Sobre el autor

Foto de Mª Pilar Molestina

Mª Pilar Molestina: Periodista especializada en el mundo del vino. Ha sido responsable de uno de los primeros clubs de vinos allá por los años ‘80, ha dirigido publicaciones de vino y colabora en diversos medios –siempre sobre el vino y su entorno. Desde hace 20 años dirige el Anuario de Vinos de El País y participa en paneles de cata nacionales e internacionales, dirige degustaciones y hace presentaciones de vinos españoles por el mundo. Lo más importante es que para su actividad, cata aproximadamente 5000 vinos al año, lo que le da un conocimiento bastante ajustado de la realidad vinícola actual.

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19 marzo, 2013 | 19:15

Lo de internet es una maravilla porque nos abre las ventanas al mundo pero a veces es una ventana a la más absoluta estupidez. Ya sé que lo que a unos les parece una estupidez a otros les parece lo más normal o apetecible del mundo,  pero hay cosas que sencillamente no tienen nombre. Navegando un poco en la búsqueda de temas relacionados con el lujo, me encuentro con un elitista club on-line que empieza su actividad aquí y que va dirigido a ultra ricos que quieren “servicios” originales de lujo. Léase: organizar una cena bajo el mar, contratar un jet privado para visitar una playa del Pacífico en mitad de la noche, crear una auténtica nevada en medio del desierto  durante una fiesta y ocurrencia de esta guisa. Un club que ofrece soluciones a gente “money -rich, time- poor” ricos en dinero, pobres en tiempo.  Lo bueno es que por la módica cuota de inscripción de 30.000€ y 2.500€ mensuales, se puede  disfrutar, aparte de los servicios que contrates que también tendrán su coste, un e-mail exclusivo en esta línea: nombredelsusodicho@xtraluxury.com ¡De lo más exquisito-cool!

También me encuentro con un spray Ess Lack gold que “pinta” los alimentos para darles un acabado de rey Midas. No es un producto nuevo porque me suena haber visto bombones “metalizados” en bronce y algún postre con un toque de este estilo, pero ver la foto de un pollo dorado sobre una fuente, me ha dado calambres.  No la puedo reproducir porque no tengo estómago para tanto aunque se supone que es el summum del lujo. Ya sabe, si tiene un humilde pollo asado pero no le parece suficientemente fastuoso en la mesa, dórelo –literalmente-y quede como un auténtico idiota, perdón;  quise decir como un auténtico creativo. Solo espero que no lo vean muchos cocineros innovadores que se agarran a un clavo ardiente con tal de epatar.

Y ya el lujo de los lujos actuales parece ser el controvertido tema del body sushi.  Ese sushi que se sirve sobre un cuerpo humano tumbado sobre la mesa, que hace las veces de bandeja. Veo la excentricidad y asisto perpleja a su  puesta en escena pero no acabo de verle el lujo. No me da muy buena espina servirme directamente de una bandeja/cuerpo. Será que no estoy acostumbrada a que la bandeja esté maquillada o tenga pelo o se le vea un lunar.

Claramente no entiendo el lujo del mismo modo. Todo lo anterior me trae a la cabeza las películas de la caída del imperio romano; los excesos, los absurdos, lo alejado de la realidad de mucha gente, etc.  

De momento, solo una pista de un verdadero lujo con mayúsculas:  el Dulce de Invierno 2009 de la bodega Dinastía Vivanco de Rioja.

Dulce de inv
Es un tinto dulce,  heredero de la ya olvidada tradición de guardar uvas que se hacían pasa en lo alto de las casas a lo largo del invierno. Luego estas pasas se utilizaban para hacer un vino de postre que servía para las largas sobremesas y conversaciones de los días festivos frente a la lumbre.  Rafa Vivanco, ha querido aprovechar la situación del viñedo de mínimo rendimiento que tienen en Briones donde la niebla se instala en invierno y el cierzo, seco y fresco, favorece el desarrollo del hongo que pudre la uva (botrytis cinérea) para conseguir la “materia prima” perfecta para este tinto dulce natural (sin alcohol ni azúcares añadidos).  Está hecho con las cuatro variedades de más raigambre en Rioja; tempranillo, graciano, garnacha y mazuelo que tras un delicado prensado permanecen en barrica francesa más de un año. ¿Qué puedo decir de sus virtudes que lo hagan justicia? Lo más destacable es su longitud. ¡Impresionante! No es pesado y trae a la memoria todas las notas de fruta “trabajada” como los orejones, la carne de membrillo, la piel de naranja confitada, etc. Esto sí es un verdadero lujo.  Pensándolo bien, otro verdadero lujo es el Museo que esta bodega tiene. He visto muchos museos, centros de interpretación y exposiciones de temas de vino y siendo yo un persona motivada, interesada y curiosa del tema vinícola, debo admitir que incluso tan predispuesta y siendo “público entregado” de antemano, me han aburrido muchísimo. Sin embargo, este Museo ha sido toda una revelación. Es la historia de una pasión sincera, con piezas que me dejaron boquiabierta y con un ritmo perfecto que convierte la visita en un verdadero placer. Santiago Vivanco lo dirige con verdadero mimo y es único en su género. Mi más sincera recomendación es que cuando estéis cerca de Briones, no lo dejéis pasar.  Otro lujo…

 

04 marzo, 2013 | 19:38

Empieza el rito de abrir una botella y en muchos restaurantes tras el descorche, pasan el corcho a uno de los comensales para olerlo.  Normalmente, se lo pasan a quien ha pedido el vino, pero no siempre.  He observado (les aseguro que me fijo mucho) que se lo pasan a quien tiene más pinta de  entendido,  también al más viejo de la mesa (será por eso de que más sabe el diablo por viejo…) o al que el sumiller miró con cara de pocos amigos desde el principio y ahora quiere dejarle en ridículo. O sencillamente al que está comiendo solo y aparte de no haber a quien más pasarle el maldito corcho, le permite una pequeña distracción.  La cuestión es que de repente, alguien se encuentra con el corcho en la mano sin saber muy bien qué hacer.  Muy fácil: nada. 

Vamos por partes: el corcho de una botella tiene que oler a corcho y a ¡nada más! No da pistas de si el vino es bueno o malo porque, el corcho de un vino bueno o de uno malo, debe oler exactamente igual: a corcho.  De este gesto no podemos sacar ninguna conclusión real y solamente si el corcho huele a algo distinto a sí mismo –como por ejemplo a vinagre o a moho, o humedad-  podremos sospechar que el vino tiene alguna pega, pero esto es algo que ya lo apreciaremos en el vino mismo, no por oler un corcho vamos a rechazar una botella.  

Corchos
Con gesto mecánico y resabiado se puede comprobar la flexibilidad del corcho apretándolo entre índice y pulgar y saber que éste ha hecho bien su trabajo de estanqueidad y admirar su longitud y limpieza que querrá decir que ha preservado correctamente las características del vino. Y punto.  No aconsejo explotar este asunto como tema  de conversación en la mesa porque destacar los componentes de la lignina, la suberina o los polisacáridos que lo hacen elástico es muy aburrido para el que no le interesa mucho, pero que mucho mucho el vino y quedaréis como faltos de imaginación si vuestra conversación gira en torno a la estructura celular del corcho que no se degrada excesivamente con el paso del tiempo.  El corcho en la botella tiene su función y cumple su trabajo, pero olerlo antes de beber el vino, no nos engañemos, no ayuda gran cosa para disfrutarlo.

Para los bodegueros, en cambio,  la preocupación por la calidad de los corchos es constante porque este tapón puede ser el gran aliado del vino o el enemigo público número 1.  Nadie está ajeno a que en una partida aparezca un corcho contaminado que termine por contagiar de malos aromas al vino y que nos haga exclamar ¡este vino tiene corcho! Pero esa es otra historia y lo que sí tranquiliza bastante es saber que hay cantidad de bodegas serias que se toman la molestia de analizar, oler y comprobar una selección de corchos aleatoriamente cogidos de partidas completas para ver sí “pillan” un gazapo olfativo que les cree algún problema.  Cuando a pesar de todo,  una botella “tiene corcho” es una pena y un accidente, pero nunca un defecto del elaborador porque lo natural –el corcho- también tiene su genio. 

imagen de Ignacio Rúiz-Jarabo

Licenciado en Económicas e Inspector de Hacienda (en excedencia). Trabajó durante veinticinco años en el Sector Público, desempeñando entre otros los puestos de Director de la Escuela de la Hacienda Pública, Director General del Catastro, Director General de la Agencia Tributaria y Presidente de la Sepi. Desde 2.004 trabaja en el Sector Privado. Actualmente es consejero del grupo de empresas Colway 08 y socio director del despacho Carrillo & Ruiz-Jarabo Asesores.

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