En cuanto me corten el ADSL,
me voy corriendo a ver cine español
Una linda parábola
Imagínese que usted va a comprar el pan. Le dicen que vale 20 euros. Usted sabe lo que cuesta la harina, el agua, calentar el horno… un euro, vamos, como muchísimo; pongamos otro par de ellos para amortizar las instalaciones, otro par de beneficios... Pero no: son veinte euros, clink, caja. Así que usted paga. Y al día siguiente. Y al otro. El panadero no mejora la calidad, pese a que sus beneficios son obviamente enormes. Es más, se pasea por el barrio con un BMW que quita el hipo, y cuando usted sugiere que tal vez podría bajar el precio, se le muere de risa en la cara. En un momento dado, cambia la calidad del producto: le pone más agua, se queda revenido en apenas unas horas. Pero le dice que va a ser mejor para su salud, que tiene menos colesterol: y sigue cobrando 20 euros, aunque el descenso de calidad y el volumen de sus ventas hacen sospechar que, puff, ni de lejos le cuesta ya ese euro por unidad a estas alturas.
De repente, un buen día, resulta que hay pan gratis. Aparece de la nada. Claro, usted lo coge. El panadero se queja: para empezar, ya no puede mantener el BMW. Primero apela a su buen corazón, luego le amenaza por acabar con su monopolio en la venta de pan. Pero no baja los precios, porque cree que es su derecho adquirido cobrar esa cifra. Usted se siente tentado a compadecerle, pero… ¿a que apetece un corte de mangas contundente, de esos que dejan un poco resentido el codo?
Volveremos luego sobre esta historia.
¿Cómo ganar dinero con productos gratuitos?
He recibido numerosos comentarios acerca del anterior post. Los que plantean una cuestión más interesante son los que mencionan el problema no resuelto de la Nueva Cultura: la forma de conseguir ingresos por la creación en un panorama de flujo libre de la información.
En el caso más complejo: si la gente, por ejemplo, puede bajarse las películas gratis de internet, ¿cómo se conseguirá el dinero suficiente para amortizar la inversión de rodarlas?
A esta cuestión puedo darle al menos tres respuestas. La primera es que tengo algunas ideas, pero no lo sé con certeza, aunque tenga mis ideas. Y quienes han dado en convertirse en gurús de las nuevas tecnologías con discursos altisonantes y mucha palabrería posmoderna, la verdad, me da la impresión de que tampoco lo saben con seguridad, porque igualmente no andan entregados a responsabilidades más relevantes que las de teorizar y escribir sus respetadísimos blogs.
La segunda respuesta es que, simplemente, ya hay gente que está labrando su carrera jugando en los términos de la Nueva Cultura. Sobran los ejemplos de músicos, escritores o cineastas que colocan toda o parte de su obra de manera voluntaria y gratuita a disposición del público; y todavía estoy escuchar a uno solo arrepentirse de haberlo hecho o afirmar que ha perdido por ello audiencia.
La tercera y última respuesta es una afirmación tajante: lo
único seguro es que las cosas no van a poder continuar como hasta ahora. Porque
la actitud de la industria del ocio audiovisual en las últimas tres décadas ha
sido, seguramente, la más abusiva y despótica del panorama económico,
cimentando su crecimiento en continuas mentiras, en la consideración del
consumidor como un manipulable monigote, y en precios hinchados hasta límites absurdos.
Lo cual me devuelve a la historia del panadero.
A grosso modo (fuente, Sociedad General de Autores de España)
De cada disco que se vende, pongamos con el antiguo precio de 20 euros para redondear rápido, menos de uno es para el bolsillo de sus creadores, ese sector al que supuestamente defiende la SGAE. Por término medio, unos seis euros son para la tienda que lo vende, unos cuatro para la cadena de distribución que lo ha llevado hasta allí (es decir, para los dueños de los camiones), otros cuatro para ¡promoción! (es decir, para que las cadenas de radio lo emitan, y se mantengan los departamentos de marketing), un euro es lo que vale el cd en sí –imprimirlo, la cajita, la carátula-, y el resto asume los costes restantes -la producción, por ejemplo- y el posible margen de la casa de discos.
A estos datos, debemos sumar algunas ofensas adicionales. Cada
transición tecnológica ha abaratado el coste del objeto: el cd es más barato
que el vinilo, el DVD cuesta menos que
Con semejante estado de cosas, diríase que a la SGAE debería interesarle más que hubiera cadenas de distribución directas: pongamos que los artistas vendieran los discos por sistema de descargas a, digamos, 4 euros, y se quedaran con 3. Pero no: siguen preocupados antes que nada por mantener una cadena de valor sin valor. Quieren ser ajenos a las reconversiones que afectan a todos los sectores. Pero, claro está, no va a poder ser...
Alimento para camellos fosilizados
Llevémoslo al cine. Después de gastarme en su momento 2.000 pesetas por Lawrence de Arabia en VHS, y 15 euros por el DVD, ahora tienen la singular pretensión de que invierta 25 euros en el Blu-ray, un objeto cuya producción vale 2 euros, si llega. Seguramente, el margen adicional es porque aún están pagando, 45 años después, los intereses del préstamo para dar de comer a todos aquellos camellos, que hay que ver el saque que tenían. Aunque, al parecer, si no me compro el Blu-ray, va a resultar que es por la piratería.
La misma razón, por cierto, por la que se asegura que no voy a una sala a
ver cine español. No porque tenga dos videoconsolas o 30 canales de TDT gratuitos, no: es porque a veces me descargo música, y ocasionalmente una película. Concretemos con mi caso: teniendo a mi alcance en la red la práctica
totalidad de la historia de la cinematografía universal, sólo me he descargado hasta ahora El bengador Gusticieron y su pastelera madre –injustamente olvidado debut como
actriz de la nueva ministra del ramo a las órdenes del gran Forges- y Canciones de amor en Lolita´s Club –lo
último de Vicente Aranda, ese creador, un drama realista en un puticlub de carretera-. Soy así de bizarro.
De no ser por el malvado internet, sin duda habría pagado por ellas en el
multicine del centro comercial. Es más, lo reconozco: tan pronto como me corten el
ADSL, me dirigiré a la sala más cercana a mi casa para ver muestras recientes del actual cine español, que tan voluntariosamente financio con mis impuestos, porque como ya decía más arriba, es obvio que no tengo nada mejor que hacer en la vida.
Conclusión
El consumidor informado ya sabe todo esto que acabo de contar. Y si no lo sabe, tiene a gente trabajando en la sombra a su disposición, sin cobrar ni un duro, que sí que lo saben. Muy bien.
Esto es lo que ha ocurrido con la industria del disco, que anda espabilando con bajadas de precios y canales alternativos, y con la audiovisual, que justo se encuentra en la cúspide de la diarrea mental. El próximo día hablo de la del libro, esa que mira sonriente al cielo pensando que la tormenta que asola los países vecinos se disolverá por arte de magia al llegar a sus fronteras porque, oh, ellos son La Cultura, son intocables.Ya.
TrackBack
URL del Trackback para esta entrada:
http://www.typepad.com/services/trackback/6a00d8341c760153ef01156f2fbccc970c
Listed below are links to weblogs that reference
En cuanto me corten el ADSL,
me voy corriendo a ver cine español
:
Últimos comentarios
una cartera ministerial