Showrunners, los nuevos genios creadores
No he hablado aún mucho por aquí de una de las ramas más
florecientes de la Nueva
Cultura: la televisión. Concretamente
Sin embargo, me
gustaría al menos comentar un fenómeno que está pasando inadvertido a buena
parte de los espectadores: el del crecimiento de la figura del showrunner. Este
término describe, en la jerga de la televisión estadounidense, a los tipos que
tienen la responsabilidad última de las series. Que no son casi nunca los
directores, que varían por episodio; son por lo general guionistas que
propusieron el proyecto, supervisan los guiones posteriores, escriben algunos,
y en general mantienen la coherencia del producto, además de actuar como
“jefes” en último extremo. El cargo que reciben generalmente es el de
“productor ejecutivo”, pero lo cierto es que este término define hoy también a
bastante otra gente implicada –por ejemplo, se usa como forma de justificar que
las estrellas perciban un porcentaje de su sueldo en concepto de beneficios-.
Lo interesante del asunto es que estamos asistiendo a la progresiva conversión de los showrunners en estrellas a la manera de los directores de cine. Ya en los medios especializados se presentan las series como “el nuevo trabajo de fulanito”. Hay showrunners de indudable acierto comercial, y los hay de culto con una línea coherente en su carrera. Los hay que escriben todos los guiones de la serie, o incluso que también la interpretan –caso de Tina Fey con la desgraciadamente no muy conocida en España, pero magnífica, Rockefeller Plaza-.
Stephen Bochco, el creador de Canción triste de Hill Street y La ley de Los Angeles, quizá fue el primer showrunner estrella del que tuvimos noticia en España, pero los hubo antes –como Rod Serling- y son numerosos hoy por hoy. Entre los más conocidos, puede citarse a J.J. Abrams –Perdidos, Fringe-, Joss Whedon –Buffy, Angel, Dollhouse-, Matt Groening –Los Simpsons, Futurama-, Chris Carter –Expediente X, Millenium-, David Chase –Los Soprano-, Alan Ball –A dos metros bajo Tierra, True Blood-, Josh Schwartz –Gossip Girl, Chuck-, David Shore –House- o Matthew Weiner –Mad Men-.
Para mí, lo digo con sinceridad, varios de estos tipos se encuentran entre las mentes creadoras más importantes del arte actual. Mueven presupuestos de millones de dólares, mantienen a millones de personas enganchadas a su trabajo en todo el mundo, y están consiguiendo crear una iconografía reconocible, una suerte de panteón mítico contemporáneo de incalculable influencia posterior: ¿quién no reconoce hoy la personalidad del doctor House, de Gil Grissom, de Mulder y Scully, o de Homer Simpson?
A cambio, el medio impone ciertas carencias. Las series con
“arco argumental” –es decir, con una trama continua, a diferencia de las más
tradicionales en las que cada episodio es una historia con protagonistas
comunes- se ven comprometidas en su coherencia y continuidad por la incógnita
de cuántas temporadas considerarán las cadenas que quieren emitir
Sin embargo, en esas limitaciones, ciertos talentos grandes pueden encontrar un apoyo. En cierta forma, como los poetas con las restricciones de un soneto.
Una vez más, el último párrafo debe dedicarse a la situación en España. Un lugar donde las series tienen buena audiencia, pero los capítulos son de duración indeterminada, se ponen y reponen sin un sentido comprensible, las cadenas raramente tienen paciencia para mantener proyectos a largo plazo, las marcas de leche ocupan media pantalla en muchos planos, y casi todo –casi- tiene ese reconocible aire chapucero.
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