Pocas dudas para calificar la actual crisis económica como la más grave de las últimas décadas y para localizar su origen en una crisis financiera. Si en otras ocasiones, la política monetaria, vía inyección de liquidez al mercado interbancario y reducción de los tipos de interés, había tenido un impacto directo, rápido y eficaz para revitalizar el ciclo económico, en esta ocasión, al centrarse los problemas, precisamente, en el sistema financiero, la situación es especialmente adversa. Hasta ahora, lo habitual era que el deterioro económico provocara problemas de solvencia en las entidades financieras, pero no al revés. Los bancos centrales han reaccionado incrementado de forma impresionante la base monetaria (40% en la UME y doblándola en EEUU) pero no ha tenido reflejo en la denominada “economía real”. La incapacidad de las entidades en unos casos (por problemas de solvencia derivados de pérdidas en inversiones en activos financieros “tóxicos”) y la negativa en otros (por las dudas asociadas sobre la capacidad futura de repago de los agentes) han provocado una reducción de la concesión de crédito, en una caída del multiplicador monetario sin precedentes que ha neutralizado el efecto del aumento de la base monetaria. Así, la oferta monetaria se ha moderado, con las implicaciones anticipadas por la ecuación cuantitativa del dinero: menor crecimiento del PIB y menor inflación o, en un caso extremo como el actual, caída en las dos variables económicas.
Es “sencillo”, por tanto, el veredicto: la crisis económica se ha debido a una restricción crediticia derivada de la insolvencia de las entidades que ha hecho ineficaz la política monetaria expansiva tradicional, y que ha impactado con intensidad en el PIB por la excesiva dependencia de la financiación empresarial del canal bancario.
En el más corto plazo es imprescindible reforzar los fondos propios de las entidades crediticias como única forma de reestablecer el canal de financiación, apoyando el proceso con medidas promovidas por las autoridades económicas diseñadas para sustituir, aunque sea coyunturalmente, a las entidades crediticias. A medio plazo, debemos implantar una reforma estructural que reduzca el grado de dependencia del canal bancario, como elemento de vulnerabilidad que supone para el crecimiento del PIB (como se ha puesto de manifiesto en la actualidad).
En este sentido, es obvio que la crisis financiera no afecta a todas las compañías por igual, ya que aquellas sin duda, o con ratios muy reducidos (Iberia, Inditex, Técnicas Reunidas, BME, CAF, Duro Felguera, etc.) no la sufren (aunque, lógicamente, no pueden ser ajenas al proceso de ralentización económica generalizada).
Nivel de endeudamiento de las compañías cotizadas en el IGBM
Además, las compañías más grandes pueden acudir a los mercados de capitales a captar fondos. A la habitual vía bursátil (como ejemplo reciente, Iberdrola con una ampliación de 1.325 millones de EUR) se le ha sumado una extraordinaria actividad en el mercado de renta fija, no sólo mediante la emisión de bonos plain vanilla (Telefóncia, Repsol, Iberdrola, Enagás, Gas Natural, etc.), sino también estructuras más complejas como bonos convertibles en acciones a vencimiento (Abengoa, AcerlorMittal, etc.).
Pero tanto la ampliación de capital mediante nuevas emisiones como la emisión de instrumentos de renta fija tienen como característica relevante (sobre todo en Europa) su elevado volumen requerido, como mínimo, entre 100 y 200 millones de EUR. Es decir, una empresa mediana española que necesite, por ejemplo, 50 millones de EUR no puede recurrir a los mercados de capitales, que están “diseñados” para operaciones más grandes, por lo que sólo le resta el canal bancario (¿y qué pasa si éste se cierra?) porque, además, su dimensión puede ser excesiva para programas de préstamo, líneas de financiación y/o ayudas gubernamentales. Es para este “nicho” de compañías (fondos propios entre 6 y 200 millones de EUR) para el que necesitamos una reforma en profundidad del mercado de capitales, que sólo se puede hacer mediante el apoyo de las autoridades. En ese sentido, el Mercado Alternativo Bursátil para empresas en expansión (MaB EE) es una iniciativa española que está en la dirección correcta (equivalente al AIM británico y al Alternext francés): permite a empresas de menor tamaño captar fondos propios, en un mercado mucho más flexible, con ventajas para el emisor y que debería venir acompañado con ventajas también para el inversor.
Si queremos cambiar el patrón de crecimiento de la economía española, es obvio que necesitamos hacerlo desde la base, y uno de sus componentes fundamentales es la financiación empresarial, hasta ahora, excesivamente dependiente del canal bancario. Aprovechemos esta crisis para implantar reformas estructurales encaminadas a incrementar el potencial de crecimiento a medio plazo y a dotar a nuestra economía de una mayor fortaleza para el nuevo entorno en el que nos desarrollaremos. Es difícil anticipar cómo será, aunque sí me gustaría apuntar un par de ideas. La primera es que podríamos asistir a un repunte generalizado de la inflación. Si finalmente el aumento de base monetaria se transforma en oferta monetaria y la “estrategia de salida” de los bancos centrales se demora por la persistencia de dudas sobre el crecimiento del PIB, la ecuación cuantitativa del dinero a la que antes hacíamos alusión anticipa el riesgo en su último término: inflación. Si, además, tenemos en cuenta que los gobiernos presentarán elevados porcentajes de endeudamiento, por lo que estarán interesados en que se desarrollen procesos inflacionistas, parece oportuno asignar ciertas probabilidades de ocurrencia a un entorno de crecimientos del IPC de entre el 5% y el 10% en los próximos 5 años. Las empresas y los inversores deben ser conscientes de estos riesgos por lo que deberían comenzar a plantearse coberturas, para lo cual necesitan oferta de producto, una oportunidad de negocio que las entidades financieras no debieran dejar pasar.
La segunda reflexión sobre el futuro hace referencia a los países emergentes. Evidentemente están experimentando una pérdida en sus tasas de crecimiento del PIB (y superior a los países desarrollados en algunos casos como los bálticos) pero China o India van a presentar avances por encima del 5% (en el caso de China los principales organismos internacionales han revisado al alza sus previsiones). El proceso de cambio en el mapa económico mundial que empezó hace unos años se va a acelerar por la actual crisis, lo que no hace más que adelantar el momento en el que China superará a Japón como segunda economía (podría hacerlo a finales de 2010) y a EEUU como primera (2027). Si en el periodo 2008-2009 el PIB de EEUU va a caer un 1,7% acumulado, el de Alemania lo hará en un 4,4% y el de Japón en un 6,8%, mientras que el de Brasil crecerá un 3,7%, India un 12,1% y China un 16,1%. El eje (o ejes) del poder económico mundial están cambiando y debemos saber cómo para poder aprovecharlo.
En este punto, una última consideración: aunque España, como es lógico, está sufriendo la crisis económica, y su demanda interna puede estar sometida a presión durante más tiempo por los “excesos inmobiliario”, puede encontrar en la demanda externa cierto elemento compensador gracias a los rendimientos de la importante inversión directa en otros países realizada en años anteriores (y que explica en un 50% la captación de fondos financieros en el exterior, que no sólo tuvieron como destino “ladrillos”).
David Cano Martínez
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