El consejo de futuristas profesionales
Hace unos veinte años tuve la ocasión de entrevistar a la escritora estadounidense de ciencia ficción Pat Cadigan. Al término de la charla, muy cordial, me dio su tarjeta de visita para mantener el contacto. Bajo su nombre, figuraba su profesión: "Escritora - Futurista". Le pregunté al respecto y me comentó que, aunque no se trataba de una labor continua, era frecuente que empresas de distinta naturaleza la emplearan como consultora para temas de prospectiva. No tanto de mercados, como de productos o tendencias.
Me consta al menos otro caso similar, el de uno de los mejores escritores contemporáneos del género, Bruce Sterling. De hecho, los escritores de ciencia ficción estadounidenses han llegado incluso a organizarse en grupos de presión con resultados sorprendentes: dos de ellos, Larry Niven y Jerry Pournelle, llegaron a asegurar públicamente que habían sido los causantes de la caída del Telón de Acero al haber conducido a la Unión Soviética a una carrera espacial imposible de mantener (puede verse la historia completa en este texto).
Niven y Pournelle, de ideología abiertamente conservadora, pertenecen a un grupo llamado Sigma, creado con el objetivo de "utilizar la ciencia ficción en interés nacional". Los Sigma estuvieron presentes en la última conferencia sobre seguridad organizada por la Administración Bush, en la que entre otras cosas, se admitió la existencia de un presupuesto de siete millones de dólares anuales para investigar proyectos “de alto impacto” –es decir, originales por no decir extraños-, tales como armaduras líquidas que se solidifican ante el impacto de una bala o medios para transmitir la energía del sol a la tierra.
No estoy nada convencido de que la literatura de ciencia ficción sirva para anticipar el futuro. De hecho, el que ese sea uno de sus propósitos es un tema ampliamente debatido, sobre el que ya he escrito en alguna ocasión. Sin embargo, parece claro que quienes construyen sus relatos en escenarios futuristas, y lo hacen con coherencia y calidad, se ven obligados a realizar una labor de investigación que podría tener valor en otro tipo de contexto.
Hace siete años, preparé una antología con los mejores escritores españoles de ciencia ficción de las décadas previas. Ni uno solo de ellos ha sido contactado jamás -hasta donde yo sé, aunque apostaría a que me lo hubieran comentado- por una empresa española para realizar algún tipo de estudio.
De hecho, la práctica totalidad de ellos ha dejado de escribir ciencia ficción, aunque buena parte están teniendo una destacable carrera literaria en campos como la novela juvenil o la histórica.
Una vez más, talento desperdiciado, por puro paletismo. Porque si a alguien se le ocurriera tener una idea tan original en una empresa española, sería la primera víctima cuando hubiera que realizar despidos.
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