Una parábola con Andrzej Sapkowski:
la educación por detrás de la tecnología
Permítanme comenzar con un tópico que conviene recordar
periódicamente: las tecnologías son neutras. Pueden ser dañinas cuando las
emplean personas sin la formación adecuada o sin escrúpulos.
Recuerdo esta obviedad en cada ocasión en que debo entrar,
por algún motivo, en un foro. De los comentarios que pueden leerse, un
porcentaje variable, pero en ocasiones dominante, es basura. Internet abrió la
puerta para que todo el mundo pueda expresarse, algo maravilloso en esencia. Pero una cantidad significativa de
personas o bien no saben hacerlo por falta de educación, o bien optan por
utilizar esa nueva posibilidad para comportarse de una forma repulsiva.
Esta parte cabe colocarla dentro de lo que se podría
esperar. Lo que, sin embargo, tiende a crisparme los nervios es la creación de
jerarquías a partir de la
persistencia. Si
Acabo de asistir a un descarnado ejemplo de cómo todo esto
puede convertirse en algo realmente desafortunado en relación con unos amigos.
La historia es algo larga. Hace unos quince años, un buen amigo mío, José María Faraldo
Contactamos con varias editoriales para ofrecerles el
proyecto, pero nadie lo veía: resultaba arriesgado, no había material
traducido, o directamente les parecía extraño. Finalmente, otro amigo que
pensaba por entonces abrir una editorial, Luis Prado
Dentro de las cifras modestas en las que se mueve el mercado
de este género en España, los libros de Sapkowski han tenido unas ventas
crecientes. Es decir, tiran menos que una novedad en bolsillo de una editorial
grande, pero para una empresa artesanal y unipersonal, son un buen negocio, y
en un sector reducido, tienen mucha visibilidad. Incluso existe una adaptación
a videojuego, The Witcher, con excelentes ventas.
Los libros se fueron publicando al ritmo que las otras
actividades profesionales de Faraldo le permitían traducir. El editor podría
haber optado por darle la obra a otro traductor para acelerar el ritmo, pero
optó por apostar por el buen rendimiento artístico que mi viejo amigo estaba
ofreciendo.
El último volumen de la saga, sin embargo, espera desde hace
tres años. Es el más largo, me dice Faraldo que el más complejo. Tuvo
complicaciones laborales. Entretanto, para mantenerse en activo, optó por
traducir un par de libros aparentemente más sencillos. Considerando el ritmo al
que la saga se está publicando en otros países –muchísimo más lento-, todo esto
debería resultar comprensible. Pero…
La situación reventó en foros de internet. Y aquí vuelvo al
tema al que me refería al principio. Interminables hilos de respuestas de
virulencia creciente inventaban conspiraciones, y diez respuestas más tarde,
daban las elucubraciones previas por hechos consolidados. Individuos con
seudónimos truculentos, ociosos conspiranoicos amparados en el anonimato, se
preguntaban cuánto tardaría un traductor profesional en acabar un libro de 500
páginas, y llegaban a la conclusión de que sin duda el libro ya estaría
traducido y el editor lo guardaba con oscuros propósitos comerciales.
El hecho evidente de que el editor estuviera perdiendo
dinero al no publicar el libro no les parecía suficiente. Tampoco se molestaron
en informarse si el traductor era, o no, profesional. La opción de hacer alto
tan sencillo como ponerse en contacto con la editorial y pedir una entrevista
con alguien para conocer los hechos no fue ni considerada. Era mejor dejar
crecer la bola de nieve. Era preferible para los más vocingleros y maleducados ir creando un reino de Taifas en el que gozar de
protagonismo. Y, ya que parece evidente que estas personas son incapaces de
hacer nada por sí mismos, mamar de la teta de la fama de su autor preferido
para tener su ridículo minuto de gloria cada vez que encendieran el ordenador.
Ante la convocatoria de una especie de manifestación para el
sábado de la semana que viene, cuando Sapkowski –que, por cierto, está
encantado con el editor y el traductor españoles, que con todo son los más
rápidos y los que mejor le pagan por su obra- firme ejemplares de su obra en la
Feria del Libro de Madrid, el traductor optó por hacer pública una carta para
explicar todo lo sucedido. En detalle, y pidiendo disculpas por el retraso.
En los foros más normales, en los que se había producido un
cierto debate pero con voces a favor y en contra, la carta dio el tema por
cerrado. Pero ay, amigos… En los verdaderamente duros, ¡se ha considerado una
provocación! He llegado a leer que el tono educado y bien escrito del mensaje
demuestra las aviesas intenciones de su autor. Que seguramente el editor ha
pagado al traductor una buena cifra por cargar con las culpas. Que se va a
conseguir un original polaco, pasarlo
por el traductor de Google al inglés, y luego otra vez al español. Y, por
supuesto, que habrá la manifestación en la Feria del Libro; con suerte, creen,
podrán salir en los medios. Esto es especialmente singular, y demuestra la
obtusez con el que estas ideas se difunden en la red bajo determinadas circunstancias: creen que dañarán a la
editorial. ¿Cabe imaginar, en cambio, mejor promoción que aparecer en
televisión por una manifestación de lectores en demanda de un libro?
Lo que viene a confirmar que la cuestión para la gente que
ha llegado a ese extremo no es disfrutar de la obra de un autor, darlo a
conocer o compartir experiencias al respecto. Es convertirse en protagonistas.
Es ser ellos las estrellas, por cutre que sea el medio de conseguirlo.
El problema es que, como ocurre en tantas otras actividades
en la actualidad, todo esto deja huella. Obliga a profesionales a distraer
parte de su tiempo para seguir el ritmo de gente ociosa. Les difama, sin que la
posibilidad de contestar –para muestra, lo arriba comentado- dé pie a otra cosa
más que nuevas difamaciones. Les malhumora.
Sí, la culpa es de las personas, no de la tecnología. Pero
Y, por supuesto, la comunicación horizontal que proporciona internet es el 90% enriquecedora y estupenda. A cambio toca pagar un precio: al acercarnos a todos, también nos acerca con esta gente.
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