EEUU y mercados emergentes

Jorge Díaz-Cardiel

Análisis profundo de la economía, sociología y relaciones internacionales de Estados Unidos y las economías emergentes.

Imagen de María Uriol

Jorge Díaz-Cardiel: Socio Director de la consultora ADVICE Strategic Consultants. Experto en economía y negocios, es autor de varias biografías sobre el presidente Obama y libros de economía: Obama y el liderazgo pragmático, La reinvención de Obama y Éxito con o sin crisis. Durante treinta años ha trabajado como directivo para grandes compañías norteamericanas y anglosajonas: Ipsos, Intel, Shandwick Consultants, Brodeur Worldwide y Porter Novelli.

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"Nunca te levantarás sin aprender algo nuevo cada día". Esto me ha sucedido a mí con Salesforce, con su evento mundial Dreamforce y, especialmente con su fundador y líder empresarial Marc Benioff. 32 años trabajando con y para empresas de todos los sectores como Telefónica, Vodafone, Orange, Santander, CaixaBank, Abertis, Gas Natural Fenosa, Hewlett-Packard (HPE y HP Inc) SAP, Oracle, Sage, Microsoft, El Corte Inglés, Eroski, Bankinter; Cellnex Telecom; Fundación Bancaria La Caixa, Intel, IBM, etc, dan perspectiva y muchísimo aprendizaje. 

De vez en cuando encuentras personas que te impresionan, por su carácter, liderazgo, virtudes humanas y profesionales, como me sucede con Isidre Fainé, presidente de La Fundación Bancaria La Caixa y de Gas Natural Fenosa. Isidre Fainé -y su director general, Jaume Giró- cree en un capitalismo humanista. Estudié -entre otras seis carreras universitarias- filosofía y, de santo Tomás de Aquino aprendí que capitalismo y justicia social (el "Aquinate", como se le llama en entornos filosóficos, no hablaba de filantropía) pueden y deben ir de la mano. Ya en el siglo XX, el Papa Juan Pablo II articuló la Doctrina Social de la Iglesia, nacida siglo y medio antes, con encíclicas como "De solicitudo rei socialis", "Centessimus annus" y otras. Un capitalismo que, obviamente, busque beneficios mediante una excelente gestión empresarial y que contribuya al bien de la sociedad. Eso es lo que he visto en Isidre Fainé, en la Fundación Bancaria La Caixa, en Jaume Giró y en CaixaBank, en Europa, puesto que la Fundación Bancaria La Caixa es la primera de Europa con más de 500 millones de euros de presupuesto anual dedicado a proyectos sociales.

Teniendo mi foco de negocio desde Advice Strategic Consultants y su Estudio Advice de Éxito Empresarial, entre otros muchos, en las empresas del IBEX-35 de todos los sectores, es lógico ponga énfasis en La Caixa, en Isidre Fainé y en "sus" empresas como Gas Natural Fenosa y CaixaBank. Pero vengo de una tradición -que mantengo- de haber trabajando para 733 empresas tecnológicas, TIC, en todos sus ámbitos: hardware, software, conectividad, Internet, en la Tercera Revolución Industrial, la de la Computación en los años noventa del siglo pasado. Viví y sufrí el crash de las Dot.com a principios del nuevo siglo. Yo mismo he trabajado como director general para empresas anglosajonas y norteamericanas relacionadas con las nuevas tecnologías, hoy, en el ámbito de la Cuarta Revolución Industrial o Digitalización, en que estoy cien por ciento zambullido: este año la empresa que dirijo ha realizado 101 estudios e informes sobre Digitalización Económica y Empresarial. Habiendo sido director general de Ipsos Public Affairs, Intel, Porter Novelli International, Brodeur Worldwide y Shandwick Consultants a lo largo de las tres últimas décadas, he conocido iniciativas de personas concretas en el sector tecnológico -el más importante en Estados Unidos, junto al financiero- a favor de esta unión del capitalismo y la filantropía. Es lo que me ha sucedido con Marc Benioff, líder empresarial de Salesforce y su fundador.

Reconozco que "no tengo el gusto de conocerle". Fui invitado por la compañía (Salesforce) a asistir a su evento mundial en mi tierra patria, Estados Unidos, en San Francisco, llamado Dreamforce, pero hube de declinar porque los acontecimientos en España exigían mi presencia cerca de las empresas del IBEX-35. Pero he visto los vídeos de las intervenciones de Marc Benioff y de dos amigos muy cercanos: Michelle Obama -ha aparecido en prensa, radio, TV e Internet cómo y cuándo nos conocimos, en agosto de 2010 en Marbella, habitando en el mismo hotel- de cuyo marido, Barack, he publicado seis libros y el actor e inversor en start-ups Ashton Kushner, hombre inteligente donde los haya. Había otros muchos ponentes de postín, como Virgina Rommetti, presidenta de IBM y la actriz Natalie Portman. Admiro a ambas, pero no las conozco.

La intervención de Marc Benioff me dejó impresionado. Insisto en que no he tenido interacción alguna con él. He conocido muy bien a tres presidentes en activo de Estados Unidos, pero no al presidente de Salesforce. Digo esto porque nadie piense que mis "compliments" a Marc Benioff son peloteo. Si la empresa, Salesforce, me invitó al evento -al que acudieron 171.000 personas- no creo que fuera por mi inexistente relación con su presidente, sino porque disfruto de la interacción con una audiencia (la palabra "seguidores" o "followers" no me gusta nada) de seis millones de personas, porque todos los días aparezco en medios como El País y Cinco Días, TVE, Telecinco, Cuatro TV o New York Times, L'Monde, y, así, hasta 30 medios internacionales. Mis dos últimos libros, recién publicados, "Trump, año uno" y "Digitalización y éxito empresarial" han recibido reviews positivos con más de 500 noticias de página entera o prensa, radio, TV e Internet: no "reseñas", sino críticas serias y extensas. Por tanto no me llamo a engaño: no soy periodista, pero, de haber acudido a Dreamforce en San Francisco, probablemente hubiera escrito en esos treinta medios con los que colaboro a diario acerca del evento. 

Al menos, he visto los videos de Dreamforce. De Michelle Obama y de Ashton Kushner..., ¿qué va a decir un amigo? Cosas buenas: inspiradores, motivadores, apasionados y con una idea clara y compartida sobre la unión entre capitalismo humanista (Isidre Fainé, Jaume Giró) y filantropía. 

Marc Benioff me sorprendió porque no habló de sí mismo durante las dos horas que duró su intervención. Habló de los asistentes, de los clientes -de los que había unos 200 españoles, como Liberty Seguros, Santander, IBM, etc-, de los empleados, hasta de la multitud de ONG's presentes, que fueron bastantes. Esta actitud y comportamiento me dicen que el señor Benioff cree en lo que dice sobre capitalismo y filantropía. Dirige una empresa muy exitosa, que está entre las primeras empresas de futuro del Fortune 100 (50) y que no ha parado de crecer rentablemente en apenas dos décadas de historia. Es pionera en cloud. Y todo lo que hace -sus soluciones y productos- son cloud, trátese de Marketing, Sales, Business Intelligence, Big Data, Internet de las Cosas (IoT), CRM, SCM, IA, etc. Esto ya de por sí es novedoso y empresas como Adidas -cuyo CEO acompañó a Marc Benioff en el estrado para contar su caso de éxito: el tipo vende a diario casi dos millones de zapatillas de deporte!- explicaron que la Inteligencia Artificial (Einstein) que les proporciona Salesforce convierte Adidas en una empresa aún más exitosa. Es solo un ejemplo.

Formidable la exposición de Benioff de su modelo filantrópico: Triple Uno; 1% del equity de la compañía; 1% del tiempo de los empleados; 1% de sus productos dedicados a causas sociales. Miles de empresas han adoptado este modelo, dijo Benioff y esto es particularmente en Estados Unidos -país más rico del mundo pero sin red social como la europea- o en países pobres de África donde no tienen nada.

Por tanto, aunque no acudí a Dreamforce -a pesar de haber sido invitado amablemente por Salesforce-, tras ver los vídeos de Marc Benioff, Michelle Obama y Ashton Kushner, etc; y recordarme a la filosofía de Isidre Fainé y la Fundación Bancaria La Caixa que aúna capitalismo y filantropía, me he decidido a escribir unas palabras sobre algo que vale la pena conocer. Benioff finalizó su exposición con su leit motif: "la finalidad de los negocios es hacer un mundo mejor".

Jorge Díaz Cardiel

Socio Director de Advice Strategic Consultants

Director del Estudio Advice de Éxito Empresarial

Autor de Trump, año uno y Digitalización y éxito empresarial

 

29 julio, 2016 | 09:42

Hillary Clinton está a un paso de ser presidenta de Estados Unidos. Otra mujer, Yanet Yellen, está al frente de la FED o Reserva Federal. Judía, inteligente, prudente y muy estudiosa de la economía y amante de la predicción económica, Yellen no tomará decisiones hasta la vuelta del verano. Y, puesto que sabe que, al igual que el presidente Clinton, Hillary ha hecho de la economía su prioridad (crecimiento y empleo), es posible que la FED no tome decisiones sobre los tipos hasta que la recuperación esté asentada y Clinton haya sido elegida presidenta. Hillary se involucrará MUCHO en la economía.

Yanet Yellen viene de una escuela de la que forman parte Ben Bernanke, Alan Greenspan (cuya figura analizamos más abajo) y Paul Volcker, todos presidentes de la FED y, como nosotros, firmes creyentes en la ciencia de la predicción económica.

“Alan Greenspan: the age of turbulence”: sesenta años de historia económica

 
Cuando Alan Greenspan publicó su segundo libro de memorias (“Alan Greenspan: the age of turbulence”), aún no había estallado la tormenta financiera, ni el credit crunch, ni la consiguiente crisis económica. El capitalismo estaba en “full swing”, a tope, reverberante, triunfante, sin un modelo económico alternativo que le hiciera competencia. El Producto Interior Bruto Mundial disparado, el crecimiento del empleo, desbocado, y los mercados financieros, funcionando eficazmente. Es en este contexto en el que Greenspan decide condensar, en un extenso volumen, sus sesenta años de experiencia en el mundo económico.
 
A Greenspan se le conoce, sobre todo, por sus casi 20 años como Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Como él mismo reconoce, desde ese puesto, tuvo acceso a información privilegiada, amén de poder consultar muchas y variadas fuentes. Para un economista voraz de datos, eso es un lujo asiático, un manjar exquisito, despierta una sana envidia formidable. Pero la historia “económica” de Greenspan comienza mucho antes. Cuenta sus experiencias como analista y como consultor de empresas. Es proveedor de información fiable, de datos. El muestra lo que hay: variables macro económicas, modelos de predicción y anticipación, explica qué va a pasar con la economía o con sectores de actividad económicos concretos. Pero otros toman las decisiones. Durante cuarenta años, Greenspan es proveedor de datos. Esto es fundamental para entender correctamente su papel en la Reserva Federal y su proceso mental en la toma de decisiones.
 
Para mí, esto es más importante que su conocimiento de los Presidentes o líderes internacionales a los que trató. Para Greenspan, es la psicología la que induce a las crisis económicas: si hay pánico entre la población general, la gente deja de consumir y, por tanto, las empresas dejan de producir. La consecuencia es clara: la economía se para. Me llama la atención la sincera forma en que Greenspan explica las cosas: “antes de que me trajeran las estadísticas económicas, yo siempre pedía encuestas, para saber la confianza de los Consumidores”. Todo buen economista maneja “hard data” (variables macro) y “soft dat`” (índices de confianza del consumidor). El inventó la categoría, como suele decirse, y acabó manejándola con maestría. Ayer (21 de noviembre de 2009), trabajando con el Servicio de Estudios de La Caixa, pude apreciar la misma (sabia) filosofía.
 
Una segunda lección aprendida por el autor y que nos transmite a los lectores: los humanos somos insaciables, siempre queremos más. Cuando conseguimos un cierto nivel de vida, de bienestar económico, casi automáticamente, lo damos por hecho y pasamos a otra cosa: ya conseguido ese objetivo, ahora quiero más. No consolidamos el terreno conquistado. Ansiamos más confort, más dinero, mejor vida, mejores vacaciones. Greenspan cree que la economía de libre mercado, el capitalismo, son las mejores formas de proveer a los ciudadanos esos “goodies”.
 
Pero a Greenspan se le fue la mano: desreguló demasiado los mercados y dio demasiada manga ancha a los bancos de inversión americanos. Permitió invertir a través de Internet sin control, sin límites, con exceso de información no contrastada. Extraños productos financieros fueron comercializados sin que nadie les hubiera dado el visto bueno, o estudiado su posible riesgo. Un año después de publicado su libro (por The Penguin Press, 2007), la prensa –y medio mundo- le exigía responsabilidades por la crisis económica. Newsweek publicaba su foto en portada y el titular decía: “Blame it on him!”, o “¡Cúlpele a él!”.
 
Greenspan ha reconocido que, habiéndose dejado llevar por el entusiasmo del triunfo del capitalismo, bajó la guardia, dejó hacer y pecó de dar demasiada libertad a “la mano invisible” de Adam Smith. Ha publicado una nueva edición de su libro con un capítulo dedicado a la crisis, en que entona su particular mea culpa.
 
Sin embargo, nada de esto, empaña, para mí, la gran aportación de su libro que, como todos los que me gustan, he leído dos veces: sesenta años de historia económica norteamericana y mundial condensada en un libro.
 
¿Qué más se puede pedir cuando te apasiona la economía?

27 julio, 2016 | 08:49

Línea directa con la Casa Blanca

 
Hillary Clinton recibió un muy fuerte apoyo de otra gran mujer, Michelle Obama, quien estuvo recientemente en España por segunda ocasión. Curiosa y coincidentemente, yo andaba cerca. Clinton, 40 años en la vida pública, abogada corporativa exitosa, primera dama en Arkansas, Primera Dama de Estados Unidos, Senadora por Nueva York, candidata presidencial en dos ocasiones, Secretaria de Estado: Muy sobradamente preparada para ser una excelente Presidenta.
 
Rememoro, mi primera coincidencia con Michelle Obama y su hija Sasha en la Costa del Sol, en agosto de 2010.
 
Mi mujer y yo no somos el matrimonio Obama», le digo a dos mujeres españolas, andaluzas, que trabajan en el Hotel Villapadierna. Ambas se echan a reir ante la obviedad de lo que acabo de decir y una, más seria, me responde mirándome fijamente a los ojos: «Pero para nosotras, señor Díaz-Cardiel, es como si lo fueran, porque les vamos a tratar igual». Así es la hospitalidad de Málaga, de la Costa del Sur, de Andalucía y, en definitiva de España.
 
Ayer, como todos los años, llegué al hotel Villapadierna para disfrutar de unos días maravillosos en la Costa del Sol. Alejado de la polémica estéril generada por varios alcaldes de la zona sobre si Michelle Obama está en Benahavís, en Estepona, en Marbella, en Málaga, en España o incluso en la Unión Europea, yo vengo aquí porque, como tantos otros turistas del mundo, adoro la Costa del Sol.
 
También parece ser éste el caso de la Familia Obama, que ha querido pasar unos días en la Costa del Sol y, curiosamente, en el mismo hotel Villapadierna en el que yo estoy alojado. Muchos amigos y, especialmente periodistas y políticos, me preguntan si es simple casualidad que, habiendo publicado hace escasamente mes y medio mi último libro sobre el presidente Obama, ahora coincida con su mujer en el mismo hotel de la Costa del Sol. Lógicamente, digo la verdad: es mera casualidad y coincidencia. Mi libro, «Obama y el liderazgo pragmático», vio la luz hace dos meses, que es más o menos cuando hice la reserva en este hotel al que vengo desde hace años. Ya me hubiera gustado, pero no recuerdo haber hablado con la familia Obama cuando hice la reserva en el hotel.
 
En lo que sí hay coincidencia es en el hecho de que a la familia Obama le gustan los hoteles de la cadena Ritz Carlton y el hotel Villapadierna (propiedad de un empresario particular) está gestionado por esta cadena hotelera. Al anterior presidente demócrata de Estados Unidos, Bill Clinton, y a su mujer les gustaban -y les siguen gustando- los hoteles de la cadena Four Seasons. Sobre gustos no hay nada escrito, dice el refrán.
 
Hace unos días tuve la oportunidad de darle personalmente mi libro al embajador de Estados Unidos en España, empresario de éxito, académico, intelectual y muy amigo de la familia Obama de su época de Chicago, antes de que Barack Obama fuera elegido presidente. Cuando le dije que, según los medios de comunicación, iba a coincidir con la Primera Dama en el mismo hotel, los mismos días, el hombre sonrió y, simplemente, me dijo, en inglés, «estarás en el lugar más seguro del mundo». No le faltaba razón al señor embajador. Desde que dejé la autovía A-7 para tomar la desviación que me lleva al hotel, empecé a ver policías de todo tipo: municipales, nacionales y guardias civiles. Todos muy amables y sonrientes.
 
Ya, dentro del hotel, los saludos normales a cualquier cliente habitual. Y, más agentes de seguridad, pero éstos últimos norteamericanos y del famoso Servicio Secreto que acompañan siempre a los inquilinos de la Casa Blanca. Unos, de traje oscuro y en cuadrilla; otros, «disfrazados de turistas». Todos, con el «piringanillo» en la oreja que les identifica con el Servicio Secreto. Entre unos y otros, preocupados y ocupados de garantizar la seguridad y la privacidad e intimidad de la Primera Dama y de su hija Sasha.
 
¿Cómo es Michelle Obama?, me preguntan muchos. En mi libro la denomino «el descanso del guerrero». Ella es una abogada de éxito que comparte con las primeras damas Laura Bush y Hillary Clinton el tener carrera universitaria (ella, por Princeton) y un doctorado (en su caso, en leyes, por la Harvard Law School). Al igual que su marido, es una intelectual y profesora universitaria, con una carrera profesional exitosa que, al llegar a la Casa Blanca, ha decidido aparcar temporalmente para cuidar de su marido y de sus hijas. Tal y como otras primeras damas le han avisado, el peso del Despacho Oval (la famosa habitación de la Casa Blanca donde los presidentes americanos dirimen los destinos del mundo) es muy grande y tiende a hundir los hombros de los presidentes. Es entonces cuando las primeras damas ayudan a sus maridos a poner las cosas en perspectiva: además de presidente, Barack Obama es esposo y padre y, sobre todo, en la Casa Blanca, está de paso: su verdadera casa está en Chicago, de donde ellos provienen.
 
«El estar de paso» es algo que se nos puede aplicar a todos, en todos los sentidos. Pero eso no evita que dejemos nuestra huella allá por donde pasamos. De la misma manera en que el presidente americano Bill Clinton dejó huella en Granada, al divisar desde el Balcón de San Nicolás la puesta de sol sobre La Alhambra (algo que ayer, 5 de agosto de 2010, también pudo disfrutar Michelle Obama), el apellido Obama ya ha dejado huella indeleble en la Costa del Sol, en Andalucía, en España y, por supuesto, en Málaga.
 
Durante años, en mis muchos viajes a Estados Unidos, he tenido que explicar que vengo de Toledo, España, no de Toledo, Ohio. Los famosos conquistadores que, como Hernán Cortés o Pizarro hicieron las Américas, bautizaron ciudades en Estados Unidos que llevaban los mismos nombres que nuestras ciudades en Castilla y en Andalucía. Seguro que, en Estados Unidos, hay alguna ciudad o provincia llamada Málaga. Estoy seguro de que, desde que la familia del primer presidente afroamericano de Estados Unidos (Barack Obama), ha puesto pie en Andalucía, son muchos millones de personas en todo el mundo los que ya conocen el nombre de Málaga (España), y que lo asocian con el buen gusto, el refinamiento, la exquisita educación, la extrema calidad y la maravillosa hospitalidad que caracterizan a Málaga y a la Costa del Sol.
 
Confieso que no me hacía falta la primera dama de Estados Unidos para recordarme todo eso. Pero sí es verdad que, ahora y gracias ella, no sólo yo, sino todo el planeta, sabemos de las maravillas de la provincia de Málaga y la Costa del Sol. Desde mi habitación y en el mismo hotel, comparto con Michelle Obama una Casa Blanca distinta que no tiene sede en Washington D.C., sino en Benahavís.

20 julio, 2016 | 09:53

El primer día de la Convención republicana en Cleveland no ha estado exenta de polémicas. Supuestamente -los medios acusan-, el dircurso de la mujer de Trump era copia (casi) idéntica del que dio Michelle Obama en la convención demócrata de 2008. Si es cierto o no, lo ignoro. He visto varias veces ambos en video y el contenido es tan universal como parecido en el lenguaje. Al enterarse de la polémica, Trump estalló en ira y "pidió" las cabezas de sus dos directores de comunicación. La realidad fue mucho más sencilla. Su mujer, Melania, rechazó el dircurso hecho por los profesionales, pidió ayuda para escribir una nueva versión a su maestro de danza, rechazó los procedimientos habituales de chequeo previo a un dircurso público y, lo que es peor, impidió someter su texto al control de una software que busca plagios en Internet. Me temo la culpa no era del Dircom.

George Stephanopoulos, director de comunicación de Bill Clinton cuenta ejemplos a raudales como éste, y peores, en su libro de memorias, que comento a continuación.

 

"All too human", de George Stephanopoulos Senior Advisor on Policy and Strategy & Communications Director de Bill Clinton

 Las delicias de los amantes de "El Ala Oeste de la Casa Blanca” & el Director de Comunicación que decidió no vender su alma al diablo
 
Para los amantes y seguidores de la famosa serie de televisión "El Ala Oeste de la Casa Blanca" o "The West Wing", este libro será la traducción exacta al papel, de lo que han visto en televisión. El gran mérito -entre otros muchos- de esta obra publicada en 1999 es que el autor recrea con todo lujo de detalles la vida en la Casa Blanca. Matizo: llegas a conocer a la perfección "la vida y milagros" de los miembros más importantes del Equipo de Bill Clinton. Tanto de aquellos que (como David Wihelm y James Carville, junto a G. Stephanopoulos) hicieron posible la primera victoria electoral de Clinton, en noviembre de 1992, como de los que, desde dicha fecha hasta diciembre de 1996 (cuando el autor abandona la Casa Blanca) trabajan día y noche para hacer realidad la visión política de Clinton, incluso a pesar de Clinton. (Con sus escándalos constantes de todo tipo, no sólo sexuales, Clinton parecía empeñado en arruinar su propia Presidencia).
 
Confieso que leí este libro varios años después de haber sido publicado, en contra de mi costumbre de comprar un libro, y estudiarlo, nada más salir a las librerías. En este caso, mi fascinación por el Presidente Clinton me llevó a leer, en 2004, su autobiografía en un par de ocasiones. La segunda lectura, mientras descansaba en el Cortijo de unos íntimos amigos en la Semana Santa de aquel año. Mis amigos no entendían por qué, en vez de dormir, devoraba las páginas de la autobiografía del, para mi gusto, uno de los mejores Presidentes de Norteamérica del siglo XX. Pero claro, como todos, también Clinton tenía sus defectos. Algunos defectos, conocidos por casi más de la mitad de la Humanidad, que ya es decir.
 
Una de las cosas que me llamó la atención en "My life" (Bill Clinton, 2004) es que, a toro pasado, pide perdón a su primer Jefe de Prensa, George Stephanopoulos, "por haberle puesto encima demasiada presión”, durante los años que trabajó para él (entre septiembre de 1991 y diciembre de 1996, cuando Stephanopoulos dimite y abandona la Casa Blanca). Clinton piensa que los problemas personales de Stephanopoulos (su Senior Political Advisor y Communications Director), fueron consecuencia de las excesivas cargas de trabajo que él, Clinton, como Presidente, puso sobre los hombros de su colaborador.
 
Con la fama que Clinton (los dos Clinton) tenía de quemar a sus equipos, matándoles a trabajar, las "apologies" (disculpas) del Presidente me llamaron poderosamente la atención. Más aún, Clinton también hace referencia en sus memorias, a la tormentosa relación que tuvo, durante muchos años, con su particular Pedro Arriola, Dick Morris, el encargado de las encuestas para el Presidente; quien, en varias obras publicadas, se despacha a gusto de los Clinton y "ajusta cuentas con ellos". En otras palabras, Morris habla muy mal del matrimonio Clinton. Aunque esto es objeto de otro artículo.
 
Dos referencias tan concretas de un Presidente tan polémico y polarizador, como Bill Clinton, a dos de sus colaboradores "acusándose a sí mismo de quemarlos" (profesionalmente, se entiende), ya eran demasiadas, como para no despertar mi atención. Así que decidí leer las obras de Stephanopoulos y de Morris. En este artículo, me referiré solamente a la del Dircom, es decir, a la del primero.
 
Llama la atención la transparencia con que Stephanopoulos habla de sí mismo: sus problemas con la bebida, su parálisis facial, debido al estrés que le causaba trabajar para Clinton y, en última instancia, su depresión. En una sociedad, y en un mundo orientado a la comunicación, y al "venderse bien", no es habitual encontrar un personaje conocido capaz de desnudar su alma ante el público.
 
La historia comienza en septiembre de 1991, cuando el autor y Clinton se encuentran por vez primera. Y el relato acaba en diciembre de 1996, cuando G. Stephanopoulos dimite de su trabajo en la Casa Blanca. Entre ambas fechas, median dos campañas electorales, vitales para la vida política de Estados Unidos: la de 1992 (que celebré en la fiesta que organizó en Madrid la Embajada americana en España, en el Hotel Intercontinental de Madrid) y la de 1996. Conocemos a un Stephanopoulos que comienza como Jefe de Prensa de Clinton, a las órdenes de Dee Dee Myers, y acaba como Senior Advisor on Policy and Strategy.
 
Más allá de conocer las interioridades del trabajo de los más estrechos colaboradores de Clinton, con muchísimo lujo de detalle, éste es un libro cuya columna vertebral no son los datos, sino un formidable dilema moral: Stephanopoulos es un hombre extremadamente religioso (que estudió Teología ortodoxa griega y pensó en hacerse sacerdote de dicha religión) que tiene que elegir, entre continuar en el trabajo de sus sueños, o traicionar su conciencia. El autor, finalmente, se decide por la mejor opción: quiere tener la conciencia tranquila y resuelve su profundo conflicto moral dimitiendo de su puesto.
 
Stephanopoulos es claro y directo: "Clinton es un hombre muy complicado. Responde a las presiones y placeres inherentes a la vida pública de una manera, que es tan impresionante como repulsiva".
 
He aquí al Director de Comunicación que prefirió no vender su alma al diablo. La apuesta, incluso profesionalmente, le salió bien. En 1997, Stephanopoulos empezó a trabajar en la Cadena de Televisión ABC. Hoy, es uno de los hombres más influyentes de América, con más de media docena de programas dirigidos o participados por él, en dicha cadena. Es News' Chief Washington Correspondent y presentador de "This Week with George Stephanopoulos", uno de los más afamados y con más altas audiencias "Sunday morning talk shows" de las televisiones americanas. En "The Week", Stephanopoulos ha entrevistado a todos los políticos más influyentes de Washington, y de medio mundo, desde 1997 hasta el día de hoy. Tiene 600.000 seguidores en Twitter.
 
Su éxito profesional es una lección de humildad para aquellos que, siendo poderosos en un momento dado, maltratan a los que tienen por debajo. Como recomienda un influyente amigo mío, "trata bien a todo el mundo, que nunca sabes con quién, y cómo, te vas a encontrar en el futuro".
 
El libro, publicado en octubre de 1999 por Back Bay Books, puede comprarse en Amazon por 21,40 dólares, en su versión de “tapas duras”, que es la que recomiendo

18 julio, 2016 | 08:59

Frente a la creencia popular, la predicción económica puede ser una ciencia exacta, siempre y cuando no trascienda más de 5 a 10 años. En esto, hay consenso entre economistas, que prevén una desaceleración económica mundial: Ruchir Sharma ("The rise and fall of nations, 2016), el inversor Mohamed A. El-Erian (The only game in town, 2016), Rana Foroohar (Makers and Takers, 2016), Strees Test (Tim Geithner, 2015), Mervyn King (The end of alchemy, 2016), y los ex presidentes de la reserva Federal BVen Bernanke (The courage to act) y Alan Greenspan, cuya obra comentamos a continuación.

Alan Greenspan: the age of turbulence”: sesenta años de historia económica

 
Cuando Alan Greenspan publicó su segundo libro de memorias (“Alan Greenspan: the age of turbulence”), aún no había estallado la tormenta financiera, ni el credit crunch, ni la consiguiente crisis económica. El capitalismo estaba en “full swing”, a tope, reverberante, triunfante, sin un modelo económico alternativo que le hiciera competencia. El Producto Interior Bruto Mundial disparado, el crecimiento del empleo, desbocado, y los mercados financieros, funcionando eficazmente. Es en este contexto en el que Greenspan decide condensar, en un extenso volumen, sus sesenta años de experiencia en el mundo económico.
 
A Greenspan se le conoce, sobre todo, por sus casi 20 años como Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Como él mismo reconoce, desde ese puesto, tuvo acceso a información privilegiada, amén de poder consultar muchas y variadas fuentes. Para un economista voraz de datos, eso es un lujo asiático, un manjar exquisito, despierta una sana envidia formidable. Pero la historia “económica” de Greenspan comienza mucho antes. Cuenta sus experiencias como analista y como consultor de empresas. Es proveedor de información fiable, de datos. El muestra lo que hay: variables macro económicas, modelos de predicción y anticipación, explica qué va a pasar con la economía o con sectores de actividad económicos concretos. Pero otros toman las decisiones. Durante cuarenta años, Greenspan es proveedor de datos. Esto es fundamental para entender correctamente su papel en la Reserva Federal y su proceso mental en la toma de decisiones.
 
Para mí, esto es más importante que su conocimiento de los Presidentes o líderes internacionales a los que trató. Para Greenspan, es la psicología la que induce a las crisis económicas: si hay pánico entre la población general, la gente deja de consumir y, por tanto, las empresas dejan de producir. La consecuencia es clara: la economía se para. Me llama la atención la sincera forma en que Greenspan explica las cosas: “antes de que me trajeran las estadísticas económicas, yo siempre pedía encuestas, para saber la confianza de los Consumidores”. Todo buen economista maneja “hard data” (variables macro) y “soft dat`” (índices de confianza del consumidor). El inventó la categoría, como suele decirse, y acabó manejándola con maestría. Ayer (21 de noviembre de 2009), trabajando con el Servicio de Estudios de La Caixa, pude apreciar la misma (sabia) filosofía.
 
Una segunda lección aprendida por el autor y que nos transmite a los lectores: los humanos somos insaciables, siempre queremos más. Cuando conseguimos un cierto nivel de vida, de bienestar económico, casi automáticamente, lo damos por hecho y pasamos a otra cosa: ya conseguido ese objetivo, ahora quiero más. No consolidamos el terreno conquistado. Ansiamos más confort, más dinero, mejor vida, mejores vacaciones. Greenspan cree que la economía de libre mercado, el capitalismo, son las mejores formas de proveer a los ciudadanos esos “goodies”.
 
Pero a Greenspan se le fue la mano: desreguló demasiado los mercados y dio demasiada manga ancha a los bancos de inversión americanos. Permitió invertir a través de Internet sin control, sin límites, con exceso de información no contrastada. Extraños productos financieros fueron comercializados sin que nadie les hubiera dado el visto bueno, o estudiado su posible riesgo. Un año después de publicado su libro (por The Penguin Press, 2007), la prensa –y medio mundo- le exigía responsabilidades por la crisis económica. Newsweek publicaba su foto en portada y el titular decía: “Blame it on him!”, o “¡Cúlpele a él!”.
 
Greenspan ha reconocido que, habiéndose dejado llevar por el entusiasmo del triunfo del capitalismo, bajó la guardia, dejó hacer y pecó de dar demasiada libertad a “la mano invisible” de Adam Smith. Ha publicado una nueva edición de su libro con un capítulo dedicado a la crisis, en que entona su particular mea culpa.
 
Sin embargo, nada de esto, empaña, para mí, la gran aportación de su libro que, como todos los que me gustan, he leído dos veces: sesenta años de historia económica norteamericana y mundial condensada en un libro.
 
¿Qué más se puede pedir cuando te apasiona la economía?

15 julio, 2016 | 07:53

“Right from the beginning” Pat Buchanan, Director de Comunicación de Ronald Reagan (1985-1987)

 
El Director de Comunicación que quiso ser Presidente

Patrick (“Pat”) J. Buchanan, periodista, es autor de más de media docena de libros sobre política, relaciones internacionales y el papel de América en el mundo. Sobre todo, es abanderado de un tipo de revolución conservadora radical que se sitúa a la derecha de Ronald Reagan y los llamados “neocons” o neoconservadores que le sucedieron.
 
En su primer libro de memorias, “Right from the beginning” (publicado en diciembre de 1988) llama extraordinariamente la atención que Buchanan apenas dedique atención –es decir, espacio, páginas-, a sus “jefes”. A Nixon, para quien trabajó durante ocho años como “senior political advisor”, le despacha en un capítulo: insisto, brevedad absoluta sobre ocho años de vida profesional, trabajando muy cerca de uno de los Presidentes más polémicos de Norteamérica, en todo el siglo XX (Nixon es equivalente a, por ejemplo: el Caso Watergate que le llevó a dimitir, la apertura de las relaciones con China, la crisis del petróleo en 1973 y la Guerra árabe-israelí de Yom Kippur, la Guerra de Vietnam y las tormentosas relaciones entre Nixon y su mano derecha en política exterior, Henry Kissinger, entre otras muchas cosas).
 
Con Gerald Ford, que sucedió a Nixon en la Presidencia y duró poco en el cargo, trabajó muy pocos años y, quizá, Buchanan no consideró importante mencionar su trabajo para un Presidente “irrelevante”.
 
En el caso de Ronald Reagan, la ausencia de referencias es todavía más sangrante debido a la enorme relevancia de la Presidencia de Reagan para la historia de América. Buchanan trabajó como senior political advisor, para Reagan. Y fue su Director de Comunicación entre 1985 y 1987. Sin embargo, en este libro de memorias publicado en diciembre de 1988 (justo cuando Reagan va a dejar de ser Presidente y le va suceder George Bush Padre), Buchanan apenas menciona a Ronald Reagan. Extraño y curioso, al menos.
 
Una primera lectura, poco atenta, podría llevar a interpretar el silencio de Buchanan hacia Reagan, el gran autor, inventor y motor de la Revolución Conservadora en el Partido Republicano, como un pasar por alto un período profesional poco brillante para Buchanan. En los años en que sirvió a Reagan, Buchanan fue un Director de Comunicación muy polarizador: acuñó la frase “I am a Contra, too”, “yo también soy un Contra”, para apoyar la política del Presidente, a favor de los Contras en Nicaragua, frente a los Sandinistas de Daniel Ortega. En dicha frase, Buchanan ya se va retratando: más que transmitir política que hacen otros (Reagan), Buchanan quiere articular su propia agenda. De hecho, su libro de memorias es más un libro sobre sus propias ideas políticas, que sobre los Presidentes a los que sirvió. Buchanan se da más importancia a sí mismo que a sus Jefes.
 
Como Director de Comunicación de Reagan, Buchanan defendió públicamente a Oliver North, el comandante que, bajo órdenes del “entorno más cercano al Presidente”, vendió armas a Irán, a cambio de la liberación de rehenes americanos en el Líbano (presos de Hizbulá, grupo chií muy cercano a los ayatolás de Irán) y, con ese dinero, financió la guerra ilegal americana y de los “Contras” en Nicaragua, frente al gobierno marxista de Daniel Ortega. Todo esto no es cuestión baladí: este escándalo casi le costó la Presidencia a Ronald Reagan. “Alguien” se saltó la ley a la torera y llevó a cabo actos ilegales para cumplir supuestos mandatos presidenciales. Reagan negó todo conocimiento de los hechos, aunque sus políticas eran claras y explícitas: luchar contra la expansión del comunismo en el continente americano, con todos los medios a su alcance. Varios miembros del Staff de Reagan tuvieron que dimitir, por el “escándalo Irán-Contra”. No fue el caso de Buchanan, único miembro del Equipo Presidencial que dio la cara y defendió abiertamente a Oliver North, quien a las órdenes de Bud McFarlane (Asesor del Presidente en el Comité de Seguridad Nacional), fue brazo ejecutor de las más negras políticas de Reagan.
 
Buchanan está asociado a la polémica, como Director de Comunicación. Cuando, en 1985, Reagan visitó el cementerio germano de Bitburg, en que además de soldados del Ejército Alemán, había 48 miembros de las Waffen SS, Buchanan hace unas declaraciones explosivas…, letales para el Presidente Reagan: “no podíamos dejar que la opinión pública creyera que el Presidente había cedido a las presiones del lobby judío”. ¿Se puede ser más políticamente incorrecto? Cuando Reagan anunció que iba a visitar dicho cementerio, aún no sabía que había soldados de las SS (asesinos de judíos, víctimas del Holocausto nazi). La opinión pública mundial se le echó encima. Reagan cuenta en sus memorias que “hasta Nancy mostró su oposición a mi visita: Ron, tengo el presentimiento de que, en esto, estás equivocado”. Pero Reagan no quiso dar su brazo a torcer e, incluso, cuando supo quiénes estaban enterrados allí, mantuvo su decisión de acudir al cementerio, para no ofender a los alemanes. El objetivo de la visita era recuperar las relaciones con el antiguo enemigo, Alemania, mediante la honra a los soldados caídos. Pero a Reagan el tiro casi le salió por la culata, porque, efectivamente, el lobby judío americano se le echó encima y, con él, la prensa y la opinión pública mundial. Casi, ni siquiera es Reagan quien tiene que defenderse o explicar sus actos: es Buchanan quien lo hace por él. Buchanan, realmente, no defiende al Presidente: El Dircom defiende su propia visión geopolítica.
 
La “gracia” del asunto es que Ronald Reagan, en su propio libro de memorias “An American life”, publicado en 1990, un año largo tras dejar de ser Presidente, tampoco hace mención de Pat Buchanan. Y, en su larguísimo y muy detallado volumen (censurado parcialmente por Nancy Reagan) de “Diarios Presidenciales”, publicado a finales de 2007, Reagan apenas habla de Buchanan. Esto es muy llamativo, porque Reagan desciende a mucho detalle en sus diarios presidenciales, que abarcan de 1980 a 1989. Habla de todos y cada uno de los personajes que le rodean en la Casa Blanca, excepto de su Director de Comunicación.
 
¿Por qué unos (Presidentes) y otro (Dircom) se ignoran mutuamente en sus respectivas memorias? Por una muy sencilla razón: porque Buchanan quería ser él mismo Presidente y, de hecho, tuvo y tiene en muy poca estima a los Presidentes a los que sirvió. En otras palabras, Buchanan cree que el único y verdadero merecedor del cargo de Presidente era él y no Nixon, Ford o Reagan. Con razón no habla de ellos en sus memorias: el protagonista es él y sus ideas, no unos presidentes indignos del cargo, en su opinión, enormemente subjetiva, por cierto.
 
En 1986, aún siendo Reagan Presidente, y él todavía Director de Comunicación, Buchanan da un discurso en que afirma que “sólo el tiempo dirá si, verdaderamente, el Presidente Reagan ha iniciado una Revolución Conservadora que durará décadas”. En realidad, es Buchanan quien desea liderar esa revolución. Considera que Reagan es demasiado “soft”; que no está suficientemente a la derecha. Sin embargo, el paso de los años acabará dando la razón a Reagan y no a Buchanan. Reagan gobernó ocho años; le sucedió el Vicepresidente Bush Padre. Clinton gobernó ocho años, gracias a la aparición de un independiente (Ross Perot, en 1992 y 1996) que robó millones de votos a los republicanos que, además, estaban divididos. En 2000 y 2004, George Bush Hijo devolvía la Casa Blanca a los republicanos. En 2008, por un margen no demasiado elevado, Obama recupera la Casa Blanca para los Demócratas. En América, se considera que, el último cuarto de siglo ha sido Republicano, conservador.
 
Sin embargo, ¿Quién lidera la Revolución Conservadora de estos últimos 25 años? ¿Buchanan, el periodista, comunicador y Dircom, o el Presidente Reagan? La respuesta la dieron todos los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales de 2008. En los diversos debates electorales que celebraron en la Ronald Reagan Presidencial Library, todos, uno detrás de otro –incluido McCain, por supuesto-, afirmaron ser dignos sucesores de la herencia Reagan. Nancy Reagan tuvo que hacer un endorsement (apoyo) de todos y cada uno, para que hubiera paz en el bando republicano. Ninguna mención a Buchanan. El vencedor fue el actor/comunicador Ronald Reagan, no el intelectual/extremista, Pat Buchanan.
 
Buchanan se presentó como candidato republicano presidencial en 1992 y 1996, pero no consiguió ganar las primarias, frente a George Bush Padre y Bob Dole, respectivamente. En 2000, se presentó como independiente, por el Partido de la Reforma. En el 2004 volvió al Partido Republicano.
 
Pat Buchanan es autor de más de media docena libros y, posiblemente, miles de artículos. En todos ellos deja claras sus ideas políticas, que le sitúan más a la derecha que el propio Partido Republicano. Católico tradicionalista, critica a la Iglesia Católica americana, “por tibia”. En su momento, apoyó las políticas del “apartheid” del régimen racista de Sudáfrica. Condenó moralmente a las víctimas del sida y pidió que no hubiera control de armamentos, ni negociaciones sobre la carrera nuclear.
 
Hoy es un comentarista político de la cadena de televisión MSNBC y continúa escribiendo y publicando libros y artículos. Este año, por ejemplo, ha publicado su última obra, “Churchill, Hitler, and the unnecessary war”.
 
Resignado a su papel de comunicador, parece haber entendido, finalmente, que se quedó a las puertas de la grandeza, sin alcanzarla. Y que la gloria, otorgada a otros y a él negada, fue bien merecida. Lección de humildad que, si aprendida, es bienvenida: él es, sólo, el Director de Comunicación que quiso ser Presidente.

13 julio, 2016 | 08:03

Bernie Sanders ha dado su brazo a torcer y apoya a Hillary Clinton. La unión hace la fuerza... y el inteligente uso de los medios de comunicación consigue ganar elecciones. Los Clinton son expertos en el manejo de los medios. Y tuvieron un Maestro: JFK, el presidente Kennedy, con el uso de la TV y un Dircom excepcional, Pierre Salinger, de quien mucho se puede aprender.

 
El Dircom más completo y polifacético del siglo XX

“If Pierre knows, the press knows”, le dijo el asesor Kenny O’Donnell al Presidente Kennedy, a propósito de la gestión de la Crisis de los Misiles, de octubre de 1962. La frase está sacada de la película “Trece días”, dirigida por Roger Donaldson y protagonizada por Kevin Costner (2001). El 90% de la película se basa en la trascripción original de las cintas que grabaron las conversaciones, deliberaciones y discusiones del Presidente Kennedy con su Gabinete, en la gestión de la Crisis de los Misiles. En la película se aprecia que, la relación de Pierre Salinger con los periodistas era tan estrecha que, si el Jefe de Prensa de la Casa Blanca sabía lo que estaba pasando, los medios de comunicación se enterarían de inmediato. Y Kennedy y sus asesores querían resolver la crisis sin generar un pánico general entre la población, al tiempo que negociaban en secreto con “los Soviets”. Aunque, en los inicios de la Crisis, Pierre Salinger no estuvo involucrado, sí lo estuvo durante toda su gestión (trece días) y fue testigo y co-protagonista de cómo Kennedy, y sus más allegados asesores, la resolvieron.
 
Pierre Salinger es uno de los Directores de Comunicación más completos y polifacéticos, interesantes y fascinantes del siglo XX. Trabajó con JFK desde el inicio de su campaña presidencial, en 1960, hasta que el Presidente fue asesinado, el 22 de noviembre de 1963. Durante esos años, Salinger formó parte del círculo de personas más cercano al Presidente, de aquello que muchos llamaron “la Corte de Camelot”. Como afirma Clint Eastwood, refiriéndose al Presidente Kennedy, en su película “In the line of fire”, “Kennedy was different, the whole country was different” (1993): Kennedy dio a la Casa Blanca, y a la Presidencia de Norteamérica, un glamour inigualable. Pierre Salinger es testigo ocular de lo que sucede en aquella Casa Blanca, dirigida por un Presidente tan excepcional, al tiempo que, en ocasiones, Salinger se convierte en co-protagonista de los acontecimientos.
 
A sus años en la Casa Blanca, con Kennedy, primero y con LBJ’s, después (fue Jefe de Prensa de Johnson durante los primeros meses de su presidencia), Salinger dedica su primer libro de memorias, publicado en 1967: “With Kennedy”. A lo largo de sus casi cuatrocientas páginas, vemos a un Jefe de Prensa innovador en materia de gestión de comunicación, al servicio de un Presidente igualmente en vanguardia. Son Kennedy y Salinger los primeros en utilizar la televisión como medio más eficaz para transmitir mensajes políticos a las masas. Con Ike (Eisenhower), el Presidente anterior a Kennedy, las ruedas de prensa presidenciales, se entregaban a los medios grabadas en una cinta. Kennedy y Salinger deciden hacer una rueda de prensa presidencial cada semana, en directo y, habitualmente, con preguntas en vivo de los periodistas acreditados en la Casa Blanca. Ahí empezó la tradición, convertida en costumbre, que deriva casi en obligación (aunque no ley).
 
Salinger es el primer Jefe de Prensa de la Casa Blanca del siglo XX que establece una relación directa, cordial y de confianza con los periodistas que cubren informativamente al Presidente. Seguramente, hoy, sus métodos de relación con los medios nos parecen “de Perogrullo” o “de ordinaria administración”. Pero a principios de los años sesenta del siglo pasado, fueron revolucionarios y, por ello, tienen un enorme valor histórico.
 
En realidad, Salinger, es un avezado en casi todo. Un adelantado a su tiempo. Con pocos años, como Mozart, ya tocaba perfectamente el piano. A los diecinueve años, dirigía & comandaba un submarino en plena Guerra Mundial (la Segunda). Siendo periodista joven, decide embarcarse en la aventura de desenmascarar al líder sindical mafioso Jimmy Hoffa. Esta actuación le hará intimar con Robert Kennedy, quien dirige una Comisión de Investigación sobre el mismo asunto en el Senado. Gracias a este encuentro de intereses, comienza una relación con la familia Kennedy que incluye a Salinger en el “sancta sanctorum” de personas más allegadas al futuro Presidente Kennedy.
 
Desde esta cercanía, en “With Kennedy” descubrimos muchas interioridades de la Administración de JFK. La crisis de Bahía de Cochinos, nada más asumir la Presidencia, la lucha por los derechos civiles, las cumbres con los líderes soviéticos para reducir armamento nuclear o, como ya hemos dicho, la gestión y solución de la Crisis de los Misiles. Sin embargo, Salinger describe un Kennedy demasiado positivo. Y se pinta a sí mismo bajo la mejor de las luces posibles. Se ve que Salinger quiere mantener vivo el mito de “la Corte de Camelot”. Y, ciertamente, aporta una perspectiva muy interesante de su trabajo como Jefe de Prensa de Kennedy y de su Presidencia. Sin embargo, no es la biografía adecuada para conocer verdaderamente al Presidente. Cuando menos hay que complementarla con la monumental obra “A thousand days: John Kennedy in the White House” de Arthur M. Schlesinger y, sobre todo, con la más reciente biografía de Robert Dallek “An unfinished life” (2003), que acudiendo a archivos y fuentes de información totalmente nuevas, aporta datos definitivos y sorprendentes sobre el Presidente Kennedy.
 
Salinger no estuvo junto a Kennedy cuando éste fue asesinado, en noviembre de 1963. Salinger solía acompañar habitualmente al Presidente en sus viajes, dentro y fuera del país. En aquel fatídico día en Dallas, Salinger estaba en un avión acompañando al Secretario de Estado, Dean Rusk, para preparar la primera visita de estado de un presidente americano a Japón, desde la Segunda Guerra Mundial.
 
Sin embargo, la actividad profesional de Salinger no acaba con el asesinato de su idolatrado jefe y amigo. Más bien, su trabajo en la Casa Blanca es un aperitivo, un “springboard”, un trampolín desde el que hacer cosas mayores y trascendentes. Con el nuevo Presidente, Johnson (LBJ), Salinger continúa siendo Jefe de Prensa, pero no había sintonía entre ambos (tampoco la hubo entre Kennedy y LBJ) y, a los pocos meses, lo deja. Decide entrar en política y, durante unos meses es Senador demócrata, sustituyendo a un amigo senador recientemente fallecido. Cuando llegan las elecciones al Senado, las pierde, frente a su contrincante republicano. Salinger llega a pensar en presentarse él mismo a las elecciones presidenciales, pero es consciente de sus limitaciones. Como afirma en su segundo y definitivo libro de memorias (P.S. de 2001), “la prensa no respeta la vida privada de los políticos, y yo he tenido una vida privada muy complicada”. Según Salinger, los medios hubieran destrozado un candidato presidencial que tuvo cuatro esposas y era conocido por sus continuas infidelidades conyugales.
 
En 1968, Salinger está de nuevo en la carretera, esta vez como Director de Campaña de Robert (Bobby) Kennedy. A dicha experiencia, dedica un nuevo libro: “An honorable profession: a tribute to Robert F. Kennedy”. Aquí cuenta las interioridades de una campaña electoral dura y reñida, en que la lucha contra la pobreza y acabar con la guerra de Vietnam son las dos grandes causas del candidato Kennedy. Pero, una vez más, el asesinato trunca las esperanzas. Robert Kennedy fue asesinado a tiros en la cocina del Hotel Ambassador, en California (ver “Bobby”, de Emilio Estevez, protagonizada por Anthony Hopkins, Helen Hunt, y Demi Moore, entre otros) justo después de saber que había ganado las primarias demócratas en dicho estado, -sustancialmente crítico para ganar las primarias presidenciales- y, en última instancia, la Casa Blanca. En esta ocasión, Salinger estaba a cuatro pasos del amigo, Bobby, cuando éste fue asesinado.
 
Salinger decide abandonar el país y, durante más de dos décadas, trabaja como corresponsal y “Bureau Chief” para ABC News en París. No hay que olvidar que Pierre Salinger es de madre católica francesa y, él mismo católico y, “afrancesado”. Durante muchos años vuelve a construir una reputación formidable de sí mismo como periodista: se implica en la crisis de los rehenes de Irán de 1979 y hasta entabla negociaciones “con los de Hizbulá”, cuando estos cogen rehenes americanos en el Líbano, ya con Reagan como Presidente. Salinger culmina su carrera trabajando como Vicepresidente para una gran agencia de relaciones públicas con sede en Washington, B-M.
 
Niño prodigio, extraordinariamente culto, periodista político, corresponsal de guerra, jefe de prensa de la Casa Blanca, Director de Campañas electorales, político él mismo…, Pierre Salinger aporta en sus libros de memorias, con humildad (a veces, eso sí, con cierta vanidad propia de quien se sabe muy inteligente) una ingente cantidad de datos e información útil para quien quiera ser “el perfecto y completo Director de Comunicación”. Sus memorias condensan cinco décadas de experiencia profesional junto a varios de los hombres más influyentes de la política y el periodismo del mundo.

11 julio, 2016 | 08:47

The inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory

“Say you are a business trying to expand your percent of market share against an established brand-name product. Your competitor’s customers have been buying their product for decades and are unlikely to sample something new. How do you outsell that competitor without converting their customers? You have to recruit new buyers”. Ampliar la base electoral (tanto del bando Demócrata, como Republicano e Independientes) fue la piedra angular, fundamental, sobre la que el Director de Campaña “Obama for America”, David Plouffe, construyó el edificio que permitió a Barack Hussein Obama ganar las primarias y las elecciones de 2008 y convertirse en el Primer Presidente Afro Americano de los Estados Unidos de América.
 
En “The Audacity to win”, título a propósito extraído de la añada de libros autobiográficos de Obama (del segundo, “The Audacity of Hope”), David Plouffle cuenta, explica y describe, con todo lujo de detalle, cómo él y su equipo, consiguieron batir a Hillary Clinton en las primarias del Partido Demócrata, primero, y ganar a John McCain en las elecciones presidenciales de noviembre de 2008, después. El libro se acaba de publicar hace poco más de un mes y, gracias a la cortesía del autor, he podido leerlo muy rápidamente, al hacerlo llegar a mis manos poco después de salir a las librerías y estar él todavía de “tour”, promocionando el libro en Estados Unidos.
 
Con independencia de las ideas políticas de cada uno, creo sinceramente que éste es un libro que hará las delicias de Directores de Comunicación de diversas procedencias (también de periodistas): Dircoms , de la empresa privada que buscan nuevos métodos sobre cómo comunicar; para aquellos que trabajan en el sector público o en la política y quieren innovar en estrategias y/o en tácticas; para Directores de Comunicación (Dircom) que tienen inquietudes intelectuales y quieren leer un libro muy bien escrito que, en última instancia y, en palabras del autor, es “the inside story and lessons of Barack Obama’s historic victory”. Porque la gracia de todo este libro es que, gracias a lo que David Plouffe explica a lo largo de 390 páginas, Obama ganó las elecciones. A toro pasado, todos sabemos por qué ganó las elecciones y cómo lo consiguió. Más aún si, como un servidor y tantos otros, en su momento seguimos la campaña electoral durante los años 2007 y 2008, día tras día. Plouffe recoge toda esta historia política y electoral única en América en este volumen que, aseguro, se lee muy rápido, porque de lo bien que está escrito “te engancha desde el principio”.
 
Ampliar la base electoral del candidato Barack Obama, decíamos al principio. Incorporar a las minorías étnicas y raciales, así como a los grandes alejados de la política: los jóvenes. Este fue el gran reto que el Director de Campaña de Obama se fija desde el año 2006, cuando él y sus colegas de la firma dedicada a consultoría electoral, AKP, acarician la posibilidad de que Obama sea candidato presidencial dos años más tarde. ¿Por qué esa estrategia electoral? Porque desde el primer momento, queda claro que el enemigo a batir se llama Hillary Rodham Clinton. Para el Equipo de Obama, Hillary Clinton es sinónimo de varias cosas terroríficas: tiene en sus manos la maquinaria electoral y la organización más potente de todo el Partido Demócrata. Su nombre, su apellido, Clinton, es el de más popularidad de todo el país: conocimiento espontáneo y sugerido, además de notoriedad, mucha imagen y buena imagen, en general. Hillary está rodeada de un equipo de gente muy experta, ducha en muchas campañas electorales. Y, sobre todo, Hillary tiene mucho dinero y, junto con su marido, es una avezada conseguidora de fondos multimillonarios para sus campañas electorales. Dos grandes defectos identifica Plouffle en la candidatura de Hillary Clinton: su equipo lo componen “primma donnas” que luchan entre sí por tener poder y acceso a los Clinton, por un lado y, por otro, Hillary pertenece a “lo peor”, que para Plouffe es pertenecer al Establishment de Washington.
 
Plouffe quiere derrotar a Hillary Clinton desde el principio. Para ello, sabe que tiene que poner en práctica un nuevo tipo de campaña electoral. Primero, lo que en América llaman “a grassroots campaign”, con cientos, miles, millones de voluntarios en todo el país dispuestos a dejarse la piel trabajando para evangelizar, puerta a puerta, a favor de la candidatura de Obama. Segundo, mediante la utilización de las nuevas tecnologías. El planteamiento de Plouffe es sencillo…, y poderoso: si la tecnología forma parte de la vida ordinaria de las personas y, cada vez más, la población general utiliza las nuevas tecnologías para tantas cosas en su vida, ¿por qué dejar fuera la política de las nuevas tecnologías? Una buena website y la utilización intensiva de las redes sociales online iba a ser esencial para conseguir adeptos y levantar fondos para la campaña.
 
En opinión de Plouffe, la gente de Clinton sería incapaz de hacer nada de esto: llevaban demasiados años sin estar implicados personalmente en campañas electorales y estaban “out of touch with the new realities”. En otras palabras, les llama anticuados y considera que están fuera de juego. Peor aún, la perspectiva de la gente de Obama es que los Clinton estaban tan confiados en que iban a ganar que, como en la fábula de la liebre y la tortuga, cuando los Clinton quisieron ponerse las pilas, ya era demasiado tarde.
 
¿Quién es la gente de Obama? En el libro, Plouffe cita muchas personas, pero yo me quedo con dos, además del autor: con David Axelrod, socio de Plouffe y senior strategist de la campaña, y Robert Gibbs, Director de Comunicación. Estos tres mosqueteros son “the inner circle” de la campaña de Obama for America. A lo largo del libro aprendemos a conocerlos bien, así como a la familia Obama, con multitud de anécdotas inéditas, conversaciones, reuniones, conference calls, etc.
 
Desde los inicios, para Plouffe hay un objetivo fundamental: las primarias se ganan al principio y eso significa arrasar en Iowa, sobre todo, y en New Hampshire. Como sabemos, Obama, para sorpresa de todos, ganó en Iowa y Hillary hizo lo propio en New Hampshire. Plouffe partía de la premisa de que los Clinton no iban a hacer nada en Iowa, lo cual les daba la oportunidad a los de Obama de patearse las calles para apelar al votante registrado demócrata y persuadirle de que votara por Obama.
 
A lo largo de todas estas páginas descubrimos muchas cosas interesantes: las dudas del matrimonio Obama, sobre si presentarse o no a las elecciones (¿Cómo afectará la campaña a nuestra vida familiar? ¿Seremos capaces de organizar una campaña ganadora o será todo un esfuerzo inútil?); nos damos cuenta del “odio” que Plouffe y sus gentes profesan a Hillary y su entorno; el desprecio insultante que sienten por Sarah Palin o, sorprendentemente, el enorme respeto que les despierta el Presidente Bush y sus logros electorales durante dieciséis años.
 
Para los que nos dedicamos al oficio de las encuestas, descubrimos el inmenso valor que el Equipo de Obama daba a las encuestas pre-electorales y a las electorales. Las encuestas deben ser diarias, cercanas (en cada ciudad, estado, etc) y con muestras muy amplias y representativas, para que el margen de error sea muy pequeño y el índice de confianza y probabilidad, muy elevado: ¡qué gran lección! Plouffe se ríe de los Clinton a este respecto, porque “confiaban en las encuestas nacionales de Gallup”, y así les fue, que perdieron las primarias en estados clave…
 
Obama tenía enormes dudas sobre si presentarse o no. Impuso sus condiciones antes de tomar una decisión: sólo lo haría si eran capaces de organizar una campaña creíble. Obama y sus gentes debían responder a las demandas de cambio que exigía la sociedad americana, en 2006 y en adelante. La campaña, frente al “conventional wisdom” debía ser totalmente innovadora. Las vidas matrimoniales y familiares de los Obama no debían sufrir consecuencia de la campaña. Y, en última instancia, una actitud muy sana de higiene mental y de humildad: “si no ganamos, tampoco pasa nada”.
 
En el libro, insisto, muy bien escrito y con muchísimos datos y detalles, descubrimos cómo se gestó el lema electoral de “change we can believe in”, como si el cambio que propugnaba Hillary Clinton no fuera creíble. También aprendemos a conocer al autor y al Presidente. Eso sí, bajo una luz demasiado positiva, para ambos, como si no tuvieran defectos. Y este es una de las críticas que, en mi opinión, se le pueden hacer al libro. Consciente o inconscientemente, Plouffle se describe a sí mismo y a Obama demasiado positivamente y, muchas veces, “los demás” (los Clinton, Sarah Palin, McCain, etc.) son muy malos y tontos. Tanto maniqueísmo llega a ser molesto.
 
Al menos, y esto es mucho, el libro hace que encajen las piezas del puzzle y descubramos todos los entresijos de una campaña electoral exitosa. El libro puede dividirse en dos partes: las primarias contra Hillary Clinton y la campaña electoral contra McCain. En ambos casos destacan dos cuestiones: la importancia de las encuestas, como ya he dicho antes, y el estilo de Obama a la hora de tomar decisiones: es deliberativo, no es impulsivo, escucha todos los puntos de vista y, por fin, decide un rumbo concreto, asumiendo la responsabilidad.
 
En última instancia, el libro podría resumirse en lo siguiente: es una coctelera de la victoria de Obama, cuyos ingredientes son un candidato carismático y buen comunicador; una campaña y una maquinaria electoral innovadoras; millones de voluntarios adictos, enganchados y comprometidos a una causa; el uso inteligente de Internet , las nuevas tecnologías y las redes sociales online; un electorado deseoso de cambio; errores de bulto y demasiada confianza en las campañas de Clinton y McCain y conseguir dinero a raudales.
 
Es una lectura imprescindible, conseguible en inglés en Amazón (editorial Viking) por casi 28 dólares aunque, al escribir esto, descubrí una oferta de 16 dólares. Go for it! – Yes, you can!

06 julio, 2016 | 19:41

En vísperas de celebrarse las Convenciones de los partidos demócratas y republicano, a finales del mes de julio, los votantes, a través de las primarias y caucus ya han mostrado sus preferencias. Los republicanos que han votado, han elegido a Donald Trump, por quien nadie apostaba como ganador al inicio de las votaciones. Con insultos, descalificaciones, diciendo lo que muchos quieren escuchar de manera “políticamente incorrecta” y utilizando la demagogia y a los medios de comunicación como altavoces, Trump se ha impuesto a otros 16 candidatos-políticos profesionales, con la excepción de Carly Fiorina y Ben Carson. Muchos –excepto la familia Bush– que se le opusieron, ahora no tienen más remedio que apoyarle y pedir el voto para él y los dineros para financiar su campaña, aunque tengan que taparse la nariz, como suele decirse comúnmente.

Trump ha ganado a sus rivales republicanos del aparato del partido por una abrumadora mayoría, llamando a Bush “tortuga” por ser premioso (lento) en el hablar; insultando a un periodista por ser discapacitado y a otro por ser hispano. Ha arrasado diciendo que acabará con ISIS de un plumazo y sugiriendo que Obama podría ser un radical islámico; que levantará un muro con México –que habrá de pagar México–, que deportará a once millones de mexicanos (en realidad quiere decir hispanos o latinos, pero Trump no atiende a matices y no distingue entre ecuatorianos, colombianos o guatemaltecos: para él, todos los hispanos, somos mexicanos y, por cierto “asesinos, traficantes de drogas y violadores”). No tiene el apoyo latino.

Tampoco el de los musulmanes, a quienes dice va a prohibir la entrada en el país. Los afroamericanos, a falta de un candidato negro, se lanzan en masa (88%) en brazos de Clinton: a su marido se le denominó “el primer presidente negro de la historia”. Los asiáticos se sienten amenazados por Trump y las mujeres (51% del electorado total) le desprecian, dados sus comentarios despectivos e insultantes hacia ellas. La inmensa mayoría de católicos ve en él un impostor, al igual que evangélicos, protestantes y mormones. La cuestión religiosa no está de su parte, porque ha cambiado cinco veces su postura sobre el aborto y ahora no se sabe lo que piensa, excepto que “de alguna manera hay que castigar a la mujer que aborta”. Por tanto, Trump ha alienado a las mujeres (51% del electorado), a los cristianos y musulmanes, a los afroamericanos (12% del electorado), los asiáticos (8%) y los hispanos (13%). No parece que tenga muchos amigos, algo de lo que él saca pecho. Para él, lo importante es ganar –dice– sin importar los medios; es decir, el fin justifica los medios, según Trump.

Los judíos están divididos. Los de rentas más altas (Wall Street, Hollywood) son progresistas y liberales y apoyan y financian a Hillary. Los demás tienen el corazón y la mente divididos entre sus convicciones –no son las de Trump– y su promesa de proteger Israel y destrozar ISIS y a los enemigos de los judíos.

¿Con qué o quién se queda Trump? Con el 35% del electorado blanco más radicalmente conservador. Personas extremistas que, hasta ahora no habían ido a votar. Gentes sin trabajo a quienes Trump promete empleos de calidad que traerá de China, amenazando, de paso, con romper los tratados de libre comercio firmados por Estados Unidos (NAFTA, Asia Pacífico, el futuro TTIP con Europa, etc.). La lógica, la estadística, las matemáticas, el sentido común dicen que con un 35% ningún candidato ha conseguido ser presidente. Sin embargo, las encuestas preelectorales dicen que, si bien hace seis meses Clinton ganaba a Trump por 20 puntos, ahora, en julio, lo hace por un exiguo 2%. ¿Cómo es posible esto? Porque las encuestas muestran que el electorado tradicional republicano, aunque no quiera a Trump (primero) ama aún menos a Hillary y (segundo) no tienen alternativa: es Trump o la nada. ¡Peor aún, Trump… o Clinton!

Hillary goza del apoyo de las mujeres mayores de 45 años. Hasta hace poco las más jóvencitas apoyaban a Sanders. Veremos si en la Convención demócrata Sanders “presta” su electorado a Clinton. Si así fuere, Hillary contaría con el voto mayoritario joven, muy numeroso en esta ocasión. Y con el voto hispano, negro, asiático, blancos de clase media, trabajadores afiliados a sindicatos. No se llevará un solo voto evangélico, pero quizá sí el 50% del electorado católico (hay 80 millones de católicos en Norteamérica), por cuestiones sociales. Es cierto que Hillary no cae bien, que es vista como “mentirosa, deshonesta y aburrida”, según las encuestas. Pero a Trump se le percibe todavía peor por haber insultado a todo colectivo que exista, excepto al lobby judío, de quien necesita financiación. De hecho, AIPAC financiará a ambos candidatos. ¿Quién ganará? No tenemos bola de cristal, sino encuestas, y éstas, hoy, dicen que Hillary será la primera mujer presidenta de Norteamérica.

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Paula Satrustegui profundizará en las novedades fiscales y relativas a la seguridad social, que afectan a la planificación de las finanzas personales de los profesionales.

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Belén Alarcón trasladará su experiencia de asesoramiento patrimonial y planificación financiera a través de las preguntas más relevantes que debe plantearse una persona a lo largo de su vida.

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Enrique Borrajeros escribirá sobre temas relativos a la relación entidad – asesor, finanzas conductuales y tendencias y novedades en el asesoramiento financiero nacional e internacional.

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Francisco Márquez de Prado, analizará activos y productos financieros, con sus ventajas e inconvenientes, para cada tipo de inversor.

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Íñigo Petit tratará temas relacionados con la evolución de la industria de fondos de inversión y planes de pensiones y aspectos relacionados con la educación financiera

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