Pocoyó sí se merece
una cartera ministerial
No recuerdo una ocasión previa en la que un ministro haya sido recibido tras su nombramiento con la abierta hostilidad que ha merecido Ángeles González-Sinde. Posiblemente sea exagerada. Pero tiene fundamento.
El año pasado, y ya van varios, el producto audiovisual español con mayor recaudación fue Pocoyó. La serie de dibujos animados, creada sin ninguna ayuda institucional, percibe sólo en concepto de derechos de venta de sus juguetes a Namco Bandai 33 millones de euros anuales, equivalente a la mitad de la recaudación total del cine español. Si se suma la venta de dvds, a las televisiones y demás, el muñecajo del gorro azul ha generado el pasado año un 50% más (en torno a 100 millones) que todos los subvencionados juntos.
Lo interesante del caso es que Pocoyó no sólo no persigue,
sino que fomenta su difusión gratuita por internet. Hay capítulos completos que
pueden verse en su web, y al comienzo, eran los propios productores los que
colgaban en Youtube los episodios. Mientras, además de no conseguir financiación
pública, la emisión de Pocoyó en España se retrasó un año respecto a su éxito
en el Reino Unido porque RTVE pedía, para emitir los dibujos, un porcentaje en
las ventas de los juguetes. Sí, esa misma RTVE que financia película tras
película de Vicente Aranda –en alguna medida, con lo que me costó a mí comprar
el peluche de Pato para mi hija-.
Tres años de éxito de Pocoyó con estos planteamientos, ¿han servido para que alguien tome ejemplo? En absoluto: el cine español ha convertido a la difusión de contenidos por internet en su primer enemigo. Da igual que, como todo el mundo sabe, casi nadie se descarga las películas españolas, por la sencilla razón de que al público que comparte archivos por internet sin ánimo de lucro –actividad repetidamente calificada como legal por sentencias judiciales: la única en contra, de hace unos días, fue contra un portal que sí conseguía negocio con las descargas- no le interesa el cine español.
Lo singular del caso es que se le ha dado la llave de la caja a la principal directiva de este
sector que lleva más de 20 años intentando crear industria con un
incondicional apoyo institucional, sin ningún éxito, y que el año pasado
percibió más por subvenciones que por taquilla
La industria del cine español, por evolución natural,
tendría que sufrir un proceso similar al de la música: adelgazamiento de sus
estructuras superfluas y búsqueda de nuevos medios de cobrar a los
consumidores. Doloroso –supondrá puestos de trabajo, obviamente-, pero realista,
necesario a ojos de casi cualquiera que no esté acomodado en una posición de
privilegio, al margen de lo que pasa en
Con la creación de las webs que suministran música gratis por una pequeña cuota mensual –yes.fm, last.fm, spotify.com-, la llamada “piratería” de música se está convirtiendo en algo obsoleto: no sólo se paga a los músicos sin casi intermediarios, sino que es incluso más económico abonar cuatro euros al mes que andar grabando cds para guardar los contenidos descargados. Eso es una auténtica respuesta a la altura de las circunstancias: no persigue un avance tecnológico, sino que se emplea en beneficio de la industria existente. A la música le ha costado encontrar una solución un lustro de mamarrachadas y espantajerías –John Galliano dixit-, pero al final ha dado con ella.
Si la nueva ministra mantiene sus ideas previas de recortar la velocidad de internet, simplemente porque esa es la excusa coyuntural para justificar el desinterés del público por el enésimo acercamiento al horror de la guerra civil vista desde los ojos de un niño –que en algún momento de la trama contemplará sus primeros pechos femeninos al natural-, fracasará, como están condenados a hacerlo todas las administraciones que, sí, tiremos de tópico, han decidido emprender una cruzada para poner puertas al campo.
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