Sobre el autor

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Asociados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

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26 diciembre , 2016 | 16 : 56

Banca española: sin techo, sin suelo, ¿sin dientes?

En nuestra infancia (allá por los años 70) contábamos un chiste “inocente” que los osados acababan con lanzamiento salivar a la faz del compañero. Era el del niño presumiendo ante su madre de sus habilidades sobre dos ruedas: “Mamá: sin manos, sin pies... ¡sin dientes!”

Pues algo del estilo le está pasando a la Banca española en sentido figurado. Lo traigo a colación tras la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE que esta misma semana se pronunciaba sobre la retroactividad ex tunc de los efectos de la nulidad de pleno derecho de las cláusulas suelo.

De colonizar cada esquina de su barrio en un florecer de eterna primavera a lomos de un ladrillo que ella misma espoleaba, conquistar mercados de ultramar, con el cielo por límite sin apenas pasar por Madrid; a marchitarse y caer en el pozo, cráter tras el estallido de la madre de todas las burbujas.

Cuando en el año 2009 arrancábamos con las refinanciaciones en serie de las promotoras inmobiliarias era habitual lidiar con un pool de más de veinte entidades financieras, mayoritariamente cajas de ahorros. Hoy podemos hablar de seis entidades de banca universal de significación nacional (con todo respeto a rurales, cooperativas y banca especialista), y ninguna caja de ahorros no rural o cooperativa de crédito.

Desde el año 2008 el sector bancario ha destruido más de setenta y cinco mil empleos (estables y bien retribuidos), y ha conducido el número de sucursales al de 1979. Síntomas físicos de una crisis estructural que nos evoca aquella figura ochentera de la zona de urgente reindustrialización. La factura: trescientos mil millones de Euros privados y más de cuarenta mil millones de ayudas públicas difícilmente recuperables. Y seguimos sumando.

Pero mi propósito no es abundar en las causas de la profunda y estructural crisis a la que se enfrenta el sector por razón de los tipos de interés negativos, la represión financiera, las exigencias regulatorias de capital, el exceso de capacidad, los irrecuperables costes hundidos, y, fundamentalmente, el nuevo paradigma digital de la economia y la necesaria reconversión radical de su propia propuesta de valor. Con lo anterior ya han tocado suelo, pero con todo ello no sería suficiente para “perder los dientes”, volviendo al chiste que da entrada a este post.

Lo que a mi juicio ha dado la puntilla a la Banca como industria ha sido la crisis de credibilidad que las entidades han generado y que ha destrozado la confianza del público, pilar este sobre el que se construye el edifico de la administración y gestión del dinero ajeno, ora tomando depósitos ora administrando créditos. No existe, en efecto, negocio más vulnerable que la Banca al descrédito público, a la crisis reputacional. La más solvente y venerable entidad financiera apenas resiste un embate de desprestigio o desconfianza, y de ahí el demoledor efecto de las estampidas de ahorradores sobre su solvencia e, incluso, sobre su existencia. Los famosos bank runs. Y por ello su estricta supervisión prudencial de parte de reguladores públicos, el permanente escrutinio de su balance, la tutela de su estrategia, la planificación de su resolución, la cobertura y aseguramiento mutualista de depositantes a través de fondos varios de garantías. Todo ello para cimentar y proteger ese intangible que se llama confianza, reputación, credibilidad. Y al tiempo evitar crisis sistemáticas fruto de un contagio a todo el entramado financiero de problemas puntuales y no tan puntuales, de alguna o algunas entidades.

Y sin embargo, desde la misma primera hora de la Gran Recesión no ha dejado la Banca española de cavar una profunda y, a mi juicio, final tumba de descrédito en la que sepultar su negocio, cuya última palada ha sido la reacción de espontánea rebeldía frente al penúltimo revés judicial procedente de Luxemburgo en forma de condena final a la cláusula suelo.

Las urgencias de la crisis condujeron sin mayor reflexión y escasa consideración comercial, e incluso moral, a la búsqueda y captura de capital a todo precio con el que apuntalar un edificio contable con aluminosis irreversible en forma de cartera de crédito deteriorado, dependencia financiera de mercados mayoristas, extrema exposición y vulnerabilidad a fluctuaciones internacionales, hundimiento y cierre de mercados de Titulización, y modelo de negocio basado en expectativas irracionales de revaloración de suelos y vuelos. En esta coyuntura de urgencias se hicieron presentes preferentes, obligaciones subordinadas, convertibles, necesariamente o no, y hasta cuotas participativas de cajas de ahorro con las que regar a un público financieramente analfabeto y ávido de rentabilidad sin “riesgo”.

Y con la gran recesión llegó la represión financiera y su corolario de tipos de interés negativos, sumados a las reforzadas exigencias de capital y una estructura de costes  insostenibles para los tiempos en que vivimos, que estrangularon cuentas de explotación en un entorno de deterioro masivo de balances, incentivando nuevos comportamientos comerciales bordeando la legalidad por la parte de fuera con los que ahondar en la herida.  Aluvión de comisiones como respuesta para una clientela adicta al todo gratis y reacia en extremo a pagar por servicio alguno (y no sólo los bancarios, llámense educación, sanidad, música o películas).

Mas si malo es pecar aún peor es no mostrar arrepentimiento ni propósito alguno de enmienda, sacando pecho de lo hecho (cláusulas suelo) y atrincherándose en la legalidad formal, cuando la batalla está perdida de antemano, y si no, al tiempo.

Una derrota más ¿otra batalla? No, seguramente la guerra. El daño a la credibilidad, a la reputación, a la confianza es irrestañable. Para mí se trata de una industria que, como la conocemos hoy, se halla herida de muerte. No resucitará, y solo cabe esperar a su entierro, que no vendrá de reguladores sino del cambio de paradigma del mercado y de la votación con los pies del cliente.

Una industria obsoleta que ha muerto pero que aún no se ha dado cuenta de ello. Un sector zombie, irrecuperable –a mi juicio-, que será desplazado sin grandes traumas, al menos del lado del consumidor, por otros actores provenientes de otras industrias acordes con los tiempos digitales en los que vivimos.

Para mí el fenómeno es imparable y solo puede verse acelerado por el ritmo del cambio y la velocidad de los avances tecnológicos. El crédito nació de la financiación comercial y desde ahí se volverá a reinventar. La acelerada desaparición del dinero en efectivo, el blockchain, las criptomendas, la inteligencia artificial y su capacidad de tratamiento masivo de datos, la hiperconectividad, la movilidad, la anticipación de necesidades del cliente, individualización del servicio y respuesta en tiempo real necesariamente anuncian un final inminente de los servicios financieros minoristas en Banca universal, tal y como hasta hoy los hemos conocido. Por cierto, a un coste de producción abismalmente inferior al actual, y por ello ofertables a un precio imposible para la industria actual.

Para los nuevos entrantes todo son ventajas y apenas se enfrentan a mayores obstáculos que la oposición regulatoria con la que sean capaces de enfrentarles los lobbies engrasados por los incumbentes. La desafección del público ya la tienen, y a poco que surja una oferta competidora capaz de generar un mínimo de confianza la migración será  repentina y en masa.

Y no es una apuesta por las fin-techs, no. ¿Quien disfruta de mayor capacidad de análisis de riesgo cliente que Facebook o Google?¿Quien procesa mayor volumen de transacciones comerciales minoristas que Alibaba o Amazon? ¿para que necesita Apple Store un banco?

 

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

Comentarios

roberto gonzalez delgado

Pocos negocios se han echado tierra encima y muy seguido que los bancos. Siguen ciegos y prepotentes y están moribundos. Clase dirigente con todos los más aberrantes defectos. RIF

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