El modelo chino
Hace unos años, en la fase de bonanza, asistí a una presentación de un informe de un organismo internacional en el que se animaba a los países de América Latina a ha copiar el modelo chino y que gobiernos y empresas colaborasen conjuntamente para mejorar la competitividad.
Coincidía con la revuelta de los profesores mejicanos de Oaxaca y yo intervine para decir que según el modelo chino el gobierno mejicano debería acabar con las revueltas, caiga quien caiga, como hicieron los chinos en Tiananmen, el pasado verano en el Tibet y como volverá a hacer ahora en Xinjiang. Y recordé que China sigue siendo un país pobre y que los países con mayor renta por habitante en ninguno de ellos los gobiernos tienen un papel activo en la promoción del crecimiento. De hecho en esta maldita crisis, los gobiernos tardaron en intervenir por el temor a errores pasados.
China tiene mucho mérito en su reducción de la pobreza desde los ochenta pero ningún modelo se puede copiar. El secreto chino es su capacidad para trasvasar trabajadores de la agricultura en las zonas rurales a la industria y los servicios en las zonas urbanas. La productividad en la agricultura es nula o negativa y al pasar a una empresa privada la productividad se dispara pero sigue siendo muy inferior a la de los países desarrollados, por eso tienen una renta por habitante cinco veces inferior.
Es el modelo de economía dual que definió A. Lewis para la India en los años sesenta. El modelo funcionó en los países europeos en el s. XVIII, en EEUU en el s. XIX, en Japón, Corea y España después de 2ª Guerra Mundial y ahora vuelve a funcionar en China y en la India, por lo que los chinos no están inventando nada.
Lo más complejo en China y también en la India es la combinación del desarrollo económico con la estabilidad social. El Dragón asiático tiene una extensión enorme y una amalgama de etnias que conviven. Tan sólo la mitad de la población habla el mandarín, la lengua oficial y en las zonas rurales hay diversidad de lenguas y dialectos que hacen que buena parte de la población no entienda al resto. Por lo tanto, podemos decir que hay muchas chinas y que hay riesgo de desintegración como sucedió en la URSS.
Además, me cuentas mis contactos chinos, que la sociedad asocia desorden con pobreza y que por eso renuncian a más libertad y democracia a cambio de un gobierno autoritario que mantenga el orden. Lamentablemente, cuando el gobierno chino acaba por la fuerza con las revueltas, sube su popularidad y legitimidad entre sus ciudadanos.
Esto es lo que seguramente volverá a pasar esta semana en Xinjiang, donde la mayoría china lucha contra la minoría islámica o al revés. Algún periodista logrará imágenes sesgadas que veremos por internet, pero en unos meses la apisonadora china seguirá su camino y nos olvidaremos de estas revueltas. Dentro de unos años, puede que décadas, una crisis de este tipo acabará en una revolución, esperemos que democrática, y nadie debe sorprenderse. Hay un punto en el proceso de desarrollo en el que el coste de oportunidad de sacrificar libertad y bienestar les llevará a perder el miedo al desorden y entonces habrá cambios en el sistema de partido único que es insostenible con una renta por habitante elevada.
Seguramente, por una decisión pragmática, las cabeceras de internet de nuestros diarios económicos no abren con la crisis en China y se centran en asuntos domésticos, lo cual es preocupante. La crisis ha hecho que los españoles sólo nos miremos el ombligo y debemos recordar que nuestra autarquía, que comenzó a finales del s. XIX y que Franco y sus secuaces llevaron a su máxima expresión, nos condenó a la pobreza. España debe estar abierta al mundo y olvidarse de experimentos raros para seguir aprovechando nuestro potencial de crecimiento que sigue siendo elevado, a pesar de los cuentos chinos sobre burbujas, décadas perdidas y todas esas chorradas.
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