Siguiendo la tradición de dotar a los mercados financieros de atributos propios del comportamiento humano (contagio, pánico, euforia, etc.) no hay bolsa que en la actualidad genere más antipatía que la japonesa. En los últimos años ha sido una de las grandes esperanzas, una recomendación habitual de los analistas (nos incluimos nosotros) y parece que, cuanto más decepcionaba su comportamiento, más intensas y justificadas se volvían nuestras recomendaciones de compra. Y en lo que llevamos de 2007 este mercado sigue empeñado en poner en entredicho nuestra capacidad de análisis: rentabilidad en divisa local muy discreta, en especial si la comparamos con bolsas de la región, a lo que se añade una depreciación de su moneda que se traslada en rentabilidades negativas a los inversores en euros.
Sin embargo, me van a permitir volver a caer en la trampa, aunque ahora sin la sintonía del resto de analistas, que ya han tirado la toalla. La justificación, no tanto la esperada y nunca cumplida recuperación de la demanda interna, sino un factor exógeno: el posible inicio de un proceso de entrada de capital extranjero en forma de operaciones empresariales, especialmente proveniente de China: si hace una semana nos sorprendió su agencia pública de inversiones con la compra de un 10% del capital de uno de los principales fondos de capital riesgo americanos (Blackstone), podemos ver operaciones similares con objetivo empresas niponas. Un plato muy apetecible para un inversor con un acreditado apetito inversor.
Si encuentran justificado mi razonamiento, les propongo una lista de fondos que pueden capitalizar adecuadamente nuestra visión.
Alberto Ruiz
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