Nuestras entrañables góticas
Mi anterior entrada ha desencadenado una pequeña tormenta en mi entorno. Básicamente, con dos tipos de respuestas. Los que consideraron que mi comentario se dirigía de manera concreta a mis compañeros de redacción, y los que me reprocharon que lanzara una diatriba contra la profesión en general. Los primeros se equivocaron, y hemos tenido ocasión de charlar al respecto. Los segundos, no.
En efecto, no estoy orgulloso de mi profesión, esa es la realidad, lo siento. El caso que nos ocupa forma parte de mis frecuentes desengaños por el trato que el periodismo dirige hacia casi cualquier novedad, hacia casi cualquier forma alternativa de cultura. Curiosamente, en cambio, ahora en el periódico en el que me encuentro se me permite escribir este blog sobre estos temas, que mis colegas tienen la amabilidad de leer (y malinterpretar públicamente). Así que, supongo, también este hecho puede responder a quienes pensaban que me dirigía de manera específica contra mi entorno más inmediato.
La estimada compañera Paz citaba en su comentario-regañina a mi anterior entrada al “crimen del rol”, y es curioso, porque justo antes de su comentario me venía a la memoria esa época, y cómo fue el primer desengaño que sufrí acerca de la capacidad de los medios a responder a las inquietudes de las personas interesadas por nuevas formas de cultura. Permitidme, para explicar mi posición en todo ésto, marcarme una historia de abuelo Cebolleta.
Corrían los salvajes años noventa...
becarieaba en Diario 16, y pronto me gané la fama de ser el tipo que
entendía de cosas raras: libros de temas extraños, juegos de
ordenador, internet -por entonces en pañales-... El caso es que
cuando aquel pirado llegó al asesinato a consecuencia de un juego
que él mismo se inventó, "Razas", recayó en mí el hacer
una historia para las páginas interiores reportajeadas de los
domingos sobre "el juego del rol". Que contara toda la
descarnada realidad, sin cortarme.
En fin. Yo había tenido que
dejar de jugar unos pocos años antes, cuando empecé a trabajar como
periodista. Las partidas no tenían gracia si no había continuidad,
y con los horarios de mi trabajo en el periódico, programar una cita
colectiva se hacía difícil. Por ello no sentía el rol como algo
tan ligado a mí como otras aficiones, pero desde luego no estaba
dispuesto a hacer méritos mintiendo a su costa. Hice una doble
página totalmente normal, explicando la historia de los juegos de
rol desde los tiempos de su creador allá por los años cincuenta,
Gary Gigax, y hablando con clubes y jugadores, espantados con la que
se les estaba viniendo encima, etc. Contando, en suma, que el
chiflado en cuestión igual podría habérselo montado con un
parchís: cada vez que se comiera una ficha, salía y le pegaba un
tiro a alguien.
Cuando el subdirector que me había encargado el
trabajo -un individuo del que no sé que habrá sido- lo leyó, se
quedó espantado. Me preguntó si defendía a los criminales
-demostrando, una vez más, que la incapacidad para comprender textos
escritos no es un mal reservado a las capas menos letradas de la
sociedad-. Aceptó, tras muchas discusiones, que saldría publicado,
pero me avisó de que si esos locos que practicaban juegos asesinos
como los que me gustaban a mí seguían matando, se encargaría
personalmente de que me pusieran en la calle.
Para rematar la
faena, el día antes de que apareciera mi reportaje salió otro en la competencia, firmado por un antiguo compañero de clase, Gerardo, del
que me constaba que era aficionado a estas cosas. Se montaba un
reportaje "desde dentro", en plan "arriesgando nuestra
propia piel", en el seno de una partida de rol en vivo; lo
describía como un aquelarre sanguinario, organizado por psicópatas
potenciales. Creo que en algún momento se llegaba a decir que nuevos
crímenes estaban a la vuelta de la esquina con aquel fermento de
asesinos potenciales campando a sus anchas por España. En fin, una
puñetera vergüenza.
El subdirector, por fortuna, libró ese
sábado. El domingo vino a salvarme el ABC, sacando a la vez que
nosotros un reportaje correcto; el periodista había hecho honestamente su trabajo
y reflejaba sus conversaciones con gente normal aficionada al
asunto.
Al cabo de los meses me encontré con Gerardo. Le pregunté
cómo había tenido el valor de inventarse aquellas mentiras. Se encogió
de hombros: "Me lo pidieron así y lo hice. Estaba de
colaborador y quería que me metieran en plantilla". Aunque
estos crímenes suelen pagar, debo decir que Gerardo no ha hecho
carrera; de hecho, hay tanta gente que perpetra ese tipo de basura sin pudor que el hacerlo hoy por hoy no es garantía de hacer carrera.
La conclusión, que luego he confirmado en
incontables ocasiones, es que en general los medios no tienen el menor deseo
de subvertir las opiniones firmemente instaladas en un momento
determinado en la opinión pública, por muy absurdas o injustas que
sean. Y que los periodistas, en bastantes ocasiones -porque igual que aquí
cuento un sucedido en el que quedo como un señor estupendo, podría
narrar algún otro en el que no salgo tan bien parado y que prefiero olvidar-, lo aceptamos.Y seguimos adelante.
En el caso que nos ha ocupado, el de las fotos de las hijas del presidente del Gobierno, muy pocos artículos han señalado el hecho obvio de que unas adolescentes vistan siguiendo una moda común hoy por hoy no tiene la mayor importancia, por muy señalada que sea la ocasión a la que acudieron. Se ha utilizado una anécdota para insultar a unas niñas, tal vez machacarles la vida, sólo por ser distintas y ser hijas de su padre.
(Por cierto que del papel del padre en todo esto, de la idea de llevar a las chicas al evento en cuestión, de la censura ejercida sobre las fotos y demás, al igual que de sus decisiones en muchas otras materias, podemos hablar en otra ocasión. Extensamente.)
Desde la aparición de la foto, he escuchado tertulias radiofónicas delirantes, he leído artículos groseros y comentarios a esos artículos -gracias, internet, por dar voz también a los canallas anónimos- verdaderamente vomitivos. Todo lo cual ha sustituido a la corrupción en el PP y la subida de impuestos como temas de actualidad, demostrando la catadura de la mayor parte de nuestros medios.
E, insisto, simplemente porque las chicas son distintas, no son como la mayoría. Estoy convencido: si no fueran góticas, nada habría tenido importancia. No sabemos de ellas más que una cosa, que son diferentes, y eso ha bastado para ridiculizarlas.
Diferentes por propia elección. Como yo. Como muchos de los que me leéis. Como cada vez más gente. Aunque los medios se empeñen en considerarnos una rareza cada vez que toque.
¿Por qué continúo, entonces, con mi profesión? La respuesta es sencilla: porque tengo la suerte de estar en posición de escribir este texto que aquí termino. Porque vale la pena seguir intentándolo cuando estás donde puedes hacerlo.
Ya me he hecho mayor. Y antes que trabajar de periodista en según qué sitios, antes que traicionar aquello en lo que creo, os garantizo –y quede aquí escrito- que me veréis de pianista en un burdel. Aunque tendré que empezar por el primer curso de solfeo.
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