Aceptemos que los videojuegos pueden ser arte
En las dos entradas previas he insistido –y habrá que volver
a hacerlo- en los cambios de paradigma que la Nueva Cultura
El cine consiguió al calificación de séptimo arte relativamente pronto, con apenas cincuenta años de historia, gracias en parte a que fue empleado por artistas de vanguardia que fueron pronto reconocidos. Sin Salvador Dalí, Dziga Vertov o incluso Leni Riefenstahl, posiblemente el reconocimiento a D.W. Griffith o John Ford habría sido más tardío.
En los últimos años, ha avanzado algo el cómic, con la creación de un premio nacional –ganado el pasado año por un extraordinario dibujante como Paco Roca-, y una vaga mención como “octavo arte”. Se afianzan las subastas de material original por internet -se habla de la fortuna pagada por un miembro de System of a Down por el primer Superman, 317.200 dólares-. Y la consolidación de la etiqueta “novela gráfica” para definir ciertos volúmenes autoconclusivos y con temáticas adultas parece encaminarse a hacer el resto.
La siguiente frontera son los videojuegos. Pensar que unos dibujos sobre papel o sobre celuloide pueden ser arte, y en cambio no puede serlo cuando se trata de imágenes digitales, es absurdo. Que el propósito de esas imágenes sea una interacción lúdica no debería ser considerado como un hándicap, sino al contrario, como un mérito adicional: una nueva frontera para el arte, en su búsqueda por interaccionar con el espectador. No me cabe duda de que a Leonardo, a Cervantes o a Wagner, por poner tres ejemplos, poder permitir que el espectador participara en sus creaciones les hubiera parecido una delicia.
Más allá de que le guste jugar o no, busque imágenes de títulos
recientes: World of Goo, Fallout 3, Little Big Planet… En muchos de los mejores
trabajos hay belleza, o al menos capacidad para la evocación de emociones, y
desde luego dosis incontables de talento puestas al servicio de ese nuevo
formato.
También hay, por supuesto, cientos de videojuegos sin más mérito que un contenido exclusivamente violento, decididamente infantiles, o simplemente malos. Pero si algo apasiona a buena parte de la juventud, indiscutiblemente una parte de ese público tarde o temprano será creador a su vez, y unos cuantos tendrán talento. Es una obviedad. Y ya se ha producido.
El hecho de que Shigeru Miyamoto, el creador de Mario, Zelda
o el Wiimote, haya recibido la Legión Francesa
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