Sobre el autor

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Asociados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

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25 abril , 2016 | 10 : 34

Curro se vuelve al Caribe

Este verano a muchos les va a tocar … Caribe, a su pesar. Por lo que me dicen España está sold out, y como los españolitos nos tomamos nuestro tiempo en eso de hacer la reserva del veraneo, pues o pasar por casa de los suegros o enfilar la travesía de la mar oceána. Los europeos y otros visitantes no solo concilian mejor, disfrutan de horarios ídem, de salarios dignos y gobiernos de coalición, sino que además compran con meses de antelación sus vacaciones.

La geopolítica sigue jugando en favor de España, y las desgracias de la cuenca mediterránea, más graves cuanto más al sur y al este, dejan a penas sin opciones a nuestros queridos conciudadanos europeos a la hora de elegir destino. Sucumbió Túnez, y Egipto, y ahora Turquía, y no digamos ya zonas calientes como Jordania o Siria.

¿Quién se acuerda del Plan Canarias que de urgencia hubo de adoptar el Gobierno Zapatero para sostener una economía que se hundía ante el naufragio del turismo y la construcción con tasas de paro superiores al treinta por ciento? Pues ahora los fondos de inversión se dan literalmente de tortas por hacerse con hoteles en una temporada turística que se alarga como nunca lo había hecho antes.

De Baleares mejor no hablar no vaya a ser que a alguno más se le ocurra como destino para estas vacaciones. Esto está literalmente de bote en bote, y se va a poner aún más imposible este verano.

Tal es la presión del turismo en algunos destinos españoles que comienza a despuntar cierto debate social respecto del retorno de la primera industria nacional. Particularmente allá donde la presión de visitantes es mayor y el territorio más sensible a la agresión.

Si España ha aguantado de pie, aunque tambaleándose, en la gran recesión del 2008 ha sido – a mi juicio – gracias al turismo (y a la solidaridad familiar). Es ésta una industria muy intensiva en mano de obra de escasa cualificación y, por tanto, generadora de empleo (precario, temporal y poco retribuido) en zonas del país donde no existe una economía independiente del propio turismo.

Pero más allá del titular sobre el récord anual de visitantes y el sempiterno debate sobre el agotamiento del modelo de sol y playa que sigue empero engordando la reserva de divisas y equilibrando la balanza exterior, la gente de algunas ciudades y territorios comienza a preguntarse si merece la pena esta especie de expropiación temporal del país particularmente intensa en la temporada de verano.

En efecto, el turismo también presenta externalidades no del todo positivas: presión sobre las infraestructuras y servicios públicos en localidades donde puede llegar a triplicarse la población estable; incremento de precios en los bienes y servicios cotidianos por la presión inflacionista de los propios visitantes, bien acostumbrados a precios más altos en su país de origen, bien dispuestos a pagar un sobreprecio por aquello de que están de vacaciones; problemas habitacionales por un incremento desmesurado de alquileres en la temporada de verano y por la explotación como alojamientos alternativos a través de las nuevas plataformas digitales que, particularmente en Baleares, está privando a los propios trabajadores de la industria de la posibilidad de encontrar una solución habitacional en la que pernoctar; contaminación acústica y presión sobre el territorio, en particular en las áreas con un equilibrio ecológico más vulnerable.

Y algunos se cuestionan ya si esto de anunciar record anual de número de turistas tiene algún sentido, más allá del titular en boca del ministro del ramo de turno. Cantidad no es sinónimo de calidad, ni número equivale a ingreso. Pero no vamos a recaer en el sempiterno debate del modelo turístico español, ni si hoy es más low cost que ayer y menos que mañana.

Creo que España tiene la enorme fortuna de reunir unos ingredientes únicos que le hacen tan atractiva para el extranjero (clima, modo de vida, geografía) y ha atesorado un importante conocimiento y una trayectoria en el mundo del turismo del que sentirse legítimamente orgullosa. Ahí están empresas mundialmente punteras que dan buena cuenta de ello.

Ahora bien, el debate debe centrarse no tanto en el turista cuanto en la captación del valor del turista. Frecuentemente, el hecho de que España ingrese menos por turista no es consecuencia de que el turista gaste menos, sino de que el dinero que se gasta el turista no llega a España. Esto ya fue moneda común en el pasado con la hegemonía de tour-operadores internacionales, el mercado de paquetes, y las famosas garantías de ocupación a precio de saldo que aún hoy subsisten en algunos destinos.

En la era de la digitalización el turista se ha “emancipado”, y puede decidir por sí mismo cómo y dónde viajar, por cuanto tiempo, y con qué nivel de gasto. Además, los nuevos formatos que van desde las aerolíneas low cost hasta los alojamientos alternativos de Airbnb, Homeaway, etc. han ensanchado la oferta y, por tanto la posibilidad de elección. Pero hoy como ayer subsiste la pugna por la captura del valor del cliente entre los jugadores de los mercados emisores y los de los mercados receptores (España).

Cuando el mordisco de las plataformas de reservas on-line alcanza casi un treinta por ciento de la tarifa bruta de un alojamiento se produce una tremenda erosión del margen de quien ha realizado la inversión y soporta el riesgo y los costes de la actividad frente a quien ha canalizado la decisión de compra del cliente. Si la aerolínea de turno consigue colocarle al cliente el transfer del aeropuerto, el coche de alquiler, el seguro y hasta la maleta, captura unas rentas en detrimento del margen de los agentes del mercado receptor.

España tiene la infraestructura turística, y en consecuencia el riesgo de la inversión y la explotación. Gracias a internet no hay límites para ofrecer nuestros productos y servicios en todos y cada uno de los rincones del mundo. Además, el turista desea una experiencia “personalizada” y lo más ajustada a sus preferencias e inquietudes. Es por tanto en la venta directa, y en el posicionamiento de cada producto en los mercados emisores, propugnando y propiciando una experiencia cliente adaptada y atractiva donde debe trabajar el sector.

Mayores márgenes, y no mayor número de turistas, serán los que permitan la renovación y actualización del producto ofrecido, y un incremento de su calidad y valor que debe igualmente pasar por y redundar en una mejora de las condiciones de empleo de todos los agentes del sector.

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

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