Una gota de tecnofobia:
por qué no me gusta Facebook
La lucha de los derechos de internet se ha centrado en
preservar
Un ejemplo cercano: cuando se habla de que se puede cortar la línea a quienes intercambien archivos, el argumento fundamental en contra es que supone un control de las comunicaciones por parte de las autoridades: el equivalente a una escucha telefónica masiva, sin necesidad de pedir permiso por ella, presuponiendo la culpabilidad de todos los usuarios de la red.
Bien, si yo fuera la CIA, habría inventado algo como Facebook. No digo –teoría conspiratoria en boga en la red, por cierto- que esa página pertenezca a ningún servicio de inteligencia, líbreme Dios. Sólo manifeisto mi sorpresa porque haya millones de personas encantadas de que todo el mundo pueda conocer –y utilizar- sus gustos, sus fotos, sus contactos, y eso me parece bastante extraño en el contexto de la historia de internet. Pero ahí está el éxito.
Otra cosa es que se me pida, personalmente, que lo comparta. Sé que éste es un blog de elogio a la tecnología pero, verán, hay algunos inventos que o no funcionan o, simplemente, no me gustan. No me gustó Second Life, un mal juego encumbrado por un buen departamento de marketing y la tradicional pereza de los medios de comunicación para enterarse de lo que realmente vale de pena en temas de nuevas tecnologías, con lo fácil que es copiar notas de prensa.
Facebook, al menos, es un buen producto en su género. Lo que me permito cuestionar es que sea útil, o que resulte conveniente para personas, digamos, adultas. Los casos de subordinados que adujeron enfermedades para faltar al trabajo y fueron pillados por su afición a cotillear lo que realmente estaban haciendo en la dichosa paginita son ya bien conocidos. Pero sé personalmente de un caso significativo y complementario: ejecutivo que pierde su empleo por unos meses se dedica a abrirse cuenta en Facebook y lugares similares, por pasar el rato y por estar al día, y poco a poco sus entradas se deslizan al tono de patio de instituto imperante en el lugar. Cuando consigue un trabajo, sus nuevos subordinados googlean su nombre y se enteran de la raza de su perro, las cinco actrices que le ponen más caliente y la vez que perdió un negocio a causa de una colitis. Así, luego, es complicado tener mando en plaza.
Que levante la mano quien no tenga sus pequeños placeres culpables, sus debilidades grandes o pequeñas que sólo confiesa ante los cercanos. Pero se me escapa la necesidad de compartir esas partes oscuras con el universo, o la de tener cientos de amigos a los que no se ha visto en la vida, o la de trabar conversación con un singapureño que también odia a Barry Manilow. Aún suponiendo –como supongo, después de todo- que nadie esté recopilando esos datos sobre nosotros.
Tampoco me gustaron otras cosas en el pasado, en unas acerté mientras otras han tenido éxito o incluso las he terminado utilizando, como el iPod. Y no descarten que alguna vez la marea que me empuja a darme de alta en Facebook termine por llevarme consigo. Pero, hasta entonces, permítanme descubrir un dato íntimo que más adelante podrá utilizarse en mi contra cuando esté equivocado: creo sinceramente que pasará esta pesadísima moda. No digo que Facebook desaparezca, sino que esa “necesidad social” creada a su alrededor terminará por esfumarse, felizmente, ante la falta de gratificaciones reales que proporciona el invento.
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