Sobre el autor

Julián Díez lleva veinte años compaginando su labor como periodista con trabajos relacionados con sus aficiones, como la literatura y el cine de género, los videojuegos o la música. Además de en ‘Cinco Días’, escribe regularmente en ‘El País’ y ‘XLSemanal’

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29 octubre , 2009 | 10 : 17

Mi compañero de clase, el del Gurtel

En estos tiempos en que confirmamos que la corrupción política es un mal endémico, tengo que admitir que siempre he visto con curiosidad personal uno de los casos que andamos viviendo. Una viñeta del genial Fontdevila me impulsa a realizar una dramática confesión. Sí, en serio: yo fui compañero de clase en el instituto de uno de los imputados en el caso Gurtel.

Llamémosle A. O, como habituábamos en esa época, A. “El Facha”. Con cierto infantilismo, porque lo cierto ya en ese tierno momento de su carrera política, manifestaba las tendencias centristas que caracterizan al PP actual: por ejemplo, centrado en la bandera rojigualda con la que decoraba su carpeta estaba el aguilucho, acompañado por otros motivos igualmente característicos del centrismo que excuso detallar.


A. era repetidor, por lo que sólo coincidimos un año, en Tercero de BUP. Sin embargo, sí tuve bastante trato con él, pese a que no nos movíamos en los mismos círculos, porque éramos dos de las trece personas –de 120 alumnos- que optamos por letras puras: o sea, que dábamos latín.

De buena planta, jugador de baloncesto, con ese gracejo fachón de algunos castellanos viejos, A. nos caía más o menos bien a todos pese al hecho de que no hizo los deberes de latín en todo el puñetero año. Cada lunes, sistemáticamente, nos los copiaba a alguno. Pero el tío era salao, y éramos gente solidaria.

A. formaba parte de un grupillo de tendencias políticas, digamos, centristas también, que no tenía como objetivo a inmigrantes –no había por entonces, menos en un colegio privado- ni a empollones, sino que ocasionalmente la tomaba con algún miembro de esa variopinta minoría de lo que ellos venían a llamar “pringaos”: hijos de profesores, afeminadillos, chicos de desarrollo más lento e infantil… También protagonizaron alguna acción de comando para, por ejemplo, afeitar a uno que se empeñaba en dejarse una pelusilla rara. Eso sí, A. y su verbo relativamente fácil solían salir bien parados de aquellas aventurillas, que todo hay que decirlo, tampoco tuvieron graves consecuencias en ningún caso.

Para los demás, A. era una anécdota viviente. Podías tener charlas con él sobre grandes centristas del pasado, como Francisco Franco, y el hombre raramente se enfadaba cuando le llevabas la contraria. Sabía canciones que ya entonces nos sonaban muy antiguas. Había algún otro correligionario más entusiasta, con cruces gamadas y demás parafernalia, que terminó lanzándose de lo alto de la Torre de Madrid, destrozado por la droga. Pero eso sería otra historia.

¿Por qué cuento todo esto? Bien, creo que en todo lo relatado anteriormente se transparenta un  hecho evidente: el peor de mis compañeros de curso es exactamente el que terminó por dedicarse a la política. Por lo que he visto además de su actividad en este campo, donde por cierto ya es la segunda vez que tiene que salir por piernas por denuncias de corrupción, ha hecho valer en ella las mismas cualidades que yo le conocí: encanto personal, oportunismo, caradura a toda prueba. Con eso ha llegado bastante lejos; dada su edad y el puesto que ocupaba, si no hubiera sido por esa tentación recurrente de coger dinerillo de gente que luego ha tenido mala imagen pública, podría haber escalado bastante.

Los que teníamos notas aceptables hemos terminado convertidos en gente corriente con hipoteca, la mayoría con la fortuna de ganarnos dignamente la vida. Entre los que yo sigo tratando de entonces, o de los que he tenido noticia, hay otro periodista, un profesor universitario, otro de instituto, un conserje, un guía de monumentos nacionales, un abogado que trabaja en una gestoría… A ninguno de ellos, en su sano juicio, se le hubiera ocurrido ni por un asomo sumergirse en las procelosas aguas de la política, territorio más apropiado para tiburones como A.

Se habla de corrupción, pero yo creo que sería el momento, con suerte, de afrontar más bien las carencias de una sociedad totalmente desencantada con la política. Que asume que, efectivamente, el problema puede estar en este o en otro partido, porque es consustancial al sistema. Que deja los cargos públicos en manos de personas con gracia y agraciadas, pero sin otras virtudes. Nada de eso es cierto. Pero ¿cómo hacer a estas alturas la política algo atractivo? Al margen de enchironar de forma ejemplar a los culpables, ¿por dónde empezar?

Comentarios

Estimado Julián,

Coincido con su conclusión en que la clase política está totalmente desprestigiada ya que no ha sido capaz de atraer más que a gente que sin capacidad para hacer otra cosa a visto allí un forma fácil de ganar dinero y tener poder.

En parte es culpa de todos ya que ni usted ni yo hemos querido superar los prejuicios y optar a esos puestos.

También le debo decir que lamento terriblemente los comentarios hacia el Partido Popular y su centrismo que usted define como facha o enemigo de los inmigrantes. Podía haber escrito usted un artículo en el que aunar esfuerzos para mejorar la clase política y se ha limitado a volver a sembrar la discordia y la división.
Supongo que no vale de nada explicarle que querer poner orden en la inmigración no es atacar a los inmigrantes y que querer a tu país como los franceses o los americanos quieren al suyo no es ser querer que vuelva Franco, pero supongo que sería perder el tiempo. La mayoría de los que DE MOMENTO (y digo bien, porque yo no pertenezco a ningún partido) apoyamos al PP no llevamos banderas con el aguila, ni agredimos a los homosexuales, ni queremos ir por ahí matando a la gente. Defendemos la vida, la familia, los valores tradicionales como el trabajo y el esfuerzo y estamos un poco cansados ya de que desde medios de comunicación afines al gobierno se nos falte al respeto.
Es una pena que estando como estamos tan cerca en lo importante de su artículo haga usted que me sienta tan lejos...

Para Manuel.

En esta vida dicen que lo último que hay perder es el sentido del humor.

Reconozco que los comentarios de Julián son ácidos respecto al PP, pero yo que te escribo desde Cataluña tengo que reconocer que los partidos políticos independentistas al estilo E.R.C. deberían estar infinitamente agradecidos al PP porque si han visto incrementar sus votos y llegar a estar incluso en el gobierno de la Generalitat es sin duda gracias a esa política tan centrada que pracitcó y que al menos aquí en Cataluña aún practica el PP.

Pero también comprendo que debe ser duro militar en el PP y que automáticamente te identifiquen con un partidario de la rojigualda con gallina incluida (lo siento pero aquí a esa ave nunca le he hemos llamado águila imperial).

Pero sobre todo procuremos no perder el sentido del humor que creo que el post de Julián iba precisamente por ahí.

Querido Julián:
Es indiscutible que a muchos nos ganas de calle; “A” pertenece sin duda a ese grupo de embutidos gran reserva, esta claro, tu “compañero de clase”, tiene denominación de origen y esta es “gurtel”.
Ese rancio abolengo le sube al altar de la fama, pero nada más. El que este libre de haber tenido compañeros de clase así, que tire la primera piedra. Y el que tenga dudas que coja tu artículo y lo traslade como patrón para ese con el que estudio y ahora es concejal del ayuntamiento, miembro de diputación o incluso parlamentario regional, sin dudas cambiara en mayor o menor medida los colores con los que adornaba la carpeta pero nada más.
A los que pensamos que la clase política en pleno, está manchada en mayor o menor medida por la corrupción, se nos tacha de catastrofistas y pesimistas empedernidos. Se dice que generalizar por la actuación puntual de algunos es desorbitado. De vez en cuando la justicia otorga una nueva denominación de origen y otra corruptela sube al altar compartido por “malayos”,” filesas”, “gurtianos” etc…
Lamentablemente nuestra política está repleta de personas que copiaban latín y de otras muchas que ni tan siquiera saben que esta asignatura existe. Parece que aún nos extrañamos de ver como una y otra vez se destapa uno y otro caso de corrupción. No hay un solo ayuntamiento en España en que los propios electores no sospechen que alguien mete el dedo en el tarro de la miel.
Sí, ya se que estoy generalizando, que igual resulta ser cierto que en política hay personas honestas pero entiendo que un político no sólo tiene que ser honrado, sino además parecerlo, y ahí fallan todos.


Es que más que políticos son "jornaleros" (de la política). Hace ya años que la política es un oficio, para el cual no hace falta ni mucha preparación, ni luces, ni hacer oposiciones, ni nada de nada. Como es gente que no tiene más oficio ni beneficio tienen que dedicarse toda la vida, y si empieza razonablemente pronto (sobre la veintena) tienen cuarenta años por delante hasta jubilarse. Cabe destacar que empieza a verse verdaderas sagas familiares, de padres a hijos (los Pajín, Fabra, etc).

Para Manuel: A lo mejor es un problema de generaciones pero yo sí entiendo lo que dice Julián y el perfil del que habla. En mi colegio (años 70 y 80) los compañeros de derechas (los que se significaban como de derechas) respondían todos al patrón descrito (banderita española preconstitucional en el reloj, una cierta chulería, bastante desprecio por la opinión de los demás y una tremenda nostalgia del franquismo que sólo habían conocido a través de sus padres. Por supuesto que ahora, en 2009, hay mucha gente simpatizante del PP razonable y educada, pero en los 70 y 80, que es el momento en el que me parece que Julián describe a su compañero, el panorama era distinto.

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