegaron a hacer cálculos para determinar el precio que tendría un vehículo como el Coche Fantástico, que se elevaron a 11 millones de dólares (de los años ochenta).

Con un “tuneo” mucho menos costoso pero, a su manera, más contundente, el Interceptor de Mad Max dominó las rutas australianas del cercano futuro en las tres películas rodadas 1979 y 1985. El coche original del guerrero de la carretera era un Ford Falcon negro, bastante modificado. A partir de la segunda película de la serie, cuando la trama comenzó a desarrollarse en el desierto tras una posible caída de la civilización, fueron cobrando más protagonismo los camiones y, sobre todo, los buggys empleados por los villanos.

También en los años ochenta comenzó a filmarse la saga de películas de Batman. El batmóvil, el vehículo del Señor de la Noche, vivió ya desde que el cómic naciera en los años treinta muy diferentes encarnaciones, casi con el único denominador común del color negro. Originalmente, era una suerte de Ford-T trucado; luego, en la serie de televisión, fue un Lincoln Futura, un vehículo experimental con el capó totalmente transparente y creado once años antes (1955) de que se rodara la serie; y en el cine fue tomando la forma de diferentes carrocerías deportivas hasta que, en la reciente Batman Begins, se convirtió en algo más cercano a un carro blindado.

Además de Batman, otro gran personaje del cine ha tenido todo tipo de vehículos futuristas a su servicio. Además de su Aston Martin tradicional, James Bond ha pilotado un Lotus convertible a submarino en La espía que me amó (1977) y un coche invisible en Muere otro día (2002), entre otros.

Un caso especial es el de los coches voladores –o flotadores-. En El quinto elemento (1997), Bruce Willis trabaja originalmente como taxista en medio del improbablemente ordenado tráfico aéreo de la Nueva York del año 2267. Este tipo de vehículo ha aparecido luego extensamente en las tres más recientes películas de la serie Star Wars, con persecuciones por el cielo de la capital galáctica de Coruscant a cargo de los caballeros jedi, aunque también había algo similar ya en la original La guerra de las galaxias, en forma de vehículos flotantes, por algún tipo de principio magnético, en el planeta desierto Tatooine.

En los últimos años, destacadas marcas han apostado por desarrollar como una especie de juego, pero también como herramienta publicitaria, los coches que aparecen en las películas de ciencia ficción. Así, Lexus se encargó del diseño del coche que pilota Tom Cruise en Minority Report (2002), el Maglev (por “magnetic levitation”), capaz de subir las paredes de rascacielos. Su aspecto realmente distinto a cuanto conocemos recuerda a las motocicletas aerodinámicas de una película de veinte años atrás, Tron. La apuesta de Audi para Yo, robot (2004) fue radicalmente distinta, al ofrecer vehículos más similares a la idea tradicional de “deportivo futurista”, aunque con la novedad de ruedas esféricas capaces de rehincharse por sí solas.

Finalmente, para la reciente adaptación a la gran pantalla de la serie televisiva de muñecos animados Thunderbirds (2005), Ford realizó todo un despliegue, al coincidir el nombre del film con el de uno de sus modelos míticos. Además de diseñar media docena de vehículos futuristas, destacando el Fab-1 rosa de la malvada Lady Penélope, se fabricó una serie limitada de Fusion, C-Max y Galaxy con el apellido Thunderbird.

Si bien la mayor parte de los coches de la ciencia ficción son llamativos y poderosos, también hay que mencionar otros de corte más utilitario. Los coches eléctricos tuvieron su primera aparición destacada en pantalla en El dormilón (1973), en forma de un curioso vehículo burbuja montado sobre un Volkswagen. Luego, han tenido un rol destacado en películas como IA (2001), de Steven Spielberg.

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