Molina Foix, un símbolo
para la ignorancia
Está claro que la cultura oficial está dispuesta a cualquier
mamarrachada para detener la ola que avista en el horizonte.
El escritor Vicente Molina Foix se ha convertido en la
comidilla de las webs de cómic por un artículo en la revista Tiempo en el que suelta
perlas como las siguientes:
“Proliferan los cursos, semanas, exposiciones en los museos
y simposios también dedicados al cómic, y todo coronado por la disparatada
instauración hace más de un año del premio Nacional de Cómic, con el que
nuestro Ministerio de Cultura enaltece al dibujante de monigotes con la misma
dignidad (y el mismo dinero) que otorga al mejor novelista, poeta o ensayista
del año”
“No tengo nada en contra de los tebeos, que leí de niño con el placer primario y el escaso aprovechamiento que dan estas cosas”.
“Que muchos ciudadanos, y entre ellos filósofos de fuste y poetisas de eperiencia, sean devotos acérrimos de los dibujitos me parece respetable; aunque yo diría que coleccionar sellos revela más sensibilidad”.
“Que tanta gente y tantos críticios serios digan que una
chorrada de plastilina como Up es una obra maestra del séptimo arte me produce
vergüenza”.
Molina Foix también escribió hace un par de años un artículo
en el que afirmaba que el canon sobre los cds era para luchar contra el
analfabetismo. Lo afirmaba, pero no lo argumentaba; no hay argumento posible
que relacione una cosa y otra, por supuesto.
Me parecen mal los insultos, incluso, leídos estos días para
responder a este disparate. En realidad, creo que no hay respuesta posible para
una persona que simplemente se enorgullece de su ignorancia voluntaria. Al
igual que otros males contemporáneos se curan viajando, el de Molina Foix se
resolvería informándose, pero obviamente no va a perder el tiempo en hacerlo.
Así que sólo nos queda sentarnos y esperar. Dentro de
veinte, treinta años, Molina Foix estará en los mismos listados que hoy
engrosan Gabriel y Galán, Alejandro Núñez Alonso o Rafael García Serrano,
intelectuales de cámara convencionales que resultaron del gusto del poder de la
época en su momento, que cosecharon premios oficiales, y que hoy no lee nadie. Es lo malo de escribir siempre lo mismo, de insertarse en una tradición soporífera como la de la literatura del yo: mientras los tuyos dominan el cotarro, puedes vivir del tema; pero luego la moda pasa, queda la obra, y resulta enterrada.
Veremos, pues, cuántas personas en 2030 seguirán en cambio
leyendo a Hugo Pratt o viendo las películas de Pixar.
Aunque entre la posteridad y el pesebre, los hay que lo
tienen claro. Es su modo de vida desde hace años, y resulta cómodo.
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