EEUU y mercados emergentes

Jorge Díaz-Cardiel

Análisis profundo de la economía, sociología y relaciones internacionales de Estados Unidos y las economías emergentes.

Imagen de María Uriol

Jorge Díaz-Cardiel: Socio Director de la consultora ADVICE Strategic Consultants. Experto en economía y negocios, es autor de varias biografías sobre el presidente Obama y libros de economía: Obama y el liderazgo pragmático, La reinvención de Obama y Éxito con o sin crisis. Durante treinta años ha trabajado como directivo para grandes compañías norteamericanas y anglosajonas: Ipsos, Intel, Shandwick Consultants, Brodeur Worldwide y Porter Novelli.

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Se acabó lo de "que inventen ellos". Tengo respecto, cariño y admiración por Estados Unidos, pero -como dice la definición clásica de la justicia, que además, es uno de los tres principios generales del Derecho: Eius sum quique tribuendi. A cada uno hay que darle lo suyo- "en esto de la banca digital", los españoles hemos ido por delante.

Muchos medios de comunicación se hacen eco no ya de las famosas Fintec, sino de las iniciativas de banca digital de Facebook, Apple, Google y Amazon, entre otras grandes empresas tecnológicas norteamericanas. No cabe duda que su acervo tecnológico es insuperable. Baste ver los resultados: son las cuatro empresas que más valen en Bolsa del mundo, que más beneficios obtienen y cuyos ingresos son ingentes y no paran de crecer gracias a que ofrecen de todo: ordenadores, software, Internet, conectividad, Big Data, Cloud, Digitalización, etc.

Pero su conocimiento del mundo financiero, concretamente del bancario, es limitado. Pueden comprar talento, por supuesto, aunque el presidente Trump se lo pone cada vez más difícil con sus decretos sobre inmigración que, por ejemplo, impiden a Silicon Valley contratar a 100.000 necesarios ingenieros que América, ya saturada y con pleno empleo ya no puede proveer.

En cambio, en España, donde nos acucian otras cuestiones, la sociedad del conocimiento sigue avanzando y, hoy, con datos del INE (DIRCE 2016; Encuestas sobre Equipamiento Tecnológico de las Familias y Equipamiento tecnológico de las empresas) sabemos que el 74% de la población española tiene ordenador, tableta, smartphone y está conectado a Internet y que el 99% de las empresas también está bien equipadas tecnológicamente.

En el caso de las pymes (3,2 millones o, lo que es lo mismo, el 99,88% del tejido empresarial español), dos son las cuestiones que les acucian: por un lado, el acceso a la financiación bancaria. Por otro, la adquisición de nuevas tecnologías, para ser más productivas y competitivas. En ambos casos, CaixaBank, presidida por Jordi Güal y por un hombre de la Casa, ex director general de Criteria Caixa, Gonzalo Gortázar, CEO de CaixaBank es punto de referencia de población general y pymes.

Por un lado, CaixaBank es el primer banco de España, tanto en banca retail como en banca privada (28,4% de cuota de mercado, según el Estudio Advice de Éxito Empresarial). Y es el banco con mayor favorabilidad y familiaridad de España, amén de ser el que tiene mejor imagen y reputación. Esto se debe tanto a que atiende muy bien a sus clientes como que pertenece al Grupo La Caixa, a través de Criteria Caixa, es decir, la Fundación Bancaria La Caixa, que preside el mejor directivo/empresario de España, Isidre Fainé, con uno de los mejores directivos de nuestro país, Jaume Giró, director general de la Fundación y con una sólida y exitosa trayectoria profesional como directivo en Gas Natural, Repsol y CaixaBank.

No soy yo quien lo dice: es la primera consultora de tecnologías de la información del  mundo, Forrester. Y, también, Euromoney y The Banker, entre otros: desde hace cinco años, todas estas instituciones de prestigio y credibilidad han otorgado a CaixaBank y, por ende, a la Fundación Bancaria La Caixa dos galardones, entre otros: es el banco más innovador del mundo y el que más intensivamente usa las Tecnologías de la Información tanto para sus procesos internos como para mejorar su servicio al cliente y, además, es el mejor y más exitoso banco de España.

Sea banca a través de Internet, banca a través del móvil, etc, CaixaBank va por delante. Y, en el mejor de los casos, Facebook, Google, Apple y Amazon, van por detrás.

29 julio, 2013 | 08:50

Detroit se ha acogido al llamado Capítulo 9, por el cual sus acreedores no podrán hacerse con el billón de dólares –en activos inmobiliarios y obras de arte- que todavía posee la ciudad, que acaba de declararse en bancarrota, el pasado 18 de julio. Las ciudades en Estados Unidos se gestionan de una manera, un tanto similar, a como se hace con las empresas privadas. El equivalente al Capítulo 9, en el mercado, es el Capítulo 11, por el que las empresas se declaran en suspensión de pagos y ganan tiempo para reestructurar su deuda, y llegar a acuerdos con sus deudores, al igual que Detroit va a hacer ahora.

Las cifras que conocemos de Detroit son tan grandes como su decadencia. En su momento más álgido, cuando Detroit era sinónimo de innovación y manufactura, en los años 50, llegó a tener más de dos millones de habitantes y fue la primera ciudad norteamericana por su aportación al PIB y en renta per cápita. Hoy, apenas está entre las 20 primeras ciudades de América: su población, desde aquellos momentos de gloria, se ha reducido en un 63% (tan solo el 25% desde el año 2000 al 2011), con la consiguiente disminución en la fuerza laboral y, por tanto, menor recaudación de impuestos, que ha caído un 40%.

Detroit, hoy, tiene 700.000 habitantes. Los ingresos medios por hogar son de 25.193 dólares al año, la más baja entre las treinta principales ciudades americanas. La media nacional está en el intervalo 32.000-36.000 dólares anuales. El 40% de las farolas de Detroit no funcionan. 78.000 edificios del centro de la ciudad están abandonados. La tasa de paro más que dobla la media nacional, situada en el 7,6%, mientras que en Detroit es del 18,6%. El 80% de su población es afro americana, de los cuales, el 36% tiene niveles de calidad de vida, casi por debajo del umbral de la pobreza. El 40% de los que trabajan, lo hacen en la función pública, y verán reducidos sus salarios y pensiones. La ciudad está desierta, pero las ambulancias tardan 58 minutos en atender a un herido en la calle (tiempo de respuesta a una llamada de socorro): la realidad es que, el 70% de las ambulancias, están aparcadas y no pueden funcionar, porque no hay dinero para gasolina, al igual que le sucede al parque de bomberos. Dos tercios de los autobuses nunca llegan a tiempo.

La deuda de la ciudad de Detroit asciende a 18,5 billones de dólares. Sus deudores, inversores institucionales –fondos de inversión, planes de pensiones-, en junio de 2013, llegaron a aceptar hasta una quita del 75%, pero ni siquiera eso pudo conseguir sacar adelante el ayuntamiento, sin perder los pocos activos que le quedaban.

Algunos han puesto a Detroit como ejemplo de la supuesta decadencia de América. Esta analogía es una frivolidad, cuando menos. Ni siquiera todas las cosas en Detroit son negativas. Una cosa son las finanzas públicas y otra la vida empresarial. En Detroit siguen teniendo sede las tres grandes empresas fabricantes de automóviles, en Estados Unidos: Ford, Chrysler (hoy, en manos de Fiat) y General Motors. Las tres compañías han obtenido resultados económicos record (positivos) en la primera mitad del año. Cierto, la Administración Obama sacó a dos de ellas del atolladero, en febrero de 2009, cuando destinó el 10% del paquete de estímulo (“Recovery Act”) de 787 billones de dólares, a resucitar a un sector que, directa o indirectamente, sostiene casi tres millones de empleos en Estados Unidos. Los tres grandes fabricantes de automóviles no son sinónimos de Detroit: pero, tampoco su quebrado ayuntamiento es equivalente a la ciudad, en su totalidad.

Es necesario entender cómo se organiza y distribuye geográficamente la economía en Estados Unidos. Los sectores de actividad se agrupan en ciudades, como si de parques temáticos se tratara. En torno a la ciudad de San Francisco florecen las tecnologías de la información e Internet. En Dallas hay petróleo, energía. En Miami, turismo y mercado inmobiliario. En Los Ángeles, hay ocio y entretenimiento (cine y música). En Nueva York, hay finanzas, como en Boston. En Washington hay poder, hay políticos y miles de expertos en “lobby” que defienden los intereses de esos sectores económicos de actividad, agrupados en ciudades (“clusters empresariales”): las finanzas de los ayuntamientos de esas ciudades, puede que estén un tanto mejor que en el caso de Detroit, y que su deuda sea menor, lo cual no quiere decir que no estén endeudados. Es el caso de Chicago, Filadelfia, New Orleans, Portland y muchas más: sus “sectores privados”, en cambio, protagonizan la recuperación económica y generan riqueza y empleo, versus un sector público que pierde peso en la economía, puesto que la arrastra para abajo. Estados Unidos crece a una media del 2%: si no fuera por el lastre del sector público, en realidad crecería al 3%, crecimiento que garantizaría el pleno empleo.

El decaimiento de Detroit no es sinónimo de la presunta –falsa- decadencia económica de Estados Unidos, sino del mal estado de sus finanzas públicas, sea en ayuntamientos, estados o en el gobierno federal. En marzo de 2013 se pusieron en marcha los mecanismos de reducción del gasto público no solo para este año, sino para la próxima década, por un importe de 1,3 trillones de dólares, fundamentalmente en programas sociales (Medicaid, Medicare, Seguridad Social) y gastos en defensa. El sector privado no ha dejado de crecer desde junio de 2009 hasta julio de 2013, período en el que ha generado 7,2 millones de empleos. No es en el ámbito privado, sino en el público, donde hay problemas, de la misma manera en que el sector privado de Detroit (las empresas automovilísticas) está saliendo adelante, de manera rentable, versus un sistema público anticuado, que no ha adaptado sus estructuras a las realidades del siglo XXI.

24 julio, 2013 | 20:07

El presidente Obama no pasa por su mejor momento demoscópico, en términos de popularidad ante la opinión pública. Vive, de hecho, en su momento más bajo, si echamos un vistazo al índice de aprobación de su gestión: el 49,5% de norteamericanos le suspenden, frente al 45% que le aprueban.  El saldo neto es del -4,5%. Desde una perspectiva europea, ya quisieran muchos políticos del Viejo Continente que, al menos, el 45% de la ciudadanía, le dieran un aprobado a la manera en que gobiernan y manejan “la cosa pública”.

Desde que fue reelegido, Obama ha gastado mucho capital político en varios frentes: en el ámbito nacional, sacar adelante una amplia legislación para controlar el uso de armas de fuego. También, la ley de inmigración, ya aprobada en el Senado, pero “colgada”, pendiente de un hilo, en la Cámara de Representantes, debido a la recalcitrante oposición de un reducido -pero poderoso-, grupo de republicanos, que ha decidido oponerse a cualquier medida que quiera sacar adelante la Casa Blanca: incluso, y aun a costa de que, el no aprobar la ley que legalizaría a 15 millones de hispanos, es algo que penalizará fuertemente, en las urnas, a los republicanos, y les convertirá en un partido marginal, desde el punto de vista sociológico y electoral. Como ya dijimos, hasta el presidente George W. Bush ha apoyado la causa del presidente Obama, en materia de inmigración.

En política internacional, las crisis de Siria y Egipto también han pasado factura al presidente. En el caso de Siria, los norteamericanos se oponen a una intervención directa –con tropas en el terreno-, como piden los republicanos: de hecho, si los estadounidenses aterrizaran en Siria, el problema ya no sería Bashar Al Asad, sino Hizbulá en el Líbano, y la Guardia Revolucionaria de Irán, puesto que ambos apoyan el régimen de Damasco. Por lo que a Egipto se refiere, para los norteamericanos el embrollo egipcio es un jeroglífico imposible de descifrar y entender.

Muchos estadounidenses pensaban que, con la caída de Mubarak –aliado de Estados Unidos durante tres décadas-, América apoyaba la democracia en Egipto. Resulta que hubo elecciones libres y, -sorpresa-, quien ganó fue un partido islamista radical, los Hermanos Musulmanes, hoy expulsados del poder por los militares –los mismos que trabajaban con Mubarak- y apoyados por casi la mitad de la población, que quieren un gobierno más secular.

La realidad es que, en el caso sirio y el egipcio, Obama está actuando de una manera que no es obvia para el pueblo americano.  Como publican David E. Sanger en “Confront and conceal. Obama’s secret wars and surprising use of American power” (Crown, 2012), y David Corn en “Showdown” (Morrow, 2012), Obama ha hecho un uso mucho más sutil del poder militar Americano, que su predecessor (Bush hijo). Lo cual, no ha evitado que hayan estallado escándalos en las manos del presidente, como la muerte del embajador americano en Benghazi (Libia) o el espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA).

Y, aunque todas estas cuestiones han afectado negativamente a la imagen del presidente, ninguna de ellas es la fundamental. La primera preocupación de los americanos es la economía, con un 23%. La segunda es el paro, con el 19%. Después, hay cuestiones como la Sanidad, la Inmigración o el Control de Armas de Fuego, con porcentajes que oscilan entre el 5% y el 8%. El índice de confianza económico de Gallup para la cuarta semana de julio es del -12%, doce puntos menos que hace un mes; es decir, hay una mejora evidente. Un 52% de los estadounidenses creen, hoy, que la economía evolucionará a peor y el 43% piensan que mejorará.

Obama, como otros presidentes demócratas antes que él (FDR y Bill Clinton, muy especialmente) y algún republicano, como Ronald Reagan, sabe que donde debe poner más énfasis es en la economía. Como ha dicho hoy en Illinois, “buenos empleos y crecimiento económico, son los fundamentos para la prosperidad de la clase media americana y la consecución del Sueño Americano”. El presidente inicia el 24 de julio en el Knox College de Illinois, una serie de charlas y conferencias en las que va a exponer su visión para la economía en su segundo mandato. Nos parece que Obama lleva muchos años en la Casa Blanca, pero no debe olvidarse que fue elegido por segunda vez en noviembre de 2012.

Roosevelt pasó a la historia como el presidente que sacó América de la Gran Depresión, ganó la Segunda Guerra Mundial, y puso los fundamentos de la primacía americana desde 1945 hasta nuestros días (“American Caesars”, Nigel Hamilton,  Yale, 2011). Clinton sigue siendo uno de los presidentes más populares de América porque creó 200.000 empleos mensuales a lo largo de sus dos mandatos (1993-2001). Obama quiere seguir la estela de ambos, FDR y Clinton. En lugar de irse de vacaciones, el presidente va a recorrer el país explicando su visión económica para los próximos cuatro años, con especial foco en la creación de empleo de calidad, innovación, tecnologías de la información, telecomunicaciones, Internet de alta velocidad, infraestructuras, manufactura y educación. Dos de las frases más fuertes y relevantes del presidente, hoy en Illinois, han sido que “América es una nación orientada a los negocios”, y “la base de nuestra prosperidad ha de ser el fortalecimiento de la clase media”.

El punto de partida de Obama no es malo: desde que tomó posesión por vez primera (enero de 2009) y, especialmente en los últimos 40 meses, el sector privado ha creado 7,2 millones de puestos de trabajo netos. En el último mes, junio, se generaron 202.000 empleos (cifra revisada al alza respecto a la inicialmente anunciada de 195.000).

Nos proponemos seguir de cerca las explicaciones de la visión económica del presidente Obama, incluso en vivo y en directo, en su propia tierra, Norteamérica. Empezando hoy, en Knox College, Illinois.

22 julio, 2013 | 18:59

El último estudio de investigación de mercado basado en encuesta cuantitativa global de Pew Research, sobre las percepciones que, en todo el mundo, se tiene sobre Estados Unidos y China, no deja lugar a dudas. Cada vez, son más los ciudadanos del mundo que creen que China acabará superando a Estados Unidos en poderío económico. Hasta los norteamericanos temen que, tarde o temprano, su país cederá el testigo de nación más rica y poderosa de la tierra a China. Hace tiempo que, en Estados Unidos, se encuentra muy extendido un sentimiento de falta de fe, en que el país puede seguir ostentando la primacía mundial. Hay mucha literatura al respecto,  especialmente desde 2008 hasta el día de hoy, que citaré más adelante. Aunque una cosa son las percepciones y, otra muy distinta, la realidad.

Tras la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, la percepción de que China va a ser la primera potencia económica de la tierra, se ha ido extendiendo entre millones de personas en todo el planeta. Esto no quiere decir que China sea una nación querida o estimada, o que lo sea más de lo que son queridos los Estados Unidos. América tiene un índice de favorabilidad mundial del 63%, frente al 50% de China. En otras palabras, Norteamérica sigue teniendo mucha mejor imagen positiva global que China. Uno de los motivos, es que todavía son muchos más los que piensan que Norteamérica sigue respetando más los derechos individuales de sus ciudadanos, enormemente más que China.

El Estudio de Pew Research Center está fechado el 18 de julio de 2013, cuando ya se sabía en detalle, de las filtraciones que el ex trabajador para la CIA (Edward Snowden), había hecho acerca de los programas secretos de la Agencia de Seguridad Nacional, para recolectar datos a través de conversaciones telefónicas y tráfico en Internet. Sin embargo, estas actividades de Estados Unidos son, todavía, aprobadas por una mayoría de americanos: El 24 de junio, una encuesta de TIME/ABT SBRI mostraba que el 48% de estadounidenses estaban de acuerdo con que el gobierno “recolectara información de conversaciones telefónicas, correos electrónicos y búsquedas en Internet, al objeto de impedir ataques terroristas”. El 44% no estaba a favor.

Más aún, frente a aquellos que consideran a Snowden un héroe, el 53% de americanos afirman que “el Gobierno debería llevar a juicio a aquellos que filtran material clasificado que pueda poner en riesgo la seguridad nacional”. Solo el 28% defienden a aquellos que, como el militar Bradley Manning, filtraron información secreta a Wikileaks: Manning ha acabado en los tribunales, acusado de “ayudar al enemigo”. El 70% de la población mundial opina que Estados Unidos respeta los derechos individuales de sus ciudadanos, versus el 36% que piensa lo mismo de China (10.000 ejecuciones al año).

Estados Unidos es visto más favorablemente que China en todas las regiones del planeta, con la sola excepción de Oriente Medio: aquí, solo el 21% de ciudadanos tienen en alta estima a Norteamérica, frente al 45% que “piensan bien de China”. Pero en Asia, donde se percibe a China como una nación “invasora”, el 64% tienen buena opinión de Estados Unidos, frente al 58%. Y en Latinoamérica, con naciones muy críticas con América, como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, la mayoría de sus habitantes tienen buena imagen de los Estados Unidos: el 66% frente al 58% de China.

Uno de los principales motivos por los que se percibe más favorablemente a Estados Unidos que a China, es que son mayoría los que piensan que América es una nación amiga, frente a los que opinan que Estados Unidos es “el enemigo”: el 59% creen que América es nación amiga, frente al 39% que opinan lo mismo de China.

El rasgo de imagen que más caracteriza a China es la de potencia económica en ascenso, que acabará por destronar a Estados Unidos. Todavía hoy, Estados Unidos sigue siendo percibida como la primera nación de la tierra, pero desde 2008 al 2013, las percepciones a favor de China han evolucionado mucho: en 2008, el 47% opinaban que Estados Unidos era la primera potencia del planeta, frente al 20% que pensaban lo mismo de China. En 2013, son el 41% y el 34%, respectivamente, los que mantienen esas percepciones.

Nos interesan, sobre todo, las opiniones, cara a futuro: el hecho de que se piense que, “en algún momento futuro, tarde o temprano, China será la primera nación económica de la tierra”. Hoy, hasta el 47% de los estadounidenses creen esta idea. Y, lo que es aún más llamativo, los principales socios económicos y comerciales de Estados Unidos también piensan de la misma manera: el 67% de los canadienses y el 57% de los europeos.

Ya dije más arriba que es bastante abundante la bibliografía que, en los últimos años, ha alimentado la idea de que la supremacía de China es inevitable: “Chinamerica. Why the future of America is China” (Handel Jones, 2010, Mc Graw Hill), “A contest for supremacy: China, America, and the struggle for mastery in Asia”, de Aaron L. Friedberg (2011, Norton), “Advantage”, de Adam Segal (Norton, 2011), “The end of cheap China” (Shaun Rein, 2012, Wiley), “What Chinese want”, de Tom Doctoroff  (Palgrave, 2012), “The China Strategy”, de Edward Tse (2010, Basic Books), “As China goes, so goes the world”, de Karl Gerth (2010, Hill and Wang), y el más importante e impactante de todos los libros sobre la materia: “When China rules the world”, de Martin Jacques (“2009, Allen Lane).

Mucho más recientemente, se han empezado a publicar libros que ponen en tela de juicio que el ascenso de China al puesto de número uno mundial sea inevitable. El historiador de Harvard David Shambaugh, tras tres décadas de estudiar la economía, política y sociología china, concluye que el poderío de China nunca será global, ni absoluto: El autor ha recogido sus experiencias en una obra publicada en febrero de 2013 titulada “China goes global: the partial power” (Oxford University Press, 2013). La desaceleración de la economía china, ya experimentada lentamente a lo largo de 2012, y de manera más clara en el primer semestre de 2013, podría abonar las teorías de Shambaugh, puesto que China está siendo víctima de sus fuertes desequilibrios sociales y políticos, que afectan al rendimiento y crecimiento de su economía.

Por último, hay una percepción muy fuerte a nivel mundial, cercana al 80%, que favorece a Estados Unidos, frente a China. Es lo que se denomina en anglosajón “soft power”, “poder suave”, versus el poderío militar. Es un concepto que se refiere a la primacía de Estados Unidos desde el punto de vista de la innovación y la tecnología, el sistema capitalista y la forma de hacer negocios, la cultura, el ocio, el cine y la música: todos estos elementos positivos atraen a una inmensa mayoría de ciudadanos del mundo, sin que China tenga nada parecido que ofrecer, para contrarrestar a Norteamérica.

17 julio, 2013 | 20:11

“El motivo de que los tipos de interés continúen siendo bajos es que la economía está débil y la inflación está controlada”. De entre las muchas virtudes del presidente de la Reserva Federal norteamericana, destacaría dos: primero, que es un erudito, historiador culto y amante de los matices; segundo, que es buen comunicador y se hace entender. No así su predecesor, Alan Greenspan, a quien gustaba hablar mediante jeroglíficos difíciles de desentrañar: hubimos de esperar a que publicara su formidable libro de memorias (The Age of Turbulance, 2008) para que supiéramos lo que realmente tenía en la cabeza. Bernanke acaba de publicar una obra sencilla (The FED and the financial crisis, 2013) en que repasa la historia de la institución que preside, y sus dos mandatos:  espolear el crecimiento económico y el empleo, y controlar la inflación. Otro presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, ha explicado recientemente en “The triumph of persistence” (2012) cómo se puede, desde la FED, conseguir estos dos objetivos.

Si algo tienen en común los últimos tres presidentes de la Reserva Federal, es lo acertado de sus políticas económicas y monetarias. Bernanke es firme defensor de que las políticas monetarias apoyen las políticas económicas nacionales. Algunos, como Japón recientemente, lo están haciendo para impulsar el crecimiento económico, y otros, como China, manipulan artificialmente el tipo de cambio de su moneda, para favorecer sus exportaciones.

En sus declaraciones ante el Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes y del Senado (Capitol Hill) del 17 de julio, Bernanke ha vuelto a poner énfasis en que no es cierto que la FED vaya dejar de lado la política de estímulos mediante la compra de bonos. Una vez más, el presidente de la FED ha explicado que sus políticas “se acomodarán a la marcha de la economía”. No es verdad, ha dicho Bernanke, que “nuestra política esté predeterminada”, lo cual es un gran alivio, puesto que la política económica y monetaria norteamericana suele ser ajena a los vaivenes ideológicos: en cambio, es pragmática, porque busca la eficacia. Así lo hicieron Volcker, Greenspan y Bernanke durante las tres últimas décadas.

Bernanke es consciente de que la economía aún no está cogiendo velocidad de crucero. En el último mes (junio) se crearon 195.000 empleos netos y, sin embargo, la tasa de paro permanece en el 7,6%. El crecimiento del primer trimestre de 2013, en términos de Producto Interior Bruto, fue del 1,8% y, quizá, sea del 1% en el segundo trimestre del año. Es un crecimiento anémico. Y una gran parte de los nuevos empleos generados lo son a tiempo parcial, lo cual obliga al trabajador a seguir buscando trabajo y, si puede, mantener varios empleos al mismo tiempo. En Norteamérica, con una economía muy orientada al desarrollo de la sociedad del conocimiento, los parados de larga duración (más de seis meses en situación de desempleo), quedan fácilmente obsoletos y solo con mucha dificultad son readmitidos en el mercado de trabajo.

La FED tiene varios objetivos, que quiere ver cumplidos antes de cambiar sus políticas: primero, que el crecimiento económico oscile entre el 2,8% y el 3%. Segundo, que en el corto plazo, el desempleo se sitúe en el 7% y, en el medio plazo, en el 5,6%. Tercero, que la construcción y el mercado inmobiliario  se recuperen  (casi) permanentemente.

Al mismo tiempo, Bernanke tiene el ojo puesto en los bancos: por un lado, tal y como establece la reforma financiera Dodd-Frank de julio de 2010, quiere aumentar los requerimientos de capital de los bancos; segundo, es consciente de que, con tipos de interés bajos, muchas entidades financieras están asumiendo grandes riesgos, y financiando operaciones con recursos propios, elevando en demasía su apalancamiento. Bancos como Goldman Sachs y JP Morgan Chase son radicalmente contrarios a las recetas de Bernanke, y se oponen a elevar las exigencias de capital, y a que se cercene su capacidad de asumir riesgos, puesto que en este terreno consiguen altas rentabilidades.

Por último, Ben Bernanke es consciente de que el gobierno debe controlar el gasto público y que no debe excederse el límite de gasto, como ya se hizo en agosto de 2011 para evitar un “default” –que el gobierno no fuera capaz de asumir sus obligaciones financieras-. Al mismo tiempo, el presidente de la Reserva Federal reconoce que el famoso “sequester” ha restado ya 0,7% al PIB en 2013 y que, de no haber sido así, la tasa de paro ya habría descendido al 7%, como anticipamos desde ADVICE Strategic Consulants en las páginas de Cinco Días en marzo de este año.

Habrán de transcurrir tres años, hasta que Bernanke vea cumplidos sus objetivos, tanto de crecimiento, como de empleo: la fecha clave es 2016, año electoral presidencial.

15 julio, 2013 | 18:38

"En la medida en que el crecimiento económico y del empleo, y otros indicadores, no se sitúen por debajo de nuestras expectativas, y la inflación no supere ciertos límites, seguiremos impulsando nuestro programa de reformas”, explicó el primer ministro chino, Li Keqiang, a líderes provinciales del partido, en la segunda semana de julio de 2013.

Por ahora, los datos que conocemos de la economía china se mantienen dentro de los parámetros establecidos por el gobierno. El crecimiento económico (en términos de Producto Interior Bruto) del segundo trimestre de 2013, fue del 7,5%, que es el objetivo establecido para el conjunto del ejercicio. El trimestre previo vio un crecimiento del 7,7% y, en 2012, el PIB aumentó el 8%. Los datos muestran que la economía china se está desacelerando. Lo anticipamos desde ADVICE Strategic Consultants en Cinco Días en el año 2012: si se confirma el objetivo de crecimiento para 2013, se tratará del peor año de la serie histórica desde 1990.

Los desequilibrios de la economía china, de que tanto hemos hablado, se ponen cada vez más de manifiesto, y son la causa de la desaceleración. China había apostado fuertemente por las exportaciones, en las dos últimas décadas: sin embargo, se han reducido el 3,1%, en el segundo trimestre del año, debido a una menor demanda de productos y servicios de Estados Unidos y la Unión Europea.

En la primera mitad del año se han creado siete millones de puestos de trabajo nuevos, aunque el departamento de estadísticas chino solo provee datos referidos a los empleos generados en las ciudades, optando por ignorar lo que sucede en las zonas rurales, de las que solo dice que “se sigue produciendo un éxodo progresivo de trabajadores del campo a las ciudades”.

Hasta ahora, el patrón de crecimiento chino se apoyaba en la producción industrial y en la inversión, fundamentalmente. La primera creció el 8,9% (la previsión era el 9,1%) y la segunda aumentó el 20,2%, versus las expectativas del 20,2%: cuando hablamos de la segunda economía del mundo, con más de mil trescientos millones de personas, las décimas cobran un enorme significado y relevancia. La construcción de barcos y la producción de acero, esenciales para componer el índice de producción industrial chino, vieron una progresiva desaceleración, que se remonta a los dos últimos trimestres de 2012.

En cambio, el consumo privado, en el mercado doméstico, aumentó hasta el 13,3%, aun cuando se redujo la renta disponible de los hogares –una vez más, en las ciudades-, hasta el 6,5%, desde el 9,7% del mismo período del año anterior (2012). Una de las razones más relevantes que explican por qué aumenta el consumo, aunque los individuos han visto cómo disminuye su poder adquisitivo, está en el hecho de que, en China, no todos consumen por igual. El mercado del lujo es el segmento que más ha crecido, pero afecta relativamente a unos pocos, aunque sean cientos de miles de personas: empresarios, funcionarios del partido, militares y personas cercanas al régimen. El Gobierno prevé que los mayores crecimientos en la demanda, provengan del consumo de “comida y coches”.

Posiblemente, cuando el presidente chino y secretario general del partido comunista (Xi Jinping) dice que quiere corregir los desequilibrios en la economía, también está pensando en que cambien los patrones de consumo. En su caso, que el aumento de la demanda de coches y comida se aplique a las masas, y no solo a unos cuantos privilegiados. Aunque se trate de un supuesto igualitario paraíso comunista en el que, parafraseando a George Orwell “The Animal Farm”, todos son iguales, pero unos más iguales que otros.

 

12 julio, 2013 | 19:53

Durante cinco años, los índices de aprobación del presidente Obama, entre norteamericanos, han sido positivos: ni la polémica reforma sanitaria ni la reforma financiera le hicieron mella; de hecho, ambos programas fueron llevados a cabo en su primer mandato (2009-2012) y, a pesar de ello, Obama fue reelegido en noviembre de 2012 para un segundo mandato.

Sin embargo, entre abril, mayo y junio de 2013, la imagen del presidente Obama se ha resentido en Norteamérica. A mediados de julio de 2013, le aprueban el 44,6% y le suspende el 49,8%. Tiene, por tanto, un saldo negativo acerca de la percepción de su gestión como presidente, del -5,2%. Algo similar le sucede en los dos puntos fuertes de la política de Obama: economía y relaciones internacionales. Las encuestas de julio de 2013 valoran negativamente al presidente en ambos aspectos.

En cuanto a la economía, el 51% de los americanos piensa que dentro de un año su situación económica será peor que la actual, versus el 45% que opinan que, en doce meses, su calidad de vida mejorará. Dos de cada tres norteamericanos creen que el país se dirige “en la incorrecta dirección”, es decir, que el país está siendo mal dirigido. Solo el 30% creen que la nave económica norteamericana sigue un rumbo adecuado, como de hecho indican los datos: crecimiento económico, empleo, mercados de valores (bolsa, con todos los índices en positivo), construcción y vivienda, todos  en positivo.

Las relaciones internacionales admiten más matices y división de opiniones, porque el 40% están a favor de las políticas de Obama y el 35% están en contra. Unos dicen que Estados Unidos no debería intervenir militarmente en Siria; tampoco vender armas a los rebeldes contra Bashar Al Asad. Otros dicen que Obama debería impulsar el cambio democrático en Egipto, en vez de apoyar a los militares. Muchos creen que Estados Unidos debería ser más duro con Corea del Norte, versus los que piensan que Obama debería sentarse a negociar con Irán, ahora que un presidente menos radical acaba de ser elegido.

Lo que a todos preocupa es China. No solo porque sigue teniendo 1,264 trillones de deuda pública americana (el 26% del total o, si se tiene en cuenta solo la deuda pública que está en manos de inversores privados, excluido el gobierno, ese porcentaje alcanza el 47%), sino porque sigue queriendo disputar a Estados Unidos el papel de primera potencia económica del mundo. Las previsiones de Goldman Sachs, que anticipaban que en 2016 China alcanzaría en PIB a Estados Unidos (no en producto interior bruto per cápita) no se cumplirán, por mucho que Estados Unidos crezca sólo el 2,2% en 2013 y China alcance el 7%. La cuestión es que, para Norteamérica, ese crecimiento, siendo moderado, es suficiente, mientras que en el caso chino, pasar del 8% al 7%, significa poner de manifiesto los fuertes desequilibrios de su economía.

Los chinos están embarcados en una “guerra de ciberespionaje”, por la que organizaciones vinculadas al ejército (“The Comment Group”) espían los ordenadores del Pentágono, la CIA y empresas tecnológicas y medios de comunicación (Wall Street Journal y the New York Times, por ejemplo). Este espionaje ha sido objeto de conversaciones y disputas entre Barack Obama y el presidente chino, Xi Jinping durante todo el año 2013 y, en julio de este año, es el tema central de un encuentro sino-americano del máximo nivel.

Como hemos sabido por las revelaciones de Edward Snowden, también Estados Unidos ha espiado a países amigos y enemigos, al igual que lo hacen Rusia, China, Reino Unido y Francia, entre otros. El Gobierno americano no ha actuado solo, y tampoco lo ha hecho al margen de la ley. Las “Patriotic” y Surveillance” Acts, o Leyes Patriótica y de Vigilancia, permiten que los jueces den cobertura legal a las actuaciones del Gobierno: un total de 550 millones de personas han sido “espiadas en sus comunicaciones”. Siempre teniendo en cuenta que la Seguridad Nacional es lo que estaba en juego o, en otras palabras, evitar atentados terroristas y localizar a sus potenciales autores.

El Gobierno americano ha contado con la colaboración de empresas tecnológicas, operadoras de telecomunicaciones, conglomerados de Internet y redes sociales y los ISP o proveedores de acceso a Internet: Microsoft, Google, Facebook, Apple, Verizon, Yahoo y otras muchas empresas han colaborado con las autoridades: la CIA, la NSA o el FBI. Durante meses, la población general americana no ha penalizado al presidente Obama por ordenar llevar a cabo dichas escuchas; solo recientemente, en la primera mitad de julio, por un mínimo margen estadístico, son más los que no están de acuerdo con Obama –en este punto-, que los que le apoyan. El motivo es sencillo: Obama fue elegido presidente porque prometía “hope and change”, esperanza y cambio; un tipo de política muy diferente de la de su predecesor, George W. Bush. Esto le dio estatura moral y legitimidad: cuando propios y extraños se han dado cuenta de que Obama –como presidente, como comandante en jefe-, actúa de manera parecida a la de Bush, muchos en la izquierda se han llevado las manos a la cabeza. En cambio, Obama está haciendo todo lo posible por avanzar su agenda más liberal, en cuestiones morales, como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el control de armas de fuego.

Esto explicaría una posible electoral demócrata si se celebraran hoy elecciones legislativas, que no tendrán lugar hasta noviembre de 2014. Hoy, al menos, en julio de 2013, los demócratas ganarían a los republicanos por un estrecho margen del +2,4%. Por supuesto, este dato hay que “cogerlo con pinzas”, porque aún falta mucho tiempo para que se celebren esas elecciones. Más aún, históricamente, el partido del presidente no suele ganar esas elecciones de mitad de mandato. Las excepciones más notables en el último siglo, las consiguieron los demócratas con Bill Clinton en 1998 y los republicanos con George Bush en 2002. En el primer caso, Clinton presidía un país en plena expansión económica, y, en el segundo, Bush tenía el apoyo de toda la nación tras los atentados del 11 de Septiembre de 2011.

En cualquier caso, son muchos los que están calentando motores, cara a las elecciones legislativas de 2014 y a las presidenciales de 2016. En el primer caso, los republicanos tienen que poner su casa en orden y, aparentemente, solo un hombre como Marco Rubio –senador por Florida- parece ser capaz de hacerlo, devolviendo a los republicanos su tan necesaria conexión con la actual realidad económica, política y social americana: los republicanos se apoyan en un electorado conservador, blanco y envejecido. Han dejado fuera al 15% de hispanos, el 13% de afroamericanos, y el 8% de asiáticos. Los estudios internos del partido republicano que ha conocido ADVICE Strategic Consultants, dicen a las claras que los republicanos necesitan conectar de nuevo con la sociedad si no quieren convertirse en un partido minoritario, sin posibilidades de gobernar.

En el campo demócrata, destaca Hillary Clinton: quienes la apoyan ya han puesto en marcha la maquinaria electoral, con un Political Action Comittee (PAC), compuesto por expertos de las dos campañas presidenciales de Obama. Clinton prepara su tercera biografía, centrada ésta en su paso por la Secretaría de Estado. Y no para –emulando a su marido- de dar conferencias por todo el país, cobrando por cada una no menos de 200.000 dólares. En una ocasión,  en abril de 2013, ingresó 750.000 dólares por una conferencia. A este ritmo, en 2016 tendrá suficiente dinero como para financiar una exitosa campaña presidencial, en el caso de que decida anunciar su candidatura a presidenta.

09 julio, 2013 | 19:55

Han pasado escasamente seis meses desde que el presidente Obama tomó posesión del cargo, por segunda vez, tras ganar las elecciones de noviembre de 2012. Como muestra en su reciente obra James W. Ceaser ("After hope and change. The 2012 elections and American politics", abril de 2013), Obama ha sido de los pocos presidentes que, a pesar de haber conseguido la reelección para un segundo mandato, lo ha hecho con menos voto popular que en las anteriores elecciones. Esto es resultado de una fuerte polarización de la sociedad americana, que comenzó con el segundo mandato de George W. Bush, y llega hasta nuestros días.

El tracking diario sobre la realidad política, económica y social norteamericana que realiza ADVICE Strategic Consultants, no mostraba motivos para preocuparse por la imagen del presidente. Hasta hace muy poco -como ha sido la tónica habitual en los últimos cinco años-, el índice de aprobación de Obama superaba al de desaprobación; a pesar de los pesares: ni la reforma sanitaria ni la financiera le hicieron mella negativa. Tampoco los recientes escándalos sobre espionaje y escuchas legales, que tienen cobertura jurídica bajo la Ley Patriótica ("Patriots Act") en la que, en cualquier caso, participaron las empresas de telecomunicaciones (Verizon) y tecnológicas (Microsoft, Google, Facebook y otras). Por lo general, para el público norteamericano, la seguridad nacional tiene un peso muy fuerte: si el presidente actúa como Comandante en Jefe para defender los intereses de los estadounidenses, sea el espionaje de las comunicaciones o el uso de "drones" (aviones teledirigidos letales) contra líderes talibanes en Pakistán, no son motivos de desafección hacia el presidente.

Tampoco la reforma migratoria, en la que -aunque sea por motivos distintos-, están de acuerdo republicanos y demócratas. Los republicanos experimentaron negativamente en sus carnes el no tener a su favor al electorado latino en las elecciones presidenciales de noviembre de 2012. Y es un porcentaje de voto creciente. Los republicanos necesitan reconciliarse con los hispanos, y así se lo dicen sus propios estudios internos, recientemente presentados en privado a la cúpula del partido en la primavera de 2013.

Aunque ha tenido que ser el presidente Bush hijo quien haya recordado a los líderes de su partido, que el motivo por el que deben sacar adelante la reforma de la inmigración no ha de ser política, sino de otra triple naturaleza: ética, porque es lo correcto; económica, porque esos 15 millones de inmigrantes ilegales trabajan y podrían pagar impuestos y, además "porque hay que tratar a la gente con respeto". Vale la pena recordar que W. Bush intentó aprobar una reforma migratoria muy similar a la que está impulsando Obama ahora, pero entonces (2001-2008) se encontró con la férrea oposición del G.O.P., esto es, el partido republicano, el suyo.

En estos momentos, el Senado ha sacado adelante su propia versión de la ley -fruto de concesiones de demócratas y republicanos- y ahora la pelota está en el tejado de los congresistas de la Cámara de Representantes. En palabras de Obama (es un "deje" muy típico suyo): aprobar la ley migratoria "it is not politics; it is just common sense": no es cuestión de politiqueos, sino de sentido común.

El índice de desaprobación de Obama supera en las dos primeras semanas de julio el porcentaje de desaprobación: -49,5%, versus +45,3%. El saldo neto es negativo para el presidente: -4,2%. ¿Cuál es el motivo de la desafección? Ciertamente, no son los escándalos políticos o de corrupción, como sucede en otros países, pero no en Estados Unidos. La causa es la marcha de la economía. El índice de confianza económica de los estadounidenses que elabora Gallup, arroja una saldo neto negativo de -9%, el 10 de julio de 2013. Sin embargo, muy pocos días antes, el 5 de julio, el Departamento de Trabajo hizo pública la creación de 195.000 puestos de trabajo netos en el mes de junio.

Puesto que la tasa de participación en el mercado laboral sigue siendo relativamente baja (58%), la tasa de paro permanece inalterada en el 7,6%. Para un país como España, cuya tasa de paro es del 27,16, las cifras de Estados Unidos son un deseo inalcanzable. Pero deseo, al fin y al cabo. Puede decirse algo parecido respecto al crecimiento del Producto Interior Bruto: en el primer trimestre del año, Norteamérica creció el 1,8%, versus un decrecimiento español del -0,5%.

El Fondo Monetario Internacional, ha hecho pública su revisión del crecimiento económico mundial para 2013 y para 2014, augurando una ralentización económica, consecuencia de menores crecimientos en los países emergentes, fundamentalmente China, Brasil e India. Esto ya lo sabíamos y -desde ADVICE Strategic Consultants- lo publicamos con mucha antelación en nuestros informes para Cinco Días en noviembre de 2012 y en junio de 2013: no nos pilla por sorpresa y, esperamos, tampoco a nuestros clientes y lectores. El FMI recomienda a Estados Unidos que no deje de comprar bonos por importe de 85.000 millones de dólares al mes, al menos durante los próximos doce meses. De todos es sabido que la Reserva Federal anunció que, entre el otoño de 2013 y junio de 2014 podría dejar de insuflar dinero en la economía (quantitative easing) si la tasa de paro disminuía y se acercaba al intervalo del 6,5-7%. El FMI prevé que Norteamérica crezca en 2013 el 1,7%, en PIB, y el 2,7% en 2014.

Muy probablemente, Estados Unidos seguirá creando empleo como hasta ahora: una media mensual que oscila entre los 150.000 y los 200.000 empleos netos. Son cifras muy positivas. Y lo han sido desde junio de 2009 hasta ahora, en que se han creado 6,2 millones de puestos de trabajo. Sin embargo, el público americano, la población general, no percibe ni siente ese optimismo que pudiere derivarse de las cifras. Vale la pena ponerse en sus zapatos y entender la psicología americana: para los estadounidenses, todo lo que "baje" del pleno empleo es una tragedia. Y, para conseguir el pleno empleo, habrían de generarse 300.000 empleos mensuales. Y esto es muy difícil de obtener.

Hay un fuerte debate entre economistas, de distinto signo político, sobre el ritmo de crecimiento económico y generación de empleo que debería conseguir la recuperación. Para el economista republicanoo John Lott ("At the brink", 2013), la recuperación es anémica. En cambio, Alan S. Blinder ("After the music stopped", 2013), que fue asesor económico de Bill Clinton, la recuperación sigue un curso "normal". Pero Paul Krugman ("End this depression now!", 2012), esta recuperación es desesperadamente lenta, a pesar de ser un economista liberal, lo cual es un contraste fuerte con lo que Reinhart y Rogoff ("This time is different", 2012) sostienen: "tras fuertes crisis financieras, vienen lentas recuperaciones económicas".

La población americana no presta mucha atención a los debates académicos entre economistas. Y, aunque sabe que el país crece y se crea empleo, piensa que es insuficiente. Y esto es lo que está penalizando la imagen pública del presidente.

 

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Paula Satrustegui profundizará en las novedades fiscales y relativas a la seguridad social, que afectan a la planificación de las finanzas personales de los profesionales.

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