Sobre el autor

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Asociados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

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06 enero , 2017 | 20 : 24

Proteccionismo made in Trump

Cuenta el Presidente electo sus twits por victorias. Sin salir (aún) al campo ya ha conseguido abortar dos deslocalizaciones de enjundia hacia Méjico (Carrier y Ford).

¡América First! Salvado el rust belt al que debe la presidencia, al menos de boquilla.

Su nada eufemística vocación de redimir puestos de trabajo en USA, y repatriar dineros y empleos con la política del palo y algo de zanahoria, hace removerse en sus sepulcros a librecambistas de todo tiempo y condición. Este doloroso camino de la globalización, que a tantos ha dejado y seguirá dejando en la cuneta, ha sacado al mayor número de seres humanos de la pobreza como jamás en la historia. Con todas sus luces y a pesar de tantas sombras.

Me temo que offshoring ha pasado a ser una palabra maldita en el vocabulario de los gurus del management y demás acólitos. La marcha atrás de la historia, el famoso péndulo. Ahora toca onshoring. Tanto más vista la fijación del Presidente electo con China, Republica Popular, el demonio amarillo que -según Trump- se ha apropiado de billones americanos en el ejercicio legítimo del comercio.

No barruntan días de gloria para el comercio mundial. Sin embargo, creo que este proteccionismo de nuevo cuño, que resuena al caduco reparto del trabajo de inspiración colbertista, no va a producir en USA el efecto perseguido por su primer apóstol.

Asumiendo que la deslocalizacion y el offshoring tienen una lógica industrial en términos de ganancias de productividad y eficiencia, los obstáculos a esos movimientos corporativos deberían penalizar la productividad de las empresas americanas, encareciendo sus costes de producción y resultando menos competitivas frente a competidores foráneos. Previendo que tal penalización competitiva sería compensada por la vía de un forzado encarecimiento de las importaciones, salvaguardando de esa guisa a las empresas patrias mediante la imposición de aranceles, quien finalmente pagaría el pato sería el propio consumidor americano en forma de mayores precios. Mas ello no impediría que las empresas protegidas vieran mermada su capacidad para competir en un mercado global, que lo seguirá siendo a pesar de Trump.

Pero es que yo creo que nada de lo indicado en esta descripción de manual va a ocurrir. Ni se van a rescatar empleos que en el normal devenir de la industria se perderían, ni subirán los precios en el mercado americano, ni las empresas americanas perderán productividad en detrimento de su privilegiada posición competitiva mundial.

Es más, aventuro que ese incentivo forzado redundará en una más rápida destrucción de empleo como tendencia ya no coyuntural, sino radicalmente estructural. Y ¿por que? Pues porque -a mi juicio- se acelerará el cambio de paradigma industrial que ya está aquí como consecuencia inexorable de la revolución digital. Ello va a traer, ya está trayendo, unas ganancias exponenciales de productividad y un rediseño radical de procesos que tienen por común denominador la destrucción masiva de puestos de trabajo en todas las industrias.

Es evidente que a China le va a hacer daño pues supone revertir una tendencia mundial sobre la que apalancó su despegue económico, y que le ha llevado a convertirse en la fábrica del mundo con la inestimable ayuda de la brutal transformación de los procesos logísticos sin los cuales el desacople entre mercados productores y consumidores no se podría haber producido. También es cierto, empero, que a esta hora de China el mundo no se acaba en el mercado americano, y que por el camino ha generado un muy notable mercado interior de una talla homologable en términos de consumo a la del propio mercado americano.

Pero es que el onshoring ya era antes del advenimiento Trump una tendencia industrial subyacente que con el indeseado impulso político que se avecina unido a la cada vez mayor aceleración de los avances tecnológicos, en una permanente hibridación que se retroalimenta, no hará sino precipitarse en un súbito y repentino cambio de paradigma industrial.

En efecto, apúntense el nuevo palabro que marcará esta nueva era y que no es otro que el de “fabricación distribuida”, es decir, la reversión del proceso de deslocalizacion en la permanente búsqueda de ahorros de costes unidos a economías de escala que hicieron, han hecho de China la fábrica del mundo.

Se trata ahora de acercar los centros de producción a los de consumo, y no sólo por conciencia medioambiental, que también, sino fundamentalmente porque cambia, probablemente ha cambiado ya el paradigma de consumo, y, por tanto, el de producción. Se tiran series mucho más cortas y mucho más adaptadas al gusto del consumidor local, o, por mejor decir, de las diferentes tribus de consumidores locales.

Un molde ya no vale para todos. De hecho, con la impresión 3D un molde ya no vale para nadie. Ya no se vende lo que se produce, se fabrica lo que se vende. Y sino me creen piensen en el modelo INDITEX para el textil. Aún con la mejor logística no es posible, ni siquiera rentable, ajustar la producción al cambiante gusto del consumidor en cuestión de días, incluso horas, fabricando desde el lejano oriente. Y no es solo una cuestión de tiempo de reacción, no, sino del propio paradigma industrial. De lo que hoy se puede hacer con la impresión 3D y todas las demás tecnologías que se hibridan en este nuevo paradigma: inteligencia artificial, robótica, nanotecnología, biotecnología, ingeniería genética, y tantos y tantos otros avances concurrentes que desembocan en esa revolución digital de progreso tecnológico exponencial.

En definitiva, la escala, en términos de producción, ha perdido gran parte, sino toda, su ventaja competitiva, lo cual deja aún más expuestas sus muchas externalidades negativas. Hoy se puede proclamar sin demasiado temor a equivocarnos que Henry Ford ha muerto, y con él la cadena de producción. Se tardará un tiempo en enterrarla, pero muerta, muerta esta.

Y por si la vuelta a la producción distribuida no jugara definitivamente en favor del onshoring americano que aventuramos, la radical superioridad tecnológica actual de los Estado Unidos hará el resto. Es difícil recordar un periodo en la historia industrial reciente en el que un solo país monopolice en el modo en que hoy lo hacen los Estados Unidos la vanguardia de todas las tecnologías relevantes no solo para el avance de la industria o el comercio, sino también para el progreso mismo de la humanidad. Y no parece que Trump, a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, sea capaz de echar abajo por si solo tamaño liderazgo.

En conclusión, Trump el solito con su twiter va a hacer mucho por la consolidación del cambio de paradigma industrial pero muy poco por la salvaguarda de los empleos americanos más expuestos a la revolución digital. De hecho, aventuro que le va a salir el tiro por la culata.

El tiempo dirá si Trump o yo nos estamos equivocando. No creo que esté en cualquier caso muy preocupado por mi pronóstico, ni por casi nada.

Espero que los Reyes se hayan portado. ¡Feliz Año 2017!

Comentarios

God save the living

Efectivamente John Ford ha muerto. Henry Ford, también

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