El ejercicio onanista por antonomasia del político español del ramo es cantar las estadísticas de Turismo al cierre de cada ejercicio: ¡hasta el cielo y más allá! Setenta y cinco millones de almas, con sus respectivos cuerpos, pisotearon un ratito la piel de toro y archipiélagos adyacentes.
No caeremos en el tan español vicio de despreciar, criticar y hasta demonizar las buenas noticias. Ya se sabe, no son noticias. Año tras año batimos récord de visitantes, y con él, aunque no va de suyo, récord de ingresos. Tan importante es -a mi juicio- el sector turístico para España que es este rubro y no otro el que nos mantuvo en pie en plena hecatombe económica bajo la égida del de la conjunción planetaria. Empleo precario, temporal y mal pagado, pero empleo, a fin de cuentas. Más de un millón y medio de ocupados, y subiendo.
Esta semana se celebra en Madrid la mayor y más importante feria turística mundial: FITUR 2017. Buen momento para medir la temperatura del sector.
Huyendo de mi proverbial dispersión me gustaría centrarme en dibujar algunos trazos de nuestra industria hotelera, sobrevolando su coyuntura para decantar algunas tendencias estructurales que a mí me parece detectar y que en ocasiones pasan desapercibidas entre tanto follaje de cifras de ocupación, ingresos y presencia internacional.
Aparentemente, los hoteleros tienen dos preocupaciones: los tíos de la colchoneta hinchable en el salón, también conocidos como AirBnB, y sus imitadores de toda suerte y condición (Home-away, couchsurfing et alii); y Montoro, por lo de la subida del tipo de IVA, que del resto mejor no hablar no vaya a ser que se dé por aludido y se marque unas paralelas (no es un ejercicio gimnástico a pesar de su nombre). Adicionalmente, en un alarde de geo-estrategia, a veces pueden hasta valorar el impacto de coyunturas políticas internacionales tipo BREXIT, pero poco rato, se les pasa en cuanto ven la evolución de las reservas y, sobre todo, del precio medio (ADR, ese acrónimo tan elocuente).
Vaya por delante que yo de hoteles no sé nada, que para eso ya está mi hermano. Pero con el atrevimiento que da la ignorancia y desde una cierta distancia con el día a día de la industria, a pesar de mis vínculos con la misma, oso afirmar que se trata de un claro ejemplo de árboles que no dejan ver el bosque.
No deseo ser agorero, ni encarnar al tipo que enciende la luz para gritar que la fiesta se acabó, pero considero que en términos generales y con contadas y honrosas excepciones, la industria hotelera española está mayoritariamente obsoleta, adolece de una preocupante falta de competitividad, se muestra particularmente reacia al cambio y la transformación digital, presenta una oferta tremendamente fragmentada, sin una clara propuesta de valor, ni posicionamiento ni diferenciación de producto. Evidentemente lo anterior no es en su mayor parte predicable de las grandes cadenas hoteleras españolas, pero estas son una escasamente representativa minoría dentro del universo hotelero. E incluso tampoco son ajenas a alguna de las debilidades apuntadas.
Y Ustedes dirán que esto es lo de Galileo … e pur si muove, y que ojalá todos los sectores productivos en España lo hicieran “tan mal” como los hoteles, visto lo visto. Pues bien, yo les diré que el turismo en España se sostiene en gran medida por el mundialmente reconocido efecto Rajoy, de moda en las mejores escuelas de negocio y estudiado en todas las cancillerías europeas, que consiste básicamente en hacerse la estatua de sal (en plan mannequin challange) esperando que el mundo se hunda en tu rededor … ¡y se hunde! ¿No me creen?
Hoy Canarias lo peta. Todo el año es primavera, es decir, temporada alta, que ni en el Corte Inglés. Han exiliado de sus playas hasta a los jubilados del IMSERSO. El archipiélago de las Afortunadas se ha erigido en el epítome del éxito turístico español. Sin embargo, no hace falta remontarse al Pleistoceno para recordar como Canarias tuvo que ser rescatada del abismo mediante la aprobación de urgencia de un Plan Canarias dotado con 25.000 millones de Euros, de los cuales 10.000 millones a invertir en el cuatrienio que seguía a su fecha de aprobación: ¡Año 2009! ¿Qué ha pasado entre entonces y ahora? Es cierto que la coyuntura económica mundial, y singularmente la europea, se encontraba entonces en sus horas más bajas, y el hundimiento del turismo se emparejó con el estallido de la madre de todas las burbujas inmobiliarias, pero la “recuperación” del mercado turístico, y con ella la de la economía canaria, no se explica sin computar como merece el efecto de la Primavera Árabe, que social y políticamente, para su desgracia y la de la humanidad, ha sido más bien invierno.
En efecto, España reina en el panorama turístico europeo por muchas razones, pero de las mismas unas cuantas de gran peso resultan absolutamente ajenas y fuera del control de nuestra industria turística. En el exterior, el desolador panorama político y social de todos nuestros vecinos mediterráneos del Sur y Este, que no solo no va a mejor, sino que incluso se complica (v.gr. Turquía); efecto éste agravado por una timorata población europea en acelerado proceso de envejecimiento que está para sopitas de marisco y buen vino. En el interior, unas infraestructuras físicas a la cabeza de cualquier país desarrollado, a las que por su juventud no ha dado aún tiempo a deteriorarse, y el modo de vida español, dicharachero e indulgente con los pecadillos capitales que proporcionan alegría al cuerpo; a los que sumar la calidad de nuestra Sanidad y a la Guardia Civil.
Y más allá de coyunturas, que no todo es empedrado, bien se puede afirmar que la distribución en la industria hotelera ha cambiado en los últimos años. Para nuestra suerte, como país y como industria, los empaquetadores de producto han ido sucumbiendo a las fuerzas de internet, lo que ha emancipado a viajeros y destruido (parcialmente) el sistema de garantías que tanto magro ha expropiado a nuestros hoteleros, quienes corriendo con la inversión y el riesgo se llevaban las migajas del pastel a mayor beneficio de los Tour Operadores que pastoreaban rebaños desde origen. Sin embargo, estos han sido sustituidos por fuerzas no menos voraces e incluso más poderosas, las OTAs (Bookings y Expedias varios), plataformas de distribución on-line de nuestra oferta que por una módica mordida de hasta el veinte por ciento de los ingresos canalizan a viajeros de toda procedencia hacia los hoteles españoles. ¿Qué margen hay que tener para resistir un mordisco del veinte por ciento de las ventas brutas por parte de un distribuidor?
¿Hay remedio? Sí claro, la venta directa. Pero para vender hay que posicionarse, diferenciarse, comercializar en origen … en fin, estrategia, trabajo e inversión. Es algo más que una página web bonita y un video 360.
A esta hora muchos hoteleros no se han percatado de que no venden “estancias”. De que un hotel es una plataforma física, y hasta virtual, de distribución de productos a unos clientes por cuya captación pagan un alto precio, y que una vez en su casa, e incluso antes de llegar a ella, abandonan a la suerte de todo tipo de comisionistas, intermediarios, y rapaces variopintos.
Hay dos palabras que deberían estar grabadas a fuego en el frontispicio de cualquier hotel, y cinceladas en la cabeza de sus gestores: UP-SELLING y CROSS-SELLING … En Ibiza ya lo han entendido, y así les va.
¡Buena semana, y buen FITUR!

 

 

06 enero, 2017 | 20:24

Cuenta el Presidente electo sus twits por victorias. Sin salir (aún) al campo ya ha conseguido abortar dos deslocalizaciones de enjundia hacia Méjico (Carrier y Ford).

¡América First! Salvado el rust belt al que debe la presidencia, al menos de boquilla.

Su nada eufemística vocación de redimir puestos de trabajo en USA, y repatriar dineros y empleos con la política del palo y algo de zanahoria, hace removerse en sus sepulcros a librecambistas de todo tiempo y condición. Este doloroso camino de la globalización, que a tantos ha dejado y seguirá dejando en la cuneta, ha sacado al mayor número de seres humanos de la pobreza como jamás en la historia. Con todas sus luces y a pesar de tantas sombras.

Me temo que offshoring ha pasado a ser una palabra maldita en el vocabulario de los gurus del management y demás acólitos. La marcha atrás de la historia, el famoso péndulo. Ahora toca onshoring. Tanto más vista la fijación del Presidente electo con China, Republica Popular, el demonio amarillo que -según Trump- se ha apropiado de billones americanos en el ejercicio legítimo del comercio.

No barruntan días de gloria para el comercio mundial. Sin embargo, creo que este proteccionismo de nuevo cuño, que resuena al caduco reparto del trabajo de inspiración colbertista, no va a producir en USA el efecto perseguido por su primer apóstol.

Asumiendo que la deslocalizacion y el offshoring tienen una lógica industrial en términos de ganancias de productividad y eficiencia, los obstáculos a esos movimientos corporativos deberían penalizar la productividad de las empresas americanas, encareciendo sus costes de producción y resultando menos competitivas frente a competidores foráneos. Previendo que tal penalización competitiva sería compensada por la vía de un forzado encarecimiento de las importaciones, salvaguardando de esa guisa a las empresas patrias mediante la imposición de aranceles, quien finalmente pagaría el pato sería el propio consumidor americano en forma de mayores precios. Mas ello no impediría que las empresas protegidas vieran mermada su capacidad para competir en un mercado global, que lo seguirá siendo a pesar de Trump.

Pero es que yo creo que nada de lo indicado en esta descripción de manual va a ocurrir. Ni se van a rescatar empleos que en el normal devenir de la industria se perderían, ni subirán los precios en el mercado americano, ni las empresas americanas perderán productividad en detrimento de su privilegiada posición competitiva mundial.

Es más, aventuro que ese incentivo forzado redundará en una más rápida destrucción de empleo como tendencia ya no coyuntural, sino radicalmente estructural. Y ¿por que? Pues porque -a mi juicio- se acelerará el cambio de paradigma industrial que ya está aquí como consecuencia inexorable de la revolución digital. Ello va a traer, ya está trayendo, unas ganancias exponenciales de productividad y un rediseño radical de procesos que tienen por común denominador la destrucción masiva de puestos de trabajo en todas las industrias.

Es evidente que a China le va a hacer daño pues supone revertir una tendencia mundial sobre la que apalancó su despegue económico, y que le ha llevado a convertirse en la fábrica del mundo con la inestimable ayuda de la brutal transformación de los procesos logísticos sin los cuales el desacople entre mercados productores y consumidores no se podría haber producido. También es cierto, empero, que a esta hora de China el mundo no se acaba en el mercado americano, y que por el camino ha generado un muy notable mercado interior de una talla homologable en términos de consumo a la del propio mercado americano.

Pero es que el onshoring ya era antes del advenimiento Trump una tendencia industrial subyacente que con el indeseado impulso político que se avecina unido a la cada vez mayor aceleración de los avances tecnológicos, en una permanente hibridación que se retroalimenta, no hará sino precipitarse en un súbito y repentino cambio de paradigma industrial.

En efecto, apúntense el nuevo palabro que marcará esta nueva era y que no es otro que el de “fabricación distribuida”, es decir, la reversión del proceso de deslocalizacion en la permanente búsqueda de ahorros de costes unidos a economías de escala que hicieron, han hecho de China la fábrica del mundo.

Se trata ahora de acercar los centros de producción a los de consumo, y no sólo por conciencia medioambiental, que también, sino fundamentalmente porque cambia, probablemente ha cambiado ya el paradigma de consumo, y, por tanto, el de producción. Se tiran series mucho más cortas y mucho más adaptadas al gusto del consumidor local, o, por mejor decir, de las diferentes tribus de consumidores locales.

Un molde ya no vale para todos. De hecho, con la impresión 3D un molde ya no vale para nadie. Ya no se vende lo que se produce, se fabrica lo que se vende. Y sino me creen piensen en el modelo INDITEX para el textil. Aún con la mejor logística no es posible, ni siquiera rentable, ajustar la producción al cambiante gusto del consumidor en cuestión de días, incluso horas, fabricando desde el lejano oriente. Y no es solo una cuestión de tiempo de reacción, no, sino del propio paradigma industrial. De lo que hoy se puede hacer con la impresión 3D y todas las demás tecnologías que se hibridan en este nuevo paradigma: inteligencia artificial, robótica, nanotecnología, biotecnología, ingeniería genética, y tantos y tantos otros avances concurrentes que desembocan en esa revolución digital de progreso tecnológico exponencial.

En definitiva, la escala, en términos de producción, ha perdido gran parte, sino toda, su ventaja competitiva, lo cual deja aún más expuestas sus muchas externalidades negativas. Hoy se puede proclamar sin demasiado temor a equivocarnos que Henry Ford ha muerto, y con él la cadena de producción. Se tardará un tiempo en enterrarla, pero muerta, muerta esta.

Y por si la vuelta a la producción distribuida no jugara definitivamente en favor del onshoring americano que aventuramos, la radical superioridad tecnológica actual de los Estado Unidos hará el resto. Es difícil recordar un periodo en la historia industrial reciente en el que un solo país monopolice en el modo en que hoy lo hacen los Estados Unidos la vanguardia de todas las tecnologías relevantes no solo para el avance de la industria o el comercio, sino también para el progreso mismo de la humanidad. Y no parece que Trump, a pesar de intentarlo con todas sus fuerzas, sea capaz de echar abajo por si solo tamaño liderazgo.

En conclusión, Trump el solito con su twiter va a hacer mucho por la consolidación del cambio de paradigma industrial pero muy poco por la salvaguarda de los empleos americanos más expuestos a la revolución digital. De hecho, aventuro que le va a salir el tiro por la culata.

El tiempo dirá si Trump o yo nos estamos equivocando. No creo que esté en cualquier caso muy preocupado por mi pronóstico, ni por casi nada.

Espero que los Reyes se hayan portado. ¡Feliz Año 2017!

26 diciembre, 2016 | 16:56

En nuestra infancia (allá por los años 70) contábamos un chiste “inocente” que los osados acababan con lanzamiento salivar a la faz del compañero. Era el del niño presumiendo ante su madre de sus habilidades sobre dos ruedas: “Mamá: sin manos, sin pies... ¡sin dientes!”

Pues algo del estilo le está pasando a la Banca española en sentido figurado. Lo traigo a colación tras la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE que esta misma semana se pronunciaba sobre la retroactividad ex tunc de los efectos de la nulidad de pleno derecho de las cláusulas suelo.

De colonizar cada esquina de su barrio en un florecer de eterna primavera a lomos de un ladrillo que ella misma espoleaba, conquistar mercados de ultramar, con el cielo por límite sin apenas pasar por Madrid; a marchitarse y caer en el pozo, cráter tras el estallido de la madre de todas las burbujas.

Cuando en el año 2009 arrancábamos con las refinanciaciones en serie de las promotoras inmobiliarias era habitual lidiar con un pool de más de veinte entidades financieras, mayoritariamente cajas de ahorros. Hoy podemos hablar de seis entidades de banca universal de significación nacional (con todo respeto a rurales, cooperativas y banca especialista), y ninguna caja de ahorros no rural o cooperativa de crédito.

Desde el año 2008 el sector bancario ha destruido más de setenta y cinco mil empleos (estables y bien retribuidos), y ha conducido el número de sucursales al de 1979. Síntomas físicos de una crisis estructural que nos evoca aquella figura ochentera de la zona de urgente reindustrialización. La factura: trescientos mil millones de Euros privados y más de cuarenta mil millones de ayudas públicas difícilmente recuperables. Y seguimos sumando.

Pero mi propósito no es abundar en las causas de la profunda y estructural crisis a la que se enfrenta el sector por razón de los tipos de interés negativos, la represión financiera, las exigencias regulatorias de capital, el exceso de capacidad, los irrecuperables costes hundidos, y, fundamentalmente, el nuevo paradigma digital de la economia y la necesaria reconversión radical de su propia propuesta de valor. Con lo anterior ya han tocado suelo, pero con todo ello no sería suficiente para “perder los dientes”, volviendo al chiste que da entrada a este post.

Lo que a mi juicio ha dado la puntilla a la Banca como industria ha sido la crisis de credibilidad que las entidades han generado y que ha destrozado la confianza del público, pilar este sobre el que se construye el edifico de la administración y gestión del dinero ajeno, ora tomando depósitos ora administrando créditos. No existe, en efecto, negocio más vulnerable que la Banca al descrédito público, a la crisis reputacional. La más solvente y venerable entidad financiera apenas resiste un embate de desprestigio o desconfianza, y de ahí el demoledor efecto de las estampidas de ahorradores sobre su solvencia e, incluso, sobre su existencia. Los famosos bank runs. Y por ello su estricta supervisión prudencial de parte de reguladores públicos, el permanente escrutinio de su balance, la tutela de su estrategia, la planificación de su resolución, la cobertura y aseguramiento mutualista de depositantes a través de fondos varios de garantías. Todo ello para cimentar y proteger ese intangible que se llama confianza, reputación, credibilidad. Y al tiempo evitar crisis sistemáticas fruto de un contagio a todo el entramado financiero de problemas puntuales y no tan puntuales, de alguna o algunas entidades.

Y sin embargo, desde la misma primera hora de la Gran Recesión no ha dejado la Banca española de cavar una profunda y, a mi juicio, final tumba de descrédito en la que sepultar su negocio, cuya última palada ha sido la reacción de espontánea rebeldía frente al penúltimo revés judicial procedente de Luxemburgo en forma de condena final a la cláusula suelo.

Las urgencias de la crisis condujeron sin mayor reflexión y escasa consideración comercial, e incluso moral, a la búsqueda y captura de capital a todo precio con el que apuntalar un edificio contable con aluminosis irreversible en forma de cartera de crédito deteriorado, dependencia financiera de mercados mayoristas, extrema exposición y vulnerabilidad a fluctuaciones internacionales, hundimiento y cierre de mercados de Titulización, y modelo de negocio basado en expectativas irracionales de revaloración de suelos y vuelos. En esta coyuntura de urgencias se hicieron presentes preferentes, obligaciones subordinadas, convertibles, necesariamente o no, y hasta cuotas participativas de cajas de ahorro con las que regar a un público financieramente analfabeto y ávido de rentabilidad sin “riesgo”.

Y con la gran recesión llegó la represión financiera y su corolario de tipos de interés negativos, sumados a las reforzadas exigencias de capital y una estructura de costes  insostenibles para los tiempos en que vivimos, que estrangularon cuentas de explotación en un entorno de deterioro masivo de balances, incentivando nuevos comportamientos comerciales bordeando la legalidad por la parte de fuera con los que ahondar en la herida.  Aluvión de comisiones como respuesta para una clientela adicta al todo gratis y reacia en extremo a pagar por servicio alguno (y no sólo los bancarios, llámense educación, sanidad, música o películas).

Mas si malo es pecar aún peor es no mostrar arrepentimiento ni propósito alguno de enmienda, sacando pecho de lo hecho (cláusulas suelo) y atrincherándose en la legalidad formal, cuando la batalla está perdida de antemano, y si no, al tiempo.

Una derrota más ¿otra batalla? No, seguramente la guerra. El daño a la credibilidad, a la reputación, a la confianza es irrestañable. Para mí se trata de una industria que, como la conocemos hoy, se halla herida de muerte. No resucitará, y solo cabe esperar a su entierro, que no vendrá de reguladores sino del cambio de paradigma del mercado y de la votación con los pies del cliente.

Una industria obsoleta que ha muerto pero que aún no se ha dado cuenta de ello. Un sector zombie, irrecuperable –a mi juicio-, que será desplazado sin grandes traumas, al menos del lado del consumidor, por otros actores provenientes de otras industrias acordes con los tiempos digitales en los que vivimos.

Para mí el fenómeno es imparable y solo puede verse acelerado por el ritmo del cambio y la velocidad de los avances tecnológicos. El crédito nació de la financiación comercial y desde ahí se volverá a reinventar. La acelerada desaparición del dinero en efectivo, el blockchain, las criptomendas, la inteligencia artificial y su capacidad de tratamiento masivo de datos, la hiperconectividad, la movilidad, la anticipación de necesidades del cliente, individualización del servicio y respuesta en tiempo real necesariamente anuncian un final inminente de los servicios financieros minoristas en Banca universal, tal y como hasta hoy los hemos conocido. Por cierto, a un coste de producción abismalmente inferior al actual, y por ello ofertables a un precio imposible para la industria actual.

Para los nuevos entrantes todo son ventajas y apenas se enfrentan a mayores obstáculos que la oposición regulatoria con la que sean capaces de enfrentarles los lobbies engrasados por los incumbentes. La desafección del público ya la tienen, y a poco que surja una oferta competidora capaz de generar un mínimo de confianza la migración será  repentina y en masa.

Y no es una apuesta por las fin-techs, no. ¿Quien disfruta de mayor capacidad de análisis de riesgo cliente que Facebook o Google?¿Quien procesa mayor volumen de transacciones comerciales minoristas que Alibaba o Amazon? ¿para que necesita Apple Store un banco?

 

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

19 diciembre, 2016 | 11:43

Tengo debilidad por el chascarrillo fácil, remedo del estilo de titulares en The Economist. Me encanta su utilización de palabras de análoga pronunciación y diferente significado. Pero esto es un derrape. Lo cuento para justificar lo burdo del titular, a pesar de la trascendencia material del sentido que quiero darle.

Este post no va ni de Steve (Jobs) ni del Santo (Job) y su proverbial e icónica paciencia. Va de empleos. De algo que, durante años, quizás décadas, ha aparecido como la primera preocupación de los españoles encuesta tras encuesta, por encima incluso de la desazón que genera padecer a esta clase política.

España ha venido tradicionalmente siendo el peor alumno de la clase en el capítulo de empleo, y hasta en el de empleabilidad. Cualitativa y cuantitativamente. Incluso respecto de países con una coyuntura económica objetivamente más débil que la nuestra como Portugal, Italia y hasta Grecia. Hemos batido récord tras record en la carrera hacia la desolación personal y social en que deviene el desempleo masivo, estructural. Para colmo, pocos nos baten en la baja calidad de nuestro empleo tanto en términos de cualificación profesional como de temporalidad.

Ocurre, sin embargo, que la enfermedad del desempleo que tradicionalmente nos ha asolado apunta a mutar en el corto plazo en epidemia. Mal de muchos, y no solo de los españoles, triste consuelo. Y ello por encima de coyunturas económicas. Paro estructural y masivo consecuencia de la Cuarta Revolución Industrial en la que sin apenas darnos cuenta hemos entrado y para la que, ciertamente, en tanto que sociedad no estamos mínimamente preparados.

Nada más lejos de mi intención que acogerme al manido recurso de anunciar el apocalipsis. El español por naturaleza adora vocear malas noticias. Las buenas no son noticia. Pero jugar al avestruz con un asunto de la trascendencia social del empleo de poco o nada servirá.

Pensemos en el coche autónomo, necesariamente eléctrico. Por definición, un vehículo auto-conducido no necesita conductor. Es más, anticipo que en menos de diez años a los humanos no se nos permitirá conducir un automóvil por razones de seguridad propia y de los demás. Ni las compañías de seguros cubrirán los riesgos inherentes a un vehículo con conducción humana. ¿Por qué? Por la inferioridad demostrada del hombre frente a la máquina en estas lides. La tasa de accidentes en un entorno de vehículos autónomos se reducirá exponencialmente. Anticipo por pura intuición que en más de un noventa por ciento.

¿Qué significará todo ello para el empleo? Pues como efecto inmediato la desaparición del empleo de “conductor” sea éste repartidor, taxista, camionero o conductor de autobús. Pues bien, solo en los Estados Unidos se estima una destrucción por encima de los diez millones de empleos, incluyendo conductores, aseguradoras, concesionarios, talleres y trabajadores de industrias auxiliares del automóvil como los parkings.

Es más, se anticipa un cambio de paradigma en la relación del hombre con el vehículo a motor, icono de libertad y emancipación en el siglo XX. Hasta los propios fabricantes abjuran del automóvil. Ahora desean erigirse en proveedores de soluciones de movilidad. Miren si no el éxito de Car2Go en Madrid, promovido por empresas tan poco sospechosas de jugar a la disrupción de mercados como Daimmler (a la que en los próximos días se suma el grupo PSA-Peugeot-Citroen). En efecto, se anticipa que el coche dejará (puede que haya dejado ya entre las nuevas generaciones) de ser objeto de deseo, y el segundo gasto más importante de los hogares tras la vivienda.

¿Sabían que un vehículo se utiliza de media un 4% del tiempo de su potencial disponibilidad? Es decir, durante un 96% del tiempo está parado en el garaje o en la calle, deteriorándose material y financieramente, y ocupando un espacio físico que, al menos en el caso de las grandes capitales, tiene un coste superior al del propio vehículo (a la plaza de garaje me refiero).

Y es que con la llegada del coche autónomo y su corolario de abandono del paradigma de la propiedad al uso en tanto que solución de movilidad se prevé una disminución de la flota de vehículos de casi el 99% solo en los Estados Unidos.

¿Se imaginan los millones de metros cuadrados de suelos y vuelos liberados en nuestras ciudades? Sin duda, los ciudadanos podrán recuperar la ciudad para el peatón, el ciclista, el skater. Los cielos estarán más limpios, y correr por Madrid no entrañará, como hoy, un mayor riesgo para la salud que atiborrarse a donuts delante del televisor. Hasta Carmena se libraría de las críticas por cerrar al tráfico la Gran Vía, o el Paseo del Prado, o Fuencarral.

Indudables efectos positivos y deseables. Pero ¿con las legiones de desempleados que generará a ciencia cierta el coche autónomo que haremos? ¿Y con las gasolineras? ¿Y con los talleres? ¿y con los Concesionarios? ¿Y con los Parkings?

Dice Bill Gates que tendemos a exagerar los cambios que acaecerán en el corto plazo (dos próximos años) y a subestimar los cambios a diez años vista. Pero en estas previsiones, por suerte o desgracia, poca especulación hay.

Nos enfrentamos a la inminente desaparición de multitud de industrias, valga la del automóvil en propiedad como ejemplo, sin que nadie por estos lares se haya parado a pensar cómo nos preparamos para un tsunami de tal magnitud.

Y, entre tanto, seguiremos discutiendo de la LOMCE.

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

12 diciembre, 2016 | 16:03

Llevo semanas, algunos meses instalado en el silencio bloguero. No creo que muchos me hayan echado de menos. Tampoco es tragedia para las letras españolas que, de seguro, bien pueden ahorrarse mi periódica “contribución” sin por ello languidecer. A las ciencias mejor no mentar.

Vuelvo a la carga con renovado entusiasmo. Convencido y comprometido (el cementerio está lleno de bienintencionados) con la voluntad de realizar alguna aportación en positivo a aquellos que me honran con dedicar a este blog un trocito de la más valiosa de sus posesiones: su tiempo. No lo oculto. Mis editores me han tirado de las orejas por ésta, mi desidia de estío que, de pertinaz, despertó al invierno. Razón no les falta, y ocupar una ventana valiosa como la bitácora de este Diario para dedicarla a la niebla, al amor vacui, no es de recibo.

He permanecido mudo, pero no inerte. Mis ya añejas neuronas han seguido apareándose a su libre albedrío, y esta orgía cerebral (¿sinapsis?) aleatoria y esporádicamente decanta algún deshecho de algún provecho que me dispongo a compartir con lectores y amigos para mi desahogo y -espero- su solaz. La conclusión de éste mi rumiar puede resumirse en una frase ya proverbial del gran filósofo Van Gaal: Siempre positifoo, nunca nejatifoo. Pues eso, lo de la “botella medio llena”, transmitir mensajes de alguna utilidad, con simiente de valor.

Yo creo que es un vicio muy español, en el que me reconozco, abusar de la crítica fácil, lacerante, mordaz, irónica, histriónica, pícara y quevediana, como un fin en sí misma. No se trata de criticar para desmentir, contrastar, contradecir, verificar, probar la veracidad de la premisa y el acierto u error de su conclusión, sino de ridiculizar el mensaje y de corrido, si se tercia, al mensajero. Y eso destruye. Hace ruina, residuo, pero no cimiento de edificio argumental, lógico, físico o metafórico alternativo alguno.

Lo vivo en mi día a día profesional, y hasta en el personal. Echo en falta el uso del “pero” después del rotundo “no”. Son todos Sanchistas - no es no – aunque luego equivoquen la ortografía y le voten con “b”. No se puede, no se debe cerrar una puerta sin abrir otra. Cuando alguien sale a campo abierto con un “esto no”, tiene la obligación moral, profesional y personal de continuar la frase con “pero quizás esto otro sí”. Muchos dirán que el posibilismo es la antesala de la frustración, y es probable que estadísticamente estén en el tramo bueno de la mediana, pero tanto Doctor NO nos condena a la inacción, a la melancolía, al estancamiento, al aburrimiento … a la decadencia de nuestro propio marchitar social, colectivo e individual.

El hombre sensato se adapta al mundo, el temerario pretende que el mundo se adapte a él. El progreso está en manos de los insensatos, que diría el bueno de George Bernard Shaw. Reivindico un espacio, este espacio, para la insensatez constructiva o, al menos, aspiracionalmente constructiva. ¡Piensa en grande y mira lejos!

La renovada Caña intentará ir aportando dosis homeopáticas de insensatez. Nueva misión. Stay tuned!

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

28 junio, 2016 | 23:07

Aunque el título parezca un resumen de los octavos de final de la Eurocopa, va de suyo que no lo es. España también está fuera, y, como dice el meme que circula por internet, la mera victoria de Rajoy ya repatría el talento: 22 jóvenes de vuelta a casa.

El out británico es el del lío de los ingleses. Menudo berenjenal en que han metido a los británicos tras el referéndum del jueves. Y de paso han sacudido el árbol un tanto languideciente de la construcción europea. Está por ver si la sacudida tumba el árbol con una reacción en cadena del Norte contribuyente, y del Este nacionalista, frente al Sur “subsidiado”, o si, por el contrario, constituye un revulsivo para racionalizar y legitimar el edificio comunitario. No más Europa, sino mejor y más eficiente Europa frente a los retos de la globalización. 

Casi al tiempo, España ha ido de mayor a menor incertidumbre, aunque aún queda un buen trecho hasta que se despeje el panorama político, entendiendo por tal la formación de un gobierno mínimamente estable. Yo no aventuro que eso vaya a suceder en el corto plazo. Con suerte para el final del otoño. ¡Ojalá me equivoque!

Pero las desgracias de unos (los británicos) pueden resultar las oportunidades de otros (los españoles). Es verdad que se anticipa cierto efecto adverso sobre el turismo británico en España, más fruto de la depreciación de la libra que del resultado del referéndum. “La pinta index” (como el BigMac index del Economist pero a lo Magaluf) se dispara y retrae proporcionalmente al gran consumidor que hace de la ingesta incontrolada de cerveza el centro de su periodo vacacional en España. No estoy seguro de que una pérdida de ese negocio sea a medio plazo negativa para España. A corto, sin duda contribuirá a la mejora de la limpieza de calles y paseos marítimos.

Pero el gran daño que han infligido los ingleses a los británicos reside en la generación del peor enemigo de la economía y los negocios: la incertidumbre. Van a pasar meses, sino años hasta que se aclare el estatus europeo post “secesión” del Reino Unido. No solo por lo complejo y proceloso que sin duda resulta un proceso de esa índole, aun por escribir, sino también y fundamentalmente porque los “Mesías” de la liberación imperial británica no tienen ni pajolera idea de qué hacer con el muñeco roto. El histriónico Boris Johnson, líder virtual del Brexit, está más perdido que un pulpo en un garaje. No roadmap men! No hablemos ya del “gran timonel” Mr Farage.

Ante ese panorama tan incierto ¿qué inversor en su sano juicio va a comprometer una proyecto a largo plazo? Lo suyo es que se aclaren entre ellos, y “ellos” son muchos, visto el guirigay que se ha montado no ya solo territorial (Irlanda del Norte y Escocia, además de Gibraltar, frente a Inglaterra y Gales), sino también entre Londres City y el resto de Inglaterra, entre clases sociales (white versus bluecollar), entre generaciones (jóvenes frente a viejos), dentro de los partido con la desorientación del partido conservador a la búsqueda de un nuevo liderazgo y la implosión del liderazgo low cost laborista ..., en fin, un carajal que ni España en su peor inspiración es capaz de provocar, y eso que nuestra “cuestión territorial” da mucho de sí.

Y ¿el mal ajeno es oportunidad para España? Pues yo quiero pensar que sí, si sabemos reaccionar rápido y con criterio, lo cual ya es mucho pedir a nuestras élites políticas y empresariales. Reconozcámosles al menos en esta hora el beneficio de la duda.

Que la City de Londres no va a dejar de ser en una tarde la capital financiera mundial, con permiso de Nueva York, va de suyo. Por mucho que se empeñe el BCE y los amigos alemanes en que los euros se imprimen en Fráncfort y la política monetaria, quantitative easing incluido, se pilota desde suelo germano, no parece que haya novedad alguna de ese lado. Reino Unido no estaba en el Euro ni antes ni (lógicamente) después del Brexit, y ello no solo no mermó su poderío como capital financiera de Europa, sino que el advenimiento del Euro reforzó el atractivo de la City.

Pero no es menos cierto que su posición queda un tanto debilitada y, sobre todo y como ya anunciábamos más arriba, abonada a la incertidumbre, y en ese río revuelto puede pescar España. Con rebañar algunas migas de lo que Londres en esta hora de tribulación se pueda dejar por el camino nos podríamos dar con un canto en los dientes.

¿Qué tiene España y, en concreto Madrid, que no tengan otras plazas aspirantes a beneficiarse del mal ajeno y prosperar en el sector financiero? Por supuesto que el Spanish way of live que debe resultar “algo” atractivo cuando sesenta y cinco millones de almas deciden pasar su tiempo de ocio, el más preciado hoy en día, en nuestro país. Y ¿por qué solo el ocio y no el negocio?

Claro que para atraer el negocio no basta el cachondeo, las tapitas, el sol, la playa, y el alcohol barato (también cierta permisividad tácita hacia los psicotrópicos y su abundante disponibilidad debe contar). No. Se necesita un “ecosistema” que abone la iniciativa, atraiga el talento y lo retribuya en consecuencia, sin hostigamientos hacia el diferente y, por qué no decirlo, admirando y reconociendo a los mejores en contra del desgraciado reflejo hispano llamado “envidia”.

Argumentos tenemos. Dos de los mayores y más saneados e internacionalizados bancos de la eurozona tienen su sede en España. Tenemos un sector financiero básicamente saneado (y nuestros dineros y disgustos nos ha costado). La apuesta por la digitalización es sincera y comprometida del lado de nuestros agentes financieros quienes están dedicando una ingente cantidad de recursos materiales y humanos a la tarea. Disponemos de muchísimo talento en el mundo financiero, formado en las mejores plazas y con experiencia y sobrada valía y reconocimiento en las entidades más punteras de la economía financiera mundial. El propio sector se enfrenta a un momento de disrupción en que las viejas certezas probablemente resulten más un lastre que un trampolín, y donde, como en todo nuevo comienzo, se igualan las oportunidades de países “incumbentes” y “aspirantes”. Seguimos siendo el puente entre Europa y América latina, y nuestros bancos son con diferencia la mayor potencia en esos mercados emergentes que más pronto que tarde volverán a resultar activos y atractivos.

Además, en la medida en que el sector es objeto de una armonización regulatoria intensa en el plano internacional, nuestros políticos difícilmente lo pueden estropear. Parecen despejarse las dudas sobre nuestro horizonte político, y se abre un periodo de “previsibilidad” aun dentro de la necesidad acuciante de actualización de nuestro modelo político y territorial.

Si somos capaces de atar ciertos consenso básicos y apostar por la apertura hacia el exterior y la atracción y repatriación de talento, con una regulación, arquitectura institucional y acción administrativa por-inversores, creo que tenemos una buena oportunidad de hacer algo grande… ¡Eso sí que sería empezar a actualizar nuestro modelo productivo!

Emiliano Garayar, Abogado
@EmilGarayar 

24 junio, 2016 | 12:05

He hecho dos cosas atípicas nada más levantarme esta mañana. Encender el ipad para ver los resultados del referéndum británico sobre la UE e irme al hospital a consulta. La segunda no es consecuencia de la primera porque, aunque hijo de Brujas, nunca sentí un europeísmo encendido. Ahora recuerdo, veinticinco años atrás, como mis compañeros del Colegio de Europa, y singularmente los británicos, aplaudían a rabiar la dimisión de la Dama de Hierro.

I want my money back! Pues ya no es solo el “money”, sino la devolution completa.

¿Qué decir que nos les empache aún más tras la diarrea analítica del fenómeno Brexit que nos amenaza en los próximos días, semanas, meses, y puede que hasta años?

Pues primero, y fundamentalmente (first and foremost), que esto es un buen negocio para los abogados y para los políticos, que, como los médicos, vivimos del dolor ajeno, pero que, a diferencia de los médicos, justificamos nuestro arte agravando la enfermedad. Miles, millones de consultas, y cientos de miles de páginas de sesudos informes pretendiendo desentrañar el arcano, los vericuetos del camino de salida de la pérfida Albión. Revisión en serie de cláusulas contractuales para ver si el empedrado (v. gr. Brexit) nos permite una escapatoria del acuerdo que no nos conviene en clave rebus sic stantibus, material adverse clause, fuerza mayor, … o lo que cuadre. Y todo ello de derecho-ficción, porque pasar, aquí no ha pasado nada. En términos de lege lata hasta que la suprema voluntad soberana del pueblo inglés (y sí, digo bien, INGLÉS que no británico) se plasme en el DOUE (diario oficial de la UE), res, y para ello les aseguro que tienen que correr más hectómetros cúbicos bajo los puentes del Támesis de los que gestiona la sociedad esa del “trasvase”, sita en un lugar de la Mancha cuyo nombre no alcanzo a recordar.

Contraindicaciones de la democracia. El peor sistema una vez descartados todos los demás, Churchill dixit. Usted le pregunta al Pueblo que piense con la cabeza y le devuelve una patada en el culo straight from the guts. Afortunada expresión ésta de Jack Welch a quien la UE le amargó la jubilación prohibiéndole la fusión GE-Honeywell con la inestimable ayuda de un petit Torquemada español.

Porque vamos a ver ¿alguien piensa que el resultado del referéndum británico es la expresión de un sesudo análisis y ponderación de los pros y contras de la permanencia o abandono de la UE en tanto que miembro de pleno derecho (aunque hoy ya fuera del área Euro)? Nein. En estas suertes la política internacional apenas cuenta. Se trata de ventilar cuitas internas y adjudicar miedos, agitar fantasmas, revolverse contra el establishment, patalear, excretar la frustración de tantas y tantas alienaciones del progreso, la mundialización, la revolución tecnológica, el desarraigo, la inmigración, el debilitamiento del estado de bienestar, … la malaise, le spleen en palabras de Baudelaire.

Creo que tenemos ante nosotros el primer referéndum anti-globalización (hubo amagos anteriores en los referendos par la modificación de los tratados de Holanda, Irlanda, Francia, … apenas un aperitivo); y, tristemente, ha ganado el miedo frente a la oportunidad, la frustración frente a la esperanza, los males del pasado y del presente frente a los bienes porvenir. Y me temo que no será el último embate de la nostalgia, de la melancolía, a la búsqueda del pastor que nos conduzca de vuelta al paraíso perdido, no. Elecciones en España en un par de días y, aún de mayor importancia para el futuro de todos, elecciones a la presidencia de USA en noviembre.

Y ¿saben lo peor? Que el progreso no se detendrá, la Tierra seguirá girando sobre su eje sin que pare para apearnos, y la peor parte se la seguirán llevando esas clases medias depauperadas, ese proletariado abandonado a su suerte, gentes maltratadas por el establishment, despreciadas por élites económicas y políticas, manipulados sus anhelos, sus inseguridades, sus miedos ¿al servicio de qué?

No, no. El camino no está en el Bosque de Sherwood, Luditas.

 

Emiliano Garayar, Abogado
@EmilGarayar

11 mayo, 2016 | 08:11

Este fin de semana cerró SIMA. ¡Vaya nombre para la feria de la industria del ladrillo después de la caída libre de los últimos seis años! En cualquier caso, las críticas exudan optimismo: más expositores, más vivienda sobre plano, más demanda y pre-ventas, mayor número de visitantes… todo son parabienes.

Yo nunca había asistido y, la verdad, me pareció una feria pequeña, casi modesta, particularmente comparada con mis visitas más frecuentes a FITUR, la feria del turismo. Si el tamaño de la feria es el termómetro del sector, la promoción inmobiliaria residencial no parece llamada a resurgir como tractor de la economía nacional (afortunadamente). Pero es que cuando leo que en Madrid capital se están construyendo 3.000 nuevas se empequeñece en mi cabeza aún más. En un cálculo burdo, cuatro personas por cada nuevo hogar nos da una capacidad de crecimiento de la capital de España de 12.000 habitantes sobre cuatro millones de pobladores… prometedor.

Y es que, a pesar de la reactivación de la oferta de vivienda nueva y de que la demanda se haya reactivado atraída por precios más bajos, que no baratos, reactivación del crédito hipotecario y tipos de interés en mínimos históricos, coyunturalmente, el acceso a la vivienda en propiedad (y también en alquiler) se erige en un problema de primera magnitud con efectos devastadores sobre el futuro cercano ya de nuestra economía y, en definitiva, sobre los niveles de bienestar de la población en general (y no solo de los homeless).

Me explico. El esfuerzo medio para la comprar de vivienda parece situarse en 7,4 veces el salario bruto anual medio en la actual coyuntura teóricamente favorable, cuando lo idóneo rondaría una tasa de esfuerzo de 4 veces el salario. Con la mentira habitual que es la estadística, se da la paradoja de que el salario medio no es el salario del demandante de primera vivienda, normalmente jóvenes en perspectiva de formación de nuevos hogares. Ya conocemos la dramática tasa de desempleo de los jóvenes en España, de la extrema precariedad que padecen en su inserción laboral, y que el mileurismo pasa a ser en la práctica una aspiración y no una descripción del jornal.

Con estos mimbres se pueden explicar muchas cosas, pero la primera y fundamental es que con razón la pirámide demográfica invertida que ya padecemos solo se podrá ver agravada, pues sin emancipación y formación de nuevos hogares difícilmente van a remontar las paupérrimas tasas de natalidad españolas. Bien al contrario, el país marcha con paso firme hacía la japonización, una sociedad de ancianos y dependientes a los que sostener por un número cada vez menor de jóvenes en situaciones más precarias. ¡El dividendo demográfico pasivo!

Paradójicamente, el centro de las ciudades se va despoblando, ocupado por el sector terciario, y por una población envejecida que sí tuvo acceso a la vivienda en el momento de su emancipación, y que hoy deambula en pisos no adaptados a sus necesidades y, frecuentemente, sobredimensionados en tamaño. Esa población en gran medida dependiente cuyas pensiones reposan sobre una decreciente población activa cuya contribución al sistema de solidaridad intergeneracional que son las pensiones necesariamente mengua en proporción a lo exiguo de sus salarios.

Nos encontramos – a mi juicio - ante una anomalía de mercado en el sentido económico del término, donde la demanda no está en condiciones de casar con la oferta ni actual ni potencial. Y, además, con un cuestionamiento de la “función social de la vivienda” que proclama vacíamente nuestro texto constitucional.

Vaya por delante que yo no estoy en favor de ninguna “colectivización” de la vivienda ni análogas fórmulas neo-comunistas ya ensayadas en el pasado con los resultados por todos conocidos y suficientemente plasmados en los manuales de historia. Pero aquí tenemos un problema grave y no veo en el horizonte revolución digital que venga a poner remedio. Podremos llegar a Marte, donde no sé si la vivienda será más barata, y puede que hasta alcanzar la inmortalidad, pero aquí, en este pedazo pequeño del globo terrestre llamado España, tenemos un problema de primera magnitud sobre el que bien haríamos en ponernos manos a la obra en aras a encontrar algún tipo de solución.

No sé si la economía colaborativa nos va a sacar de esta, pero desde luego se cumplen las premisas de exceso de capacidad (en forma de metros cuadrados y cúbicos vacíos) y demanda insatisfecha …

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

 

25 abril, 2016 | 10:34

Este verano a muchos les va a tocar … Caribe, a su pesar. Por lo que me dicen España está sold out, y como los españolitos nos tomamos nuestro tiempo en eso de hacer la reserva del veraneo, pues o pasar por casa de los suegros o enfilar la travesía de la mar oceána. Los europeos y otros visitantes no solo concilian mejor, disfrutan de horarios ídem, de salarios dignos y gobiernos de coalición, sino que además compran con meses de antelación sus vacaciones.

La geopolítica sigue jugando en favor de España, y las desgracias de la cuenca mediterránea, más graves cuanto más al sur y al este, dejan a penas sin opciones a nuestros queridos conciudadanos europeos a la hora de elegir destino. Sucumbió Túnez, y Egipto, y ahora Turquía, y no digamos ya zonas calientes como Jordania o Siria.

¿Quién se acuerda del Plan Canarias que de urgencia hubo de adoptar el Gobierno Zapatero para sostener una economía que se hundía ante el naufragio del turismo y la construcción con tasas de paro superiores al treinta por ciento? Pues ahora los fondos de inversión se dan literalmente de tortas por hacerse con hoteles en una temporada turística que se alarga como nunca lo había hecho antes.

De Baleares mejor no hablar no vaya a ser que a alguno más se le ocurra como destino para estas vacaciones. Esto está literalmente de bote en bote, y se va a poner aún más imposible este verano.

Tal es la presión del turismo en algunos destinos españoles que comienza a despuntar cierto debate social respecto del retorno de la primera industria nacional. Particularmente allá donde la presión de visitantes es mayor y el territorio más sensible a la agresión.

Si España ha aguantado de pie, aunque tambaleándose, en la gran recesión del 2008 ha sido – a mi juicio – gracias al turismo (y a la solidaridad familiar). Es ésta una industria muy intensiva en mano de obra de escasa cualificación y, por tanto, generadora de empleo (precario, temporal y poco retribuido) en zonas del país donde no existe una economía independiente del propio turismo.

Pero más allá del titular sobre el récord anual de visitantes y el sempiterno debate sobre el agotamiento del modelo de sol y playa que sigue empero engordando la reserva de divisas y equilibrando la balanza exterior, la gente de algunas ciudades y territorios comienza a preguntarse si merece la pena esta especie de expropiación temporal del país particularmente intensa en la temporada de verano.

En efecto, el turismo también presenta externalidades no del todo positivas: presión sobre las infraestructuras y servicios públicos en localidades donde puede llegar a triplicarse la población estable; incremento de precios en los bienes y servicios cotidianos por la presión inflacionista de los propios visitantes, bien acostumbrados a precios más altos en su país de origen, bien dispuestos a pagar un sobreprecio por aquello de que están de vacaciones; problemas habitacionales por un incremento desmesurado de alquileres en la temporada de verano y por la explotación como alojamientos alternativos a través de las nuevas plataformas digitales que, particularmente en Baleares, está privando a los propios trabajadores de la industria de la posibilidad de encontrar una solución habitacional en la que pernoctar; contaminación acústica y presión sobre el territorio, en particular en las áreas con un equilibrio ecológico más vulnerable.

Y algunos se cuestionan ya si esto de anunciar record anual de número de turistas tiene algún sentido, más allá del titular en boca del ministro del ramo de turno. Cantidad no es sinónimo de calidad, ni número equivale a ingreso. Pero no vamos a recaer en el sempiterno debate del modelo turístico español, ni si hoy es más low cost que ayer y menos que mañana.

Creo que España tiene la enorme fortuna de reunir unos ingredientes únicos que le hacen tan atractiva para el extranjero (clima, modo de vida, geografía) y ha atesorado un importante conocimiento y una trayectoria en el mundo del turismo del que sentirse legítimamente orgullosa. Ahí están empresas mundialmente punteras que dan buena cuenta de ello.

Ahora bien, el debate debe centrarse no tanto en el turista cuanto en la captación del valor del turista. Frecuentemente, el hecho de que España ingrese menos por turista no es consecuencia de que el turista gaste menos, sino de que el dinero que se gasta el turista no llega a España. Esto ya fue moneda común en el pasado con la hegemonía de tour-operadores internacionales, el mercado de paquetes, y las famosas garantías de ocupación a precio de saldo que aún hoy subsisten en algunos destinos.

En la era de la digitalización el turista se ha “emancipado”, y puede decidir por sí mismo cómo y dónde viajar, por cuanto tiempo, y con qué nivel de gasto. Además, los nuevos formatos que van desde las aerolíneas low cost hasta los alojamientos alternativos de Airbnb, Homeaway, etc. han ensanchado la oferta y, por tanto la posibilidad de elección. Pero hoy como ayer subsiste la pugna por la captura del valor del cliente entre los jugadores de los mercados emisores y los de los mercados receptores (España).

Cuando el mordisco de las plataformas de reservas on-line alcanza casi un treinta por ciento de la tarifa bruta de un alojamiento se produce una tremenda erosión del margen de quien ha realizado la inversión y soporta el riesgo y los costes de la actividad frente a quien ha canalizado la decisión de compra del cliente. Si la aerolínea de turno consigue colocarle al cliente el transfer del aeropuerto, el coche de alquiler, el seguro y hasta la maleta, captura unas rentas en detrimento del margen de los agentes del mercado receptor.

España tiene la infraestructura turística, y en consecuencia el riesgo de la inversión y la explotación. Gracias a internet no hay límites para ofrecer nuestros productos y servicios en todos y cada uno de los rincones del mundo. Además, el turista desea una experiencia “personalizada” y lo más ajustada a sus preferencias e inquietudes. Es por tanto en la venta directa, y en el posicionamiento de cada producto en los mercados emisores, propugnando y propiciando una experiencia cliente adaptada y atractiva donde debe trabajar el sector.

Mayores márgenes, y no mayor número de turistas, serán los que permitan la renovación y actualización del producto ofrecido, y un incremento de su calidad y valor que debe igualmente pasar por y redundar en una mejora de las condiciones de empleo de todos los agentes del sector.

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

05 abril, 2016 | 19:51

Hace unas semanas la Caixa anunciaba un “banco con vistas”, como el único banco (de madera) que necesitaba el cliente. Lo demás lo podía hacer con el móvil. El problema es que como la profecía se cumpla al pie de la letra estará firmando el epitafio de su modelo de banca; y con él el del sector.

Hoy el nuevo consejero delegado de BBVA anuncia que le sobran, a plazo, dos tercios de las sucursales (e imagino que de sus correspondientes moradores). No sé si es una forma muy ortodoxa de anunciar un ERE “en diferido”, parafraseando a algún insigne político.  Parece que el Banco azul no ha podido resistir la tentación de, una vez más, contraprogramar al Banco rojo (por el color corporativo, que de inclinaciones políticas aquí no se habla). El Santander anunciaba ayer el cierre de cuatrocientas cincuenta sucursales, pero ya sin diferimiento, y sus consiguientes “salidas”.

A ello se une el reiterado anuncio por lo bajinis del advenimiento de una nueva ola de fusiones que han de concentrar aún más el sector en España (ya ha perdido prácticamente la mitad de las entidades existentes en 2008, más de diez mil sucursales y casi cien mil empleos), amén de las admoniciones sobre una enésima ronda de saneamiento de balances. Vamos, otra Purga de Benito, pero esta vez sin vaselina BCE.

¿Qué está pasando? O ¿Qué es lo que no pasa pero debería estar pasando?

El jueves me ha invitado la Asociación de Estudiantes de Finanzas de la Universidad Carlos III a dar una charla sobre el sector financiero que les espera y en el que vocacionalmente aspiran a integrarse. Creo que no seré portador de noticias muy halagüeñas a la vista no solo de la coyuntura, sino particularmente de la estructura de una industria en “disrupción”.

Adelanto algunas consideraciones para el análisis y la reflexión, pero sobre todo para la acción.

Como a todo al que no le va bien, la culpa la tiene el empedrado. La manida “tormenta perfecta”, que lo mismo explica la quiebra de países que el hundimiento de sectores. Pero puede que hablando de Banca no estemos muy lejos de la ciclo-génesis explosiva con la que nos sobresalta algún que otro hombre del tiempo al final del Telediario.

Cuatro fuerzas centrifugas amenazan con descoyuntar al muñeco: riesgos macroeconómicos y geopolíticos; política monetaria zona euro, evolución de tipos y perspectivas de rentabilidad; exigencias regulatorias; y cambio de paradigma en el modelo de negocio con disrupción tecnológica.

Centrémonos en las cuestiones estructurales, que de las coyunturales ya se encargará el inexorable paso del tiempo.

La carga regulatoria impone un pesado lastre a la industria en términos de compliance y de costes de capital que solo puede ir a más. Es la consecuencia del moral hazard al que se abonaron y que terminó con el archimentado crack financiero de la gran recesión. Dado que no pueden quebrar, se han convertido en una suerte de utility, una industria hiper-regulada sujeta a una intensa intervención administrativa. No se publificarán los beneficios (si es que hay), pero dado que sí se publifican las pérdidas se les atan las manos muy en corto: Autoridad Bancaria Europea, mecanismos de resolución, ring-fencing, sistémicos, … etc. Toda esta pesada arquitectura institucional está aquí para quedarse.

Y, simultáneamente, el cambio estructural de mercado de la mano de la revolución digital.

En un reciente estudio elaborado por PWC UK sobre las Fintech, el 83% de los encuestados manifestaban que parte de su negocio se veía amenazado por los nuevos actores digitales del sector financiero (FinTechs). Los escépticos pondrán en solfa el resultado en función del universo de encuestados. Pues el 30% de los participantes eran bancos, el 21% compañías de gestión de activos financieros, el 14% aseguradoras, y solo un 20% provenían de los nuevos jugadores. Así que un ratio 65/20 entre incumbentes y entrantes.

Por su parte, la unidad de investigación de mercados de The Economist (EIU) en su estudio sobre la banca minorista ofrece esta respuesta a la pregunta de si “en cinco años el modelo tradicional de banca minorista basado en una red de sucursales estará muerto” (sic). A lo que un 49% de los encuestados responden afirmativamente, frente a un 32% que se muestra en desacuerdo, sosteniendo nada menos que un 64% que el servicio bancario minorista para entonces se encontrará plenamente automatizado. Ciertamente, un nicho donde no buscar empleo, si es que a alguno le quedaba vocación de cajero con manguitos.  

En el mismo estudio, preguntados sobre cuáles son las mayores amenazas para la industria, donde mayor peso por regiones tenía la respuesta de “nuevas tecnologías y canales digitales” era precisamente Europa (27%), junto con la amenaza de “nuevos entrantes y cambio de paradigma de mercado” (29%).

En cuanto a qué parte del negocio tradicional se halla “amenazado” y podría ser conquistado a corto plazo por los nuevos “bárbaros” de las finanzas, en el estudio de PWC la propia industria anticipa que los nuevos entrantes en cinco años se harían con un 28% del mercado de medios de pago, con un 24% de la banca, un 22% de la industria de gestión de activos financieros y banca privada, y un 21% del mercado de seguros. Un mordisco medio del 23% de los mercados financieros tradicionales. Ello coincide lógicamente con los sectores más expuestos a la disrupción tecnológica en el horizonte 2020: banca minorista (80%); medios de pago (60%); gestión de activos y banca privada (38%); y servicios financieros a PYMEs (35%).

Y ¿quiénes son esos bárbaros que empujan hasta resquebrajar los muros del imperio del dinero?  Pues en cada nicho no son necesariamente coincidentes. Están de un lado los sospechosos habituales: ALIBABA (a quien nada menos que un 34% identifica como un jugador financiero relevante en el estudio de Startup Bootcamp FinTech London); AMAZON (32%); APPLE (18%); GOOGLE (24%); y FACEBOOK (15%).

Pero hay otros de toda clase y condición: plataformas P2P, compañías de telecomunicaciones, de consumo, banca en la sombra a manos de fondos de inversión, robots o plataformas automatizadas de gestión de activos y asesoramiento financiero, etc.

En fin, que mis queridos universitarios van a entra en un mercado en ebullición, donde se enfrentarán a tantas amenazas como oportunidades, pero en el que el factor humano, definitivamente, va a tener un menor peso del que ha venido teniendo y, mucho me temo, donde el incremento exponencial de productividad que va a traer la tecnología también se hará a costa de la retribución de la mayoría de los que allí laboren.

Bienvenido sea el cambio, pues qué podemos esperar hoy de unos Bancos que no prestan y no quieren tomar depósitos del público, según ellos mismos manifiestan.

 

Emiliano Garayar
@EmilGarayar

Sobre el autor

Abogado de profesión, emprendedor de vocación, economista aficionado, con el prisma de una mirada heterodoxa y el verbo mordaz como herramienta. Emiliano Garayar está especializado en la gestión de la complejidad: hoy concentrado en aportar remedios imaginativos a la sequía financiera, viene siendo un actor legal destacado en los grandes movimientos del sector energético. Es socio director en Garayar Asociados, siendo reconocida su visión innovadora de la abogacía y de la gestión de despachos.

Categorías

enero 2017

lun. mar. mié. jue. vie. sáb. dom.
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31          

Suscríbete a RSS

¿Qué es RSS? Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.

Listado de blogs

© Prisa Digital S.L.- Gran Vía, 32 - Edificio Prisa - Madrid [España]