Sobre el autor

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Asociados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

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El ejercicio onanista por antonomasia del político español del ramo es cantar las estadísticas de Turismo al cierre de cada ejercicio: ¡hasta el cielo y más allá! Setenta y cinco millones de almas, con sus respectivos cuerpos, pisotearon un ratito la piel de toro y archipiélagos adyacentes.
No caeremos en el tan español vicio de despreciar, criticar y hasta demonizar las buenas noticias. Ya se sabe, no son noticias. Año tras año batimos récord de visitantes, y con él, aunque no va de suyo, récord de ingresos. Tan importante es -a mi juicio- el sector turístico para España que es este rubro y no otro el que nos mantuvo en pie en plena hecatombe económica bajo la égida del de la conjunción planetaria. Empleo precario, temporal y mal pagado, pero empleo, a fin de cuentas. Más de un millón y medio de ocupados, y subiendo.
Esta semana se celebra en Madrid la mayor y más importante feria turística mundial: FITUR 2017. Buen momento para medir la temperatura del sector.
Huyendo de mi proverbial dispersión me gustaría centrarme en dibujar algunos trazos de nuestra industria hotelera, sobrevolando su coyuntura para decantar algunas tendencias estructurales que a mí me parece detectar y que en ocasiones pasan desapercibidas entre tanto follaje de cifras de ocupación, ingresos y presencia internacional.
Aparentemente, los hoteleros tienen dos preocupaciones: los tíos de la colchoneta hinchable en el salón, también conocidos como AirBnB, y sus imitadores de toda suerte y condición (Home-away, couchsurfing et alii); y Montoro, por lo de la subida del tipo de IVA, que del resto mejor no hablar no vaya a ser que se dé por aludido y se marque unas paralelas (no es un ejercicio gimnástico a pesar de su nombre). Adicionalmente, en un alarde de geo-estrategia, a veces pueden hasta valorar el impacto de coyunturas políticas internacionales tipo BREXIT, pero poco rato, se les pasa en cuanto ven la evolución de las reservas y, sobre todo, del precio medio (ADR, ese acrónimo tan elocuente).
Vaya por delante que yo de hoteles no sé nada, que para eso ya está mi hermano. Pero con el atrevimiento que da la ignorancia y desde una cierta distancia con el día a día de la industria, a pesar de mis vínculos con la misma, oso afirmar que se trata de un claro ejemplo de árboles que no dejan ver el bosque.
No deseo ser agorero, ni encarnar al tipo que enciende la luz para gritar que la fiesta se acabó, pero considero que en términos generales y con contadas y honrosas excepciones, la industria hotelera española está mayoritariamente obsoleta, adolece de una preocupante falta de competitividad, se muestra particularmente reacia al cambio y la transformación digital, presenta una oferta tremendamente fragmentada, sin una clara propuesta de valor, ni posicionamiento ni diferenciación de producto. Evidentemente lo anterior no es en su mayor parte predicable de las grandes cadenas hoteleras españolas, pero estas son una escasamente representativa minoría dentro del universo hotelero. E incluso tampoco son ajenas a alguna de las debilidades apuntadas.
Y Ustedes dirán que esto es lo de Galileo … e pur si muove, y que ojalá todos los sectores productivos en España lo hicieran “tan mal” como los hoteles, visto lo visto. Pues bien, yo les diré que el turismo en España se sostiene en gran medida por el mundialmente reconocido efecto Rajoy, de moda en las mejores escuelas de negocio y estudiado en todas las cancillerías europeas, que consiste básicamente en hacerse la estatua de sal (en plan mannequin challange) esperando que el mundo se hunda en tu rededor … ¡y se hunde! ¿No me creen?
Hoy Canarias lo peta. Todo el año es primavera, es decir, temporada alta, que ni en el Corte Inglés. Han exiliado de sus playas hasta a los jubilados del IMSERSO. El archipiélago de las Afortunadas se ha erigido en el epítome del éxito turístico español. Sin embargo, no hace falta remontarse al Pleistoceno para recordar como Canarias tuvo que ser rescatada del abismo mediante la aprobación de urgencia de un Plan Canarias dotado con 25.000 millones de Euros, de los cuales 10.000 millones a invertir en el cuatrienio que seguía a su fecha de aprobación: ¡Año 2009! ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora? Es cierto que la coyuntura económica mundial, y singularmente la europea, se encontraba entonces en sus horas más bajas, y el hundimiento del turismo se emparejó con el estallido de la madre de todas las burbujas inmobiliarias, pero la “recuperación” del mercado turístico, y con ella la de la economía canaria, no se explica sin computar como merece el efecto de la Primavera Árabe, que social y políticamente, para su desgracia y la de la humanidad, ha sido más bien invierno.
En efecto, España reina en el panorama turístico europeo por muchas razones, pero de las mismas unas cuantas de gran peso resultan absolutamente ajenas y fuera del control de nuestra industria turística. En el exterior, el desolador panorama político y social de todos nuestros vecinos mediterráneos del Sur y Este, que no solo no va a mejor, sino que incluso se complica (v.gr. Turquía); efecto éste agravado por una timorata población europea en acelerado proceso de envejecimiento que está para sopitas de marisco y buen vino. En el interior, unas infraestructuras físicas a la cabeza de cualquier país desarrollado, a las que por su juventud no ha dado aún tiempo a deteriorarse, y el modo de vida español, dicharachero e indulgente con los pecadillos capitales que proporcionan alegría al cuerpo; a los que sumar la calidad de nuestra Sanidad y a la Guardia Civil.
Y más allá de coyunturas, que no todo es empedrado, bien se puede afirmar que la distribución en la industria hotelera ha cambiado en los últimos años. Para nuestra suerte, como país y como industria, los empaquetadores de producto han ido sucumbiendo a las fuerzas de internet, lo que ha emancipado a viajeros y destruido (parcialmente) el sistema de garantías que tanto magro ha expropiado a nuestros hoteleros, quienes corriendo con la inversión y el riesgo se llevaban las migajas del pastel a mayor beneficio de los Tour Operadores que pastoreaban rebaños desde origen. Sin embargo, estos han sido sustituidos por fuerzas no menos voraces e incluso más poderosas, las OTAs (Bookings y Expedias varios), plataformas de distribución on-line de nuestra oferta que por una módica mordida de hasta el veinte por ciento de los ingresos canalizan a viajeros de toda procedencia hacia los hoteles españoles. ¿Qué margen hay que tener para resistir un mordisco del veinte por ciento de las ventas brutas por parte de un distribuidor?
¿Hay remedio? Sí claro, la venta directa. Pero para vender hay que posicionarse, diferenciarse, comercializar en origen … en fin, estrategia, trabajo e inversión. Es algo más que una página web bonita y un video 360.
A esta hora muchos hoteleros no se han percatado de que no venden “estancias”. De que un hotel es una plataforma física, y hasta virtual, de distribución de productos a unos clientes por cuya captación pagan un alto precio, y que una vez en su casa, e incluso antes de llegar a ella, abandonan a la suerte de todo tipo de comisionistas, intermediarios, y rapaces variopintos.
Hay dos palabras que deberían estar grabadas a fuego en el frontispicio de cualquier hotel, y cinceladas en la cabeza de sus gestores: UP-SELLING y CROSS-SELLING … En Ibiza ya lo han entendido, y así les va.
¡Buena semana, y buen FITUR!

 

 

16 julio, 2012 | 00:22

Esta pretemporada Mourinho, siempre rutilante en su proyección pública, parece que va a encontrarse un tanto eclipsado por el MoU, usurpador bruselense de su futbolístico apelativo. Aterrizó  Mou ayer en Madrid, y apenas tres días antes lo había hecho su hoy ya archiconocido homónimo MoU, a título de borrador, eso sí, que todo es precario en esta vorágine pre-estival de la crisis financiera en su enésimo capítulo. Cinco temporadas nos contemplan y la cosa no apunta hacia un pronto final.

Gusta dramatizar.  Para algunos, voceros del apocalipsis nuestro de cada día, arribó MoU cual acta de capitulaciones, prueba de nuestra rendición a la fría burocracia de Bruselas, instrumentalmente teutónica y jaleada, en esto sí, por los mercados financieros “amigos” en la pérfida Albión. Allí se hacen públicas las directrices en las que se materializa la “presión” de nuestro Gobierno a los consocios comunitarios con el propósito de empujarles, ante su renuencia, al rescate blando y, por lo que se atisba, por capítulos, de nuestro sistema financiero.

Desde el mismo martes por la noche todo el que tiene a su disposición una tribuna pública o no se ha lanzado a opinar, valorar, criticar, interpretar y, raramente, ensalzar los dictados de Bruselas. No es fácil extraer titulares de un documento tan escasamente sexy como el MoU, pero aún así, no pocos lo han conseguido, apalancándose para ello en la distribución de la carga del saneamiento (accionistas, minoristas preferentados o subordinados, bonistas y otras amigos, además del contribuyente, éste en primera persona); en la nueva ortodoxia de su gobernanza que expulsaría del capital de la nueva banca a las veteranas cajas; en las “resolution schemes” de liquidación de lo inviable (aunque parece que va de suyo, en estos parajes está por descubrir); en los términos de liquidación de existencias, incluidas ciénaga inmobiliaria de Schrek (lo tomo prestado) y joyas de la abuela, junto con los numerosos y escasamente oteados buitres que nos sobrevuelan con la vista y el pico puestos en los “despojos” que con tanto esfuerzo y tesón hemos atesorado; en el reequilibrio, pugna o reparto de poderes entre Economía y el Banco de España; y el otras tantas cosas más que seguro me dejo en el tintero.

Creo que en lo financiero-inmobiliario hemos hecho buena aquella frase erróneamente atribuida a James Dean de vive rápido, muere joven, y deja un bonito cadáver.

Pero superado el ataque de necrofilia, valoro en positivo la condicionalidad macroeconómica del MoU. Precisamente esa que nuestros meritados dirigentes se vienen negando a admitir incluso antes de que nadie se interesara por ella. No me refiero al saneamiento de las finanzas públicas y al cumplimiento de los objetivos de déficit, asunto éste tan manido como la alineación de un 9 español en la Eurocopa (antes de que ganáramos, claro, porque después lo del falso nueve era unánimemente considerado una genialidad). Apunto al párrafo 31 del MoU, incardinado dentro del capítulo VI que lleva por título “Public Finances, Macroeconomic Imbalances and Financial Sector Reform” (Finanzas públicas, desequilibrios macroeconómicos y reforma del sector financiero) y, muy singularmente, al apartado 27.

Muchas de las medidas allí meramente enunciadas ya han encontrado acomodo en el BOE. Precisamente en la parte confiscatoria que poco o nada gusta. Pero junto a ello encontramos el esbozo de un programa legislativo que, de materializarse en los estrechos plazos que se contemplan, supondría atacar por fin cosas que realmente importan para sentar las bases de un nuevo amanecer económico: un sistema fiscal que incentive el crecimiento, en lugar de penalizarlo; una fiscalidad que no estimule el endeudamiento; la apertura del mercado de servicios profesionales;  la remoción de obstáculos al emprendimiento; el saneamiento del sistema eléctrico; y unas cuantas minucias más.

Aún más acertado considero el llamado del apartado 27 a que la “non-bank intermediation should be strengthened”, esto es, a incentivar la intermediación no-bancaria. Se podrá decir que resulta obligado habida cuenta de la necesaria liposucción que predica para el sistema financiero español: reducción de capacidad (oficinas, personal, ¿consejeros?), contracción de balances por el lado del activo, menor recurso a mercados mayoristas de financiación y más amplia base de depositantes, abandono de actividades non-core, liquidación de participaciones industriales … en definitiva, un “back to basics” que diría Don Emilio.

Con un entorno financiero como el que tenemos y estas premisas, va de suyo que la tan cacareada reactivación del crédito (bancario) es una auténtica quimera. Mejor reconocerlo antes que después, y no seguir la estrategia de emulación en aquello de querer ver brotes verdes por doquier, para luego marchitarse antes de brotar, que Rodrigo de Triana ya hubo uno y aquél al menos divisó las Indias Occidentales.

En efecto, si la economía española sufre de una severa resaca de sobreendeudamiento, público y, aún en mayor medida, privado; si los balances de los bancos está hipertrofiados y necesitan de una severa cura de adelgazamiento; si ya hemos sufrido el crowding out de los privados en beneficio de los públicos e institucionales; si lo que nos espera es una horizonte de duro desapalancamiento … ¿cómo pretendemos allegar fondos a nuestra economía productiva, a nuestros emprendedores, a nuestras pymes? La respuesta parece obvia y está ya inventada en las economías más desarrolladas: mercados de capitales e inversores privados, institucionales o no. 

A mi juicio, de nuestras numerosas dolencias, la hiperbancarización de nuestra economía ha sido una de las peores herencias. Contraída y, en parte, desparecida la tradicional y casi única fuente (bancaria) de financiación de nuestros proyectos empresariales, toca volver la vista a la función primigenia y esencial de los inversores, institucionales o no, de los mercados  de capitales, organizados o no, que no es otra que la de procurar una vía para allegar fondos a aquellos que los demandan a cambio de una rentabilidad directamente vinculada a la del proyecto o empresa  objeto de la inversión, con transparencia, seguridad y liquidez. En definitiva, dejar atrás esa mentalidad de casino jalonada con episodios de esquema Ponzi que tanto daño ha hecho a la credibilidad de las finanzas.

Resulta imprescindible habilitar urgentemente el acceso a fuentes alternativas de financiación a través de mecanismos no burocráticos, expeditos y a un coste razonable en beneficio de  empresas y emprendedores. Ello demanda de un entorno normativo y una regulación facilitadora, una nueva fiscalidad que prime a quien invierta en proyectos de valor añadido real, y, muy fundamentalmente, un cambio radical de mentalidad de los organismos supervisores para que asuman su condición de facilitadores e incentivadores de esas prácticas alternativas de financiación de empresas y emprendedores en detrimento de sus veleidades de Tribunal del Santo Oficio, hoy Congregación para la Doctrina de la Fe.

Las propuestas normativas que conviertan todo esto en realidad formal (ya veremos la material) para el próximo Noviembre. MoU dixit.

@emilgarayar 

04 julio, 2012 | 14:07

En apenas dos días llegan a mis manos sendos rankings de despachos de abogados: uno nacional por facturación absoluta y el otro internacional por número de operaciones de fusiones y adquisiciones así como por el volumen de éstas en España y Portugal para el primer semestre de 2012.

Lo primero que me viene a la cabeza es que en un sector con tan poca transparencia como el de la práctica jurídica a través de empresas de servicios profesionales, cualquier esfuerzo en esa dirección es positivo, para el sector, para los abogados, y para la economía en general. Pero ahí prácticamente se agota la bondad del ejercicio, sobre todo en la clasificación de despachos en España por facturación.

En efecto, la cifra absoluta de ventas de una empresa, descorrelacionada de todo lo demás, apenas dice nada. De hecho, puede incluso tapar más de lo que se pretende enseñar. Desmenucemos algunos aspectos del encomiable esfuerzo de clasificación al que algunos se brindan.

Se dice ranking de despachos de “abogados”, imagino que como sinónimo de prestación de servicios jurídicos, cuando una parte muy sustancial de la facturación que se les imputa a los “clasificados” corresponde a actividades desarrolladas por otra clase de profesionales (economistas, ingenieros, et alii), lo cual resulta antónimo de lo primero, dado que en España existe una reserva de ley en favor de los abogados en lo que a la prestación de servicios jurídicos respecta. Me atrevería a decir, a la vista de los integrantes, que incluso las cifras responden en medida no desdeñable a servicios no estrictamente jurídicos, aunque relacionados, tales como la gestión de patentes y marcas, asesoramiento tecnológico no jurídico, medioambiental, representación de actores y deportistas, etc.

Es, de otro lado, impresionante y no demasiado gratificante que solo un sesenta y seis por ciento de los incluidos en el ranking acrediten las cifras de ventas que se publican, cuando imagino que sobre la práctica totalidad pesa la obligación de presentación de cuentas anuales correspondientes al ejercicio 2011. Y aquí es donde se produce también otra distorsión notable en la comparación de cifras, pues no todos los despachos cierran ejercicio a 31 de diciembre, y puede haber decalajes de hasta seis meses en los periodos que se están comparando, lo cual en un ciclo económico como el presente puede tener efectos no desdeñables.

Llama de otra parte poderosamente la atención que ninguna de las firmas del Magic Circle londinense hayan facilitado datos de sus operaciones en España (Clifford Chance, Linklaters, Freshfields y Allen & Overy) cuando es una obviedad que son protagonistas en primera persona de la abogacía de mayor valor añadido que se practica hoy en España y Portugal. Para muestra de lo dicho, los datos ofrecidos por Mergermarket para el primer semestre de 2012. Por volumen de operaciones transaccionales (M&A) para Iberia (España y Portugal) solo figura un despacho español entre los cinco primeros (Uría), acompañado de tres portugueses y un británico (Linklaters). En número de operaciones de M&A (indicador menos cualitativo que el anterior) sí figuran los tres grandes despachos españoles, encabezando Linklaters y cerrando el quinteto Baker & McKenzie, aunque las diferencias en volumen son siderales (Uría con 10 operaciones suma un volumen agregado de 7.512 millones de USD, por 921millones USD de Cuatrecasas para 12 operaciones, y 317 millones USD de Garrigues para 10).

Se podrá alegar que M&A es solo una parte de la práctica profesional y está en estos tiempos de capa caída. Sea como fuere, sigue siendo la prueba del algodón de quién es quién en el mundo de la abogacía de los negocios y ninguna otra práctica “anticíclica” es capaz de tapar la orfandad que deja su ausencia. Creo que como indicador cualitativo de quiénes juegan en primera división sigue siendo más que válida.

En cualquier caso, los dos parámetros realmente relevantes para comparar calidad y no cantidad no están o apenas son indicativos de nada. Me refiero a los beneficios por socio, conocidos en el mundo anglosajón como PPP (Profits Per Partner) y a los ingresos por abogado (fee-earner) que en el caso del ranking español habrá que reconvertir a ingresos por “profesional” a tenor de la heterogeneidad de su composición.

Para los neófitos en estas lides, es quizás útil apuntar que las firmas de servicios profesionales – despachos de abogados no generan normalmente beneficio contable de alguna relevancia, habida cuenta de que su BAI se reparte entre los socios propietarios a título de retribución de prestaciones accesorias que minoran, en tanto que gasto, el beneficio hasta acercarlo a cero. De ahí que cuando nos referimos a los beneficios por socio lo haríamos al cociente entre BAI y número de socios propietarios que perciben su retribución a título de prestación accesoria.

Pues bien, ese parámetro de PPPs que es, como decíamos, el de mayor importancia en el mundo anglosajón resulta total y absolutamente ignoto por estos lares. ¿Por qué es el más relevante? Se podrá criticar arguyendo que el dinero no es la medida de todas las cosas, pero sí que es sin duda el exponente de la mayor realización del “ánimo de lucro” que persigue una sociedad mercantil, en el caso presente, de servicios jurídicos (que no de abogados). Su relevancia viene motivada fundamentalmente por dos factores: el primero concierne a la atracción del mayor talento y el segundo a la retribución del mejor talento. Me explico. En el mundo anglosajón (y no sólo, también en Alemania y en otros países centroeuropeos) adquirir la condición de abogado en ejercicio supone una inversión muy importante en términos de esfuerzo, de dedicación y también económicos. A menudo esa formación se financia con créditos onerosos (student loans) que es preciso amortizar desde el inicio de la carrera profesional. Los mejores estudiantes se sienten en consecuencia atraídos e, incluso, cortejados, por los mejores despachos, es decir, los más rentables, que les aseguran una importante retribución a la altura de la inversión realizada y de su talento, así como mayores posibilidades de desarrollo profesional y reconocimiento social. En el reverso de la moneda, también se podría afirmar que su mayor rentabilidad es la consecuencia precisamente de su calidad, pues en un mercado eficiente y en competencia mayor margen es sinónimo de mayor valor aportado, reconocido y retribuido. Los mejores clientes y los asuntos más atractivos y lucrativos para los mejores despachos. De ahí que la publicación de ese parámetro no responda a un prurito de transparencia, sino a una estrategia de marketing de la propia firma y de proyección de su éxito empresarial.

¿Por qué no se publica este indicador en España? Desconozco la respuesta. Imagino que se piensa que es irrelevante tanto para la atracción de talento como para la diferenciación de marca. O quizás hay algo cultural en no mostrar las riquezas propias por miedo al agravio o al fisco.

¿Y la facturación por profesional? Esta sí que se publica, y si fuera buena, debería ser ilustrativa de la calidad del trabajo de cada despacho, pues la mayor facturación por abogado debería venir acompañada e ilustrar un mejor servicio, de más calidad, con seniority y expertise (perdón por el abuso de anglicismos). Desgraciadamente, conociendo un poco el sector, la clasificación en su conjunto, salvo honrosas y escasas excepciones, clarifica menos de lo que enturbia. ¿Por qué? Pues porque si bien el numerador es susceptible de alguna manipulación (solo servicios jurídicos o también de otra naturaleza, facturación bruta o neta, con gastos y refacturaciones o sin ellos, etc.), es en el denominador donde se dan las mayores distorsiones, hasta el punto de inhabilitar la relevancia del ejercicio en su conjunto. Hay firmas que incluye a juniors (que en las grandes son legión) y otras no, ello puede suponer diferencias de entre veinte y cien unidades menos en el denominador. También hay casos donde en el numerador se incluye toda la facturación de la empresa de servicios profesionales por cualesquiera servicios de toda naturaleza y condición, mientras que en el denominador solo se incluyen “profesionales”, o simplemente “abogados”, lo cual resulta particularmente distorsionador en las firmas que desarrollan trabajos de escaso valor añadido y poco margen, pero alto volumen, en muchas ocasiones gestionado por personal integrado en el staff que no se incluye en el denominador de “profesionales”.

Finalmente, aún de menor relevancia es el indicador relativo a la facturación por “socio” porque a las distorsiones ya apuntadas que enturbian el parámetro de facturación por profesional se suma el proceloso mundo de la categoría de “socio”, un concepto jurídico y fáctico indeterminado que pertenece a la ciencia de la ontología.

En fin, que como todo el mundo hace rankings, pues nosotros también, pero ahí se agota, desgraciadamente, la utilidad del ejercicio.

@emilgarayar

02 julio, 2012 | 07:00

Cruzando la otra noche hacia la embajada americana en Madrid me encontré con un grupo que protestaba "a la americana", blandiendo pancartas de cartón mientras andaba. El grupo era escaso, entrado en edad, y con poca pinta de entregarse a veleidade anti-imperialistas. Al acercarnos nos gritan algo que mi mujer no entendió, pero que yo descifré como "mientras miráis os están robando" ¿Los yankees?, me pregunto con sorpresa. Raro, hoy que nuestros demonios internacionales van más del lado de los compatriotas de Merkel.

Nada que ver. Se trataba de una protesta junto a la puerta de una entidad financiera incrustada cual apósito en territorio americano, motivada por agravios reales o percibidos en la comercialización de productos financieros new wave tipo preferentes, subordinadas, obligatoriamente convertibles y asimilados.

La semana ha sido prolija en información sobre este asunto, tanto más cuanto que nos encontramos en plena temporada de juntas generales de accionistas, escenario ideal para la representación de descontentos y frustraciones contra los señores de este capitalismo nuestro tan singular (me salían un montón de adjetivos menos neutros). Al hilo leo que el presidente de la CNMV se lava las manos (otro más) en este asunto, manifestando que se respetó la legalidad formal, que el problema está en la comercialización y que no pueden poner un inspector en cada agencia. ¡Ahí queda eso!

Lo cierto y verdad, por tomar prestada la expresión de mi amigo Carlos, es que en este caso hay mucho de legalidad, o ilegalidad, que es la otra cara de la misma moneda; y bastante de moralidad, idiosincrasia nacional y cultura (o falta de) financiera.

Hasta hace tres o cuatro años me arriesgo a afirmar que, para el 95 por ciento de la población, "convertible" era un coche descapotable, y "preferente" se asociaba a una clase de billete de tren o avión. Hoy, desgraciadamente, mucha gente se encuentra familiarizada con el término y no poca sufre sus consecuencias en un momento especialmente sensible por lo precario de la situación financiera de las familias e, incluso, de las empresas.

El caldo de cultivo de estos productos se cocina -a mi modo de ver- con cuatro ingredientes principales, dos coyunturales y otros tantos estructurales: necesidad apremiante para las entidades financieras de reforzar su estructura de fondos propios sin recurrir a ampliaciones de capital (porque no quieren en ese momento dilución, o porque no pueden, caso de las Cajas); entorno de tipos de interés excepcionalmente bajos, y retribuciones y márgenes en consonancia; modelo de banca universal con mucha penetración minorista; y escasa cultura financiera de su clientela. Como ven, un cóctel explosivo, unido a una perversa política de incentivos en las redes que empuja a los empleados de banca a comercializar productos, escasamente explicados y dudosamente entendidos, como si fueran meros substitutos de las veteranas imposiciones a plazo pero con mayor retribución, y, pretendidamente, igual liquidez y riesgo.

El principio del final de la historia es de sobra conocido. Ninguna de las tres premisas se demuestra verdadera, empezando por la liquidez, y siguiendo por la rentabilidad y el riesgo. A ver cómo se desmadeja este embrollo, porque hay mucha gente con los ahorros atrapados en un momento de máxima necesidad. Imagino que también aquí será necesaria alguna fórmula de socialización de las pérdidas, con mayor y más justo motivo que en el saneamiento de los desmanes de la burbuja. Pero es una mala costumbre la que estamos adquiriendo de asumir como colectivos todos los errores o malas prácticas ajenas, pues la moraleja no puede ser más negativa: irresponsabilidad individual por los errores propios; e inmunidad (patrimonial, al menos) por las tropelías.

En mi opinión todo esto es síntoma de una patología que no se cura con el borrón y cuenta nueva de turno. Hay que actuar del lado de la prevención y, por qué no, del de la represión.

Se hace patente una tremenda falta de cultura financiera del público combinada con cierto abuso de confianza de la Banca, o de algunos actores de la Banca, por no generalizar. En cualquier caso, es manifiesto el conflicto de intereses en la recomendación de inversión en la coyuntura en que se produce. Y no me vale que opongan la eximente de la firma de la declaración MIFID con el perfil de riesgo del inversor porque los minoristas firman lo que les pone delante el gestor "de confianza" de turno. Consumada la tropelía, se le jubila o cambia de destino, y a por la siguiente campaña de comercialización. Si la CNMV está en este asunto para verificar folletos de cincuenta páginas con letra microscópica y lenguaje alambicado, mejor que lo deje.

Se hace necesario aquí y ahora actuar en un doble ámbito. Enseñar los rudimentos de las finanzas en el escuela y repensar si este modelo tan nuestro de banca universal de altísima penetración minorista no necesita de una gestión de conflictos de intereses a la altura de los derechos de protección del consumidor y usuario.

Tanto más necesario resulta una re-moralización de las prácticas financieras y bancarias. Un código ético que se cumpla, de verdad, y regímenes de sanciones duras para quienes lo incumplan, caiga quien caiga. Una justicia ágil tampoco vendría mal para llenar la función de prevención general y especial, y también la de la represión. La sensación de impunidad alienta estos comportamientos y genera frustración en quien se conduce como debe, a la par que expande valores indeseables en la sociedad.

No todo lo legal es moral. La calidad del sistema económico y, por ende, su atractivo para inversores y prestamistas también se mide por estos parámetros.

@emilgarayar

imagen de Ignacio Rúiz-Jarabo

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Abogados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

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